EL SÁBADO

Sábado 7 de Agosto de 1999

APELLIDOS CON ESTIGMA
Mi Nombre Es Tragedia

Algunos clanes heredan una estela de muertes e infelicidad que los marca de generación en generación. Detrás del celebrado matrimonio, la sonrisa por el nacimiento y los festejos de los primeros logros, se incuba, silenciosamente, la próxima tragedia. Llamarse Kennedy, Grimaldi o Vergara el caso chileno deja de ser una simple cuestión de nombres.
por Marcela Escobar

¿Será casualidad que el apellido Kennedy se repita en los obituarios con una frecuencia dramática? ¿Habrá simplemente una mala estrella que impide que los matrimonios de los Grimaldi, la familia reinante de Mónaco, terminen felizmente? Muertes, asesinatos y divorcios llenan los diarios de vida de estas familias. Se habla de maldiciones, hechizos y hasta de un gen que predispondría a algunas personas a arriesgarse más que otras, porque tendrían una mayor tolerancia al dolor y al peligro. Más allá de explicaciones y teorías, lo que existe realmente son los hechos. Cada una de las historias siguientes bien podría ser una tragedia griega, donde los conflictos fatales mueven al espectador hacia la compasión y a darse cuenta de que el destino humano es un enigma.

Como el de la familia Vergara, aquélla que fundó la ciudad de Viña del Mar y que entre sus miembros figuran ilustres personajes, con algo que los unía más allá del apellido: ninguno vivió en forma convencional.

Blanca Vergara, hija de José Francisco, el fundador de Viña del Mar, fue una especie de reina de la ciudad. Mujer incansable, hasta hoy es recordada por el ahínco con que reconstruyó la quinta de su familia, después del terremoto de 1906. Casada con Guillermo Errázuriz, tuvo que partir muy joven a Bolivia donde nacieron sus primeros hijos. La mayor, Amalita, murió de una enfermedad infantil, muy común en la época, antes de cumplir cuatro años. Guillermo Errázuriz no pudo consolarse. Él fue el próximo en morir. Blanca Vergara quedó viuda a los treinta. Meses después de que falleciera su marido, murió otro de sus hijos, Hugo. Fanático de los caballos, el niño se mató a los once años al enredarse uno de sus pies en un estribo. El animal lo arrastró largo trecho.

Era sólo el principio de la tragedia familiar. En 1917, murió su único hermano, Salvador Vergara, y su hija Blanquita, una de las bellezas más recordadas de la época, fue acusada de homicidio.

El libro que Luz Larraín escribió sobre la vida de Blanca Elena Errázuriz cuenta que Blanquita se casó a los dieciocho años con el norteamericano Jack de Saulles, con quien se fue a vivir a Estados Unidos. El matrimonio fracasó a los cuatro años por las constantes infidelidades de él, que derrochó la pequeña fortuna de la chilena en actrices y fiestas. La ruptura no sólo la separó de su esposo, sino que también de su hijo Jaime: las leyes norteamericanas ordenaron que la custodia del niño fuera compartida entre ambos padres. Blanquita esperó su turno. Cuando fue a buscar a Jaime, el 16 de agosto de 1917, le llevó sus juguetes y su perro bull dog. También llevaba consigo una pistola, por el peligro que le inspiraba la soledad del lugar en que vivían. Al llegar, le exigió a Jack que le entregara al niño inmediatamente. Él se lo negó y le dijo que nunca lo tendría. Ofuscada, Blanquita sacó de su bolso el arma y le disparó cinco tiros. Acto seguido, llamó a la policía. Su marido murió y a Blanquita no sólo le esperaba la cárcel. Un crimen como ése en Estados Unidos es condenado con la silla eléctrica.

Blanca Vergara, la matriarca de la familia, viajó inmediatamente a socorrer a su hija. Curiosamente, los tribunales norteamericanos acogieron el clamor público todas las feministas estaban a favor de la chilena y fue absuelta, seis meses después del asesinato, mientras los diarios titulaban Blanquita is not guilty.

