REPORTAJES

Domingo 14 de Noviembre de 2004

Testimonios:
Rostros del informe

Tres hombres. Dos mujeres. Bajo la dependencia de distintas ramas de las Fuerzas Armadas y de organismos de seguridad, ellos vivieron el tormento de ser torturados y hoy relatan su escalofriante experiencia. Aquí, las vivencias de dos diputados en ejercicio, un actor, una periodista y una dirigenta de derechos humanos.

CLAUDIA GUZMÁN y MARIELA HERRERA

Carlos Montes, Diputado PS:

"No tenía mucha resistencia a la corriente"

"Era el 30 de diciembre de 1980. Tenía 33 años. Cuando salía de una reunión de la convergencia socialista, en Tobalaba con Quilín, me detuvo Carabineros. Me metieron a un furgón donde había un curadito. Yo tenía una libreta con teléfonos y dije ¡qué hago! Empecé a romperla y comerme las hojas. El curadito me mira y me dice "yo le ayudo"... y le pasé papeles. Empezó a mascar y ¡no podía tragárselos! Hasta que llegué a Borgoño. Inmediatamente empezó una sesión de golpes y me dejaron en una celda esposado a la cama. A las 12 de la noche del 31, me fueron a despertar y me soltaron ¡para darme un abrazo de año nuevo! Los torturadores, y yo vendado... fue una cosa bien patética.

Me trataban como animal (claro que lo mío fue mucho menos comparado con lo que vivieron otros). Para comer, por ejemplo, me daban en un bowl sin cubiertos, y yo vendado comía con la boca. La celda tenía una reja con hoyitos donde yo marcaba los días para tener noción del tiempo. Los ruidos de la noche ayudaban mucho porque escuchaba cerca los trenes de la Estación, las caminatas de las personas. Me servían como puntos de referencia porque en esos momentos da miedo volverse loco. Algunas noches me sacaban para torturarme. En general fueron golpes y corriente. En las golpizas eran muy 'científicos', recuerdo que me metían un dedo como a un costado de la espalda que dolía mucho y no te dejaba huella. Lo peor fue lo otro. Me pusieron corriente en la boca, en los testículos y en las piernas, pero yo no tuve mucha resistencia. Una vez se me dio vuelta la lengua hacia atrás. Y en otra ocasión me dio un paro cardíaco, perdí la conciencia. Desperté llorando y vi a un médico de blanco... recuerdo que era colorín.

Me acusaban por asociación ilícita o algo así, por eso me envían a la Penitenciaría. En la galería de los presos políticos, vi cabros del MIR hechos pedazos. A fines del 81 me dejaron salir de Chile a México. Se suponía que me trasladarían al aeropuerto gente del comité de inmigraciones europeas, pero me sacó la CNI y me golpearon desde la cárcel hasta que llegamos. Partí con mis tres hijos (3, 6 y 9 años) y mi esposa.

Marcia Scantlebury, Periodista:

"Cuando volvían de la tortura les cantábamos"

"Ya trabajaba como periodista, tenía dos hijos y aunque no militaba, ayudaba a la gente. No era militante, pero sí resistente ante la tiranía. A mi casa llegaban personas que no tenían dónde dormir, que eran perseguidas. Y me arriesgué.

"Me descubrieron porque mi nombre apareció en la libreta de direcciones de un detenido en la Operación Cóndor, en el extranjero. No me acuerdo qué día fue... A inicios de junio del 75, creo. Llegaron de la DINA porque mi auto supuestamente había estado en un choque en la rotonda Pérez Zujovic. Me di cuenta que me iban a detener. Les dije que no me pensaba entregar. Alcancé a agarrar un chaquetón, a decirle a la nana que no dejara a los niños salir y a patadas me subieron a la camioneta. Me pusieron tela plástica en los ojos y lentes oscuros.

Dimos vueltas. Sentí que abrían un portón y entramos a un lugar con un frío penetrante. Era Villa Grimaldi.

Te recibían mujeres que te hacían desnudarte, que hacían un inventario de tus bienes. Parecía hasta refinado. Hasta que venía la tortura. Ahí también estaban las mujeres, pero no torturaban: animaban a los que lo hacían. Los gritos eran como de animales. Decían 'dale no más, pégale más fuerte o métele más electricidad en la vagina'... Había una que era la peor. Me pasaba el llavero por la cara hasta romperla. Yo le conocía la voz. Un día me pidió ayuda porque yo era mamá. Me sacó al patio, me sacó la venda y la vi embarazada, tejiendo un chaleco de bebé. Era una esquizofrénica total.

