REVISTA YA

Martes 6 de Diciembre de 2005

Nuestros columnistas regalan:
Una lección de Navidad

Pedimos a los columnistas de Revista Ya que, en su estilo y registro, escribieran alguna anécdota o historia a partir de la Navidad, como un regalo personal a nuestros lectores. La sicóloga Neva Milicic certeramente entrega consejos a los padres a raíz de una vivencia con uno de sus hijos; Consuelo Aldunate se ríe de sí misma y de su pasado en una divertida carta al Viejo Pascuero; el siquiatra Juan Pablo Díaz apela a que cada uno de nosotros viva la Navidad de acuerdo con su particular forma de sentirla y, el escritor Marcelo Birmajer recuerda cuando se le cumplió la tradicional plegaria judía "El año próximo en Jerusalén". Finalmente, Maitena saca sonrisas con una lúcida ilustración.

MAITENA
Ilustradora

NEVA MILICIC
Sicóloga

Una pregunta navideña

Hace muchos años, uno de mis hijos que, por entonces tenía cuatro años, había dictado una preciosa carta al Viejo Pascuero en que le pedía regalos y le contaba que se había portado bien. El esperaba muy ilusionado, con esa capacidad de esperanza que tienen los niños, la llegada de esa fecha tan esperada.

El nacimiento había sido armado en familia, con la cooperación de todos los hermanos; el árbol de Pascua encandilaba a los niños en el atardecer y les recordaba que en unos pocos días más llegaría el Viejito Pascuero con los tan deseados juguetes. Había olor a pan de Pascua y en el ambiente se respiraba la magia que se desarrolla en esos días.

Cuando faltaban pocos días para la Navidad lo invité a salir conmigo, diciéndole: ¿quieres acompañarme a comprar algunos regalos? Ante esta inocente pregunta, mi hijo respondió con una voz atemorizada y llena de sorpresa: "Mamá, ¿es que se murió el Viejo Pascuero?". En ese momento tomé conciencia que había que explicar más el tema de los regalos a los niños, para que puedan comprender esa invasión propagandística prenavideña.

Explicar que los regalos son una muestra de afecto y suponen conexión con los intereses, los gustos y las necesidades de los otros, que el Viejo Pascuero les trae a los niños y no a los grandes. Mostrar que los regalos para los adultos son comprados no para salir del paso, sino para dar felicidad y mostrar afecto. Es un decir te quiero, te recuerdo y sé lo que te gusta.

JUAN PABLO DÍAZ
Siquiatra

Navidad al gusto de cada cual

Faltaba más de un mes para la Navidad y salí a caminar con mi nieto de cinco años. Comenzaba a oscurecer y las estrellas a aparecer, cosa que él aprovechó para colocar un tema, del cual yo intentaba hacerme el leso. Me preguntó derechamente: ¿cuál de todas ésas, es la estrella de Belén?

Quise cambiar de tema, pero él insistió. "Si fue verdad que la estrella de Belén apareció cuando nació el niño Jesús, entonces tiene que estar en algún lado", me dijo sorprendido. No supe responderle en ese momento y recurrí a la excusa habitual. "Tendríamos que preguntárselo a tu papá, él tiene que saber". La conversación giró inmediatamente hacia donde él siempre la quiso llevar. Había comenzado a hacer su lista de regalos, para el Viejito Pascuero.

Cada uno de nosotros vivirá la Navidad a su manera, de acuerdo con su particular forma de sentirla. Tan diversas son las maneras de celebrarla, como personas la celebran, pero a pesar de todas las opiniones a favor y en contra, la Navidad seguirá siendo la fiesta más importante del mundo cristiano y si ella no existiera habría que inventarla.

La actitud frente a la Navidad puede ser antagónica, dependiendo del ángulo que se aborde. La experiencia religiosa proclamará el reencuentro cristiano con sus raíces teológicas, en un entorno sencillo, incluso pobre, mientras que la postura comercial fomentará la unión y el cariño entre hermanos, ofreciendo miles de oportunidades, algunas más económicas que otras, para demostrar nuestro cariño, regalando. Ambas son legítimas y no debieran entrar en conflicto. Para los niños menores especialmente, como mi nieto, la Navidad perfecta es aquella que une la magia de lo sagrado con sus mitos de estrella, pesebre, pastores y reyes, con la fascinación de los transformers, pistas, bicicletas y juegos de cualquier tipo.

