EL SÁBADO

Sábado 13 de Junio de 2015

 
La hija de hans pozo

¿Cómo ha sido tener que ocultarle a una hija que su padre fue descuartizado? Pero más importante: ¿cómo contarle la verdad, ahora que está a punto de saberla? A nueve años de uno de los crímenes más espantosos de la historia policial chilena, este es el testimonio de una madre desesperada.  
por Gazi Jalil F. Cuando Hans Pozo fue asesinado de dos tiros en la cabeza. Cuando su cuerpo fue desmembrado y sus huellas dactilares limadas y su rostro desfigurado y su nariz removida. Cuando un perro encontró su pie derecho en un basural de Puente Alto y luego se halló su cabeza en el mismo sector. Cuando sus brazos aparecieron dos días después, sin manos y con sus cuatro tatuajes arrancados de cuajo. Cuando al día siguiente se descubrió su pie izquierdo y tres días más tarde se denunció el hallazgo de sus dos manos dentro de una bolsa al final de avenida Santa Rosa. Cuando horas después, en San Bernardo, se encontró su torso dentro de un contenedor de basura, con las vísceras y glúteos removidos. Cuando la prensa comenzó a titular y a hablar del "descuartizado de Puente Alto". Cuando su fotografía apareció en todos los noticieros de televisión tras ser identificado y su caso ya era considerado como uno de los más horrorosos de la historia policial chilena. Cuando todo eso ocurrió, R., su única hija, tenía un año y ocho meses.

Hoy tiene 10. Va en quinto básico en un liceo de La Cisterna, se saca buenas notas, estudia con beca del Estado y cada vez que la mira, Linda ve al propio Hans: tiene el pelo rubio de Hans, la mirada triste y distante de Hans, los ojos verdes, las orejas puntiagudas y, a veces, como ahora que está con audífonos y la vista pegada en su tablet, la actitud plácida y ausente de Hans.

-Una vez me mostraron una foto de él cuando chico, de 3 o 4 años, y era idéntico a la R., la misma cara, una copia -dice Linda.

-¿Y qué tiene de ti?

-Mi carácter. Es mal genio, en eso salió a mí, a su madre -responde, y cuando parece que va a seguir la frase, hace una pausa. Y cuando parece que seguirá en silencio por largo rato, mira a R. y pone una condición para esta entrevista:

-Que no esté ella. Aún no sabe nada.

Paradero 30

Linda, 26 años, es baja, es morena, es seria y casi todos sus estados de ánimo, su desconfianza, su incomodidad, su entusiasmo, su pena, los expresa con la mirada. 

Durante un tiempo trabajó en una fábrica de plásticos, hasta que el año pasado logró, al fin, sacar su tercer y cuarto medio en una escuela nocturna. Un amigo le había dicho que, por su carácter, podía ser guardia, así que hace tres años hizo un curso en el OS10 de Carabineros y decidió que esto era lo suyo. Desde entonces trabaja en la seguridad de eventos deportivos, bancos, conciertos y actos masivos. Dice que se ha tenido que enfrentar "a flaites y a cuicos prepotentes", y que si tiene que meterse en una pelea para controlar un peligro inminente, no lo piensa demasiado: lo hace. Cuenta que siempre ha sido así, dura, y que en el colegio se trenzó varias veces a combos con compañeros hombres.

-Pero siento que con Hans fui débil.

Linda iba en primero medio en un liceo técnico de Gran Avenida y recién había cumplido 14 años cuando conoció a Hans Pozo. Él tenía 17, estudiaba en el Liceo para adultos CEIA de San Ramón y arrastraba una terrible historia familiar: su madre lo había abandonado a los 4 años porque era hijo de una relación anterior y porque, como él mismo solía decir, era rubio y de ojos claros, a diferencia del resto de sus hermanos.

