REVISTA DE LIBROS

Sábado 8 de Septiembre de 2001


La Revuelta Perpetua

Radicado en Oaxaca, México, el poeta y artista plástico chileno-canadiense Ludwig Zeller (Río Loa, 1927) viajó a nuestro país junto a su mujer, Susana Wald, para inaugurar una exposición del surrealismo en el Archivo Nacional y presentar el libro Mandrágora..., del historiador Luis de Mussy, publicado por la Universidad Finis Terrae y Editorial Oasis.
por Pedro Pablo Guerrero

LUDWIG Zeller está acostado en un diván, boca arriba. De pie junto a la cabecera, lo observa el psicólogo Rolando Toro. Te voy a hacer unas preguntas, le dice.

- ¿De dónde vienes?

- De una cascada fulgurante como un nudo de tempestad.

- ¿Dónde te gustaría vivir?

- En el interior de un fruto. Un fruto volcánico. Un fruto que se parece al corazón.

- ¿Cuál es tu oficio?

- Mi oficio es conectar el relámpago con la tierra. Es descifrar un enigma...

Quienes asistieron hace unos días a la conferencia y mesa redonda dedicadas a Mandrágora y Ludwig Zeller, en la Universidad Finis Terrae, recordarán por mucho tiempo el happening en el que Zeller participó junto a Rolando Toro, el creador de la biodanza. A comienzos de los años sesenta, ambos trabajaron en el Centro de antropología médica de la Universidad de Chile, donde el poeta investigaba el lenguaje de los esquizofrénicos. Allí estaban también Claudio Naranjo, Francisco Hoffmann y su esposa, Helena:

- Con Lola Hoffmann tengo una gran deuda - afirma Zeller- : Me enseñó la técnica del sueño vigil dirigido. Yo había anotado mis sueños durante muchos años, pero gracias a ella pude volver a plantearme oníricamente algunas cosas. Tengo un par de libros basados en la anotación de un sueño, un collage que lo ilustra y un poema sobre él.

Premunido de lápiz, tijera o pincel, Zeller ha buscado siempre lo mismo: inventar a cada instante la libertad. La frase pertenece a su amigo Alvaro Mutis, autor de la introducción a su antología Salvar la poesía quemar las naves (Fondo de Cultura Económica, 1988). Notable título que resume cabalmente el proyecto vital de Zeller:

- Hay que salvar el espíritu. La libertad, el amor, la poesía. Todo lo demás en este mundo puede quemarse.

Del desierto a la Casa de la Luna

Hijo de un ingeniero alemán que se avecindó en el norte, montó una fábrica de dinamita y se casó con chilena, Ludwig Zeller Ocampo nació el año 1927 en pleno desierto de Atacama. De inteligencia precoz, aprendió a leer a los tres años y se aburrió hasta los once en la escuela de Río Loa. Más tarde se trasladó a Santiago y aunque sus padres no eran religiosos vivió un tiempo en un noviciado jesuita, donde se dedicó a leer, escribir y pintar.

A los 21 años editó algunos poemas de Milosz que le facilitó Augusto DHalmar. Fue el primero de una larga serie de libros cuidadosamente impresos en los que imagen y texto poseen el mismo valor poético.

Por ese entonces se interesó en los románticos alemanes (Novalis, Kleist, Hlderlin y Von Arnim), a los que tradujo junto a su esposa, Vera, radicada actualmente en Berlín. Sin el romanticismo alemán no hay surrealismo, afirmaba el autor chileno.

Corrían los años de la guerrilla literaria. Próximo en un comienzo a Pablo de Rokha, atacó a integrantes de Mandrágora, pero terminó por acercarse a ellos aunque era diez años menor y estaba más interesado en la poesía alemana que en la francesa. Aun así, admira desde entonces la genialidad de Jorge Cáceres, echa de menos la poesía negra, inconformista y maldita que exigía Gómez-Correa y recuerda cariñosamente a Braulio Arenas, con el que desarrolló algunos proyectos a pesar de que se pelearon muchas veces. Cuando uno tiene 21 años, cree poseer la solución de todo en este mundo, admite.

Como Arenas y Cáceres, se sintió atraído por la libertad de composición que ofrecía la técnica del collage:

- Admiraba a Max Ernst y le dediqué mi primer libro de collages, Los placeres de Edipo. Más tarde, un crítico francés, Edouard Jaguer, advirtió que en mis trabajos yo saco a los personajes de su fondo original y los llevo a espacios enteramente distintos. En cambio, Ernst conserva los fondos y sólo les cambia algunos elementos: las cabezas, por ejemplo.

Vanguardista innovador, dirigió la Galería del Ministerio de Educación desde 1952 a 1970. Tanto en ella como en otras salas organizó exposiciones muy comentadas, pero ninguna causó más revuelo que la de 1970. Rodolfo Opazo, a instancias de sus alumnos de la Universidad Católica, le pidió organizar una muestra surrealista en esa casa de estudios. Zeller accedió luego de obtener garantías de plena libertad.