Ella se casó por segunda vez con Fernando Santa Cruz. Le quitó el apellido De Saulles a su hijo y vivió largo tiempo en París. Después volvió a Chile. Pero ya nada fue igual. Luego del fracaso de su segundo matrimonio, cayó en una profunda depresión de la que no saldría.

Una mañana en plenos años cuarenta no despertó. Había tomado demasiados Veronal, las pastillas que le permitían dormir. Nunca se comprobó si fue suicidio. Un tiempo antes se había distanciado con su hijo, que, bordeando la treintena, quería recuperar el apellido de su padre y conocer a sus parientes estadounidenses. Esto le dolió tremendamente a ella.

Jaime tampoco cumplió sus sueños. Meses después de que la familia enterrara a Blanca Errázuriz Vergara lo estaban sepultando a él, su único hijo, muerto de un infarto al corazón mientras jugaba golf.

La descendencia de José Francisco Vergara por el lado de su hijo Salvador fue menos trágica, pero sí marcada por el peligro. El propio Salvador sentía, al igual que su padre, una gran atracción por la guerra. Tanto él como sus hijos, Aquiles y Federico, fueron aficionados al peligro. Aquiles combatió en la guerra del Chaco y Federico fue cazador de fieras y explorador. Éste fue el único de los Vergara que dejó descendencia.

Matrimonios infelices

El pequeño principado de Mónaco ha visto cómo los Grimaldi se casan, se descasan y entierran a sus muertos con la misma solemnidad. La familia gobierna desde el 968. Habría sido una hechicera la que maldijo en esos días a toda la familia, condenándolos a matrimonios infelices.

Así sucedió. El abuelo de Rainiero, Luis II, tuvo un matrimonio con una actriz a la que hizo princesa, pero nunca se entendieron. El episodio de Rainiero es uno de los más tristes. Se casó, en 1956, con la actriz del momento, Grace Kelly, con quien tuvo tres hijos: Carolina, Alberto y Estefanía. Pero en 1982, cuando Grace conducía su auto en compañía de Estefanía, resbaló por una curva y se estrelló en una ladera. Su hija sobrevivió, pero ella moriría de una hemorragia cerebral.

Desde ese día se ha hecho habitual ver al príncipe Rainiero meditabundo y triste. Sus hijos tampoco han tenido suerte en el amor. Alberto es el único que está soltero. Estefanía se casó, en 1995, con Daniel Ducruet, el guardaespaldas con el que convivió cuatro años y tuvo dos hijos. Al poco tiempo de casados, éste le fue infiel, y la princesa se enteró al ver las fotografías en una revista. Después de la separación, sin embargo, la debilidad de la princesa por sus guardias no ha disminuido. La paternidad de su tercera hija también es atribuida a un guardaespaldas.

Carolina, la mayor de los Grimaldi, no se quedó atrás en romances. Su enlace matrimonial, en 1977, con el playboy Philippe Junot, duró apenas tres años y no tuvo hijos. Su boda, en 1983, con Stefano Casiraghi parecía traerle tranquilidad. Tuvieron tres hijos, pero Stefano se mató en un accidente en su catamarán siete años después. El luto volvió a Mónaco y Carolina quedó destruida, deprimida y sola. Recién este año reconstruyó su vida, al casarse con Ernst de Hannover, con quien acaba de tener una hija.

El poder asesino

Aunque no estaban unidos sanguíneamente con Mahatma Gandhi, los hijos de su sucesor espiritual, Jawharlal Nehru, llevaban ese apellido. Y al igual que el líder indio de la no violencia, los Gandhi que descendieron de su discípulo murieron en trágicas circunstancias.

Fue Nehru quien logró hacer realidad el sueño de Mahatma y se convirtió en el primer gobernante de una India independiente, hasta su muerte por causas naturales, en mayo de 1964. Su hija, Indira, vivió estrechamente los devenires de la política india y llegó a ser primera ministra, sacrificando su matrimonio con Feroze Gandhi y convirtiéndose en la más estrecha colaboradora de Nehru en los últimos años en que éste vivía.

Pero en 1984, en medio de una crisis política que hacía cada vez más evidente el peligro que corría su vida, dos de sus guardias la asesinaron. Su cuerpo fue cremado en una pira pública donde ardió junto a los cientos de flores que el pueblo arrojó sobre ella.

