REVISTA YA

Martes 7 de Abril de 2015

Rebeca Yáñez Echaurren
La primera fotoperiodista chilena

Dicen que era "alocada" para su tiempo, "vanguardista" también, porque desafió las normas del ambiente aristocrático en el que se crió hasta convertirse en una fotógrafa consagrada. Fue aviadora cuando casi ninguna mujer lo era y viajó sola por el mundo cuando pocas chilenas lo hacían. Retrató a celebridades como Brigitte Bardot, siguió con su cámara a líderes como el Che Guevara, y registró mundos tan diversos como el del circo o la realidad de los niños pobres de Sicilia. Hasta que, en los 80, un glaucoma le empezó a quitar la vista.  
Por Muriel Alarcón Luco  "El piloto Yáñez -una rubia menuda- toma una cámara y dice: Robinson Crusoe es mío".

Es 1964 y la revista mensual "Cuba", impresa y distribuida en La Habana, destaca en un reportaje titulado "Una chilena ve Cuba" el reciente paso por la isla de la fotógrafa chilena Rebeca Yáñez Echaurren. La publicación la llama así, "Piloto Yáñez", porque en 1945, antes de convertirse en fotógrafa de prestigiosas revistas italianas -como L'Europeo, Le Ore y Oggi-, alemanas -como Berliner Illustrierte, Freie Welt y Die Woche- y chilenas -como Proarte y Eva-; antes de ser retratista de celebridades como Brigitte Bardot, Marina Vlady y Lucía Bosé; antes de capturar en situaciones cotidianas a sus amigos y compañeros de tertulias literarias Pablo Neruda y Volodia Teitelboim; antes de ser considerada entre los "fotógrafos sudamericanos de mayor jerarquía en la especialidad del reportaje gráfico"; antes de convertirse en un referente de fotógrafos nacionales como Luis Poirot; antes de todo eso, Rebeca Yáñez se graduó de piloto en el Club Aéreo de Santiago.

Y sus amigos comenzaron a llamarla así: "Piloto Yáñez".

Había aprendido a volar en frágiles aviones, hacía acrobacias aéreas y había cruzado varias veces la cordillera de los Andes. De ella se decía que era "vanguardista", "adelantada para su época", de "ideas fijas". Sus fotos eran la prueba de eso.

A la isla, Rebeca, de 40 años y un metro cincuenta de estatura, llegó, según quedó registrado en la revista "Cuba", "con varias cámaras fotográficas y una de cine de 16 milímetros". Allá retrató letreros insólitos y escenas diarias de la ciudad, del campo, de la costa, pero también primeros planos de los líderes de la revolución, como Che Guevara y Fidel Castro, con el ceño fruncido, riéndose, cansados. Era su expertise, el arte que mejor manejaba. Las fotos que contaban una historia, el testimonio de un momento.

De regreso en Chile mostró sus fotos cubanas en una galería céntrica de Santiago. Llegó tanta gente a verlas, que la muestra se extendió por un mes. Fue solicitada por obreros y exhibida en la Central Única de Trabajadores. Pedida por estudiantes y mostrada en centros educativos. Requerida por galerías de regiones y presentada en Valparaíso y en Chillán.

En esa oportunidad, Rebeca Yáñez dijo de la itinerancia de sus fotos: "Me gusta que no estén quietas; también me gusta que mis fotografías se muevan, que no se conformen con quedarse fijas. Mi exposición es como yo: viajera de nacimiento".

  Su abuelo fue el coleccionista Víctor Echaurren, dueño del Palacio Echaurren. Su padre, Luis Fidel Yáñez, ministro consejero en Washington -donde ella nació en 1919-, en México, en Bruselas y en Lima. Creció codeándose con la realeza. Vivió en grandes casas. La de Bruselas hoy está convertida en una casa de modas. Sus padres eran de juntarse con los reyes belgas. Nunca fue al colegio. Le enseñaba una institutriz, Miss Marie Walter.

