VISIÓN NACIONAL

Miércoles 12 de Abril de 2000


Patipelao Famoso

Los sueños de riqueza y el infortunio rodearon la vida del cateador Chango López, el misterioso primer habitante que tuvo Antofagasta.
Por Jorge Melin

Es un día intensamente nuboso y frío de la primera quincena de agosto de 1878. Rostros compungidos acompañan el cortejo que conduce hasta el Cementerio General de Santiago los restos de José Santos Ossa. La alta sociedad de la época se conduele ante la desaparición del gran realizador y constructor de un imperio minero cuya fabulosa riqueza ha engrandecido al país.

La pompa de un funeral de alto rango desfila ante una multitud acongojada y silenciosa, que admira por igual la figura del desaparecido prohombre como la fastuosidad del rito hacia su última morada.

Confundida entre la muchedumbre, anónimamente, una figura muy humilde, desconocida, agotada por la miseria, mira abstraída, como sumida en el recuerdo de otros tiempos, cuando quien ahora recibe el homenaje ciudadano se hermanaba con él en la ambición tras la búsqueda de la caprichosa Fortuna.

Su nombre es Juan López, el Chango López. Un aventurero solitario que en la primera mitad del siglo XIX el destino atrapó entre el mar y el desierto transformándolo en un impenitente cateador, en cuyas pupilas toman siempre forma espejismos de grandeza donde la realidad muestra sólo rocas desnudas.

Su gloria, efímera pero singular, incluye el que se le atribuya la creación de una ciudad: Antofagasta.

Un personaje casi mítico, envuelto en la leyenda, pero de cuya existencia no cabe dudar. Su azarosa vida, en la que se mezclan por igual la riqueza y el infortunio, inspiró a muchos otros que siguieron sus pasos de pionero tras la búsqueda de la riqueza oculta bajo el suelo agreste del desierto, hasta hoy principal sustento del país.

Tenaz protagonista en la exploración y poblamiento del norte chileno durante la primera mitad del siglo XIX, es descrito en algunas crónicas como un hombre de estatura más que regular, fornido y de rasgos vigorosos. Sin embargo, su vida la rodea un aura de misterio.

Lo poco que de él se sabe se basa en una carta de súplica de 1872 (ver recuadro), en el que en mérito a sus descubrimientos, y sumido ya en la pobreza y la desesperación, solicita del Gobierno de Bolivia, bajo cuya dependencia estaba entonces el territorio, un terreno en Mejillones donde construir una vivienda.

PRIMERAS INCURSIONES

El historiador Oscar Bermúdez consigna que Juan López nació en Copiapó, en la década de 1820. En 1845 recorre solitario y con precarios recursos el litoral y la cordillera costina de la ahora Región de Antofagasta.

En un primer viaje exploratorio, de casi un año de duración, desembarca en Punta Jara, paralelo 24 S., al sur de donde hoy se ubica la entonces inexistente ciudad de Antofagasta. Desde allí se adentra en el desierto a través de quebradas y por sobre los cerros costeros. La expedición, que no le reporta mayores ingresos, sí le otorga un detallado conocimiento del litoral y de las difíciles condiciones de subsistencia en la zona.

En los años siguientes y hasta 1856 trabaja en las guaneras de Mejillones, desde donde se dirige a las Islas Chinchas, en el Perú, las mayores productoras de este fertilizante. Aguijoneado por las riquezas generadas por este oro blanco, se asocia con Matías Torres para reanudar la exploración del litoral de Antofagasta.

Esta vez el viaje resulta en el descubrimiento de importantes depósitos de guano en las cercanías de Mejillones.

El memorial consigna sus impresiones ante la fabulosa riqueza que se le ofrecía a la vista, momento de la realización de su vida: Como guiado por una fuerza eléctrica que me era desconocida, me puse en posesión del tesoro que por tantos años ambicionaba....

El historiador Isaac Arce relata que para la explotación del guano fosilizado se une el capital aportado por el francés Juan Garday. Pero la suerte les duró poco. El gobierno chileno les ordena cerrar las faenas, porque las autoridades bolivianas habían concedido a otro los derechos para la explotación del guano de Mejillones.

