EL SÁBADO

Sábado 16 de Septiembre de 2006

Viaje al corazón de la familia y su legado cultural
La conquista de los Di Girolamo

Viaje al corazón de la familia de Claudio y Vitorio Di Girolamo y su legado cultural.
Por Natalia Nuñez

Ayer tenía que llegar a Linares la urna con las cenizas de doña Elvira Carlini Brandi, una italiana grande, con pechos generosos y regazo acogedor, que murió hace 23 años y que hace 58 pisó suelo chileno con la esperanza de rehacer su vida, luego de huir de la Segunda Guerra Mundial. Ella, junto a su marido, el pintor Giulio di Girolamo, y sus hijos Pablo, Vittorio y Claudio, emprendió una aventura en barco desde Italia en 1948, con el único objetivo de satisfacer una necesidad básica de ella y de los suyos: el hambre.

La imaginación de Elvira ya había intentado todo por suplir esa carencia. Incluso había inventado un juego: poner sobre los platos vacíos papeles y lápices, para que cada uno dibujara la comida favorita y la creara en sus mentes. Cuando la situación se hizo insostenible, decidieron venirse a Chile y los cinco abordaron el vapor Philippa.

Tras arribar a Valparaíso, un 22 de julio la familia llegó a Santiago. Llovía a cántaros y el primer plato que comieron fueron unos humeantes porotos con riendas. "Los más ricos de mi vida", recuerda hoy Claudio, a sus 77 años. Claro, el desastre en Europa hacía de la sonajera de tripas un ruido más familiar que los bombardeos de la guerra.

Partieron albergándose en escuelas y conventos. "Cuando eres inmigrante tienes que asumir que eres hijo del fracaso, porque no pudiste ganarte la vida en tu propia tierra", reconoce Claudio. Fueron tiempos difíciles, una época en que Elvira, la madre, hacía del afrecho, eso que sirve para engordar a las gallinas, un manjar de dioses. Días en que debían elegir entre usar zapatos o cambiarlos por comida.

Pero lo que se veía como una esperanza de vida, una oportunidad de surgir en un país tan recóndito como Chile, paulatinamente se fue transformando en un legado cultural pocas veces visto en una sola familia. Apenas Claudio y Vittorio se establecieron mejor (Pablo debió devolverse porque había dejado a su polola en Italia), crearon una Academia de Artes. Ellos ya venían con estudios del Bellas Artes de Roma y juntos urdieron una herencia artística fecunda, con huella en todas las áreas (diseño, pintura, teatro, arquitectura, etc.) y con sello propio. Claudio Di Girolamo fue jefe de la división de cultura del Ministerio de Educación por más de cinco años, director ejecutivo de Canal 13 en 1970, creó el diseño de la gaviota del Festival de Viña y fue director de la compañía de teatro Ictus, entre otros trabajos de su extenso currículum. Vittorio, licenciado en Arte, es pintor, escritor, dramaturgo y diseñador. Uno de sus hitos fue ser director de revista Mampato.

Pero el referente más masivo del clan es la actriz Claudia di Girolamo (49 años) que, dicen, es el vivo retrato de Elvira. O mejor dicho, de la nonna. Esa mujer fuerte que entre el olor de la trementina, del aguarrás, del barniz al óleo y de la salsa de tomates, sacó adelante a sus hijos Pablo, Vittorio y Claudio di Girolamo.

Elvira y Giulio nunca terminaron de acostumbrarse a Chile. Extrañaban su Roma natal y decidieron regresar en 1974 a sus raíces. Pero el 18 de octubre próximo ambos se reencontrarán con la tierra que les devolvió la esperanza: serán enterrados juntos en la Catedral de Linares, justo en la fecha en que cumplirían 80 años de matrimonio. Será la oportunidad para los homenajes, una cita para los discursos y tributos de los 35 Di Girolamo que habitan en Chile, una misa que conmemorará la historia de dos inmigrantes que llegaron sin nada y lo dejaron todo: hijos, nietos, bisnietos.