Me torturaron mucho en la parrilla. A esa sala le decíamos la discoteca, porque mientras te torturaban ponían música de Julio Iglesias o Nino Bravo.

Estuve en todos los campos. Tres Álamos, Cuatro Álamos, Pirque. Villa Grimaldi era lo peor, de todas maneras. La mayor parte de mis compañeras odiaron Pirque y a mí me pasó que tengo recuerdos encontrados. Aunque fue un período terrible, donde nos tiraban los perros o paleaban en la noche como excavando, y uno se desvelaba imaginando tumbas, había un paisaje tan extraordinario de la cordillera en la mañana... Era conmovedor, era descubrir en medio del horror el sentido de la creación, el porqué vale la pena vivir.

Esos seis meses son lo peor y lo más hermoso de mi existencia. Frente a todo este odio viví mi sueño de una sociedad más solidaria. Éramos como 120 presas políticas de solidaridad y afecto extraordinarios. Cuando alguien volvía de la tortura le cantábamos. Después nos prohibieron cantar. Un día llegué destruida y cada una me tenía un regalo. Todo lo compartíamos".

Antonio Leal, Diputado PPD:

"Tengo marcas de las mordeduras de los perros"

"Tenía 21 años para el golpe, cuando me detuvo Carabineros. Yo estudiaba Sociología y era presidente de la Federación de Estudiantes de la U. de Concepción. Me llevaron a la Base Naval de Talcahuano y luego a la isla Quiriquina. Estábamos en un gimnasio donde dormíamos apilados, a veces nos sacaban a caminar dentro de la piscina vacía, a veces tenía un poco de agua pero se caminaba igual. Hacíamos turnos para poder fumarnos un cigarro, conversar. Nos daban 2 ó 3 minutos para ir al baño, pero como éramos tanta gente hubo que construir "cagaderos" colectivos.

Los interrogatorios eran brutales.

Los hacían en un lugar llamado el Polígono (en la isla estaba la Escuela de Grumetes de la Armada) adonde éramos conducidos los presos. Muchas fueron las noches en que se nos sacaba y se nos torturaba. Lo más frecuente era que nos colgaran de los pies y nos metían la cabeza en un tonel de agua con sal -o lleno de excrementos, pero no fue mi caso-. En otras ocasiones hacían que uno se desnudara y nos aplicaban corriente en los genitales. Nos amenazaban con perros y nos mordían, aún tengo varías marcas en el cuerpo. Además, tengo una cicatriz en el pecho, porque en medio de los golpes uno de los tipos me amenazó con un cuchillo; se le pasó la mano y me cortó.

Otra "costumbre" que tenían era lanzar a la gente desde una cierta altura al mar. A mí me tiraron desde una especie de faro que hay en la isla. Puede ser normal para un marino, pero no lo es para uno.

Jamás olvidaré cuando sufrí un simulacro de fusilamiento. Me llevaron con los ojos vendados, sentí los disparos y un golpe en la cabeza. Me desperté sangrando, no porque haya recibido balas, sino por el golpe en el cráneo. Creí que había muerto.

Después me trasladaron al Estadio Regional. Allí comenzaron de nuevo las torturas. Posteriormente nos llevaron a la Cárcel de Concepción. '¡Antonio Leal a la reja con todas sus cosas!', dijeron. Ya era el año 75. Quedé libre. Tenía 23 años cuando partí a exilio".

Mireya García, Vicepresidenta de AFDD:

"No tengo hijos. Es parte de mis traumas"

"Tenía 17 años y cursaba el cuarto medio en el Liceo Fiscal de Talcahuano cuando me detuvieron. Era una joven feliz, con familia, con proyectos. Vivía la política como todos mis amigos, intensamente. Militaba en la Juventud Socialista y estaba en la casa de una amiga cuando alguien denunció que había una reunión de gente extraña. Llegaron los boinas negras de la Base Naval de Talcahuano y en un operativo siniestro, violento, nos llevaron a todos a la base. También llevaron a la dueña de casa, que tuvo que dejar su guagua, de meses.

No tengo una noción muy clara de cuántos días estuvimos ahí, porque estuve incomunicada, con la vista vendada. Fue donde mi cuerpo y mi alma más maltrato sufrieron. Los golpes finalmente eran lo de menos. Hay otras heridas mucho más profundas y difíciles de sanar... Es decir, no es que fueran lo de menos, pero el dolor del golpe, el moretón, se pasan. Otros dolores quedan para siempre. Por ejemplo, la violación, que no es sólo una. Puede tener tantas formas... Y un interrogatorio podía durar 5 minutos o varios días. Te dejaban un rato descansando y volvían... Y no necesitabas que un torturador, un sicópata, un desquiciado consumara el acto sexual para sentirte violada. Tú eras violada desde el momento en que te dicen 'sáquese la ropa', cuando te tocan, cuando pretenden abusar de ti y cuando abusan de ti. Son distintos tipos de violación. También cuando a una mujer le introducían otros elementos de tortura en la vagina... palos... otras cosas... Y todo acompañado de un maltrato verbal impresionante. No sólo eras la marxista enemiga de la Patria. Eras la puta, la perra, la maldita, la cochina. Además de mentirosa, porque nunca decías la verdad; rebelde, porque nunca decías lo que ellos querían.

Y también estaba la tortura no verbal. Recuerdo un día en que estuve sólo sentada con la vista vendada. No te tocan ni un pelo pero un tipo se pone detrás de ti y te dice: 'empieza a hablar porque si no tú sabes lo que te va pasar'... Ese día nadie me tocó, pero el temor, el miedo de estar con la vista vendada, es tan torturante como el golpe o la violación.

Después de unos días, no sé cuántos, me llevaron a la Isla Quiriquina, un campo de concentración. Éramos más de mil. Ahí me reencontré con mi padre, también detenido, y me quebré. Como una niña. Juré nunca más demostrar lo que sentía, para no dañarlo a él. Para no dañar a una familia que se desintegró.

Fui a declarar a la Comisión pero no pude contar todo. No me sale, no me nace, no quiero. Nunca he contado todo y no lo voy a hacer.

No tengo hijos. Es parte de mis traumas. No es que haya quedado dañada, es simplemente que me sentí incapaz de dar vida a una persona en un mundo en que no tenía la seguridad de que pudiese ser respetada como tal".

Marcelo Romo, Actor:

"La parrilla fue lo peor de mi vida"

"Debo haber tenido 30 ó 31 años. Era actor, tenía dos hijos y militaba en el MIR. Después del 11 de septiembre me escondí en una caleta con tres o cuatro compañeros más. Pero un militar que nos había infiltrado nos delató... Salió mejor actor que yo.

Creo que fue el 21 de septiembre del 73. Estaba en esa caleta, con muchas armas, y antes del levantamiento del toque de queda, como a las 5 de la madrugada, llegaron los militares. Nos sorprendieron. Entraron, nos pusieron contra el suelo, nos encapucharon y nos amarraron con alambre. A empujones y golpes me tiraron dentro de un camión. Caí sobre cuerpos. Muchos cuerpos. No sabía si estaban vivos o muertos, nadie hablaba. Tampoco yo.

Llegué al Regimiento Buin. En mi grupo habíamos cerca de 10, en celdas individuales. Pero había muchos más. Los gritos no paraban.

Tal vez ser conocido, haber estado en películas, teatro y televisión, hizo que conmigo se pasaran más allá de lo que habían aprendido en las pocas semanas en que les enseñaron a torturar... Porque de repente cometían muchas imbecilidades. Por ejemplo, la corriente la sacaban del enchufe, de 220W. Así se podían morir los presos. No sé si pasó. Pero disparos había todos los días... No sé qué otras imbecilidades hubo... A veces tengo blancos en la mente... Me quedó jodido el cerebro, por la corriente. Esa era la tortura con que, digamos, 'entrabas al salón'. Los golpes no eran tan duros como la parrilla... En la vida, lo peor que me ha sucedido fue la parilla. Te amarran a una cama de fierro, ponen los cátodos a la cama, dan la corriente con una maquinita que al girar una manivela, va subiendo, subiendo, y te tiran baldes de agua. No puedes respirar, tu cuerpo salta... No tengo mucho recuerdo, pero ellos juegan con el bien y el mal. De repente te hacen cariñito, te dicen 'ya poh, cabro, cuenta la cuestión, no seai tonto'. Y si no hablas, te dan la corriente... Y después te vuelven a tratar bien.

Después de unos cuatro meses, cuando los organismos de derechos humanos de Europa ya estaban en Chile, un oficial me llama a su oficina. Y me empieza a decir que ellos no querían que yo pensara que había algo personal, que tenía que entender la situación... A esas alturas, uno ya empieza a recuperar su humanidad. Ya estaba sin venda. Los golpes ya no estaban marcados... Bueno, los que quedaban marcados, porque el maltrato en testículos, orejas o ano no se veía... Y este oficial quería que yo entendiera. Pero yo, por el perfume, lo reconocí. Era mi torturador.

Ahora en la Comisión no pude declarar. Llegué cinco minutos después de que había cerrado el plazo y una señorita me dijo que no me iban a atender. No tengo derecho a nada, ni a contar. Pero no me importa, no espero nada del Estado.


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