REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 25 de Noviembre de 2012

Dientes de Navarino:
El trekking más austral del planeta

En la isla Navarino, este grupo de picos afilados como colmillos de lobo oculta un sendero de cinco días apenas señalizado y todavía menos recorrido.  
Olga Mallo, desde Puerto Williams, Isla Navarino. El vuelo sobre Tierra del Fuego en un día como éste brinda un espectáculo digno de El Señor de los Anillos: apenas hay unas cuantas nubes entre nosotros y los frondosos bosques que se abren paso entre lagos y montañas. Hay algo sin embargo que enturbia un paisaje que, de otra manera, sería de ensueño. Me lo habían advertido cuando decía, días atrás, que iría a Navarino: "Los castores han destruido miles de hectáreas de bosques y no hay manera de detenerlos. Ya verás el desastre". Y desde el aire puedo ver grandes parches grisáceos que interrumpen el verde oscuro de las lengas y los ñires magallánicos.El vuelo desde Punta Arenas dura poco más de una hora hasta Navarino, la isla que empieza allí donde la isla de Tierra del Fuego se acaba.Puerto Williams, el principal asentamiento en Navarino, tiene ese encanto de los lugares aún poco descubiertos, donde es posible encontrar desde fotógrafos de la revista National Geographic hasta antropólogos que trabajan para museos europeos, pasando por skippers que han venido a circunnavegar el Cabo de Hornos, glaciólogos que quieren ver estos hielos australes y mochileros que intentan saber qué hay más allá de la Patagonia.En el Café Irlandés, donde comemos el mejor chupe de centolla que hemos probado, a esta hora se escuchan al menos tres idiomas: inglés, italiano y un español con fuerte acento extranjero. En el Club de Yates Micalvi hace un rato vimos alrededor de 20 veleros atracados: una escena tan cosmopolita como motivadora. Se respira un contagioso aire a aventura. La nuestra, en todo caso, empezaría temprano al día siguiente.Vinimos para hacer el Trekking de los Dientes de Navarino. El más austral del mundo. Un circuito de 55 kilómetros, cuarenta de los cuales carecen de sendero demarcado y tienen sólo ocasionales señales y una que otra huella para orientarse. Aquí no hay campings ni lodges. En la región se rumorea que pronto se demarcará la ruta, y nosotros queremos hacerlo antes de que esto ocurra. Queremos conocerlo así: cuando aún tiene todo ese sabor a territorio virgen.En la noche, Maurice nos da la charla. Maurice es nuestro joven guía. Nacido en Puerto Williams hace 24 años, hizo el circuito por primera vez cuando tenía apenas ocho, así que éste es su hábitat. Eso se nota cuando nos describe el sendero y nos aconseja sobre cómo abordarlo. Acordamos partir a las 9:00 de la mañana del día siguiente, así que esta noche me regocijaré en la cómoda cama -entibiada por calefacción central- del hotel Lakutaia. Nos esperan cinco noches durmiendo en carpa, con temperaturas que pueden bajar de cero incluso en febrero.Me costará conciliar el sueño esa noche. Este circuito no ha sido recorrido por más de mil personas desde que fue instaurado en los años 90. Dos décadas. Si se compara esa cifra con la del no tan lejano Parque Nacional Torres del Paine -su circuito principal es realizado por unos 50.000 turistas cada año- es casi como para sentirme pionera. El comienzoAl otro día un vehículo del hotel nos lleva hasta el comienzo de la huella, junto a un letrero que dice "Sendero de Chile". Vamos con Maurice y con John, nuestro flamante porteador que se encargará de llevar la comida, carpas y equipos. Los excursionistas llevaremos nuestra mochila personal, saco de dormir y raciones diarias. La distribución suena bien, en teoría.El trekking lo iniciamos oficialmente en la cascada Robalo, desde donde avanzamos cerro arriba por un espeso bosque de coigüe y lenga magallánica. Tras una hora de marcha, la línea de árboles se acaba y se asoma una extensión de roca sedimentaria donde una bandera