Como buena nonna, Elvira tenía su nieta regalona: Claudia. Y la actriz guarda un nítido recuerdo de ella: "La nonna es una persona que todavía existe a mi lado, siento que no se ha desprendido de nosotros y yo la siento muy cerca".

"Recuerdo constantemente imágenes de ella en la cocina -agrega Claudia-, y descansando entre comillas, porque era una mujer pendiente de lo que pasaba a su alrededor y de las necesidades de todos nosotros, totalmente entregada a las necesidades de su familia, que era un matriarcado. Una mujer donde su opinión era imperante, una mujer admirada, muy seca y hosca socialmente, pero familiarmente era un nido maravilloso donde uno se sentía acogida, defendida, totalmente segura".

La actriz piensa que lo que aprendió de la abuela "fue el no dejarse abatir nunca. Por ahí va la fuerza que ella tenía: más que mirar la grandeza del problema o lo complicado de la situación, era la certeza de que ella era un guerrero".

Esa misma templanza ha ungido los pasos de Claudia hasta el día de hoy. Cuando era una quinceañera, le dio los primeros dolores de cabeza a Claudio, su padre, con sus ideas liberales. "¡La Claudia era tremenda!", exclama él.
"¡Qué espanto!, decía yo. Pero al día siguiente amanecía fresca. Ella quería irse de la casa desde que tuvo uso de razón. Porque, además, tenía una cosa muy fuerte que se nota en sus actuaciones y eso lo heredó de mi mamá, esa parte explosiva. Todo eso que tiene adentro la ayudó a ser la artista que es", cuenta Claudio. "Ella era siempre la que hacía cosas locas", añade. Pero admite que hoy es el fanático número uno de sus teleseries. Y uno de sus sueños es dirigirla haciendo Macbeth. "No me puedo morir sin haberla dirigido alguna vez".

Francesco, el mayor de sus hijos, también es de ideas fijas. Estudiaba Arquitectura en Valparaíso, "pero se le ocurrió pelear con el milico que hacía clases de gimnasia. Estaba en tercer año, era el mejor alumno de la escuela, pero no volvió más y se metió en Diseño", recuerda su padre.

UN TALLER CON DOS DORMITORIOS

Claudio di Girolamo se casó con Carmen Quesney después de haberse conocido en los trabajos sociales organizados por el padre Mariano Puga en la población San Manuel. Todo el cortejo se dio en el entonces basural de Santiago, que estaba al lado del Zanjón de la Aguada, un escenario poco romántico para enamorarse, pero que inició una historia que ya lleva 51 años.

Claudio luce en su mano derecha una gruesa y ancha argolla amarilla (por su tamaño le puso "pulsera de guagua") con cruces como símbolo de la celebración de sus bodas de oro. Curioso: Claudio y Carmen llevan medio siglo de matrimonio, pero todos sus hijos se han separado.

"Con la Carmen nunca hemos tenido ni un sí ni un no", dice él riendo. Tiene 46 años viviendo en la misma casa de Vitacura, la misma donde bajo el parrón celebran las navidades y la misma que Carmen bautizó como "un taller con dos dormitorios". Porque los pinceles, las telas y las pinturas suelen estar desparramados por doquier.

Ese fue el ambiente donde crecieron sus cinco hijos, todos ligados a las artes. "Aprendieron por osmosis", cree Claudio. Francesco, el mayor, es director de la Escuela de Diseño de la Universidad Finis Terrae; Claudia es la actriz principal de TVN; Teresita es productora (ha sacado adelante todas las obras de teatro y películas de Claudio); Pablo es videísta y vive con sus papás; y Roberto es pintor y le ayudó a hacer el mural que está en el Centro de Extensión de la Universidad de Talca.

