ARTES Y LETRAS

Domingo 16 de Julio de 2000


La Mirada Ingenua

Ajena a las corrientes estéticas de su época, la mirada naif, ya autodidacta, ya con estudios académicos, corre a través de caminos propios y se exhibe en una interesante exposición del Instituto Cultural de Las Condes. Por su parte, Galería A.M.S. Marlborough presenta un realismo ilusionista: el de Claudio Bravo.
Por Waldemar Sommer

Gran exposición. Y de una de las especialidades de la pintura chilena. Así, el Instituto Cultural de Las Condes, además de entregarnos un valioso conjunto de los nombres mayores del arte ingenuo, tiene el mérito de la búsqueda de nuevos y desconocidos autores. Ajena a las corrientes estéticas de su época, la mirada naif, ya autodidacta, ya con estudios académicos, corre a través de caminos propios. Estos, sin embargo, no deben confundirse con los de los pueblos aborígenes ni con los del arte popular, con los de los niños ni con los de los locos. Cada artista candoroso verdadero ostenta una individualidad y una libertad creativas que los hacen casos únicos. Sólo su capacidad de maravillarse de manera contemplativa frente al mundo circundante, de volcar en la tela, instintivamente y de inmediato, esa experiencia resulta común a todos ellos.

La planta baja del instituto acoge a los pintores más famosos. La primera sala y la visión del muro perpendicular del recinto siguiente logran que el visitante crea hallarse en cualquiera de los grandes museos del mundo. Es que la calidad y originalidad de Luis Herrera Guevara y de Fortunato San Martín se imponen. Del primero cuelgan diez cuadros. Destacamos nada más que "Paisaje urbano" y su cordillera fantástica, integrada a los edificios traseros; la limpieza del espacio monumental, en "Congreso Eucarístico de Santiago"; la solidez arquitectónica de la fantasmal "Casa del niño rico"; "Playa de Recreo", con sus floraciones vegetales y humanas. San Martín, entretanto, nos envuelve con la magia de tres ordenadas canastas de frutas, observadas desde arriba y casi seriales, y con dos floreros lujuriosos.

A las virtudes de los anteriores se suman otros autores notables. Así, de los cuatro lienzos concurrentes de María Luisa Bermúdez, uno de 1989 nos sorprende con el collage de una guirnalda de reproducciones fotográficas y sin color de mujeres célebres. Dentro de ella encontramos la pintura sustantiva. Se trata de la más deliciosa y sutil interpretación de un escondido Adán y de una Eva entregada a la tentación de la serpiente, en medio de un frondoso paisaje estival. También Juana Lecaros obliga a admirarla. Sobre todo con la ternura e intimismo de su niña enferma y con "La muerte llevándose al pecador", cuya fantasía iconográfica la convierte en una de las imágenes más originales de la pintura chilena.

Los retratos expresionistas de María Mohor calan hondo, y sin mayor conciencia de ello, en la psicología de sus personajes. Representan ellos dos períodos de su producción. Completan esta primera parte de la exhibición el vigor adusto - recuerda acá a Munch- y marino de Federico Lohse, el erotismo narrativo y las coloraciones chocantes de Julio Aciares, los espectrales protagonistas tatuados de las "fiestas" dolorosas de Violeta Parra. A Carmen García, entretanto, no cabe considerarla una ingenua; más bien asoman en su cuadro parecidos con el alemán Antes y con nuestro U. Wells. En cambio, debe lamentarse ahora la ausencia de Dorila Guevara de Braun, de Araos y del marinero Inostroza.

Testimonios variados

Da comienzo a lo mostrado en el segundo piso de Las Condes el conocido Carlos Paeille. Ofrece la espontaneidad de un simple y reciente tríptico serial, además del homenaje de un exuberante bodegón. A continuación los dos amplios salones y la galería de esta planta municipal albergan testimonios variados y más difíciles de definir cualitativamente. Desde luego, hay algunos respetables que escapan ampliamente a la condición de instintivos: los de María José Romero, de inventiva insólita y feísta; del personal Livio Scamperle - lo más cercano suyo a la "naiveté" resulta, acaso, "La hora del té"- ; Consuelo Orb - bonito "El escritorio" e interesantes fruteros, éstos de sabio cromatismo y en los que se entrecruzan actores y decoración- ; y una de las revelaciones del actual conjunto, Mario Verdugo. Sus cuatro excelentes cuadros demuestran, junto a una deformación expresionista con algo de Rouault, fuerza plástica y sicológica genuinas. Pero tampoco falta en la actual cita, por desgracia, el participante que, además de carecer de cualquier ingenuidad, resulta un mal pintor.