chilena flamea desafiando los vientos australes. Ésta es la llamada Punta Bandera, lo que significa que hemos alcanzado los 612 metros sobre el nivel del mar, y vemos cómo Puerto Williams asoma su diversidad de colores allá abajo.Nuestra meta para hoy es llegar a la Laguna del Salto, que está a diez kilómetros de caminata y unos 88 metros más arriba.Mientras avanzamos, ya hemos tenido el primer atisbo de los Dientes de Navarino: aparecieron poco después de que dejamos Punta Bandera, y la primera impresión es que no podrían tener otro nombre. Es un medio círculo de picos que parecen afilados colmillos de lobo hambriento.A medida que la ruta va bordeando el río Robalo, las lagunas se suceden. En este tramo todavía hay un sendero claro y demarcado, pero la ruta ya es dura: el terreno es irregular y la parte justo antes de llegar a nuestro destino de hoy está cubierta de acarreos: piedras sueltas, que son sedimento arrastrado por el viento y los años.Después de tres horas de caminata estamos en el Salto, donde una cascada se desploma por la ladera de una montaña hasta un valle verde que es perfecto para instalar las carpas y quedar protegidos del viento, sin hundirse en la turba. Cuando llegamos, son ya las seis de la tarde, pero parece que fueran las tres. En febrero la noche por estas latitudes cae a eso de las nueve. Con unas amenazantes nubes oscuras asomándose sobre los Dientes, Maurice y John parten a preparar la comida luego de dejar instalado el campamento. El menú es sencillo: tallarines con salsa de sobre y una sopa -también de sobre- que me hacen recordar con nostalgia el Malbec abandonado en el hotel.Comemos frente al fuego. Los jóvenes Maurice y John son veteranos en estas montañas. Ninguno puede calcular la cantidad de veces que han seguido esta ruta, pero es la primera vez que lo hacen juntos. John es de Concepción. Vino por un verano, pero se enamoró del lugar y de una sureña, así que ahora trabaja oficialmente en un gimnasio de Puerto Williams como personal trainer, lo que a mí me suena a buena noticia. Supongo que hacer el circuito con un entrenador propio debe tener sus ventajas. John asegura que, al menos, se pierden unos 6 kilos. "Esto equivale a un mes de pesas diarias", dice. Se ríe, pero ambos sabemos que habla en serio. Maurice trabaja como guía hace años y su sueño es tener una empresa de turismo aventura propia. Dice que le gusta mucho la idea de viajar, pero aún así no se imagina lejos de su tierra.Cuando terminamos de comer, distinguimos dos carpas a cierta distancia. Es probable -advierte John- que sus ocupantes sean los últimos seres humanos que veamos durante los siguientes cuatro días. La mayoría de los excursionistas sólo llega a este punto y vuelven al pueblo. Pienso en eso mientras nos vamos a acostar, todavía con luz de día. El frío obliga a dormir con parka: el saco no es suficientemente térmico y la temperatura ha bajado considerablemente, pero el cansancio es más fuerte y pronto el sueño vence.La ruta de los castoresA las 7:00 nos despierta Maurice con dos noticias: una buena y otra mala. La buena es que trae el desayuno: agua caliente para nuestro café instantáneo y mermelada para el pan pita que acarreamos en nuestras raciones personales. La mala es que no sólo afuera llueve torrencialmente -lo que ya sentíamos hace rato sobre nuestra carpa-, sino que hay una neblina tan espesa que ni siquiera se ve la cascada.El panorama es poco alentador para recorrer los 10 kilómetros que nos separan de laguna Escondida, nuestro destino para esta noche. Da igual: después de comer, desarmamos el campamento, nos ponemos los ponchos de agua y emprendemos la caminata.Hoy no habrá huella alguna a seguir. Únicamente hay unos puntos rojos y señales de piedra que van indicando la ruta. El GPS muestra que estamos a 460 metros sobre nivel del mar cuando comenzamos a subir la ladera escarpada hacia el Paso de los Dientes, dejando atrás