REVISTA YA

Martes 8 de Mayo de 2012

Abogada socialista y ex ministra del gobierno de Bachelet:
Ana Lya Uriarte, madre a los 13

Tenía doce años y medio en 1975, cuando supo de su embarazo. Era hija única en un hogar de Independencia, que sostenía, con apreturas, su mamá viuda. Aquí, treinta y seis años después, contada por primera vez, la dramática experiencia de la ex ministra del Medio Ambiente, quien sufrió la clandestinidad y la discriminación en un Chile que, entonces, no perdonaba.  
Por María Cristina Jurado. Fotografías: Carla Dannemann. Producción: Carolina Piña. Maquillaje y pelo: Nicole Rencoret.  Una granada de mano. En alguna parte del cerebro de Ana Lya Uriarte, ex ministra del Medio Ambiente en el gobierno de Michelle Bachelet, se grabó, en su adolescencia, la sensación nítida de la explosión de una granada de mano.Una granada. Una granada estallándole en el rostro. Con sus esquirlas, sus chispas de fuego, el dolor lacerante, su piel haciéndose añicos. Fue hace mucho tiempo: tenía 12 años, hoy tiene 49. Lo recuerda como si fuera ayer. -Era el verano de 1975, tenía doce años y medio exactamente, de un día para otro, me vi embarazada. Doce años y medio. Pololeaba con un vecino del barrio, él era mayor que yo, y bueno, las cosas pasaron. Vivía con mi mamá y mi abuelita; mi papá, Francisco Uriarte, estaba muerto. Crecí en la Plaza Chacabuco, frente a la iglesia de Fátima, un barrio modesto en una época con muchas dificultades económicas en Chile. Me embaracé, pero era una niña y seguí siendo una niña. En mi inconsciencia, seguí jugando básquetbol, a las Naciones, nunca dejé la pelota, las carreras. Te puedo decir que, en los primeros siete meses, mientras mi hijo José Antonio crecía dentro de mí -yo era fornidita, ya medía un metro sesenta y cuatro- a ratos se me olvidaba. Comencé octavo año en el colegio y era alumna de 6,8, lo seguí siendo siempre. A veces se me olvidaba totalmente que yo era una guagua con otra guagua adentro. Tanto, que no le dije nada a nadie. Ni a mi mamá, ni a mi abuela, ni a mi profesora. Fue mi secreto absoluto.Lo que no sabía entonces Ana Lya Uriarte era que, por muchos años y entre muchas lágrimas, su maternidad seguiría siendo el dramático secreto mejor guardado de su vida para poder, algún día, llegar a la universidad y ser alguien. La granada que portaba en su mano esta abogada socialista, ex ministra del Medio Ambiente y académica de la Universidad de Chile, le explotó en pleno rostro, dice, cuando ya sus siete meses de embarazo no pudieron disimularse más bajo el jumper escolar azul marino. -Tenía doce años. ¿Cómo vas tú donde tu madre o tu abuela, que te han criado como hija única en un hogar cálido, y sales con algo así? ¿Cómo, si tú misma eres aún una niña? Durante 1975, en mi octavo año, todos pensaban que había engordado. Primero un poco, después, mucho más. Yo seguía estudiando, jugando con mis amigas porque siempre he sido muy sociable y me encanta la amistad. Hasta hoy soy una mujer muy alegre, con mucho sentido del humor. Pero llegó un momento en que el jumper no me cabía. Ahí conté. Fue en julio de 1975: cumplí los trece años embarazada de siete meses.De ahí para adelante ya no fue más solamente ella, fue ella y su niño. Se pasó toda la adolescencia y la juventud sin saber lo que era una fiesta, un paseo, una cita, un pololeo, un restaurante. Todo el mundo se resumía en su hijo. No podía salir de noche, tenía que trabajar y estudiar. Y ayudar con las tareas domésticas porque en su casa no había nana. -¿Cómo fue el miedo, la angustia de enfrentar a su familia?