Sin embargo, fue eso, su pelo y sus ojos, lo que llamó la atención de Linda el día en que ella lo vio caminando por la calle Venancia Leiva, en el paradero 30 de Santa Rosa, en la frontera entre La Pintana y San Ramón, un sector flanqueado por blocks de departamentos y casas enrejadas, donde a mediados de los 80 comenzaron a llegar los pobladores erradicados del emblemático campamento Juan Francisco Fresno.

Hans Pozo vivía en la misma calle con un matrimonio evangélico que lo acogió luego de que sus tíos -quienes se hicieron cargo de él cuando su madre lo rechazó- lo echaran debido a su adicción a las drogas y a que empezó a robarles.

-Yo había ido a visitar a mi hermana y ella me mostró a Hans. Al rato me acerqué a él. Al principio, en plan de amistad, pero nos gustamos al mismo tiempo -recuerda Linda.No fue su primer pololo, pero fue el primero en serio, dice.

-Antes, duraba una semana, un mes y me aburría. Con Hans duré un año y cuatro meses. Caminábamos harto, íbamos a comprar mercadería, paseábamos por todas las plazas de San Ramón, recorríamos La Pintana e íbamos a visitar a personas que lo ayudaban: él los trataba de tíos. Estábamos todo el día juntos, ni comíamos. Nunca me aburrí, nos veíamos de lunes a domingo, me ayudaba con las tareas y yo lo ayudaba a él. Era bueno para el dibujo. Ni siquiera peleábamos, solo pequeñas discusiones por celos de él, pero me quería harto. Era súper detallista. A veces sacaba una rosa del jardín de una casa para regalármela y me escribía cartas. Era muy bueno para hablar por carta. Cuando lo mataron, yo aún tenía guardada una.

-¿No te hablaba de su vida?

-Una vez me dijo que anduvo un tiempo buscando a su mamá verdadera, que la fue a ver y que ella lo echó. Para él era duro el tema de la mamá. Le guardaba rabia por haberlo abandonado. Decía que le daban ganas de matarla. Pero era reservado al respecto: no contaba mucho.

Para entonces, Pozo ya había pasado por una comunidad terapéutica y trabajaba esporádicamente en la construcción, instalando cerámicas.

-Yo no sabía de drogas. Ese tiempo, yo ni fumaba cigarros. Él me enseñó. Quizá cuántas veces se acercó a mí volado y como yo no cachaba, no me daba cuenta. Un día, un primo de él le ofreció un pito y aceptó. Ahí me enteré de que fumaba marihuana. Después, cuando ya habíamos terminado, supe que había comenzado con la pasta base.

-¿Cuándo quedaste embarazada?

-A los ocho meses de pololeo. Fue en nuestra primera relación. Hans era bien respetuoso en ese sentido, ¿quién te espera ocho meses?

-¿Cómo reaccionó tu familia?

-Mi mamá se volvió loca. Me tuve que ir a vivir con mi hermana un tiempo. Es que a ella le afectó, se sentía culpable, se preguntaba en qué momento había pasado todo: si yo casi no salía, no iba a fiestas, me tenían con un horario controlado. Yo era más de casa.

-¿Y qué te dijo él?

-Que me iba a apoyar. Estuvo un tiempo trabajando, le compró una muda completa a la guagua y pañales para un mes. Fue lo único que le compró. Después aparecía, pero no ayudaba. No tenía ningún sentido de responsabilidad. Quería estar conmigo, pero sin trabajar. Yo le decía que se pusiera las pilas, que iba a ser papá, que dejara el vicio, pero no hacía caso. Quería, pero no podía. El vicio era más fuerte.

Terminaron cuando ella llevaba seis meses de embarazo.

-Me acuerdo de que un día me fue a buscar a la casa y mi mamá me dijo: "No quiero que venga más para acá". Y tuve que decirle. Fue como romper con él. Para mí, era mi familia o él. Si me hubiese decidido por él, ¿qué habría sido de mí y de la niña? Él no tenía nada para ofrecernos. Fue la mejor decisión que pude haber tomado en ese momento. Hans no trabajaba, ¿dónde íbamos a vivir con la guagua? Mientras estuvimos juntos iba a ayudar a la feria, solo tenía empleos esporádicos. Y después, cuando ya estaba metido en la pasta, vivía en las calles. Con él, no iba a llegar a ningún lado. Yo no me podía proyectar con Hans viendo como él vivía su día a día.

-¿Qué te causaba?

-Pena. A veces me decían que lo veían durmiendo en la plaza. Una vez me lo topé con una venda en la cabeza. Le habían pegado un cachazo, porque lo habían mandado a comprar y no volvió con la plata. O me enteraba de que le habían pegado una puñalada por andar metido en cuestiones. Por eso digo: el vicio fue más fuerte, se la ganó, hasta que lo mató.

Mamá a los 15

Linda no tuvo problemas durante su embarazo. Fue a todos los controles. Hans la acompañó solo a dos: luego de que la relación se quebró, no apareció más.

-Ni se me acercaba -dice ella.R. nació por parto normal, el 24 de junio de 2004, en el Hospital Padre Hurtado, de San Ramón, a las 21:58 horas, tras 39 semanas de gestación. Pesó apenas 2 kilos, 480 gramos y midió 47 centímetros. Cuando Linda vio a su hija, el doctor le dijo: "Te salió una gringuita". Hasta ese día, no sabía si iba a ser hombre o mujer. Las ecografías nunca mostraron nada concluyente, pero ella tenía la esperanza de que fuese hombre. Tal vez por eso, piensa ahora, durante los primeros 11 meses sintió rechazo hacia su hija.

-Solo después empecé a tenerle cariño.

La psicóloga del hospital le diagnosticó depresión posparto. R. había nacido con tortícolis congénita -"producto de que el papá consumía drogas", asegura Linda-, pero se recuperó tras un tratamiento kinesiológico en el Exequiel González Cortés. Sin embargo, lo que le preocupaba a la doctora era otra cosa:

-De guagua, a R. se le caía el pelo, tenía manchones en la cabeza. La psicóloga me dijo que yo le estaba transmitiendo mi pena y mi angustia. Yo era chica, tenía 15 años, contaba con el apoyo de mi familia, pero lo que yo quería era estar con el papá de mi hija.

Hans Pozo no estuvo en el momento del nacimiento. Apareció dos días más tarde.

-No se atrevía al principio, porque le tenía miedo a mi familia, que le dijeran algo.

Un cuñado de Linda lo encontró en la calle y le dio la noticia. Cuando llegó al hospital, la tomó en brazos.

-Estaba chocho. Me decía: "Mira, es igual a ti". Pero era idéntica a él.

-¿Viste a un papá ahí?

-Yo creo que sí, pero ni con eso, ni con la niña en brazos... Nunca le tomó el peso, nunca tomó la responsabilidad, si hubiese dejado la pasta base...

-¿Se lo pediste?

-Se lo pedí cuando estaba embarazada, se lo pedí cuando nació la niña, le dije que tenía que cambiar, que tenía que dejar el vicio, que iba a ser papá, que tenía que sentar cabeza. Pero él no me decía nada. Me daba rabia. Después pensé, pucha, si él hubiera dejado la pasta, si hubiera cambiado, si hubiera sentado cabeza... a lo mejor seguiría vivo.

-¿Te sientes culpable?

-Puede ser. Porque cuando estaba conmigo, él se preocupaba de sí mismo. Y después que terminamos, me enteré de que estaba en la pasta. Si el coraje y carácter que tengo ahora lo hubiese tenido antes, quizá lo habría controlado más. La mujer hace al hombre y yo era niña: no tuve el carácter para frenarlo. A lo mejor fui blanda. Debí haber sido más firme. Igual, cuando mi hija estaba chica, le dije que lo iba a demandar por la pensión alimenticia.

-¿Reaccionó?

-No, nada, le dio lo mismo. Después supe que veía a mi hija a escondidas en el jardín donde la puse. Pero nunca volvió a tener una relación cercana conmigo.

