VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 11 de Diciembre de 1999

Iglesia del Sagrado Corazón

Era más moderna que la mayoría de las residencias del barrio El Bosque; fue una apuesta al futuro. Apuesta visionaria, porque casi todas las casas se demolieron y ella sigue, tras medio siglo, actual y vigente.
El otro acierto fue su altísima torre. Y el color. Y la pureza de sus líneas... Más que una apuesta fue un acto de fe en el futuro. Mientras otros templos de Providencia y también de los barrios de la misma época en otros países de América Latina insistían en evocar los lenguajes del pasado, este sector tuvo el privilegio de inaugurar uno que no le temía al presente; aunque el pasado ofreciera períodos históricos más devotos, la religión no era tema del pasado.

El propio barrio nació moderno. Cuando Loreto Cousiño, la viuda de Ricardo Lyon, hizo urbanizar esta parte del fundo familiar de Los Leones, se optó por ofrecer un barrio-jardín, como los que tanto éxito tenían, especialmente, en Inglaterra y Estados Unidos. De ahí el nombre de la avenida y de las calles aledañas, casi todas florales.

El templo debía ser nuevo, fresco. De ahí que se escogiera un arquitecto, el uruguayo Carlos Bresciani Bagattini, de 36 años de edad y pocos éxitos. Desde niño en Chile, educado en el Colegio San Ignacio y en la Universidad Católica, sólo tenía dos obras importantes que mostrar, la Maestranza Central de Aviación, muy vanguardista, y la Catedral de Linares, ambas diseñadas junto al mismo socio, Jorge del Campo Rivera.

La última fue la que les abrió las puertas, porque el obispo era entonces monseñor Juan Subercaseaux, quien trabajó junto a ellos, de cerca, y posteriormente los avaló y respaldó en este nuevo encargo.

Esta iglesia en Santiago significó la consolidación de Bresciani; él, que era profesor de Taller de Arquitectura de la institución que lo formara, aquí en Santiago, poco después se transformaría en el primer decano, y de por vida, de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, la de mayor imagen internacional entre las chilenas, creadora de un lenguaje propio que sólo años más tarde sería inventado en Estados Unidos.

De 1956 a 1965 trabajó asociado con Héctor Valdés Phillips, Fernando Castillo Velasco y Carlos García Huidobro, conformándose un cuarteto histórico en la América Latina del siglo XX.

Bresciani no intentaba ser un transgresor, no buscaba hacer noticia. Culto, seguro de sí mismo, mentor de largas tertulias con alumnos de decenas de generaciones durante 35 años, no requería impresionar a nadie. Es así como este templo, a pesar de ser una novedad por las razones antes señaladas, respira equilibrio y tanta quietud.

Además, facilita la experiencia del creyente al ofrecerle un orden inspirado en el románico, estilo que, en los primeros siglos de la Edad Media, en perdidos rincones de las montañas de Europa y en valles apartados, conservó la fe, el arte y la cultura para los siglos venideros, hasta alcanzar el triunfo del arte gótico. La capilla sur, en especial, junto a la cual yace la benefactora que lo hizo posible Loreto Cousiño también donó la casa adyacente para sacerdotes ancianos irradia la paz de esos conventos.

Pero en 1947, y para un barrio tan estratégico, no bastaba con un rincón para el recogimiento. Por lo tanto, la altura es la de un templo mayor, visible a la distancia, gesto que acentúa el hermoso campanil de 35 metros de alto, el que está aislado, hecho que causa una impresión mayor. Nuevamente, tal monumentalidad no abruma; se equilibra con la luz discreta, que envuelve el espacio con una serenidad atemporal.

No extrañó a nadie el que a Bresciani, apenas fallecido en 1969, se le concediera el Premio Nacional de Arquitectura del año siguiente; ésta quedaría, sin embargo, como la más propia de las obras en las que intervino, la que mejor lo refleja.

Un valor adicional son las pinturas de fray Pedro Subercaseaux, de reconocida calidad por sí mismas, además de su adecuada sintonía con el espíritu del lugar.

En el exterior, la amplitud del atrio, el claustro vecino, el gran tamaño de la manzana en la que se ubica, todo contribuye a darle una perspectiva majestuosa, la que habría sido mayor si la plaza que está a sus espaldas hubiese sido construida al frente.

Poco común en Santiago es ver un conjunto armónico; aquí, entre la altura del campanil, los tres arcos monumentales de acceso a la iglesia, el baptisterio circular también independiente, y los pórticos que avanzan en torno por el sur, se configura un juego suelto y variado de elegancia clásica, variando volúmenes, alturas, masas y también colores.



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