-De esa época, lo que más me quedó en la mente y en las emociones fue el extraordinario apoyo de mi mamá y de mi abuelita. Ellas fueron mi palanca, sola no habría podido. Nunca fue tema que abortara, nunca fue tema que me casara a los trece. Ese mismo día se definieron los roles: mi hijo sería mío, no de mi madre -como se estilaba-, ni de mi abuela. Mío. El niño podría haber sido perfectamente de mi mamá porque ella tenía recién 36 años, pero esta impostura ni siquiera se conversó. Había que ir con la verdad por delante. Desde ese día, nuestras vidas enteras apuntaron a una sola meta: que yo saliera adelante con mi guagua, que siguiera estudiando, que llegara a la universidad. No teníamos medios, vivíamos con el muy escaso sueldo de mi mamá, empleada administrativa en una asociación de Ahorro y Préstamo, y el montepío escuálido de mi abuela. Ellas dos tuvieron que buscar una salida, porque plata para profesores particulares que me prepararan para dar exámenes libres, no había.-¿Cómo siguió su vida con siete meses de embarazo? -Me acuerdo, algunas mañanas, de despertarme con angustia, ducharme con angustia. Tomar conciencia de que iba a ser mamá tan chica fue esclarecedor, pero muy duro. Me daba cuenta de que iniciaba un proceso extraordinariamente complicado que nos iba a cambiar la vida a todos. Al cumplir los 13, en la mitad de octavo año y con un excelente promedio de notas, tuve que salirme de mi colegio de toda la vida, porque en esa época en Chile, las escolares embarazadas no podían seguir estudiando. Me tuve que ir y perdí a todas mis amigas. Ana Lya Uriarte no sólo perdió a sus compañeras al forzarla el sistema a abandonar su colegio de Independencia. También a sus amigas del barrio, cuyas familias se enteraron pronto del embarazo. La orden parental fue clara: nadie podía juntarse más con ella.-La palabra de un papá o de una mamá era ley. No se cuestionaba. Perdí a todos mis amigos. Fue la primera vez que sentí discriminación. Pero no lo intelectualicé. Me aferré a mi madre, a mi abuela y a mi guagua. Sólo conservé una amiga, que hasta hoy veo y quiero mucho. Lo que esta estudiante de colegio sencillo pensó que sería el peor chaparrón de su embarazo -enfrentar su casa, perder a sus amigas- no era más que la mínima punta de un iceberg que duraría más de un decenio. Recién, al titularse de abogada en la Universidad de Chile, después de encubrir por años su maternidad y trabajar duramente como procuradora desde los 18, Ana Lya alcanzó cierta estabilidad económica y profesional que le permitió mirar la vida de frente con su hijo. Hoy, a los 36, casado, con dos niños, José Antonio Guerrero Uriarte es abogado y sigue los pasos de su madre:-Nunca ha sido extraño para nosotros que nos llevemos apenas por trece años. Sólo nos llamaba la atención de que mucha gente no podía creer -por ejemplo en la isapre, en una tienda- que fuéramos madre e hijo. Eso nos pasó toda la vida.  EMBARAZADA DE SIETE MESES, POR LO MENOS 50 LICEOS nocturnos rechazaron a Ana Lya. Era agosto de 1975 y, para Lya Rodríguez y Lya Irisarri, madre y abuela de la ex ministra, era el comienzo de años de lucha. En busca de un establecimiento donde la adolescente pudiera terminar su octavo año -en los diurnos tenía prohibida la entrada-, recorrieron por lo menos cincuenta nocturnos en varias comunas del Gran Santiago, en ninguna parte la aceptaban. La razón era simple: en el Chile de los años 70, sólo se podía ingresar a un liceo nocturno con 15 años cumplidos. A Ana Lya Uriarte, quien hoy estudia un doctorado en la Universidad de Buenos Aires, le centellean los ojos de pena y de rabia:-Quedé en tierra de nadie. En los colegios diurnos no me aceptaban por mi embarazo; en los nocturnos, por mi edad. Y no teníamos plata para profesores privados. Al fin, mi mamá dio con quien me salvó: el director de la Escuela Costa Rica de la Plaza Ñuñoa, Hugo Gaviola, padre de la cineasta Tatiana Gaviola, quien me aceptó por mis excelentes notas. Mientras cursaba el segundo semestre, el 6 de octubre de 1975, nació José Antonio, en la clínica Las Lilas. Fue una guagua grande: pesó 3,950 kilos. La cesárea fue pagada con los ahorros que la familia juntó durante años para una citroneta... auto que nunca llegó a tener. En marzo siguiente, la familia se enfrentó a otra dificultad: ¿dónde iba Ana Lya a estudiar su enseñanza media? ¿Qué colegio la aceptaría, con una guagua de cinco meses? Según el sistema de la época, ninguno. A las tres mujeres no les quedó otra que tomar una decisión drástica: la niña iría a estudiar lejos de su barrio, donde nadie la conociera. Blindaría la verdad a los ojos de los demás, quienes la verían como una liceana más de 14 años de edad. No había otra salida. Así llegó al Liceo 4 de Recoleta, desde donde, con notas brillantes, saltó en 1980 a la universidad. Nunca perdió una clase, nunca se atrasó: egresó a los 17, junto a toda su generación. Nadie, nunca, supo en Recoleta de su doble vida. Esos cuatro años fueron para Uriarte, su madre y su abuela, el período más traumático de todos. La abogada de la Universidad de Chile lo recuerda como un tiempo de total clandestinidad -así lo bautizó- y una marca indeleble que tiñe muchas de sus decisiones y emociones hasta hoy. El nacimiento cambió la vida de todos. Su madre, Lya Rodríguez, quien siempre había trabajado de lunes a viernes, debió buscar un segundo trabajo: los fines de semana mostraba casas y departamentos de una inmobiliaria. Una doble jornada laboral que mantuvo por lo menos quince años. Y ella tuvo que esconder su maternidad frente a los ojos de todos. Nadie podía saber que José Antonio existía.Vivió más de algunas crisis. Cuando su guagua tenía seis meses, a ella le dio tifus. Estaba muy mal, se volaba de fiebre. Como sus compañeras no podían pisar su casa, su mamá y su abuela partían día por medio al colegio a conseguirse los cuadernos. Las tres pasaban noches y noches copiando la materia. No había aún fotocopiadoras, fax ni email. La ex ministra sentía que, a los 14, mientras las demás adolescentes crecían entre fiestas, carretes e ilusiones, ella existía en la más pura clandestinidad. Una clandestinidad dramática y muy solitaria. No más de dos compañeras estaban en el secreto y habían jurado guardarlo. De conocerse la verdad en el liceo de Recoleta, la expulsión sería automática, por muy buenas notas que tuviera. Recordando la época, se emociona:-A principios de los años 90 yo estaba casada con el padre de mis dos hijos más chicos, Claudia de 22 y Pablo de 20, y los cinco vivíamos en Alemania, donde pasamos dos años. Allá me enteré de que el ministro de Educación de la época, Ricardo Lagos, había sacado el decreto que impedía a un colegio rechazar a una alumna embarazada. Era el fin de la discriminación. Lloré. De tristeza al acordarme de mi vida y de felicidad por las niñas de este país. Lloré de pura emoción pensando en tantas chilenas que ya no tendrían nunca más que vivir una situación tan dramática como la que vivimos con mi familia. Sentí que esa ley venía a llenar un vacío tremendo en Chile y que por fin mi país, con el gobierno de Aylwin, daba un enorme paso hacia adelante. Porque la imaginación no alcanza para una historia como la mía: hay que haberla vivido.  