Seis meses después del nacimiento de R., Hans Pozo cayó preso por hurto en la Cárcel de San Miguel.

-¿Cuándo lo viste por última vez?

-Poco antes de Navidad, tres meses antes de que lo mataran. Yo ya estaba con otra pareja y él dijo que se la iba a jugar por nosotras. En Año Nuevo estuvimos un rato en la casa donde él vivía con el matrimonio evangélico y conversamos, pero no mucho. A mí no me querían cerca de él.

Los tatuajes

Un día, una de las hermanas de Linda le preguntó si Hans tenía tatuajes.

Linda había ido a un control médico con su hija y luego había pasado donde su hermana, en Macul, para aprovechar de dormir la siesta. Estaba recién despertando, cuando escuchó la pregunta.

-Sí, ¿por qué? -le respondió.-Es que están hablando del descuartizado en la tele.

Pese a que la noticia era titular de los diarios y de los noticieros de TV desde hace días, Linda no sabía nada del caso.

-Y como Hans siempre se perdía, ni yo ni mi familia nos imaginamos nada.

Hans, de hecho, tenía seis tatuajes. Uno de ellos, que se había hecho en la cárcel, era un anillo con las iniciales de él, de Linda y de su hija.

-Y en eso sale en la tele que ya se había reconocido el cuerpo y aparece la foto de él. Quedamos en shock. Lo primero que pensé fue qué iba a decirle a la niña, cómo iba a explicarle. Hasta hoy, no sé.

Linda reaccionó recién al día siguiente. En plena clase en su liceo se puso a llorar y no paró durante toda la mañana.

Tras el crimen, presentó varias querellas: una contra el Servicio Médico Legal por las imágenes del cuerpo que se subieron a internet; otra contra un diario por publicar una foto de su hija el día del entierro; y otra por el asesinato. Dice que ninguna prosperó y que su abogado de entonces abandonó las causas. Hoy conversa con otro abogado para ver si puede reabrir el caso. Ella aún no cree en la tesis policial: que solo una persona, que le pagaba a Hans por favores sexuales, cometió el crimen -el único sospechoso, el funcionario municipal Jorge Martínez, se suicidó cuando Carabineros llegó a buscarlo. Linda piensa que hay más implicados.

Desde entonces, cuenta que solo ha tenido contacto con una hermana de Hans.

-Es la única tía para R. Una vez estuve con otro hermano de él, pero andaba en los mismos pasos que Hans. Así que mientras no esté bien, no voy a dejar que se acerque a mi hija.

-¿Y la mamá biológica?

-La mamá no se ha acercado nunca. Ni siquiera fue al funeral. Ni ella ni su papá legal se han interesado por conocer a su nieta. Ya no tienen derecho a verla.

El destino

Hoy, Linda vive en su casa de siempre, con su madre, una de sus hermanas y su padrastro, mecánico, en La Cisterna. Dice que a R. le va bien en los estudios, que es de nota 6, que le gustan todos los ramos, en especial lenguaje y matemática, y que antes le costaba el inglés, pero ya no.

-Una vez me dijo que quería ser veterinaria, porque le gustan los animales. Pero quiero que haga el Servicio Militar o que se meta a las Fuerzas Especiales de Carabineros, aunque podrían afectarles los antecedentes del papá.

-¿Cómo ves a tu hija hoy?

-Sigue viviendo su niñez, todavía duerme con peluches, juega con Barbies, es muy infantil y quiero que siga así y que ojalá se quede ahí. En la tele ve puros monitos. No ve teleseries. Juega en el computador. Tiene tablet, netbook.

-¿Ella sabe cómo se llamaba él?

-Sí, Hans Pozo. Pero si le pones una foto y le preguntas, no lo va a reconocer. Yo no tengo ninguna foto de él, pero le he mostrado la típica, que está en internet, donde sale de polera roja, que es cuando cayó detenido. Es la única que conoce. Se la mostré hace años, así que no creo que tenga recuerdos.