la línea de árboles. Al frente hay unas altas cumbres que apenas se adivinan entre la bruma.De a poco la lluvia comienza a amainar y sopla un ligero viento que diluye la niebla. Hemos tenido suerte -dice Maurice-, porque habitualmente los vientos hacen que esta parte de la caminata sea mucho más complicada.Avanzamos hacia la laguna del Paso formada por los deshielos de las zonas más altas. Quisiera haber traído mis esquís. Aquí la nieve es profunda y no se derrite nunca, así que bordeamos la laguna desde lo alto esquivando -una vez más- una zona de acarreos y luego debemos atravesar el paso Australia, que se llama así en homenaje a la nacionalidad del explorador que diseñó este circuito. Éste es el punto más alto de la caminata por hoy (805 metros) y es aquí donde decido deshacerme de la mochila: sé que no llegaré al final del día con ella, y siento que estoy demorando la marcha del grupo.Conocer nuestros puntos fuertes y débiles es vital, así que antes de seguir distribuimos el contenido de mi mochila entre las de mis tres compañeros. Puede parecer injusto, pero el espíritu es de trabajo en grupo. Y lo que viene es definitivamente mejor hacerlo sin mochila: debemos remontar casi gateando hasta el Paso de los Vientos. Una vez allí, Maurice apunta hacia el sur y aparece ante nosotros una de las vistas más sobrecogedoras del viaje: alcanzamos a ver las islas Wollaston, el archipiélago donde se encuentra el mítico Cabo de Hornos. Estamos viendo el final del continente.Luego de aquella magnífica pausa, la caminata sigue por terrenos donde se alternan las rocas y la turba hasta que de pronto el paisaje cambia drásticamente y nos topamos con un bosque de lengas y arbustos secos, totalmente devastado por los castores.Dicen que los castores fueron introducidos en Tierra del Fuego en 1946 por la marina argentina, que autorizó soltar 25 parejas en la zona de bosques de la isla grande. La idea era crear una industria peletera con la codiciada piel de este roedor que hasta ese momento sólo vivía en el hemisferio norte. Mala idea. Pocos animales modifican tanto su entorno como el castor y pronto -sin predadores naturales- se largó a construir represas. Un horror para el ecosistema austral. En 1969 un número no precisado de estos animales cruzó el canal Beagle y llegó a Navarino. Hoy su población en la isla grande de Tierra del Fuego calcula en unos 20.000, ocupando un 98 por ciento de sus ríos.-Se ha intentado todo, o casi todo -dice Maurice-. Los argentinos han hecho campañas pagando por cola de castor capturado en trampas especiales. No han sido exitosas. Es un animal muy astuto.Maurice dice que en la zona se ha hablado hasta de involucrar a los ejércitos de ambos países, en una campaña que no ha generado acuerdo. En la desesperación, dicen los guías, se ha pensado en salidas que bordean el ridículo. Como traer osos desde Canadá. "Pero ya todos sabemos el riesgo que la introducción de especies puede representar para la preservación del medio ambiente".Al llegar a laguna Escondida comprobamos de la peor manera lo que dice Maurice: hectáreas de bosques muertos nos rodean y en la ribera del río donde pondremos nuestra carpa vemos la impresionante obra de estos animales.Reviso el GPS. Estamos a 565 metros de altura. Hoy anduvimos 12,4 kilómetros, pero subimos 1.600 metros en forma acumulativa. Estamos exhaustos y nos acostamos mucho antes que se insinúe la puesta de sol.Camino al ParaísoEl tercer día de caminata amanece glorioso. La luz del sol traspasa la carpa. Dan ganas de partir temprano. Sobre todo porque, según Maurice, hoy debiera ser un día más relajado. Son sólo ocho kilómetros a recorrer hasta la laguna Martillo.El día es tan luminoso que pienso en bañarme en el río, pero John acaba con toda esperanza: la temperatura del agua no debe pasar de los 4 grados.Nuestro primer destino es el paso Ventarrón, generalmente temido por los vientos, pero que esta vez nos