Mientras estaba en el poder, Indira se preocupó de preparar a sus hijos para que gobernaran. El primero en involucrarse fue el menor, Sanjai, quien murió en 1980 al estrellarse su avión. Tras su muerte, Indira prácticamente obligó a Rajiv, el otro hijo, a participar en política. Después de la muerte de su madre, Rajiv asumió como primer ministro. Pero tuvo el mismo y triste final que Indira. El 21 de mayo de 1991, una joven de origen tamil se inclinó a saludarlo y detonó los explosivos plásticos que llevaba atados a su cintura. La India lloraba otra vez.

Tragedia de película

La maldición de la fama parece haber alcanzado a Marlon Brando. Después del éxito, el actor se refugió en la Polinesia francesa. Allá se casó con la actriz Tarita Teriipia y se quedó a vivir, pues no quería que su hija, Cheyenne, se contaminara con la violencia de la ciudad como le había ocurrido a Christian, hijo de un anterior matrimonio.

El padre algo debió presentir. Christian Brando asesinó al novio de su media hermana, en 1990, fue condenado a diez años de cárcel y Cheyenne inició la caída en una depresión interminable. Ella convivió cuatro años con su novio y habían tenido un hijo. Fue él su soporte cuando, en 1989, sufrió un accidente de tránsito que la dejó con la cara deformada por las cicatrices.

Nunca pudo reponerse. En 1995, el día de Pascua de Resurrección, Cheyenne Brando se suicidó. Su padre, que había vuelto a Estados Unidos, viajaba en esos días para llevarla a una clínica siquiátrica. Pero llegó tarde.

Enigma griego

En este siglo, la tragedia griega por excelencia fue la de la familia Onassis. Aristóteles, el patriarca, era hijo de Sócrates y Penélope, hermano de Artemisa y sobrino de Homero. Sus familiares contaban con nombres muy potentes, pero sería la vida de Aristóteles la que pasaría al recuerdo.

Armador griego, inició sus negocios en 1920. Aunque se llamaba Aristóteles, como el filósofo, nada razonable le sucedería. Se dejó llevar por el desenfreno y el placer, a medida que aumentaba su fortuna. Se casó, en 1946, con Tina Livanos, una griega de diecisiete años. Él tenía cuarenta y seis. La familia de su esposa siempre se avergonzó del origen humilde de Ari, como le llamaban. A él le daba lo mismo. No abandonó las fiestas ni las mujeres y engañó a Tina numerosas veces.

Tuvieron dos hijos, Alejandro y Cristina. Los niños crecieron solos, su padre vagaba por el mundo haciendo negocios y su madre conquistando playboys. No tenían amigos, no se hablaban entre sí y no iban al colegio. Una familia así no podía durar. En 1960, Tina y Ari se separaron. Él ya era amante de María Callas.

Cristina se rebeló contra su soledad y el abandono de sus padres. Comenzó una escalada de novios, fiestas y matrimonios que ni siquiera terminaron con la muerte de su hermano Alejandro, quien estrelló su avión en 1973. Tampoco con la muerte de su padre en 1975, viejo y solo, el que se había casado con la viuda más elegante de Estados Unidos, Jackie Kennedy. Ni con los muchísimos kilos que subió, víctima de la ansiedad y de los cuarenta medicamentos que tomaba a diario. Ni con sus cuatro matrimonios y sus sucesivos divorcios.

Sólo parecía detenerse cuando nació su hija Athina, producto del matrimonio con Thierry Roussel. Pero Cristina no vivió demasiado para disfrutarla. En 1988, en Buenos Aires, ciudad donde vivía su mejor amiga, la heredera de Onassis murió misteriosamente. Según sus cercanos, fue un paro cardiaco. La autopsia no arrojó concentración de barbitúricos, como se sospechó. Pero el enigma de su repentina muerte acompaña todavía a su hija Athina, única heredera del imperio, que tiene ahora catorce años, una madrastra, un padre que le prohíbe aprender griego y un nombre que evoca a la diosa griega de la sabiduría. Quizás tenga mejor suerte que el resto de su familia.


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