En 1863 los socios elevan una reclamación ante el Congreso Nacional de Chile, en la que hacen presente los daños generados por la disposición de clausura y solicitan por ello una indemnización.

NACE ANTOFAGASTA

En los últimos meses de 1866, ya perdida toda esperanza de recuperar su inversión, López instala sus faenas unos 65 kilómetros al sur de Mejillones, en una caleta que sirve de miserable refugio a unos pocos indios changos y conocida como La Chimba o Antofagasta, de la que toma simbólicamente posesión. La bautiza como Peña Blanca, por la presencia en ella de numerosos arrecifes cubiertos con las deposiciones de las aves marinas.

No podía saberlo, pero al instalar en esos terrenos su choza y hacer de ella su cuartel general para nuevas labores de cateo, se convirtió en el primer habitante de la que llegaría a ser una ciudad, actual capital regional y principal puerto exportador de cobre en el mundo, con una población que sobrepasa los 300 mil habitantes.

Descubre yacimientos del metal rojo en el sector de Salar del Carmen, al nororiente de Antofagasta. Con ese aliciente, trae desde Copiapó a su mujer y a su pequeña hija, además del hijo de su pareja, que pasaría a ser su principal ayudante.

El Chango, como ya se le conocía en esa época, embarca con destino a Lota, donde estaba instalada una fundición, más de 6.500 quintales de cobre. Pero también de allí llegan malas noticias. La ley del mineral resulta muy baja, causando un nuevo derrumbe de los sueños del infatigable cateador y sumiéndolo esta vez en la miseria.

Antofagasta no lo ha olvidado del todo. Una población y un balneario llevan su nombre. También en el Club de Yates se ofrece un exquisito plato bautizado Chango López. Por último, frente al Hotel Antofagasta hay una estatua esculpida por Osvaldo Ventura que muestra a Juan López sin rasgos definidos.

El último rastro de este gran cateador se pierde en el funeral de José Santos Ossa, en 1878. El resto es sólo una nebulosa que cubre para siempre la existencia del primer habitante de Antofagasta.

SUPLICA

En 1872, el empobrecido López envió una súplica a las autoridades bolivianas. Su voz nadie la escuchó.

Del puerto de Antofagasta yo he sido su piedra fundamental, yo labré sus cimientos y el primer habitante que fundó su edificio... En virtud de los bienes que con el contingente de mis sacrificios he reportado a la Nación, y a la suma de indigencia en que me encuentro, al estado achacoso de mi salud quebrantada por los sufrimientos, a mi edad un poco avanzada, que me imposibilita los medios de ganar con facilidad mi subsistencia... Suplico un espacio de terreno hábil, suficiente para fundar mi domicilio, en el centro de la población de Mejillones, una pequeña subvención para el edificio de una modesta habitación en aquel local; y una ocupación que me proporcione los medios de ganar mi subsistencia con sosiego... Excelentísimo Señor. Juan López.


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El chef internacional Carlos Rodríguez muestra uno de los orgullos del restaurante del Club de Yates de Antofagasta: el plato Juan López. Lleva pulpo, jaiba, ostiones, choritos, almejas, camarones de mar y pescado, el que puede ser mulata, corvina o congrio. Todas estas especies las pudo encontrar el popular Chango en el lugar donde construyó la primera vivienda antofagastina. El plato lleva también un bote hecho con zanahoria y pimiento rojo, además de una portada de papas duquesa.
El chef internacional Carlos Rodríguez muestra uno de los orgullos del restaurante del Club de Yates de Antofagasta: el plato Juan López. Lleva pulpo, jaiba, ostiones, choritos, almejas, camarones de mar y pescado, el que puede ser mulata, corvina o congrio. Todas estas especies las pudo encontrar el popular Chango en el lugar donde construyó la primera vivienda antofagastina. El plato lleva también un bote hecho con zanahoria y pimiento rojo, además de una portada de papas duquesa.
Foto:Glenn Arcos


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