EL MISMO DÍA EN QUE SE GRADUÓ DE CUARTO MEDIO reveló la existencia de su hijo. Ya no le podían quitar su licencia secundaria, ya nadie le podía poner vallas en su camino a la universidad. Ana Lya Uriarte recuerda sus últimos días de enseñanza media:-En los años 70 y 80 este país era otro. Una niñita de 12 que se embarazaba era un escándalo de proporciones en cualquier medio social y debía ser castigada. No podía seguir estudiando. Yo fui terriblemente discriminada, pero fue una discriminación amortiguada por el amor y el apoyo de mi mamá y de mi abuelita. Sin ellas, mi historia habría sido otra. Esa clandestinidad de años que yo viví, el silencio, la soledad, la doble vida... fueron producto de un reproche moral muy brutal de parte de la sociedad. Mirándolo con ojos de hoy, se ve aún más escalofriante y absurdo. Por eso, al graduarme en el Liceo 4 de Recoleta, le conté a todo el mundo que José Antonio existía. Fue mi liberación. Ana Lya llevaba años en una situación contradictoria. Por un lado, vivía en el silencio y sentía que sufría el reproche moral de la sociedad. Por otro, veía a su niño crecer, sano y feliz, y su felicidad de madre crecía con él. Desde que tuvo a su hijo hasta que se recibió de abogada, su único norte fue el esfuerzo. -Nunca me amargué. Me las arreglé para ser feliz y para concretar, como fuera, mi proyecto de vida: llegar a la universidad, estudiar Derecho, y darle un futuro a mi hijo. Yo quería que mi vida diera un giro en 180 grados. Con los años, he comprobado que no estaba equivocada. Se puede, yo pude, pero sin apoyo es, simplemente, imposible. Financió la universidad como pudo. Primero, con arancel diferenciado; después, con crédito fiscal, que recién terminó de pagar en 1995 o 1996. Fue dirigenta estudiantil: Ana Lya se convirtió en la primera vicepresidenta del Centro de Alumnos de Derecho de la Universidad de Chile en democracia. Trabajó en la Vicaría de la Solidaridad, en el INP, en Salud, se convirtió en experta en temas medioambientales, sin soltar jamás su pasión por las leyes. Hasta que la Presidenta Michelle Bachelet le dio rango de ministra:-Creo que Chile es hoy un mejor país, pero no me olvido de mi juventud. El decreto ley que les permitió a las niñas embarazadas estudiar, junto al de filiación de los hijos, le cambió el rostro a esta nación. Han sido decretos fundamentales. -Otra habría sido la historia de su adolescencia y juventud... -Desde luego. La sociedad chilena ha cambiado, pero aún hay resabios y fuertes. -Usted se ve como un ejemplo valiente. -Quiero dejar algo en claro. Yo no me erijo en juez de nadie. Jamás voy a levantar el dedo sobre la decisión de otras mujeres que han elegido abortar. Tuve el tremendo privilegio, que no todas tienen, de contar con una red de apoyo sólida que me sacó adelante. Mi madre y mi abuela fueron mis rocas. Me contuvieron, me reforzaron, me guiaron. Pero hay mucha gente para la cual un embarazo viene a ser el punto final de una hecatombe en sus vidas. Por eso es delicado juzgar y jamás lo haré. Creo que todo el mundo debe ponerse en la situación de otro antes de dictar sentencia y emitir un juicio de valor. Si ahora yo acepté contar mi historia -y es la primera vez-, es porque sé que en este preciso instante, mientras conversamos, hay tal vez una mamá cuya hija adolescente acaba de decirle que está embarazada. Y una niña de 13 o de 15 que debe revelar su verdad. Y si hay una sola madre y una sola hija en Chile que, después de leer mi testimonio, logra dar un paso adelante, entonces y sólo entonces, esta conversación habrá tenido sentido. 

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La ex ministra de Bachelet, Ana Lya Uriarte, 49 años, y su hijo, José Antonio Guerrero, 36. Los dos son abogados de la Universidad de Chile. 
La ex ministra de Bachelet, Ana Lya Uriarte, 49 años, y su hijo, José Antonio Guerrero, 36. Los dos son abogados de la Universidad de Chile. 


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