REVISTA YA

Martes 10 de Febrero de 2015

Retiro de sanación en Quilimarí
Comer, rezar y amar en el norte chico

A un refugio custodiado por ángeles, cuarzos y budas de la IV Región llegó la periodista Pepa Valenzuela a recuperarse de sus problemas de salud. Necesitaba calma y desconexión. Una rutina que iniciaba con un desayuno de campo e incluía meditación y lectura de cartas angélicas. Este es el relato de su sanación.  
Texto y fotos por Pepa Valenzuela.  El cuerpo habla. Y cuando el cuerpo habla, hay que escucharlo. Mi cuerpo me dijo que viniera hasta aquí y por eso, ahora voy sentada en el asiento del copiloto de la camioneta que avanza por el valle del Quilimarí, rodeado de cerros, algunas casitas de colores y cactus, mientras la mujer vestida de blanco maneja y sonríe con todos sus dientes, con toda su cara, también con los ojos. Por estos lados, nadie le dice por su nombre real -María Alicia Haeussler (61)-. Todos la conocen como Titi. Y aunque solo hace tres minutos llegó a donde me dejó el bus, ella sonríe así y uno siente que la conoce desde siempre.La parte posterior de la camioneta va llena de cajas con verduras y frutas frescas que Titi compró en Quilimarí. Ahora vamos a su casa, la Casa Guangualí, un oasis verde en mitad de estos cerros resecos de la IV Región, un terreno repleto de flores, árboles frondosos, pinos, mariposas, estatuas, rincones con mesitas y sillas para sentarse a descansar o a contemplar el paisaje, hamacas al aire libre y tinas de baño a la intemperie. La Casa Guangualí es un refugio custodiado por ángeles, cuarzos, budas, vírgenes, santos católicos, deidades hindúes, búhos, hadas y brujas. Era el lugar de veraneo familiar de Titi. Pero después de sufrir un accidente de tránsito el 2009, que le revolvió la vida y la dejó literalmente mirando hacia el norte, ella decidió vender su propiedad en Santiago y venirse a vivir aquí, hace cinco años. La sospecha de que tenía una misión espiritual se convirtió en una certeza. Entonces abrió las puertas de su casa -y luego las cinco cabañas que ha ido construyendo- a quienes necesitan desconexión, tiempo para encontrarse. Acá la mayoría llega por dato y con ganas de apaciguar el cuerpo o el espíritu. A eso vine yo: a sanar. Desde hace un poco menos de un año, mi cuerpo que siempre fue un todoterreno, mutó radicalmente. Ya no podía comer de todo sin que me cayera mal. De repente, una lesión leve de corredora se eternizó en mi pierna izquierda. De un minuto a otro, yo, que era tan fuerte, me había fragilizado por completo. Ya no podía hacer cosas básicas que daba por hecho, como comer y caminar. Entonces, empecé a transitar por el largo camino de la vulnerabilidad. Mientras daba la pelea por recuperar mi salud -recurrí a la medicina alópata, la acupuntura, el biomagnetismo, las terapias holísticas e incluso el kambó, veneno de una rana del Amazonas que supuestamente cura varios males-; también pasé por todo el circuito emocional de sentirme enferma de manera sorpresiva y no poder encontrar una solución rápida o lógica a lo que me pasaba. Resistí, me negué, me hice la sorda, pretendí bajarle el perfil, seguir haciendo mi vida como si nada pasara. Hasta que entendí lo evidente: mi cuerpo no era un servicio de utilidad pública. No era un mesón de atención al cliente donde yo pudiera ir a reclamarle por botarse a huelga. ¿Por qué daba por hecho que tenía que funcionar bien hiciera lo que yo hiciera con él? Aprendí que el cuerpo tiene una nobleza única: solo se expresa y se enferma cuando ya ha pasado lo peor de la tormenta. Si otra cosa supe con todo esto fue que todo descalabro interno termina siempre por salir al exterior. Por hablar a través del cuerpo. Vine hasta acá a terminar mi sanación en medio de la naturaleza y en paz. Después de unos porotos granados de campo que me dan de almuerzo, voy a mi cabaña que parece de cuento infantil. Me recuesto al lado de un ventanal y miro cómo el viento mece las hojas de los árboles. Me va dando sueño. ¿Hace cuánto tiempo no me quedaba dormida así, oyendo el silencio?En cada recoveco de la casa hay una sorpresa. Un círculo de piedras para hacer fogatas nocturnas. Tinas calientes al aire libre, rodeadas de flores. Camas de cuarzo detrás de cortinas de bambú. Una sala de meditación de madera adonde se entra descalzo al atardecer. Todo lo ha hecho Titi, a pulso, sembrando cada árbol y planeando cada rincón. Los huéspedes nos reunimos en el comedor de la casa principal para las comidas y en las tardes hay una meditación con lectura de cartas de ángeles o cuencos tibetanos a la que se puede unir quien quiera participar. Es algo voluntario. Me siento en el círculo de cojines alrededor de una alfombra peluda y calientita. Todos cruzamos las piernas y erguimos la espalda. Cerramos los ojos. Titi dirige la meditación. Inhalo, exhalo. Inhalo, exhalo cuarzo, la montaña, el aire limpio. Inhalo y siento cómo ese aire circula por todo mi cuerpo. Al abrir los ojos, Titi esparce en un círculo, cartas de ángeles sobre la alfombra. Cada cual saca una. Doy vuelta la mía. "Somos los querubines y hemos venido a colmarte de alegría y amor". Titi lee el significado de la carta en un librito: los querubines son sinónimo de gozo, felicidad, alegría, liviandad, humor. En mi lista de sueños para este 2015 había puesto precisamente eso: recuperar la alegría. La carta me cae como anillo al dedo. Me emociono y Titi conmigo. Ella pareciera leer bien a todo el mundo y acoge a todos con el mismo cariño, sonriendo. Es pura energía luminosa. La carta dice que repita: "¡Que viva la vida!". Repito: "¡Que viva la vida!" en voz alta. Esa noche, duermo como un tronco. Despierto con la luz que se cuela en una ventanita pequeña y alta. A través de ella, puedo ver cómo se menean los árboles. Escucho un gallo cantar a lo lejos. Desayunamos frutas, pan integral con huevos de gallina feliz, que saben muy distintos a los que como en Santiago.Titi me pregunta cómo dormí, me da un abrazo y descubro que vive sonriendo con los ojos. Pepita linda, me dice y a mí me dan ganas de que sea algo así como mi madrina. Parto a la piscina, a recostarme con un buen libro. Allí ya están instaladas dos de las tres parejas que están alojando acá. Al mediodía descorchan un vino. Una de las chicas tuvo un cáncer hace pocos meses, pero se ha dedicado básicamente a beber. Con su marido compran en Quilimarí -en Casa Guangualí no están incluidos los tragos- y beben a lo largo del día. La chica no come frutas ni pescado. Pareciera estar más interesada en la cerveza. Cuenta anécdotas etílicas de las que se ríe de buena gana. Debe estar en su etapa de negación, cuando pretendes que la enfermedad no ha entrado en tu cuerpo y quieres continuar igual que siempre; cuando intentas probarte a ti misma que puedes hacerlo todo. Pero en realidad cuando te enfermas, cambias. Y entiendes que si quieres sanar, tienes que reajustar tu vida y tu rutina. Sobre todo, si tu rutina es enfermante. Eso hice después de mi resistencia: cambié para darle a mi cuerpo lo que sí necesitaba. Aprendí a cocinar más sano, a elegir mi alimento. Descubrí que la mayoría de lo que llamaba alimento no contenía nada de alimenticio. Me deshice de todo lo que era tóxico para mi organismo. Aprendí mucho acerca de mi nueva fragilidad cuando asumí que estaba ahí. Eso pienso mientras miro a la chica brindar en la piscina. Leo. Almuerzo. Me recuesto en una reposera a la sombra. Leo. Duermo. Siento cómo el viento me sopla la piel. Y en la tarde, camino como un zombie hasta una salita con una camilla y olores silvestres, donde me espera Jessica Barahona para hacerme un masaje ancestral. Jessica es morena y tiene las manos grandes y fuertes. Nació en Quilimarí, su familia es de componedores de huesos y curanderos. Ella dice que siempre la dejaron ser porque en el campo, en Quilimarí, mirar las estrellas, inventar juegos, ver más allá, eran cosas normales. Por eso, afirma, lo suyo, más que un masaje, es una cura ancestral. Jessica siente que los cuerpos le dicen cosas. Que en los músculos puede palpar cuando, por ejemplo, alguien nació prematuro o cuando hay energía atascada: los nudos son, según ella, problemas del alma. Con un aceite de eucalipto que ella misma prepara, masajea mi espalda, piernas, brazos, mandíbula, cabeza. Con sus manos cálidas y fuertes, saca negatividad anquilosada en mis huesos. Después me alinea los chacras con un péndulo. "¿Qué te dijo mi cuerpo, Jessica?", le pregunto. "Llevabas envidias en la espalda y miedo en la pierna. Pero está terminando tu proceso de sanación. Este es un renacimiento". Asiento. Yo creo lo mismo. En la noche, hacemos una fogata alrededor del círculo de piedra. Titi nos da las gracias. Dice que un pedacito de nosotros se quedará allí, con ella. Y nos entrega a cada uno una espiga de trigo para que la lancemos al fuego con una intención. La mía es esa: Renacer. Renacer sana, mejorada y feliz. Ayer llegó una monjita a la casa. Titi me ha contado que acá llega todo tipo de gente: parejas, mamás con niños, actrices, poetas, extranjeros, gente que busca más carrete que paz. "La mayoría llega en una misma sintonía espiritual. Pero de repente, aparecen otros que vienen en otra. Es un espejo para medir mi tolerancia", dice. La monjita vino con su hermana biológica porque estaba muy cansada y necesitaba prepararse para un cambio importante: en su congregación la ascendieron y va a ser jefa de varias hermanas, pero tendrá que dejar el colegio y el trabajo con niños que a ella le gusta tanto. Bajo un toldo de la piscina, con la Biblia en la mano, me dice: "Tenemos