Pero volvamos a los cuadros de innegable filiación primitivista. En primer término anotemos a Ivonne de Bernales - lo mejor, sus dos retratos- y a dos completas novedades: José Santos Guerra - en el encantador "Los sueños del abuelo" la abstracción juega cierto papel- y Fioralba Riccomini - atrae antes por su pintoresca y populosa "Mi familia" que por la contaminación con el folleto turístico de sus otros dos aportes, también antes por uno solo de los lados de su biombo- . En cuanto a Alberto Jerez y al joven Hernol Flores, las aglomeraciones formales parecen perjudicarlos. Eso explica que, en el caso del segundo, convenzan del todo sus lindos "El funeral" y "Paraíso 1900" - con cierta coincidencia con un trabajo aquí presente de Bermúdez- . De Jerez atraen sus detalles; por ejemplo, La Catedral y sus monaguillos voladores; la escena del tranvía.

Si Arturo Rojo muestra una estampa zapallarina con precioso bote y remero vestido de amarillo, Carlos Aceituno capta el parecido y la atmósfera lugareña de manera notable en sus tres vistas colchagüinas - El Huique, Pelequén- . Del resto de los expositores rescatemos "El circo", de Francisco Muñoz; la un poco artesanal pareja de gatos, de María Paz Serrat; el "Cuasimodo", de M. Angélica Yantén; "Sueños", de Patricia Rivas; algunas de las imágenes no muy personales de Betty Brantmayer y de Lenka Chelén.

Claudio Bravo

Siete pasteles, siete óleos, seis litografías de un mismo personaje: cortinas. Cortinas colgantes, cortinas de pliegues sofisticados, solitarias o en combinaciones con otras, en uno o varios colores. Realismo ilusionista el de Claudio Bravo, en Galería A.M.S. Marlborough. A menudo, cuando allí se trata de la concurrencia de dos o más coloraciones, el conjunto cromático chirria, como en la vieja pintura manierista. También con frecuencia parecen amaneradas las distribuciones formales. Y la expresividad de actores semejantes no suele ir más allá de la materialidad representada, del efecto directo e ilusorio de cortinajes.

En los tres casos en que Bravo, por el contrario, opta por una mayor sencillez de procedimiento - una sola cortina y un solo color- , el interés por su pintura aumenta de un modo notorio. Por fin, entonces, el cuadro se torna sugerente y adquiere cierta atmósfera metafísica, allende el espesor de los paños. Hasta asociación religiosa se hace presente en el tríptico "Viernes Santo" (1998) y eso no impide que ahí se recurra al poco ortodoxo sistema de dejar suelto, sin tensar el soporte, para subrayar su efecto visual.

Algo parecido a los méritos anteriores, aunque de significación menos definible, ocurre con "Bacchus" (1977), cuyo rojo luminoso, junto con transmitirnos una especial sensación de peso físico del protagonista, trae el recuerdo del tratamiento flamenco de ese mismo material. Otro ejemplar interesante, asimismo en violeta, como el tríptico, resulta "Zeus" (1998), capaz de reflejar algún misterio oculto detrás del tejido.

En las litografías igual asunto es manejado de manera bastante cortical, ajena a insinuaciones de ninguna clase. Completan la exposición del piso bajo de la galería el pastel con una de las amplias y típicas naturalezas muertas del pintor, que choca dentro de un grupo de obras de temática tan precisa. En la planta alta se ubican las litografías recién anotadas, más otras siete sin color, de argumentos diversos y poco novedosos. Además, hay un pastel que retrata, insólito, pedazos de lava.




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"En los casos en que Bravo opta por una mayor sencillez de procedimiento - una sola cortina y un solo color- el interés por su pintura aumenta de un modo notorio". Detalle del tríptico "Viernes Santo" (1998).
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