Claudio reconoce: "Cuando nació el quinto hijo y el primero no había cumplido ni siquiera cinco años, yo le dije a mi señora: bueno Carmen, soy artista y voy a buscar una pega o lo que sea, porque esto es aleatorio, de repente tengo pega y de repente no. Entonces ella me clavó los ojos y me dijo: mira, yo me casé con un artista, no con un empleado. Usted sabrá lo que hace. Así es que obligado a apechugar, porque ella siempre tuvo claro lo que es la vida de uno.

"De hecho yo tengo 77 años y no tengo ningún seguro, no tengo nada de nada de nada ­asegura­. Pero vivo al día, mi padre hasta los 87 años siguió pintando hasta que le dio cataratas y no pudo seguir. Yo tengo aún unos 10 años para seguir pintando".

Hubo problemas económicos. Claudio llegaba a las tres de la mañana agotado cuando trabajaba en el Ictus y se desplazaba entre una fila de pañales colgados dentro de la casa para poder llegar a su habitación.

Al otro lado de la ciudad vivía Vittorio, hermano de Claudio, y definido por sus cercanos como amante del fútbol, un hombre bajo perfil, menos amigo de la exposición pública y un verdadero ermitaño cuando trabaja (le gusta concentrarse y se encierra con llave por horas en su estudio). Se casó con Marta Armanet, a quien conoció mientras pintaba paisajes de los campos de la Séptima Región. Claudio lo describe como "más misterioso. Por lo menos cuando era más joven trabajaba esa característica, porque las mujeres caían rendidas a su paso".

Mientras Claudio luchó todo el tiempo contra el régimen militar, a Vittorio se le catalogó siempre como simpatizante de la derecha. Francesca, su hija de 44 años, lo desmiente categóricamente: "No. Es un mito urbano que mi papá es de derecha. Mentira, para nada, lo que pasa es que mi padre no anda ventilando su vida privada. Pero él no es de derecha".

Vittorio habla con un marcado acento italiano, a diferencia de Claudio, con quien es como hablar con un chileno más. Porque, claro, mientras Claudio recibió la nacionalidad chilena por gracia, Vittorio no.

Vittorio y Marta tuvieron seis hijos. Él les enseñó a todos a hacer yoga desde pequeños. La familia pasaba las vacaciones en un campo de Talca, cordillera adentro, donde practicaban los ejercicios de relajación. Allí le prestaban atención sus hijos Sebastián, arquitecto; Caterina y Beatriz, ambas diseñadoras; Pedro, que hace maquetas pero se ha dedicado a ser escritor; Juan Bautista, ingeniero naval radicado en Canadá; y Francesca, que es el "bicho raro" del clan: estudió Geografía, pero es gerenta de Recursos Humanos de IBM hace varios años. "Cuando entré a la universidad sabía que tenía facilidades para la parte artística y por eso quise aprender algo nuevo",
explica ella.

El clan Di Girolamo se define como aplicado, aperrado y responsable. "Nos criamos con los padres Di Girolamo (Elvira y Giulio) que llegaron con la disciplina muy marcada. Todos teníamos que ser muy buenos alumnos y, tal como tus hermanos eran los mejores alumnos, tenías que seguir así. Yo era una de las mejores de mi curso", cuenta Francesca. Ella fue alumna de las Teresianas, igual que todas las mujeres del clan.

Claudia complementa: "Mi padre (Claudio) siempre nos dijo que no importaba lo que hagamos en la vida, médico o carpintero, pero que fuera un oficio que te realizara. Nunca le importó la cosa académica, ni el título, sino que ser coherentes y consecuentes con lo que uno piensa. Y ésa era la guía: respetar y escuchar siempre, desde lo más profundo, tu verdadera convicción. Los dones eran un regalo, pero al mismo tiempo una enorme responsabilidad. Porque está el don, pero uno tiene que desarrollarlo, alimentarlo y hacerlo crecer".

LAS NUEVAS GENERACIONES

Hoy sábado todos los Di Girolamo tendrían una cita con las carreras de saco, las gimcanas y la buena mesa en la parcela de Roberto di Girolamo (el hijo menor de Claudio) en Peñalolén. Las Fiestas Patrias, la Navidad y los cumpleaños son citas obligadas para volver a verse, reír, comer y jugar.

Claudio describe: "Los Di Girolamo, en el fondo, son claneros, porque se llevan muy bien. Tengo cinco hijos maravillosos y son muy compinches. De repente estamos sentados en la mesa, cuando me vienen a ver con nietos, bisnietos, las señoras... ¡un desastre! Pero nos matamos de la risa".

Son muy ocurrentes todos. Empiezan a hablar y de inmediato vienen las carcajadas. "Somos gente alegre, aquí la depresión no existe", sentencia Claudio.

A pesar de estar separados y cargar con un apellido conocido, los hijos de Claudio y Vittorio se mantienen al margen de la farándula. Incluso Claudia ­la más expuesta de la familia­ defiende con fuerza su vida privada. Y lejos del estrés que podría significar su profesión, las luces, su relación con Vicente Sabatini o el título de ser la "Mejor actriz de Chile", jamás, dice, ha necesitado ir al sicólogo.

Y la tradición suma y sigue. Llegan nuevos personajes como el mismo Sabatini, que suele invitar a sus suegros a la casa que tienen en Tunquén o a comer a restoranes de Santiago.

Los hijos crecen, se reproducen y la pasión por cultivar las artes sigue intacta. De hecho, dos de los hijos de Claudia, Antonio y Pedro (hijos de su matrimonio con el actor Cristián Campos) piensan seguir los pasos de sus padres y estudiar Teatro. Antonio ya está en eso y, al igual que su madre, quiere que sean sus méritos profesionales los que hablen por él. Por lo mismo, prefiere no dar entrevistas.

Pedro, de 17 años, está en cuarto medio en el colegio William Kilpatrick y este año dará la PSU con dos ideas fijas en su cabeza: estudia Diseño o ingresa a Teatro. Está pronto a embarcarse en un viaje a Washington donde acompañará a su padre como agregado cultural en Estados Unidos. Y es, sin duda, la prueba viviente de que la huella Di Girolamo sigue dejando marca. Pedro dice: "Yo soy una persona a la que le gusta mucho el arte, me gusta mucho dibujar, escribir y eso lo llevo desde que soy chico viendo el trabajo de mi mamá y de mi abuelo que nos pintaba a nosotros. Crecí en ese ambiente y me resulta muy entretenido".

Los que aún son una incógnita son "los mellizos", los bisnietos de Claudio y Carmen. Se llaman Roberto y Gabriel, cumplen seis años en enero, y son hijos de Rafaela, la hija mayor de Claudia, y del pintor Ismael Frigerio. La actriz de TVN fue abuela a los 44 años y dice sin más: "son mis soles". Para diferenciarlos, le cortan el pelo a uno y al otro se lo dejan crecer.

Claudio dice emocionado: "La Rafa me dice que hablan de mí. El otro día le comentaron que yo era genio porque dibujo las cosas tal como son. De repente me llaman por un asunto de un mapache. Y yo me puse en la internet a ver cómo era ese animal para poderles dibujar uno".

"Cuando los veo me doy cuenta de que todo el sacrificio, todo por lo que pasamos valió la pena", añade Claudio. Y agrega: "A ellos ya no los podré ver crecer, pero son la prueba fehaciente de que la vida se dispara y sigue".

Para dejar un testimonio de su puño y letra, y como a Claudio le encanta escribir, está trabajando en un libro que contará la historia de la familia. Nada biográfico. "Es sobre escritos míos y con fotos de mis obras". En un capítulo escribe: "Soñaba con los ojos abiertos, con sentir la madera de un puente de un barco, siguiendo el vaivén de las olasÉ Poco importaba el puerto de destino, lo importante era navegaré".



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Carmen Quesney y Claudio Di Girolamo con sus cinco hijos. Claudia está en los brazos de su padre.
Carmen Quesney y Claudio Di Girolamo con sus cinco hijos. Claudia está en los brazos de su padre.


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