REVISTA DE LIBROS

Domingo 22 de Noviembre de 2009

Homenaje Narradora eficaz y profunda
Ana Vásquez-Bronfman: con la fuerza de la mesura

Radicada en París desde 1974, año en que salió al exilio, la escritora y psicóloga chilena tuvo siete hijos, y con uno de ellos, Cacho Vásquez, coescribió Sebastos Angels . Esta y otras cinco novelas conforman su valioso legado literario.  
Javier Edwards Renard Este martes, murió en París, ciudad donde residió desde 1974, la escritora chilena Ana Vásquez-Bronfman. Probablemente el nombre no diga mucho a la gran mayoría de los lectores chilenos, pero sí la recordarán críticos y escritores, los libreros que saben lo que venden, las editoriales que apostaron a sus textos.

Ana Vásquez-Bronfman escribió seis buenas novelas: Abel Rodríguez y sus hermanos (1981), Sebastos Angels (1985, en coautoría con su hijo Cacho Vásquez), Los búfalos, los jerarcas y la huesera (1987), Mi amiga Chantal (1991), Los mundos de Circe (2000) y Las jaulas invisibles (2002). La leí por primera vez a mediados de los 80, en la edición española de su primera novela, con el gusto de un lector que descubre un texto superior a lo que se estaba escribiendo en el Chile de entonces. La llamada "nueva narrativa" aun se encontraba en barbecho y no se sabía concretamente en qué podría consistir, el tiempo diría poco más.

Sus primeras tres novelas tienen un claro tinte político, la pasión de una narradora de izquierdas que observa, a la distancia y bajo la influyente cultura francesa, los acontecimientos de su país de origen. Tiempos difíciles los de entonces, mirados con fuerza crítica y un lenguaje sólido, nutrido de su experiencia como cientista social, como psicóloga.

En las tres siguientes, de modo progresivo, su escritura se va puliendo y evoluciona hacia una mirada narrativa capaz de articular relatos que, sin dejar de ser políticos, pasan a serlo de un modo mucho más profundo, escudriñando las situaciones de sus personajes, las condiciones existenciales, el detalle de vidas comunes en las que la épica que las define consiste precisamente en esa normalidad que proviene de lo excepcional que hay en cada cosa, experiencia, biografía. Sus personajes se vuelven más auténticos y, en ese sentido, menos arquetípicos; los espacios sociales en que están inmersos son descritos con precisión y pausa, dejando el tejido de las redes y las conexiones sociales a la vista; y su prosa es el resultado de un lenguaje sin aspavientos, pero dúctil, capaz de contar historias con una gracia no siempre presente en nuestra narrativa. Fuerza y mesura.

Mi amiga Chantal (Lumen) contiene su primer gran personaje femenino. Levedad y delicadeza son las claves con que construye a esa profesora, mujer de carne y hueso, que, sin mayor atractivo, hace un interesante viaje de descubrimiento hacia el valor interior y definitivo. Posteriormente, en Los mundos de Circe (Sudamericana), explora los caminos de la pareja, ésa que surge simplemente de la forma natural en que se da el amor, totalmente o a medias, con años más o años menos, con juventud o sin ella, con belleza física o fealdad, como sea y, a partir de ello, arma una historia sobre la dignidad intrínseca del ser humano. Cecilia Xauregui o la maga Circe, es un personaje de verdad, no una simulación de algo, un fantasma. Y desde la medianía en la que vive, nunca llega completamente a derrotarse, juega sus cartas tomando los riesgos que ello siempre implica. Merecidamente, esta obra recibió el premio del Consejo Nacional del Libro a la mejor novela inédita, el año 1999.

En este breve y necesario recuerdo, la memoria me lleva hasta Las jaulas invisibles , la más ambiciosa y lograda de sus novelas. Editada por LOM, el año 2002, este texto muestra a Ana Vásquez-Bronfman en plena madurez, haciéndose cargo de una trama de largo aliento. Una saga familiar, la malla que constituye la historia de cuatro grupos humanos emigrando desde, hacia y dentro del Chile de principios del siglo XX. Texto que se convierte en una verdadera puerta abierta al entendimiento de lo que implica pertenecer a un lugar, a una etnia, a una cultura, a una visión de mundo y, por esos avatares de la vida, tener que dejar los signos familiares para reencontrarlos o reformularlos en los más diversos escenarios. Las jaulas invisibles es un libro en el que la escritora ha dejado un relato eficaz y conmovedor sobre, como escribí en su momento, "la identidad de lo judío, de lo chileno; el hecho de pertenecer a algo con derecho a quedarse en ello y el verdadero significado del exilio" ( RdL Nº679, 11.05.02).

En Chile, las novelas de nuestros escritores aparecen por un tiempo breve y después caen en el olvido. El mercado manda. Pienso qué ocurrirá con los textos de Ana Vásquez-Bronfman, ahora que ya no está; en cómo podemos recuperar la palabra de nuestros escritores, la forma en que ellos nos han mirado, desde dentro y fuera, de modo que podamos vernos y pensar con mayor claridad sobre lo que somos. Ojalá estos libros se reediten y lleguen a los lectores para los que fueron escritos. Ana Vásquez-Bronfman ha dejado una obra que lo merece.

 


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