EL SÁBADO

Sábado 6 de Mayo de 2000


Lucía Waiser , volando con los pies en la tierra

Si la vida fuese un rompecabezas, ella sería la pieza que falta. Porque para esta escultora chilena que ha vivido a brincos por Europa y Norteamérica, la vida se desarma durante el día para reencontrarse por las noches. Para nuestra suerte, la pieza restante está en las siguientes líneas, con ganas de hacer pronto una nueva exposición individual y de encajar su historia en el espacio que le queda.
Por Daniel Greve

Siente miedo. Mucho miedo. Sabe que existe una marea mental en la que ha naufragado millones de veces, y que a ella misma le cuesta descifrar. Sabe también que los recuerdos son a veces regresiones indomables. Y su humildad de mujer austera, sofisticadamente austera, es infinitamente mayor al ego de artista, que a veces por ahí se asoma sólo para corroborar que sus esculturas son un sedante para el alma, un regocijo para quien quiera contemplarlas y establecer un diálogo íntimo.

Sorpresivamente acepta la entrevista como un desafío personal. Como un duelo a muerte con episodios de tanta miel como veneno.

Lucía Waiser Palombo nació en una casa de Santiago de la que conserva imágenes parceladas pero muy fidedignas, con sonidos, colores y aromas. Un sofá de felpa azul, tortillas de porotos verdes, jugo de zanahoria que le parecía abominable y que bebía forzosamente, los sombreros de mamá, la música de papá y una enorme maleta de cuero que despedía un fuerte y agradable olor cada vez que se abría. Como esas ocasiones solían ser tras un viaje que suponía muchos regalos, asoció siempre ese olor con la bendita manía de obsequiar. También recuerda el perfume de los aromos, vinculado a sucesos tristes y pavorosos. Ese olor me daba miedo y no sabía por qué, hasta que a mi mente llegaron imágenes de cuando era niña y jugaba en el Stade Franais. Cerca de la piscina había un balancín que siempre estaba ocupado, por lo que decidimos con un vecino de mi edad quedarnos hasta más tarde para jugar en él. Repentinamente, ya de noche, una voz, desgastada y terrible, comenzó a gritar: Váyanse de aquí, niños, o voy a soltar a los perros. Mientras corría desesperada de regreso, sentía el olor de los aromos como una invasión en mi agitado respirar. Casi podía percibir a los perros detrás.

De su infancia almacenó mucha energía creadora debido a las fuertes experiencias que califica como la vía no plácida hacia la madurez. Su padre, David Waiser, murió cuando ella tenía seis años, por lo que tuvo que trasladarse donde sus abuelos maternos, a una casa grande, vieja, donde un abuelo mediterráneo y severo leía en el primer piso, su silencioso territorio, sin prestar mucha atención a los movimientos circundantes. Al final de la escalera, en el segundo nivel, se abría otro mundo. Uno más bullicioso, donde la abuela podía fumar y era, incluso, más cariñosa que en presencia del abuelo. En aquel lugar se vivía una tímida rebeldía hacia él, con juegos de canasta y novelas de amores prohibidos. Por suerte puedo decir que no tuve una infancia maravillosa. No. Si fuese así quizás nunca hubiese escrito nada de lo que escribí ni esculpido todo lo que esculpí.

Y es que sus obras son empíricas, personales, herederas del hermético ambiente familiar, aunque integradas con algo más que tacto. La pequeña Lucía de entonces era, al mismo tiempo, la gran Lucía, pues era la mayor de sus hermanos Myriam, Carlos y Verónica.

Manos que ven

Lucía descubrió por azar que sus manos podían ver. Que esculpía con los ojos cerrados para advertir la simetría, para vaciar lo que tenía dentro de sí en un acto de desconfianza hacia los ojos que engañan y de fe infinita en su epidérmico trabajo. La confirmación vino con un grupo de ciegos que asistió a una de sus exposiciones. Ellos tocaban las figuras, y estas, a su vez, revelaban sus formas mediante el contacto. Fue la experiencia más increíble y emotiva que he tenido jamás en mi vida.

Octavio Paz se refería a Joan Miró como un niño de cinco mil años, porque, según el poeta mexicano, el pintor catalán poseía la inocencia de un niño y la sabiduría de un anciano. Con Waiser se podría decir algo relativamente parecido: que es una niña, pero de 59.

Su vida es su propio juego. Y en él, la regla básica es la de comprender su complejo universo como el futbolista lo hace con la cancha. Desde muy chica tuve que aprender a crear puentes entre mi universo y el de los demás. Con esto comprendí que la soledad no es esa cosa terrible, sino que todo lo contrario. Para llegar por el laberinto de los recuerdos hasta esa imagen de niña ensimismada, que jugaba por dentro, lo escribió todo. Desde que esa criatura de piel frágil, casi transparente, se despojó del vientre para llegar a un mundo con cara de disgusto, hasta su vida madura, atenta, que observa desde un mirador. La poesía, casi como un pecado inconfesable, se transformó en una vía de escape, en un rompehielo, en las placas que fragmentaron al planeta del tabú. Se describe en ellos absolutamente desnuda, despechada, frágil, a veces serena, a veces convulsiva. A punto de estallar o después de la tormenta, con frases eróticas que podrían provenir del más experto amante o del más meticuloso vate, descrito en detalle por el verso.

De todos modos, la palabra es su camino difícil. El pedregoso, el más obstaculizado para quien concibe la comunicación como una herramienta cuyo conductor son las manos. A través de ellas ha desarrollado un arte que evalúa como plácido y equilibrado, quizás por el libro que lleva como signo. De la marea interna nace la pasividad, reconoce, y así con el resto de su rompecabezas. El dolor lo hace placer, y viceversa. Mantiene los ojos abiertos para no evadirse de la realidad, que en momentos de su existencia ha sido deprimente. En esos instantes ha sido tremendamente importante sentir que tengo el arte como apoyo. He dibujado, dibujado, dibujado... y veo la depresión al fondo y le digo ¡no me la vas a ganar, mierda, no me la vas a ganar!.

Esa fuerza interna le sirvió para detenerse un instante, levantarse al siguiente y tatuarse la palabra solidaridad en la cabeza, como una regla mahometana. Uno siente que en la vida puede ayudar a otros incluso con un simple gesto. Es tan fácil y hay tanto por hacer, como la oportunidad de que alguien mire mi trabajo y pueda reconocerse.

Piruetas extranjeras

A los veintiún años se casó con el sociólogo Edmundo Fuenzalida e inmediatamente partió con él a la casa de sus suegros, en Viena, interrumpiendo sus estudios de diseño en la Universidad de Chile. Era 1962, año que le significó iniciar una secuencia de viajes que, más que consistir en desplazarse, se hicieron enfermizamente inestables, sin un destino aparente y sólo dando brincos de un lado a otro. Llegué a tener dieciocho casas en veinte años. Cada mañana me despertaba sin saber bien en qué país estaba, si era invierno o verano, o en qué idioma iba a tener que hablar.

Llegan a su cabeza imágenes de frío, ópera y muebles de un departamento arrendado con los que no se identificaba, y donde, por lo tanto, no se reconocía. Tenía olores de otra gente, objetos de otra gente... donde mirara no estaba yo. Cuando tenía invitados a comer, pensaba en que iban a relacionarme con cosas absolutamente ajenas. Era una extraña en su propio hogar, el que compara con el actual, una casa-taller palpitante que la tiene sumida en la vida puertas adentro, como bromea. Ahora tengo todos los lápices en un mismo piso, advierte, al mismo momento en que se queja por haber perdido una cajetilla de cigarros que finalmente encuentra y un dibujo que definitivamente no.

Contrastado con sus relatos de Suiza, en esta casa parece haber una Lucía en cada esquina y una amistad en cada muralla. Estas fueron adornadas con cuadros de Roser Bru, José Balmes, Delia del Carril y una atípica litografía de Roberto Matta en blanco y negro. El resto de los espacios, sutilmente salpicados de esculturas made in Waiser una de ellas dedicada a su única nieta, Antonia del Mar son de tránsito, incluso la sombrilla que ocupa parte importante del minimalista living. En la parte correspondiente al taller, un Pavarotti de brazos abiertos su gran amor, dice se pega cordial en la repisa que sostiene a su fiel equipo, que suele reproducir obras de Mozart o Bach, entre muchos otros amores. Al otro costado, varios rostros se almacenan como pacientes esperando alguna ciega refacción. Son todos distintos, rebeldes de clonación, carentes de cuerpo y con expresiones tan variadas como las que ofrece un océano de risas.

Lucía se echa hacia atrás, sonríe con sus dientes simétricos y amables, sirve más café, ofrece galletas y nuevamente enciende el switch para arrancar de la voladura temporal y seguir viajando en recuerdos. Después de pasar buen tiempo en Europa decidió volver a Chile en 1966 y titularse en la Escuela de Diseño de la Universidad de Chile, para decirle adiós nuevamente a su país por un buen par de décadas. Tuvo a sus dos hijas, Fabia y Sandra, con las que partió a Suiza con uno y tres años por cumplir, respectivamente, para acabar estableciéndose en Estados Unidos. Ahí, el diálogo artístico con los estadounidenses fue algo complicado, pues descubrió que así como eran más liberales que los chilenos en algunos aspectos, en otros eran ridículamente reservados y eufemistas. Vivió en Silicon Valley la actual metrópoli del cibermundo; en Palo Alto, donde los señores Hewlett y Packard comenzaron su aventura binaria; conoció a Steve Jobs, el magnate de Apple y tomó clases de dibujo en el Futhill College, donde algunos de sus compañeros eran veteranos de la guerra de Vietnam, con menos de treinta años y grandes traumas. Pero todo le parecía surrealista, sin atractivo tangible.