El resultado: un salón de la casa central se llenó de obras eróticas mientras del piso, cubierto con un tapiz de goma, asomaban senos sobre los cuales el público, incluso el rector, debía caminar descalzo, por exigencia de los curadores.

- Hice un texto - recuerda Zeller- que decía algo así como: La mitad de la población del mundo anda a pie pelado. Cristo anduvo a pie pelado. Si usted quiere ver esta exposición, sáquese los zapatos.

La muestra, titulada El entierro de la castidad en la Universidad Católica, reunió obras suyas y de artistas como Roberto Matta, Carmen Silva, Viterbo Sepúlveda y Dámaso Ogaz.

Eran años febriles, en los que Zeller saltaba de una empresa a otra. Antologías, cuadernos y libros-objeto: Exodo y otras soledades (1957), Del manantial (1961), Las reglas del juego (1968), Los placeres de Edipo (1968), Siete caligramas recortados en papel (1969) y el rollo-poema A Aloyse (1964), dedicado a una enferma mental e impreso en una cinta de papel rojo de dos metros de largo.

Paralelamente, fracasa como librero (regalaba la mercadería), organiza exposiciones de su obra, pinta murales (hoy destruidos) y funda en 1968, junto a su actual mujer, la pintora canadiense Susana Wald, la Casa de la Luna, legendaria galería-café ubicada en la calle Villavicencio, que se convirtió en uno de los centros culturales más animados y polémicos de Santiago. Eramos muy anárquicos. Resultábamos incómodos para todo el mundo, recuerda Wald.

La elección presidencial de 1970 extremó el asedio. La casa fue allanada por grupos de izquierda y derecha. Al final no hubo opciones: Ludwig y Susana perdieron sus empleos en el curso de dos semanas. En 1971 se marcharon a Canadá con sus cuatro hijos. Sin desanimarse nunca, ni en los momentos más difíciles, la pareja fundó en Toronto Oasis Publications, que desde 1975 ha editado hermosos libros con textos del propio Zeller, pero también de autores como Jorge Cáceres, Enrique Gómez-Correa, Rosamel del Valle y Humberto Díaz-Casanueva.

- Estoy contento - afirma el poeta y editor- . He podido hacer cosas que tal vez nunca hubiera hecho en mi país. Mis obras se han expuesto en Canadá, Estados Unidos, América Latina, y las he llevado más de veinte veces a Europa.

En 1979 Zeller realizó un alfabeto en collage, que a fines de los ochenta fue elegido en la Feria de Leipzig (Alemania) como uno de los diez libros más bellos de la década. Invitado en 1986 a la Bienal de Venecia, presentó el innovador video-poema El cuerpo alquímico: diapositivas de collages proyectadas sobre la piel de una mujer desnuda. En 1991 le dieron 400 metros cuadrados para exponer en la Feria del Libro de Guadalajara, el mismo año en que Nicanor Parra recibió el Premio Juan Rulfo.

El surrealismo está vivo

Hace algún tiempo Ludwig Zeller tomó la decisión de trasladarse a México. Es importante que uno viva y produzca la obra dentro de su idioma, reflexiona este autor que nunca ha tratado de escribir en otra lengua, aunque ha sido traducido a varias.

En su casa-taller de Oaxaca, Zeller sigue trabajando estrechamente con su esposa. Juntos han desarrollado una nueva variante del collage que integra recortes y dibujos. Se llama mirage (espejismo), buen nombre para una técnica que hace imposible distinguir la parte del trabajo que aporta cada uno.

- La idea es precisamente esa - confiesa Susana Wald- . No se trata de mantener las identidades a ultranza, sino todo lo contrario. Que ya no se vea como una obra de Ludwig o de Susana. Es como un tercer personaje que nace de la interacción de ambos. Para sorpresa nuestra, en primer término.

En la alquimia del mirage se fusionan dos personalidades artísticas, pero también los contornos de arte y poesía:

- Acabar con esas fronteras es un deseo que ha existido siempre - observa Ludwig Zeller- . Lo han llamado alquimia, barroco, romanticismo, surrealismo... Se logra cada vez que existe la amplitud adecuada. Es como respirar: no lo piensas, simplemente lo haces. Todas las imágenes que quiero expresar literariamente también las puedo mostrar en la plástica, y ese contraste me interesa.

El crítico José Miguel Oviedo ha calificado a Zeller como el último militante del surrealismo en América Latina, juicio que el autor rechaza amistosamente:

- Oviedo es un poco pesimista. Cuando veo en Toronto, Oaxaca y Santiago a tantos jóvenes, a tantos amigos que podrían ser mis hijos, interesados por nuestro trabajo y el de grupos como Mandrágora, me doy cuenta de algo maravilloso: el surrealismo está absolutamente vivo.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir

Foto:Claudio Vera


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales