REVISTA DE LIBROS

Sábado 23 de Septiembre de 2000


Balmaceda Un Pintor Con Palabras

por Valeria Maino

COMO buen pintor, Andrés Balmaceda Bello ha dejado en estos recuerdos un penetrante cuadro de aquella alegre masonería, como llamaba Joaquín Edwards Bello a los chilenos que vivieron en París entre 1910 y 1914. Hay aquí mucho más que divertidas anécdotas juveniles de esa época maravillosa, sin pobrezas e inquietudes, que nos dio a conocer la joie de vivre, creando un ambiente incomparable para vivir a impulsos de los sentimientos y no de las ideas, procurándonos una existencia plácida, aunque un tanto pagana, como definía Julio Subercaseaux ese lapso de la belle epoque. Nuestra élite, que en esta década alcanzó la cúspide del refinamiento de los sentidos y de las emociones, cuando muchos de sus miembros querían ser artistas, ha sido muy criticada por los especialistas de las ciencias sociales, achacándole un rosario de culpas, consideradas como causas de las crisis nacionales posteriores, justamente por el deseo de esa juventud de no racionalizar sus actos si no vivirlos intensamente.

El autor, que se mantuvo alejado del primer plano y no pretendió que estos recuerdos fueran conocidos más allá de su círculo íntimo, con toda libertad crea en estas certeras e inocentes pinceladas una atmósfera sugerente del sentir de su tiempo, que sin pretenderlo es casi una clave para reinterpretar un período nunca bien comprendido por falta de una sensibilidad adecuada. El propio Joaquín Edwards Bello, primo del autor y protagonista principal de estos episodios, decía que esa época fue un gran guiñol y todos eran un poco títeres de un gran elenco teatral. También Iris, bisnieta de Andrés Bello como Balmaceda y Edwards, al recordar sus emociones de esos tiempos dice no son las ideas las grandes transformadoras de la vida, sino el corazón por emotividad diferente, señalando así que el vuelco de las formas de vida iban más allá de los simples efectos provocados por los avances materiales y políticos: nacía de un nuevo sentir. Ella, al mirarse en el pasado, era otra. Magallanes poetizaba esa motivación diciendo ni pensar, ni creer. Sentir. Es todo. Esta obra indicativa de ese cambio del élan y el sprit de la juventud elitista del inicio de los años veinte, fue valorada de inmediato por Alone, rogándole al autor publicarla, justo en mayo de 1968, cuando los universitarios franceses, como ellos en su tiempo, agregaban un folio más a la historia de la Ciudad Luz, con otros chilenos entre los protagonistas, marcando así un nuevo cambio de sensibilidad por la vida misma.

Tan claro fue el deseo del autor de mostrar sus contrastadas vivencias en Chile y Francia, que sus recuerdos parten en el taller de pintura que compartía con sus primos Bello en casa de su abuela, luego con ellos en una rústica cacería en su fundo, después evoca las conversaciones de Joaquín sobre ese mundo mágico de París, con una canción en el aire, sus cafés, teatros, salas de juego y paseos, hasta que ellos, trasladados a ese radiante escenario, son actores de primera fila por una década. Graciosa e ilustrativa es la opereta que representan con su propia madame Butterfly en el teatro de Vichy - mientras ven La Dama de Las Camelias- , como sobrecogedora es la descripción de las multitudes marchando al grito a Berlín, a Berlín al inicio de la guerra y la huida a Londres, cuando el telón ha caído sobre el placentero y brillante espectáculo de pocos días antes. Cierran estos recuerdos algunas cartas de los protagonistas y un artículo de don Andrés acerca de las tristezas de su exilio y el de su familia en Argentina, por la revolución de 1891. Hay que felicitar a Salvador Benadava y a la Biblioteca Nacional por la oportunidad de publicar esta obra a casi un siglo de los hechos, pues esos momentos parecen ahora más vivos que hace pocos años, al producirse un reciente cambio de perspectiva en la interpretación de esos años felices.

BAJO EL POLVO DE LOS AÑOS

Andrés Balmaceda Bello. RIL Editores / Dibam, Santiago, 2000, 146 páginas.




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