Allá no sentía el peso de las exposiciones con respecto al público, porque no me necesitaban. Cuando expongo en Chile, tiemblo. Y debe ser porque siento esa necesidad de responder frente a mi gente. Es el acto de exponerse, de sentirse frágil y desnuda... y a mí no me queda otra que andar desnuda por la vida. Pero la vida por poco se le escapa, o esta casi se la lleva en silencio. Un accidente en Estados Unidos la puso cara a cara con la muerte. Recuerdo que iba manejando cuando frené en un charco de aceite. Estuve a punto de que se cortara el hilo que sostiene a la vida. Desde ese momento me prometí que nada de lo que tenía pendiente lo iba a postergar más.

Pero hay cosas que aún no realiza, que dejó para cuando sea grande. Cantar ópera es una de ellas. Creció con esa música, que la lleva en el alma y en la memoria. A juicio de amistades y conocidos tiene una voz privilegiada, pero Lucía prefiere ser la María Callas de Latinoamérica sólo en su imaginación, ya que considera que es demasiado tarde para dedicarse a ello. De sopetón se encontró con la adultez que la privaría de comenzar cualquier cosa, aunque olvidando que el niño que Octavio Paz veía en Miró seguía ahí, intacto, en cuerpo de mujer, con ojos indescriptibles y sonrisa amable, de nombre Lucía y apellido Waiser.

Aburrida de la sintonía poco íntima con la cultura extranjera que no siempre entendía su arte, a pesar del éxito, de la distancia continental entre su hablar y el escuchar foráneo, y con ganas de hacer algo con todo lo acumulado, decidió emigrar, tocar suelo, o como dice ella, poner los pies en la tierra para poder volar.

Y volvió a Santiago, con Estados Unidos e Inglaterra (Sussex) como antecesores. Fue un descanso, a pesar de todos los problemas que aquí había, porque en Chile no tengo que presentarme cada vez ni partir de cero. Comenzó así a participar en innumerables exposiciones y a establecerse entre sus cachureos, donde dice, se siente mejor. Terminar con una etapa y empezar otra se transformó en una necesidad, aunque adquirí con ello más conciencia del paso del tiempo. Le temo, aunque es necesario... ¡no quisiera retroceder, ni por nada! Sin embargo, el paso del tiempo es esa cosa difícil, que se escapa.

Ella lo atrapó en una colección de relojes. Y lo aprehendió porque no funcionan. Son sólo máquinas sin ruido, sin movimiento y, por lo tanto, relojes sin tiempo.

Deseos de hombre

Su trabajo es evidentemente femenino, sensual. Sus peras, como frutos-jugo que son, presentan rasgos marcadamente corpóreos, sexuales y anatómicos. Para Waiser no hay nada más femeninamente erótico que ellas. Han sido el motivo principal de esta nueva etapa en donde se fusionan escultura y dibujo, con símbolos de dolor y trauma. Incluso reconoce no tener certeza exacta de la guillotina con la que priva de cabeza a algunas de sus obras.

Una vez, un grupo de feministas se acercó a mí para quejarse porque la obra de la mujer alada Vuelo I que descansa en el Parque de las Esculturas, al borde del Mapocho la había hecho sin cabeza. Estaban muy ofendidas, porque pensaron que yo quería representar algún tipo de debilidad intelectual en la mujer, o algo así, cuando en realidad ni siquiera me había dado cuenta de cómo la había hecho, porque no la necesitaba. Nadie realmente la necesita todo el tiempo porque vivimos fragmentados, excepto cuando armamos el puzzle. El mío se arma en la noche, cuando trabajo y me reencuentro.

Ahora, en una nueva búsqueda, sigue creando, pero no para ella, sino para todo el resto. Pretende realizar una nueva exposición, la primera en cinco años. Una que está preparando para quienes son capaces de mirar con el alma. Para los ajenos a la superficie. Quiere concretarlo lo antes posible, en la medida en que logre conciliar el querer con el poder. Lo malo es que soy un poco lenta, demasiado reflexiva. Me cuesta organizar algo, juntar mi cuerpo con la cabeza que se va arrancando.

Esta nueva aparición la última individual fue en la galería Arte Actual, en 1995 sería como establecer una nueva propiedad para todo lo que no le pertenece, para el mundo ajeno. Ya no quiero más nada para mí. Puedo decir que tengo todo lo que he querido, pero que, a su vez, no ha sido lo mismo a lo que todo el mundo aspira. Ni las casas ni los autos me conmueven. Ni siquiera las flores o las puestas de sol. Es algo diferente lo que aprecio, algo sensorial, que tiene que ver con la forma de ver el mundo.

O de volar por él. Porque con los pies en la tierra, Lucía Waiser, la niña de 59 años, ha llegado lejos, donde los ojos no ven, donde los pies no alcanzan.


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Las manos de Lucía Waiser fueron concebidas para moldear la arcilla y darles vida a trozos inanimados de hormigón, bronce o pulpa de papel.
Las manos de Lucía Waiser fueron concebidas para moldear la arcilla y darles vida a trozos inanimados de hormigón, bronce o pulpa de papel.
Foto:Carla Pinilla


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