Como estamos en Navidad, quisiera compartir un deseo con ustedes. ¿Porqué no? Suponiendo que mi nieto tenga razón y la estrella de Belén se encuentre por alguna parte del cielo. Quisiera que me ayudaran a encontrarla y al igual que los pastores y los reyes que caminaron a Belén, tener la valentía de seguirla hasta donde ella nos quiera llevar y junto con todos los niños inocentes que nos quieran acompañar, encontrarnos con ese Niño tan inocente como ellos y pedirle que nos muestre el sentido del camino que nos lleva hacia la Navidad. Feliz Pascua para todos, cualquiera sea su manera de celebrarla.

MARCELO BIRMAJER
Escritor

Una Navidad en Jerusalén

Existe una milenaria plegaria judía: el año próximo en Jerusalén. Seguramente esta expresión data de los años 70 de la era cristiana, cuando el Gran Templo fue destruido por los romanos y los judíos, dispersados. Y allí estaba yo, dos mil años después, en 1993, en las primeras horas del 24 de diciembre, viajando de Jerusalem a Tel Aviv, en el moderno Estado judío, listo para reemprender el camino a casa. Me habían invitado a Europa, a un congreso de escritores, y de allí había viajado a Israel, para pasar una semana. No podía decir "el año próximo en Jerusalén". Mi semana había terminado: la Navidad me sorprendería en el aire, y el Año Nuevo en Buenos Aires.

La Navidad en Israel, a diferencia de en Occidente, no exudaba por los poros, ni de las tiendas. En el taxi al aeropuerto se me sentó al lado una australiana que también había habitado ahí y que me había ignorado como si yo no hubiera llegado nunca. Pero en la combi-taxi se me sentó al lado, se me pegó como a un amigo o a un novio, y comenzó a hablarme en un inglés comprensible. Sabía que yo pasaría Navidad en el avión, y sospecho que para hablar de algo me preguntó que haría para el Año Nuevo.

- Nothing, mentí, porque yo siempre festejaba el Año Nuevo. I am jewish.

- I am protestant, replicó. What is the problem?

Como no supe qué responderle, sacó una botella de whisky de su bolso, y me explicó que la beberíamos juntos en el aire. No tuve más remedio que asentir.

En las horas previas al despegue, me contó acerca de la familia que la esperaba en Sydney para la fiesta. Había viajado por el mundo y hacía dos años que no pisaba su patria. Llegaría para justo antes de las doce. Me dio vergüenza confesarle que no me esperaba nadie: mi familia no festejaba la Navidad, y mi novia me había abandonado hacía dos años. Traté de mantener un diálogo como para no arruinar la futura intimidad en el avión.

Pero cuando llegó el momento de abordar, no sólo el avión estaba repleto: como en la noche de Navidad reducen las tarifas, se habían sobrevendido pasajes. Yo pasaba, pero a la australiana la dejaban abajo. Vi sus ojos llenarse de lágrimas. Volví sobre mis pasos, hablé con el operario, y le cedieron mi lugar. Ella volvería con su familia esa noche; yo pasaría la primera Navidad con mi tribu: sin sidra, ni lechón, ni cañitas voladoras.

A mi pedido, me pasaron el pasaje para siete días más tarde, con dos noches de hotel a cargo de la compañía. Finalmente, pasaría el año próximo en Jerusalén.

CONSUELO ALDUNATE

I still believe in Santa Claus

Viejito Pascuero: Sé que debes pensar que soy una ingrata de lo peor por haberte dejado de escribir hace tantos años, pero bueno, las mujeres somos medio lunáticas y sólo me queda usar la excusa de las hormonas y la presión social por haber renegado descaradamente de ti: no tengo nada más que decir que ¡la hija pródiga ha vuelto!

Te pongo al día rápidamente: sigo igual. Hasta con el mismo corte de pelo. El Ken que tanto te pedí y que finalmente me trajiste el '80 nunca creció a tamaño real - me siento estafada- , y aunque el tiempo pasa, continúa la cacería de algo en ese estilo. Claro que a medida que avanzan los años, bajan las exigencias. Las calugas, pectorales, bronceado y sonrisa de mentira y el clóset ilimitado dejaron de ser un issue. En resumen, hoy me basta con un sujeto que se comporte, que me quiera y que me deje quererlo. Lo que sí te recalco es que si te animas a cumplirme el pedido, por favor, que sea anatómicamente correcto. I'm old enough to know how to handle the real thing. El resto, me parece un tema menor. Confío en tu criterio, el mismo que tanto le achuntó cuando al no encontrar la jardinera Americanino el año '88, optó por una tenida amasada verde agua Kiki's, que si bien hoy me mata de la vergüenza, fue un hit entre mis amistades en el momento.