recibe apenas con una brisa. El lugar al que llegamos para pasar la noche tiene a los soberbios montes Lindenmayer y Clem como telón de fondo. Clem Lindenmayer es el australiano que registró esta ruta sin sendero y quien escribió la primera edición del libro Trekking in the Patagonian Andes. Su nombre en estas bellas cumbres es un justificado homenaje para este montañista que murió haciendo un circuito en el sur de China el año 2007.Con el sol poniéndose en la laguna Martillo, y los Dientes al fondo, la escena es una postal. Pero la noche nos traería una sorpresa: el sonido de una especie de avalancha, como piedras cayendo sobre nuestras carpas.Había empezado a granizar.Al amanecer del siguiente día, el sol brilla nuevamente. Una buena noticia para una jornada que sería la más dura y larga, 11 kilómetros en que tendríamos que cruzar al menos tres tipo de hábitats: primero una agradable pradera, luego una superficie esponjosa de turba para pronto alcanzar un terreno cubierto de lodo hasta una aguda pendiente donde debemos agarrarnos firme para escalar una pared casi vertical.Cuando finalmente alcanzamos el plateau, decidimos detenernos por un snack. Tras la barra energética y mantequilla de maní -nuestro clásico menú rápido de mediodía-, seguimos hasta el paso Virginia, a 849 metros de altura y que es el punto más alto en todo el circuito. Desde aquí podemos ver nuevamente el canal Beagle y distinguimos Ushuaia a lo lejos. Y hacia abajo, los 300 metros que debemos descender hasta la laguna Las Guanacas: un despeñadero de piedra y roca suelta.John va conmigo atrás y en su rol de entrenador personal me dice, motivador, que esto es lo mejor para tonificar gemelos y femorales. Con eso en mente comienzo a deslizarme apoyada en los talones. Tardamos media hora en bajar y, para mí, es uno de los momentos peak del circuito. Cuando miramos hacia arriba, vemos los surcos que dejaron nuestros pies cayendo perpendiculares al valle.Una vez abajo, no vemos nada de vida silvestre salvo unos peces saltando en el lago, así que preparamos nuestra última noche en la montaña: el campamento se instala en un lugar protegido por un espeso bosque. El trabajo de los castores ha hecho fácil la búsqueda de madera y la fogata dura horas. Es noche de historias, las nuestras, las suyas, las de otros. Es hora de mirar al cielo.The endHoy sentimos por anticipado el sabor de la nostalgia. Vamos en bajada. Debemos llegar a nivel del mar y estamos a 583 metros. Recorremos 8 kilómetros, atravesando represas de castores que dificultan la caminata. El bosque no es una imagen bella: los Nothofagus que no han sido destruidos por los roedores han sido asolados por una superficie extremadamente delgada, mientras coihues y lengas yacen en el suelo. De pronto escuchamos un mugido. Es el primer signo de vida animal en varios días. Ahora basta seguir las huellas del ganado que se ha abierto camino en este bosque muerto en busca de comida. Seguimos cuesta abajo recogiendo calafates de tamaños inusuales. Estamos en eso cuando John indica un árbol quemado donde se lee: THE END. Es el final del circuito.Más adelante, el sonido de la civilización: es el celular de John que anuncia la llegada de un mensaje.

Los castores son una plaga en navarino y han causado un gran daño a los bosques.

Los dientes del navarino son de granito y alcanzan alturas de 1.200 metros. 

 Datos prácticosLlegar: Aerovías Dap vuela diariamente desde Punta Arenas a Puerto Williams (www.aeroviasdap.cl).Dormir: El hotel Lakutaia es el mejor de la ciudad, y tiene programas de trekking en este circuito con guía y porteador incluidos (www.lakutaia.cl).Mejor época para ir: de noviembre a marzo.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
Club de Yates de Puerto Williams, el pueblo más austral del mundo.  
Club de Yates de Puerto Williams, el pueblo más austral del mundo.  


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales