VIDA Y SALUD

Sábado 21 de Octubre de 2000

Susana Roccatagliata:
Renacer A Partir del Dolor

Hija de inmigrantes italianos, la periodista Susana Roccatagliata lleva en la sangre el cantito del norte de Italia, su labia exuberante, la afición a la buena mesa, pero también el horrendo olor de la guerra. Paradójicamente, éste le serviría un día para enfrentar la prueba más difícil de su vida: la muerte de su hijo Francisco. Una vivencia que estampó en el libro Un hijo no puede morir. La experiencia de seguir viviendo, junto a los testimonios de otros padres que sufrieron la misma pérdida.
EN plena Segunda Guerra Mundial, su abuela, la nonna Velia, un día sucumbió ante la desesperación de no tener con qué alimentar a sus hijos. Simplemente destripó un viejo sillón que estaba relleno con paja, la echó a una cacerola y le hizo creer a sus niños que eran tallarines. Y fue tanto el amor que en ello puso, que los pequeños se comieron la paja hervida. Así sobrevivieron.

Algo parecido es lo que acaba de hacer Susana Roccatagliata con su libro Un hijo no puede morir. La experiencia de seguir viviendo (Editorial Grijalbo). A partir de la prueba más devastadora que un padre puede enfrentar, ella saca fuerzas desde el fondo del dolor para remontar a la superficie pataleando contra una corriente que sepulta en vida.

Y lo hace con tanta entereza, sabiduría y amor, que hoy irradia una sonrisa y unas ganas de seguir viviendo que coronan su trabajo interior. Sin duda una esperanza para aquellos que aún están con el agua al cuello. A ellos, esta periodista tiende una mano y una voz a través de las páginas de su libro y de las actividades que despliega en la Corporación Renacer, de la que es vicepresidenta.

No es que haya superado la muerte de Francisco, su segundo hijo, el que aún no cumplía cinco años. Jamás. Uno es como un cojo sin serlo, exclama. Basta con escucharla para comprender que un dolor así no se puede olvidar. Entré a una clínica con mi hijo sano y rozagante a practicarle un examen. Salí de allí con él en un cajón. Es muy fuerte.

Durante semanas, meses y años la persiguió una sucesión de imágenes del instante fatal en que entró al pabellón y encontró el cuerpo sin vida de su pequeño hijo. Había muerto de un shock alérgico. Nadie se lo comunicó.

Los detalles hacen aún más escabrosa esta estocada de la muerte y ella los va entregando en su libro con una valentía catártica. Parece que quisiera meter la mano en lo más profundo del dolor, hurgando, dando vueltas en él hasta torearlo y desafiarlo. Se bate en duelo con él, con un cierto afán de dominarlo, de lograr un control sobre él.

Todos tenemos que llegar a conocer el dolor. Como dice Anthony de Mello, si no lo miras de frente y no te atreves a conocerlo, nunca vas a poder salir adelante. Pero si lo haces, puede ser tu mejor amigo.

Uno de los principales temores que tenía Susana al escribir este libro era que al traer al presente a Francisco, al enfrentar nuevamente el dolor, se encontrara con aspectos o fases del duelo que no estaban elaboradas.

Por eso, ella tenía claro que esta iniciativa lejos la más importante y hermosa en su vida profesional, debía resolverse rápido. Empezó a escribir un cinco de abril y el primero de octubre Un hijo no puede morir estaba en librerías.

Mientras más me demoraba, más me dolía. Y no me quería torturar durante tres años, expresa con un dejo de humor negro.

Confiesa que en muchas oportunidades volvió para atrás y lo único que pudo hacer fue llorar y llorar. Pero le hizo bien, porque constituyó un nuevo duelo, no sólo para ella sino también para las personas que le entregaron sus testimonios.

Padres y también hermanos de niños muertos confiaron a esta periodista su experiencia con infinita sinceridad, pues en el libro no sólo abordan los sentimientos nobles, sino también la impotencia, la rabia, la culpa, la desesperación, la rebelión y la negación.

Yo no tengo palabras para agradecerles, porque nunca habían hablado en profundidad de su dolor con nadie. Y fueron entrevistas de como siete horas cada una....

Para ella, lo más bonito es que todos esos niños cuyos casos aparecen en el libro van a ayudar a miles de personas, sobre todo a padres y hermanos. Uno por un hijo que ha muerto da la vida, pero por el que queda también.

Antes y Después

Un suceso tan fuerte como la pérdida de un hijo, ciertamente corta en dos pedazos la vida de una persona: en un antes y un después del hecho traumático.

La Susana Roccatagliata de antes era una mujer exitosa, a la que en todo le iba bien: campeona sudamericana de ping-pong, miss Stadio Italiano, gran esquiadora, buena alumna. La vida me sonreía y yo le sonreía a ella. Proveniente de una familia acomodada y unida, tenía tres mamás bajo el techo de su nido protector: su madre, su abuela y su bisabuela.

No es que todo fuera jauja, previene enfáticamente. Susana se casó joven y tuvo muy pronto dos hijos. Como aún estudiaba periodismo, la proliferación de mamaderas, pañales y cuadernos resultaba agotadora.

La verdad es que en ese entonces pelé el ajo. Si me recibí es gracias a mi marido - Patricio Reich- , que es muy cooperador.

Además, el segundo de sus hijos, Francisco, padecía de un reflujo agudo, lo que requería de una dedicación completa.

Descendiente de inmigrantes y activos miembros de la colonia italiana - arriban a Chile el año 46- , su familia le inculcó una forma de vida marcada por la posguerra. De chica le hacían comerse hasta el perejil del plato. La formaron con una sola idea en la mente: que la vida se labra a punto de esfuerzo y creció acicateada con la zanahoria que me ponían delante. Ciertamente esta educación le ayudó en el momento de enfrentar la dura prueba que le depararía el destino.

Era el 29 de septiembre de 1986, un día lunes. Solamente poder decir mi hijo Francisco murió, le tomó un tiempo incalculable. Susana tenía treinta años. Nada volvió a ser como antes. Cuando te sucede algo así, te vuelves a replantear todo y nada de lo que eres queda en pie.

El proceso de duelo no es lineal, hay avances y retrocesos y cada uno lo experimenta a su manera. La gente se lo vive muy solitariamente; es un dolor muy íntimo.

Si bien la vida dejó de sonreírle, ella no dejó de hacerlo y no fue sino esa sonrisa su imagen de marca cuando empezó a trabajar en las pantallas de televisión, en el año 1987. En realidad, se trataba de una máscara de mi dolor. Encontrar un sentido a la existencia a través del trabajo le ayudó sobremanera.

Sin embargo, por adentro se sentía como un Ovni y se dio cuenta de que en nuestra sociedad no existe un espacio para los padres en duelo, para aquellas personas que cargan con un dolor tan fuerte que no pueden insertarse y quedan a la deriva.

En mi casa se apagó la radio, la tele. No me sentía con derecho a reír. Cómo iba a hacerlo, si mi hijo había muerto.

Un llamado telefónico de una mamá cuyo hijo había sido brutalmente asesinado daría rumbo a las energías detenidas de Susana. Se trataba de Karen Jones, madre del pequeño Víctor Zamorano Jones, cuyo siniestro caso rebasó la atención de la prensa a comienzos de los años noventa.

Jones, que ofrece su testimonio en el libro de Susana, había asistido en Estados Unidos a las reuniones de un grupo de ayuda para padres en duelo, The Compassionate Friends. Junto a Susana y otras mujeres unidas por este indescriptible pesar, fundan la Corporación Renacer, hoy presidida por Karen Jones.

Es una mujer extraordinaria... Su sencillez, su carisma, su generosidad, su tenacidad y su alma bondadosa, la han convertido en un ejemplo para muchos padres que se inician en el largo camino de cicatrización del alma, sostiene Roccatagliata.

Volver a Sonreír

En dicha Corporación se reúnen personas de los más diversos estratos sociales y su único afán es acogerse los unos a los otros, comprenderse y ayudarse a salir adelante. En el dolor no hay títulos que valgan, somos solamente padres o madres que perdimos a nuestros hijos, recalca esta periodista que revela que la Corporación ha ido creciendo a pasos agigantados. El año pasado ya la componían 1.600 personas y actualmente van en 2.400.

Nosotros no queremos que nos compadezcan, previene, y asegura que ella hoy es una persona muy feliz. Sin embargo, sostiene que al comienzo, la única forma de ayudar al otro es escuchándolo, pues lo requiere con desesperación. Y saber que uno no es el único que ha pasado por esto, si no sirve de consuelo, al menos alivia esa sensación de sentirse castigado y excluido.

La fe constituye un gran apoyo para quienes tienen la fortuna de disponer de este tesoro, al cual, en el caso de Susana Roccatagliata, también aportó con creces la nonna Velia.

De igual forma, conocer a través de Renacer a personas que ya han recorrido buena parte del proceso de duelo, permite decirse a sí mismo: ¿Si ella ya está mejor, si ella puede volver a sonreír, por qué yo no?.

Estas son las zanahorias que le ponen por delante a quienes enfrentan el camino de la sanación. En la de Susana, influyó también el poder tener más hijos (además de Patricio, el mayor, que tiene hoy 20 años, nació después Cristián, de 13, y Lía, de 10).

Los hermanos de los pequeños difuntos también sufren sobremanera, pues además de perder a ese niño que se fue, se quedan huérfanos de padres, pues éstos quedan incapacitados para reintegrarse al mundo cotidiano. Renacer también se preocupa de ellos, pues necesitan ser escuchados por sus pares.

Además, los hijos sobrevivientes tienen que soportar la aprehensión de los padres. Es que uno toma conciencia de la fragilidad de la vida, explica Susana, quien asume que ese rollo es de ella y que es normal y frecuente que los hijos se rebelen porque quieren ser como el resto y no andar llamando a los padres desde todos lados.

Finalmente, Susana Roccatagliata afirma que muchas experiencias le han demostrado que los niños saben que van a morir. El Fran, por ejemplo, ese 29 de septiembre de 1986, minutos antes de que le practicaran el examen, le entregó a su madre la cruz que nunca sacaba de su pecho. Siempre decía que amaba el color amarillo, por ser el color de la luz. En el colegio, poco antes de morir, dibujó un volantín amarillo y le pidió a la profesora que escribiera: Mamá, este soy yo. Siempre te estoy mirando.

Para ella, que recibió este dibujo cuando ya había enterrado a Francisco, representa un mensaje de su trascendencia: El volantín sube a un cielo infinito y esa estela que deja es de puro amor, lo que le confirma una vez más que un hijo no puede morir.

Marilú Ortiz de Rozas


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SUSANA ROCCATAGLIATA ASEGURA que, actualmente, su hijo Francisco es el que más la acompaña, está conmigo siempre. Lo que no significa que sólo piense en él o más que en sus otros hijos.
SUSANA ROCCATAGLIATA ASEGURA que, actualmente, su hijo Francisco es el que más la acompaña, está conmigo siempre. Lo que no significa que sólo piense en él o más que en sus otros hijos.


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