Viejito. Tantos buenos momentos que hemos pasado. Cada vez que te veo sentado en algún mall, mi primer instinto es partir corriendo a sentarme en tus piernas. Pero con tanta acusación de pedofilia y semejantes, nos ahorro problemas a los dos y paso haciéndome la cool. Aunque mataría por poder instalarme cómodamente a detallarte en persona lo que tengo en mente para este año. Seguro que sería mejor visto pedir la paz mundial o salud o algo en esa línea. But I couldnt care less: quiero un novio para el 2006. Sé que un ejemplar masculino que se precie de tal no cabe debajo del árbol - nada personal contra tus ayudantes- y que seguramente el sujeto me tomaría fobia si lo dejas en una caja más o menos grande, con un par de hoyitos para el aire, esperando a que me levante a abrir los regalos. Pero por lo menos déjame un par de pistas. Dónde demonios lo pillo. Cómo lo hago para reconocerlo. O si crees que no me lo merezco, una casa con patio amplio para todos los gatos que me voy a comprar me vendría de pelos.

Ok, no te lateo más. Te agradezco el tiempo que le pongas a leer y cumplir mi simple pedido y nos vemos el 2006. Prometo dejarte un plato con galletas y leche como en las películas, a ver si con eso te animas a pasar a verme. Besotes varios y no te adjunto dibujo como antes, porque ya atiné que no era tan artista como me creía en esos años.

ANTONIA DEL SOLAR

Mi amiga hermana

A mi hermana Paula me une algo especial. No siempre fue así. De hecho, cuando chicas, éramos más que diferentes. Ella usaba anteojos; yo, no. Yo era flaca como un espárrago. Ella, de haber sido verdura, estaba más cerca del zapallito italiano. Pero, más allá de la falta de esas similitudes físicas, hubo algo que nos unió por sobre las diferencias: fui la que le conté que el Viejito Pascuero no existe. Y eso, malo o bueno, nunca se olvida.

Yo tenía ocho años y acababa de descubrir el lugar donde la mamá había escondido los regalos. Me creía la muerte porque aquello que sospechaba y de lo que hablaba con mis amigas en los recreos era cierto: no había reno, ni duendes, ni viejo barbón bajando por la chimenea. Las cartas no iban a ninguna parte. A lo más, volaban a la oficina del papá para ser parte de una lista que, obviamente, él se encargaba de convertir en realidad. No había magia ni transmisión de pensamiento detrás de mi muñeca ni de los patines que tanto pedí. Sólo había padres. Me sentía inteligente y astuta. Portadora de la verdad. Insuperable. A mí no me venían con ilusiones. Ya era grande. ¡Por fin!

La Paula tenía cuatro y, aunque nos peleábamos a menudo, era mucho más cercana a mí que la Consuelo. Muchas veces formábamos una alianza sólida y cerrada con el único propósito de enfrentar a nuestra hermana mayor. Nos defendíamos y, por muy chica que fuera, mi lazo con ella era de profunda solidaridad. Por eso, no había terminado de cerrar la puerta de la bodega de nuestra casa, y corrí a contarle. Ella sólo me miró y preguntó: "Entonces, ¿es verdad que es mentira?". Le dije que sí. Que no le contaba por mala. Sólo quería que no la engañaran tanto tiempo como a mí.

De eso hace 28 años pero en su memoria - y en la mía- no ha pasado tanto tiempo. Ella dice que siempre ha agradecido el gesto que tuve de decirle la verdad. Yo me he debatido constantemente entre la culpa y la franqueza. No sé por qué lo hice. Sólo estoy segura de que para las dos fue algo vital. Y cada Navidad, cuando obligamos a nuestros maridos a subirse al techo, a aterrizar en el jardín disfrazados de Papá Noel, tocando una campana y arrastrando un saco enorme, las dos sabemos que, sin mentir, queremos prorrogar para nuestros hijos el mundo de la fantasía por sobre la realidad. Pero que si nos preguntan, si tuviéramos que elegir de nuevo, ella y yo optaríamos por la sinceridad.

Siempre se dice que las hermanas te tocan, que uno no las elige. No estoy de acuerdo. Esa noche, la Paula y yo nos elegimos. Y firmamos un pacto no escrito: el de ser, con la otra, tan veraz como es posible. Aunque duela.


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