-¿Qué dijo cuando la vio?

-"¿Es mi papá?". Y se quedó mirándola. No hizo más preguntas. La otra vez le dije si extrañaba estar con un papá, y me contestó que no, porque he estado yo. Ella sabe que el Viejo Pascuero soy yo, que la que trabaja soy yo, que la que se preocupa soy yo. Para ella, soy su mamá y su papá. Pero, tal vez, para algunas cosas puede que igual le falte su papá. Hago lo mejor que puedo, me saco la cresta por mi hija.

-¿No temes que se entere de la verdad por su cuenta? Basta que ponga "Hans Pozo" en Google.

-La tengo en el psicólogo para que él me la prepare antes de que empiecen las preguntas y para que él le diga, porque yo no voy a tener la valentía para hacerlo. Creo que me voy a quebrar. No voy a poder.-¿Nunca te ha preguntado?

-Ella, lo único que sabe es que su papá está en el cielo.

-¿Pero te ha preguntado cómo murió?

-Nada. No habla del papá, no le gusta ese tema. Ni yo tampoco le hablo de él. De hecho, su imagen paterna es mi actual pareja.

Linda pololea hace dos años con un inspector municipal. Además, tiene una segunda hija, de una relación anterior.

-¿Nunca te arrepentiste de haber pololeado con Hans?

-No. Yo lo amé. Fue mi primer hombre, el mejor pololo, estaba enamorada de él y ha sido el único. Yo creo que las personas se enamoran una pura vez en la vida.

-¿No le molesta eso a tu actual pareja?

-Él lo sabe. Está consciente de que yo no lo voy a amar como a Hans, que no puede pelear con una persona que no está, con un fantasma, con un recuerdo.

-¿Vas al cementerio con tu hija?

-No muy seguido, pero vamos. Antes, para ella era como ir a un parque y ponerse a jugar. Luego me preguntaba si su papá estaba ahí y por qué está ahí, pero yo le decía eso, que su alma está en el cielo. A veces le pregunto si quiere decirle algo a su papá y me dice no sé, que nos cuide, que cuide a la familia, que me dé trabajo para que le compre las cosas que ella quiere.

Cuando dice eso, Linda se ríe. Es la primera sonrisa que deja escapar durante esta entrevista.

-Debe ser difícil ocultarle la verdad. Cada tanto sale algo de Hans Pozo en la tele.

-La he tratado de proteger. Cada vez que se acerca la fecha del asesinato, marzo o abril, y empiezan a salir reportajes, tratamos de que no vea tele, menos en la noche cuando dan las noticias.

-¿Cuál es tu miedo con R.?

-Que se me ponga rebelde cuando conozca la verdad. O que se quiebre. Yo sé que en el momento va a ser un tema fuerte. Para mí, aún lo es, así que imagino lo que será para ella, que es la hija. Quiero que esté preparada emocionalmente para recibir una noticia así y que no le afecte tanto.

Linda enciende el último cigarro que le queda en la cajetilla:  

-¿Sabes? Yo no quería ser mamá. R. salió de chiripa, pero no me arrepiento, porque ella es mi razón para ser mejor. Todo lo que hago es por ella. No he parado de trabajar desde que estaba embarazada y creo que no voy a parar más. A veces pienso que por el trabajo, no le dedico el tiempo que quisiera. Mis planes son tener mi casa propia para irme con mis hijas, y que ellas estudien. Para eso me esfuerzo todos los días. Antes era más blanda, me aguantaba las cosas, pero hoy soy más fría. Pienso que cada uno se hace su destino. Yo me estoy haciendo el mío... Hans se hizo el suyo.

Ella no habla del papá, no le gusta ese tema. Ni yo tampoco le hablo de él. De hecho, su imagen paterna es mi actual pareja

 

Ella sabe que el Viejo Pascuero soy yo, que la que trabaja soy yo, que la que se preocupa soy yo. Para ella,soy su mamá y su papá

 


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