mucho tiempo para hacer y poco para ser, ¿cierto?". "Cierto", le contesto. Recostada bajo el sol, saco mi celular y miro por primera vez mis correos. Error. Ahí solo hay histeria. Rapidez. Instantaneidad. Me piden respuestas urgentes. No contesto. El apuro también se alojó en mi cuerpo y es hora de expulsarlo. Nada es más importante ahora que mi salud. Me quedo ahí quieta, leyendo, sin reloj. Al rato una chinita se posa en mi brazo, otra en la pierna izquierda, una tercera en mi estómago. Recuerdo que hace un tiempo, soñé que me bañaban en unas aguas curativas en la India y, cuando emergía del agua,  mi pelo estaba cubierto con chinitas. Al día siguiente busqué el significado de soñar con ellas. Sanación, decía en varias páginas que encontré.Pastel de papas en fuente de greda, jugo de menta, cedrón, melisa, limón y ortiga. Ensalada de lechuga, apio, palta y jengibre. En Casa Guangualí el alimento se ha transformado en una medicina. Cada bocado es sano, sin químicos ni artificios. Repara por dentro. Las ensaladas orgánicas, la merluza con puré, las agüitas con lavanda, las cremas de verduras. Todas esas delicias las prepara Titi con Rosita, la cocinera, que es nacida y criada en Guangualí. Cuando tenía 12 años, a Rosita la mandaron a trabajar de nana a Santiago. Duró tres años. Aprendió a cocinar con su patrona de Providencia, pero no le gustó nada la ciudad. Le pareció demente el apuro y que la gente no se conociera entre sí. Ahora prepara sus platos acá. Dice que Titi le ha enseñado a hacer cosas raras, pero deliciosas. De postre, hay helado con hierbas. Como helado después de casi siete meses sin haberlo probado, contenta y confiada. Mi cuerpo lo recibe sin reclamar.En la meditación de la tarde, Titi toca sus cuencos tibetanos mientras yo, con los ojos cerrados, siento cómo esa vibración oriental me traspasa. Las cartas mágicas me dicen esta vez: paciencia, todo se va a concretar, pero en un tiempo más. Y me arrojan un número: 677. Doble fortuna. Júbilo. Bienestar.Despierto tarde. Me tiendo un rato en la cama de cuarzo y me arropo. Me quedo dormida un rato largo que no sé cuánto es. Acá no miro el reloj. Al almuerzo, disfrutamos unos garbanzos con mote inolvidables. Mientras, Rosita nos entrega a mí y a la monjita las recetas de sus delicias. Las dos anotamos, ella en una libretita, yo en mi celular. Jugo de naranja y albahaca. Cremita de papas, acelga y cebolla. Crema con zapallos italianos, apio y perejil.En la tarde, me siento con Titi a conversar en la terraza un poco antes de la meditación. Titi es una especie de madre universal. Cree en el universo. Tiene cuatro hijos en Santiago, una nieta que la tiene loca de amor, como dice ella, y ganas de aprender cada día más: ahora está estudiando  cartas de medicina y constelaciones familiares. En la última meditación, mientras estoy sentada con los ojos cerrados, Titi toca un tambor y canta. Entona melodías de cuna. Después me confesará que esas melodías me la estaban cantando desde el otro lado. Las cartas de esa noche: La Gloria y Honrar mis verdaderos sentimientos. Titi dice: "Tú ya diste un salto cuántico y no hay vuelta atrás. Es la última etapa. Siento emoción porque ya nos conocemos. Ya nos conocíamos. O sea, nos reencontramos". Apenas entro a la casa, me doy cuenta de que el comedor está distinto. Hay guirnaldas, sorpresas envueltas en papel morado en cada plato, dos regalos en uno, velas encendidas, flores. Aunque falta una semana completa, Titi me organizó un cumpleaños sorpresa.  Abro los obsequios: un hada con alas de fieltro y dos tacitas con sus platos con vaquitas que dice: "I love you". "Para cuando encuentres a tu amor", me dice Titi.  Al día siguiente, Rosita me entregará preparado pan integral hecho con sus propias manos y un remedio con miel y aloe vera para mi estómago. Comemos tortillas, ensaladas de tomate con albahaca, pan integral. Desde la cocina, Titi aparece con una torta con velas encendidas. Soplo, pido deseos, pero sobre todo doy las gracias. Me siento tan bien que poco a poco me he olvidado de que estaba enferma, que estaba débil. Después de casi cinco días aquí, mi cuerpo es otro. Mis dolores se han ido. O al menos se han quedado en silencio. Y no es magia, sino lógica. Porque si otra cosa aprendí acerca de la fragilidad es esto: las penas te enferman físicamente. Pero el amor te sana, aunque suene a frase hecha. Sanas mejor cuando sabes que ya no estás sola. Cuando te vas lejos para renacer y con ello, te acercas a lo que te hacía falta. ya"Llevabas envidia en la espalda y miedo en la pierna", dijo jessica, quien dice no hacer masajes, sino terapias ancestrales."El cuerpo tiene una nobleza única. solo se enferma cuando ya ha pasado lo peor de la tormenta".  

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