A Chile llegó a los 17, a terminar su escolaridad en el Santiago College. Para entonces, ya hablaba seis idiomas. Estudió Pintura y Escultura en la Escuela de Bellas Artes. Era cercana de los Matta Echaurren. Sobre todo de Roberto, el pintor, y de Sergio, el modisto, quien fue el padrino de su matrimonio. Rebeca se casó en 1938, a los 19, con Miguel Valdés, un hombre que se dedicaba a la venta de productos agrícolas.

Pese a sus genes conservadores y a su infancia aristocrática, Rebeca Yáñez siempre rehuyó de la formalidad. No vestía elegante, cuenta Amalia Chaigneau, orfebre y amiga suya, pero siempre fue considerada "una mujer de buen gusto".

-Era sumamente santiaguina, en el buen sentido de la palabra. Pero no tenía nada de lo provinciano chilenoide. Personalmente ni socialmente -dice el poeta Armando Uribe, quien la conoció.La fotógrafa tuvo a su hija Lupe, en 1939 y a Rebeca, en 1942. Ese mismo año se separó.

-No me acuerdo de haber visto a mis papás juntos. Mi mamá no era de estar mucho en la casa, a nosotras nos cuidaba una nana -dice Rebeca Valdés, la hija menor.

Fue en la editorial "El Pacífico", donde trabajaba de vendedora, que Rebeca descubrió el círculo santiaguino más intelectual. Su parentesco ayudaba. Además de  prima de los Matta, Rebeca era prima de José Donoso. En esos años se hizo amiga de Camilo Mori, quien la retrató de blusa y camafeo.

-Tenía mucho éxito social. Todos la encontraban muy bonita, muy "mona". Fue considerada una mujer muy liberada para su generación, donde todo era estricto y moralista -dice su prima, la escritora Mónica Echeverría.

-La chica tenía el mérito de ser bonita, pero también inteligente. Era simpática y alocada -dice Amalia Chaigneau.Tenía ojos grandes y celestes. De ellos diría más tarde: "Es una deformación profesional. Soy fotógrafo".-Siempre fue muy audaz mi mamá -dice Rebeca Valdés-. Me acuerdo que durante una fiesta del Club Aéreo, le dio con que se quería tirar en paracaídas y hasta se armó un escándalo para que no lo hiciera. Era montada en su idea. Al final no la dejaron. Las mujeres no podían.

  La inmersión de Rebeca Yáñez Echaurren en la fotografía comenzó en Europa, a principios de los 50. Tenía poco más de 30 años y pasaba sus días entre los anaqueles de la librería El Pacífico. Curzio Malaparte, el "Truman Capote italiano", 20 años mayor que ella, con fama de "escritor maldito", visitaba Chile, invitado a un congreso de literatura.

Mónica Echeverría recuerda:-Todos estaban locos de felicidad con este famoso escritor. Lo invitaban a todos lados, lo halagaban. Existía esta costumbre, bien cómica, de que a los extranjeros tenía que gustarles el vino chileno. Y las mujeres. A Curzio se las presentaban, pero todas le eran indiferentes. Hasta que le presentaron a Rebeca. Con ella se volvió loco.A Rebeca le pasó algo parecido. Por eso aceptó dejarlo todo. Irse con él. En sus memorias "Los Círculos Morados", el escritor Jorge Edwards describe:-(A Rebeca) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores. Con él (Curzio) partió a vivir una aventura de corta duración en Roma.

Rebeca estaba separada, pero no anulada. Sus hijas tenían 11 y ocho años. Vivía con ellas.Rebeca no le avisó a su familia que se iba con Curzio. Le dejó sus hijas a su ex marido y a su madre. Su partida escandalizó a todos. Su hija recuerda:-Los niños pagábamos las consecuencias. No te aceptaban. Había discriminación. ¡Qué no habrán dicho! Pero mi abuela nunca dijo nada. Todos sabíamos, todos sufrían, pero era un tema del que no se hablaba.

