REVISTA DE LIBROS

Domingo 23 de Agosto de 2009

Jorge Guillermo Borges Autor de "El caudillo"
Borges: en el nombre del padre

La única novela escrita por el padre de Jorge Luis Borges demuestra influencias cruciales en el autor de "El Sur": el eterno retorno de gauchos y compadritos bajo el signo de Hamlet y Schopenhauer.  
Pedro Pablo Guerrero A los nueve años, Jorge Luis Borges, llamado Georgie al interior de su hogar bilingüe, publica en un periódico de Buenos Aires una traducción de "El príncipe feliz", de Oscar Wilde. Su padre, Jorge Guillermo, recibe al día siguiente las felicitaciones de sus colegas en el instituto donde hace clases de psicología. Creen que la traducción es suya.

"La confusión es simbólica en más de un sentido -observó Emir Rodríguez Monegal-, porque Borges (el hijo, es claro) habría de llevar al máximo de elaboración estética el arte de las falsas atribuciones y las mistificaciones literarias".

Muchos años después, cuando Borges ya era un escritor consagrado, una de las primeras bibliografías extensas de su obra incluyó entre sus traducciones una versión de Omar Khayyam que en realidad había escrito su padre.

Cabe preguntarse si en la imaginación del autor de El otro, el mismo no empezó a germinar a partir de equívocos como estos la idea del doble. Borges, sexta generación de ciegos en su familia, no sólo heredó la enfermedad del padre, también su pacífico anarquismo spenceriano -la teoría evolucionista de Darwin aplicada por Herbert Spencer a la sociedad, esa "mezcla de cuartel y fábrica", como la llamaba Jorge Guillermo- y, por sobre todas las cosas, el culto a la literatura.

La anglófila biblioteca familiar (Keats, Shelley, Swinburne, Las mil y una noches , de Burton) y los escasos textos del progenitor que han sobrevivido dan cuenta de una vocación literaria surgida por emulación, en el sentido exacto del término emular : "imitar las acciones de otro procurando igualarlas e incluso excederlas".

Cuando en una entrevista le preguntaron a Borges: "¿Nunca pensó en seguir alguna carrera? Quiero decir: su padre era abogado", el escritor respondió: "Sí. Pero, después de todo, trató de ser un hombre literario y fracasó. Escribió algunos sonetos muy buenos. Pero pensó que yo debía cumplir ese destino, ¿no?".

El caudillo es la única muestra del talento, cualquiera sea su medida, de Jorge Guillermo Borges. Escribió la novela hacia 1919 mientras vivía con su familia en España. La publicó en Palma de Mallorca en 1921. Una autoedición en toda regla: 500 ejemplares que repartió entre sus amigos de Buenos Aires. En poco más de cien páginas, relata un episodio de las guerras civiles de la década de 1860 que sacudieron Entre Ríos, su provincia natal. El libro desarrolla un conflicto que a esas alturas ya no era novedoso en la tradición narrativa hispanoamericana: el enfrentamiento civilización-barbarie, personificado en Carlos Dubois, egresado de Leyes con inquietudes literarias, y en el "ambicioso y zorruno" caudillo local Andrés Tavares, quien saluda al joven hijo de inmigrantes franceses, recién llegado de la ciudad, tendiéndole la mano que sostiene el rebenque con el que acaba de castigar en público a un pendenciero.

Aparecida en los años veinte del siglo pasado, El caudillo es un auténtico "anacronismo", para usar la expresión de Rodríguez Monegal. Pero contiene, apenas esbozado en sus páginas, el repertorio de temas que Borges hijo recogerá en su obra, dándoles cabal desarrollo. El duelo injusto entre un compadrito o gaucho avezado y un rival citadino, inexperto, a veces más joven, reaparecerá en relatos como "El muerto" y "El Sur", marcados por disyuntivas de vida o muerte. ¿Es inevitable la venganza de la ofensa? ¿Hay que empuñar el arma o dejarse matar? ¿Actuar o no? El dilema de "Hamlet", subtexto de la intriga, se vuelve apremiante hacia el final de la novela, que hasta glosa el macabro diálogo de los sepultureros de Ofelia poniéndolo en boca de dos leñadores que encuentran un cadáver a la orilla del río: "¡Y decir que esto fue un hombre!".

Schopenhauer, al que tanto debe Borges, se asoma más de una vez en el relato. Durante un paseo por el campo, Dubois deja consternados a sus rústicos oyentes cuando dice: "Lo que sería curioso (...) es saber si alguna vez hemos recorrido juntos este mismo camino, hemos pensado lo que hoy pensamos y dicho las mismas palabras". La posibilidad del eterno retorno ("el temor de haber sido" que manifestaba Rubén Darío en "Lo fatal") se funde aquí con la visión determinista de Borges padre. "Unos y otros, activos y soñadores, son más o menos piezas en el juego del azar, las circunstancias determinan de antemano las leyes del juego, el dios de la dura necesidad los rige", sentencia el narrador.

Con la ayuda de un tablero de ajedrez, Jorge Guillermo Borges le explicó a su hijo la aporía de Zenón (Aquiles contra la tortuga) que demostraba la imposibilidad del movimiento. A Borges hijo, amigo de las paradojas temporales, le gustaba jugar con la idea de que un escritor crea a sus precursores. En el excelente postfacio a la reedición de El caudillo , Silvio Mattoni invoca a William Wordsworth: "El hijo es el padre del hombre". Cierto, lo hace padre. Pero en el caso de Borges también lo hace escritor: símbolo y promesa de una literatura por venir.

 


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<P>El Caudillo</P>
<P>Jorge G. Borges</P>
<P>Mansalva, Buenos Aires, 2009, 125 páginas, $9.900.</P>
<P>NOVELA</P>

El Caudillo

Jorge G. Borges

Mansalva, Buenos Aires, 2009, 125 páginas, $9.900.

NOVELA




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