EDITORIAL

Martes 6 de Marzo de 2001


LA SACRA ROTA

Suele creerse que la Iglesia Católica brinda dispensas especiales a la gente famosa. Que una célebre artista de cine o un ex Presidente de un país cualquiera pueden dejar de lado sus respectivos matrimonios y casarse entre ellos con gran pompa y Ave María incluido.

No es así. La Iglesia, como se sabe, se ha hecho de muchos detractores por no ceder ante tales requerimientos. El caso de la princesa Carolina de Mónaco es, al respecto, uno de los más divulgados. Su Alteza Serenísima - quien se convirtió en primera dama de Mónaco después de la muerte de su madre, la actriz Grace Kelly- se separó de su primer marido, Philippe Junot, y poco tiempo después, en diciembre de 1983, en una sencilla ceremonia civil, se casó con Estefano Casira-ghi. No pudo hacerlo por la Iglesia. "Me habían informado - dijo ella misma- que, en mi caso, el Tribunal de la Sacra Rota se tomaría mucho tiempo en dar su veredicto".

Con Casiraghi tuvo tres hijos y vivió momentos felices. El 3 de octubre de 1990, Estefano murió al volcarse su lancha durante una competencia. Le había prometido a Carolina: "Será mi última carrera".

Nueve años después, la viuda logró su propósito de casarse con el príncipe Ernst-August de Hannover. Lo hizo por el civil y en el más discreto silencio. Ni su hermana Estefanía asistió. Aunque la Sacra Rota, después de 10 años de analizar el caso, declaró nulo su primer matrimonio, Carolina necesita una autorización especial para volver a casarse. No obstante la noble alcurnia de los cónyuges, no será fácil conseguirla. El, además de divorciado, profesa otra religión.

Sus vidas, difundidas "urbi et orbi", se analizan bajo la amplificadora lupa vaticana.

Mentessana




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