Después de un tiempo, su familia y amigos se preocuparon. De Rebeca no se tenían noticias. Surgieron rumores. Que Curzio, como solía hacerlo con sus parejas, la había convertido en su "esclava". Que a Rebeca la tenía bajo llave.

-A mí me lo contó la misma Rebeca -dice Amalia Chaigneau-. La tenía sin zapatos. La tenía como juguete, como un chiche.De la liberación de ese calvario hay distintas versiones. Que la socorrieron las hermanas de Malaparte. Que robó los bototos del mayordomo de Curzio, se subió a una bicicleta y se fugó hasta encontrar ayuda. Que Curzio la tenía encerrada, cual Rapunzel, en la parte más alta de su castillo y que su primo Sergio Matta la rescató en un bote.Rebeca no regresó a Chile. Conoció al fotoperiodista Carlo Cisventi, exponente del neorrealismo italiano, diez años menor que ella, se convirtió en su discípula, y, sin saberlo, se transformó en la primera fotoperiodista chilena.    Junto a Cisventi, quien trabajaba para el Vaticano, Rebeca partió fotografiando procesiones religiosas en pueblos italianos.

-No fueron pareja, pero él le enseñó la fotografía. Y ahí mi mamá se convirtió en su discípula. Empezó a hacer reportajes fotográficos. En esos años hizo retratos de Sofía Loren, Brigitte Bardot, Marina Vlady, Lucía Bosé- dice su hija Rebeca Valdés.

Rebeca Yáñez amplió sus horizontes profesionales a Europa. Se convirtió en freelance de medios italianos, franceses y alemanes. A París llegó a vivir a un departamento de propiedad de los Matta que ellos le arrendaban. Con los años, ese se convirtió en su refugio constante.Rebeca enviaba cartas a sus hijas en Chile y solo regresó al país cuando su madre se enfermó.

-A pesar de todo, las hijas fueron bastante unidas con ella. No la despreciaban ni la miraban en menos. Siempre fue muy adorable, querible, muy simpática. Nunca dijo cosas ofensivas. Las hijas la deben haber encontrado encantadora -dice Mónica Echeverria.En la edición del 21 de septiembre de 1956, la revista Eva anunció en sus páginas que una prestigiosa fotógrafa chilena, de nombre Rebeca Yáñez, colaboraría en los próximos números. Además de publicar sus fotos, en esa edición Rebeca Yáñez escribió los textos que acompañaban sus imágenes. El de una pareja, Paco y Josette, ambos "existencialistas", que caminaban por París "para olvidar sus propias vidas". El de dos modelos que asistían a la exposición "Átomos para la paz" de la Universidad de Chile y que lucían ropa de Falabella. Después de esos fotorreportajes, siguieron muchos más. Historias humanas. De comunidades mapuches, de espectáculos circenses, del Parque O'Higgins. Todas fotografías en blanco y negro.

En 1957, aún adolescente, el fotógrafo Luis Poirot recuerda haber visitado una exposición suya en que retrataba a niños pobres de Sicilia, Italia.

-Hasta hoy me persiguen. Aluciné con esas imágenes. Pasaron años antes de que me dedicara a la fotografía, pero nunca se me olvidó esa exposición. Eran fotos muy parecidas a las que tengo del "Queco" (Sergio Larraín), de los años 50. La obra de Rebeca es muy parecida a la de él. El movimiento se llama humanista. Hay una búsqueda de un testimonio.

  Ya instalada en Chile, a fines de los 50, Rebeca se emparejó con el periodista Enrique Bello, quien había sido director de la mítica Proarte, considerada, por algunos, como "la mejor revista de arte de la historia de Chile". Proarte había contado con colaboradores nacionales como Camilo Mori, Gabriela Mistral, Roberto Matta y extranjeros como Diego Rivera y André Breton. Durante esos años, Rebeca y Enrique hicieron una dupla de trabajo. Él escribía; ella, fotografiaba. Viajaron adonde nadie lo hacía. Al archipiélago Juan Fernández, a Andacollo, a la Araucanía. Publicaron en 1957 el libro "Reportaje a la Isla de Pascua". Pocos días antes de morir, el fotógrafo Luis Ladrón de Guevara dijo de Rebeca que era una profesional inusual.-Fue muy valiente y arriesgada. Hacía cosas que nadie más hacía. Y en la vida también era arriesgada. No le importaba lo que dijeran de ella. Era de armas tomar.

Enrique acompañó a Rebeca a Cuba cuando triunfó la Revolución. De acuerdo al libro "Fotógrafos en Chile 1900-1950: historia de la fotografía" del investigador Hernán Rodríguez, en ese tiempo Rebeca fue fotógrafa de la Universidad de Chile, donde estuvo a cargo de las imágenes del boletín institucional. Anulada de su primer marido, se casó con Enrique en 1966.-Eran una pareja de mucho diálogo intelectual. Los dos eran muy cultos, leían mucho, se notaban muy afines. Lo pasaban bien. Ella era la divertida; él era el formal -dice Amalia Chaigneau.Ambos eran respetados en círculos intelectuales. La amistad de Rebeca con Pablo Neruda y la "Hormiguita" la llevó a alojarse en la embajada del poeta en París, quien le dedicó la "Oda al día feliz".

Durante los 60 y principios de los 70, Rebeca presentó su trabajo en festivales internacionales de arte y en bienales. Sus fotografías eran solicitadas por prestigiosos museos del mundo y exhibidas en institutos culturales y escuelas universitarias, en países como Brasil y Argentina. Era una trotamundos. Viajaba por placer. Muchas veces sola. Como cuando visitó China, en 1971, y alojó en el edificio del poeta y entonces embajador Armando Uribe. Durante este viaje, fotografió la Ciudad Prohibida cuando aún era prohibida. Armando Uribe dice:

-No buscaba prestigio intelectual. Era lo contrario a la vanidad. Tenía auténtica modestia. Lo que es poco frecuente, sobre todo en chilenas que han tenido figuración en el extranjero. Era liviana de sangre, un personaje social. Con mucho mundo, no mundana.Rebeca también se separó de Enrique Bello. Y regresó al departamento de sus primos Matta en París. Enrique, exiliado en Francia, la persiguió. Volvieron a vivir juntos, pero al poco tiempo él se enfermó de cáncer. Murió en 1974. Rebeca quedó devastada y abandonó los fotorreportajes. Su salud también empezó a deteriorarse. Le diagnosticaron un glaucoma.

A Rebeca le dijeron que iba a perder la vista.  Luis Poirot conoció a Rebeca en los 70. Y le comentó el impacto que le habían causado las fotos que había tomado, décadas antes, en Sicilia.

-Me llamó la atención lo tímida. Me dijo: "Yo ya no hago casi nada, eso quedó atrás". Después me volví a encontrar con ella, vivía en París. Le dije: "¿Qué pasa con tus fotos?" y ella me contestó: "Tengo todo medio abandonado, ya no me interesa mucho". Ella no tuvo constancia.

Años después, Poirot quiso retratarla.-Me dijo: "¿Cómo se te ocurre? Estoy fea, ¡imposible! Ni siquiera quiero que me veas". Yo le dije: "Pero Rebeca, tú eres una fotógrafa que hizo muchas cosas". Ella volvió a decir: "Eso quedó atrás".

-Era la depresión -asegura su hija Rebeca Valdés-. Fueron muchas cosas duras en poco tiempo. Se sentía, por primera vez en su vida, perdida. No tenía un norte.En esos años intentó rehacer su vida en México. Partió en 1975 a vivir a la casa de su primera institutriz, Miss Walter, y estando ahí empezó a frecuentar la casa de Amalia Chaigneau. Tuvo buenas ofertas de trabajo, pero se vio obligada a rechazarlas porque había perdido buena parte de su visión.

Amalia Chaigneau dice:-Juan Rulfo le propuso hacer la fotografía de la región donde él escribió "El llano en llamas". Yo le decía: "Rebeca, no puedes perder esta oportunidad". Pero ya no veía. Y ahí yo le dije: "¿por qué mejor no te vas a Chile? Ahí están tus hijas. No puede ser que estés casi ciega y mendigando".Rebeca reunió el dinero para viajar, pero en vez de irse a Chile, regresó a Europa. Allá no consiguió un ingreso fijo.

-Se puso a tomar alcohol para pasar la soledad. Todos le reclamábamos. Se encerró y no le abría la puerta a nadie. Hasta que la escritora Teruca Hamel, muy amiga de ella, la amenazó. Le dijo: "Si no sales, te saco con la policía". Y logró sacarla -recuerda Amalia.En 1976, Rebeca volvió a Chile, pero le costó encontrar trabajo. Sin su archivo fotográfico en el país, "se sintió limitada", dice su hija Rebeca. Recién entonces logró conseguir un ingreso mensual, a través de la pensión de viudez que empezó a recibir por la muerte de Enrique Bello. Además, se dedicaba esporádicamente a las fotos publicitarias. Revisaba sus fotos con una lupa. Vivía sola. Sus cercanos dicen que ese fue el tiempo que destinó a reconstruir lazos, sobre todo con sus hijas.

-Se debe haber sentido culpable -dice su hija Rebeca Valdés-. Pero yo no la dejaba lamentarse. Le decía: "Ya lo hiciste mamá. Olvídate. Viviste la vida que te tocó vivir". Ella sonreía. El último tiempo vivía de los recuerdos.Recortaba de los diarios todas las apariciones de sus familiares, sobre todo de los Matta y de Pepe Donoso, los rayaba con destacador y los guardaba.A principios de los 80, tocó un día a su puerta el dibujante y publicista Günter Raush, un antiguo prometido, nunca dado por vencido. Él quería acompañarla. Sus amigas dicen que fue "el gran amor de su vida". Pese a la austeridad en la que vivía en Santiago, Rebeca Yáñez nunca dejó de esperarlo todos los viernes con ostras, ostiones y una copa de champaña.-Llevaron una vida muy privada juntos -dice Amalia.

-Llegaba Günter a su casa y se tenía que ir todo el mundo -cuenta su hija Rebeca-. Veían programas de televisión, leían juntos los libros e investigaciones científicas que les interesaban. Él la contemplaba.En 2006 a Günter le diagnosticaron Alzheimer. Dicen que con Rebeca torció las expectativas de su enfermedad, porque nunca la olvidó. Pero Günter ya no lograba movilizarse por su cuenta, y menos podía seguir visitándola. Rebeca lamentaba su soledad.

Tenía 87 años cuando sus hijas la trasladaron al Hogar Alemán, donde se reencontró con su primer marido, Miguel Valdés. Tenían largas conversaciones. Rebeca solía reírse y relatar las historias novelescas de sus aventuras fotográficas. A ratos, le preguntaba a su hija Rebeca por qué mejor no se iban juntas a París.

Murió en 2009, a los 89 años. Sus ojos, grandes y celestes, solo veían sombras. ya

 

"No buscaba prestigio intelectual. Era lo contrario a la vanidad. Tenía auténtica modestia. Lo que es poco frecuente", dice armando uribe, quien la conoció.

"Fue muy valiente. Hacía lo que nadie MÁS hacía. (...) No le importaba lo que dijeran de ella. Era de armas tomar", dijo de ella Luis ladrón de guevara.

 

 

 


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En 1945, recibió la licencia de piloto en el Club Aéreo. Le decían
En 1945, recibió la licencia de piloto en el Club Aéreo. Le decían "Piloto Yáñez".


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