WIKÉN

Viernes 8 de Julio de 2005

Perdidos en ñuñoa

A sus 78 años, Masanao Uehara vive de sus recuerdos, mirando fotos de cuando trabajó con el legendario Akira Kurosawa.
por Marcelo Ibáñez y Camilo Salas.

Masanao Uehara vive hace cuarenta años en Chile pero habla menos español que Severino Vasconcellos: sólo unas cuantas palabras sueltas entre sorbo y sorbo de su té verde. "Barco, Chile", dice para relatar su viaje de seis meses que lo trajo desde Japón a Santiago en 1965. Si no fuera por la traductora del Instituto Chileno-Japonés, Reiko Nakai, yo estaría perdido. Perdido sin traducción en medio de una típica casa de Ñuñoa, que por dentro, se quedó pegada en un setentero Tokio: libros y VHS con ideo gramas nipones en los estantes, una katana digna de Hattori Hanzo ­ ¿les suena "Kill Bill"?-, un tablero de Go sobre la mesa, y fotos. Decenas de álbumes de fotos donde Masanao guarda su memoria en blanco y negro. Recuerdos de la época en que Japón se levantaba de las cenizas atómicas, convirtiendo el horror en clásicos cinéfilos: desde el mutante rompeciudades llamado Godzilla, hasta la conmovedora exploración metafísica de "Rashomon" (1951) o "Los Siete Samuráis" (1954), dos de las obras maestras de Kurosawa en las que un joven Masanao, participó como asistente de sonido. Al mirar su pasado Uehara extravía sus ojos rasgados en las fotos. Recorre las imágenes con sus arrugados dedos y apunta uno a uno a sus amigos. "Shinda, shinda", repite a cada rato. Shinda en japonés significa "muerto".ÊÊ

MI VIDA EN BLANCO Y NEGRO

Si uno tiene suerte, la vida se toma su tiempo antes de dejarte realmente solo. Antes de que llegue el momento en que te veas repitiendo "shinda", "shinda" ante la foto de cada uno de tus amigos. Pero lo que a la vida le toma ochenta años, un par de bombas atómicas lo hace en un segundo. Un segundo de luz enceguecedora y calor insoportable. Masanao tenía 19 años cuando las bombas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. Estaba en Filipinas trabajando como radiocontrolador del Ejército japonés y por eso se salvó. Con la destrucción llegó la paz y Masanao decidió estudiar Ingeniería en sonido. Luego entró a trabajar en Toho Motion Pictures, la productora de cine que dio vida a Gojira (Godzilla, en su alias occidental), donde conoció a Kurosawa. "Un amigo", como chapotea en español Masanao. "Dice que más de alguna vez terminó borracho durmiendo en su casa", traduce Reiko. "Kurosawa no bebía mucho. Vivía con su familia. Y como quedaba cerca de Toho, Masanao se quedaba en casa de él".Ê

Como si se tratara de un animé obscuro y zen, durante los primeros dos años de postguerra Masanao Uehara vivió rodeado de incertidumbre, en medio de un país en ruinas que luchaba por reconstruirse pese al ocupamiento norteamericano. Durante todo ese tiempo no supo nada de la mayoría de sus familiares y amigos, por lo que el equipo de filmación de los estudios Toho se convirtió en su única familia. "Pensaba que estaban todos muertos. Pero la compañía logró contactarme con varios de mis familiares que sobrevivieron", cuenta.

Durante la década de los 50 y la primera mitad de los 60, Masanao trabajó en una veintena de películas. Entre las más importantes de Kurosawa están "Los siete samuráis" (54), "Trono de sangre" (57), "Vivir" (52), "Los malvados duermen bien" (60) y "Rashomon" (50), la única película de Kurosawa que ganó un Oscar. Lo hizo por "Mejor película extranjera" cuando nadie veía películas extranjeras y la categoría no estaba instaurada en la competencia oficial, sino que era un reconocimiento honorífico. Marlon Brando viajó a Japón para poner el Oscar en las manos de Kurosawa y Masanao aprovechó de sacarse una foto con la estatuilla. Una de las pocas fotos de aquella época en que aparece solo, sin ningún "shinda" a sus espaldas.

MASANAO NO VE TELE

Parece un chiste, pero los japoneses también se quedan obsoletos. Primero le pasó a Masanao San cuando la televisión llegó a la isla y el público en las salas de cine descendió estrepitosamente. El trabajo en las películas se hizo escaso y las productoras comenzaron a crear programas de tele. Entonces Masanao, junto a su esposa y sus dos hijas, viajó en barco hasta Valparaíso siguiendo los datos de un amigo que había hecho clases en Chile y que le habló "del buen clima y el excelente pescado". Acá ayudó a diseñar las instalaciones de sonido del canal 9 (actual TVN), y luego se dedicó a reparar televisores a tubo en su taller en Providencia y a importar las pantallas con las que veían tele nuestros abuelos. Hasta que llegaron los chips integrados y Masanao tuvo que jubilar. Porque como él bien lo sabe, los chips no se arreglan. Se cambian.

Masanao ahora no es capaz de reparar una pequeña cámara digital. No las entiende. Él se quedó en la época de los tubos. La tecnología lo jubiló. Pero en lugar de tirarle migas a las palomas en las plazas, Masanao decidió quedarse con su familia jugando Go y desempolvando viejos álbumes de fotos para recordar. Los recuerdos en blanco y negro de la época dorada del cine nipón. Y aunque se confunde con las fechas de las películas, ahí está su pasaporte, sus fotos, los créditos finales de las cintas e Internet, para corroborar su historia. Una historia guardada en su memoria que poco a poco se desvanece como sus amigos muertos.

Al final le pregunto qué siente al recordar tanto shinda. "Son cosas que pasan", dice con tranquilidad. Sonríe e inclina levemente la cabeza, con la amabilidad zen que sólo un japonés puede tener.


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