ARTES Y LETRAS

Domingo 5 de Mayo de 2002

EXPOSICIONES. Museo de Artes Visuales, galerías:
Memoria fotográfica

A través de simples fotografías en blanco y negro, Mariana Matthews aún tiene mucho que decirnos. Últimamente, sin embargo, pareciera tender a hacer del collage manifestación de sus propias inquietudes. Keka Ruiz-Tagle, Patricia Ossa y Susana Larraín coinciden con desigualdades de calidad en sus recientes exposiciones.
WALDEMAR SOMMER

La retrospectiva de Mariana Matthews ocupa por entero las seis plantas del Museo de Artes Visuales. Recoge poco más de diez años de labor, pero de labor intensa. De modo general, su evolución muestra una primera etapa de fotografías-documento, puras, directas, sin manipulación. Y, dentro de ella, evoluciona desde ámbitos anecdóticos hacia valores humanos más universales. Culmina este período en la instalación "Adoremus". A partir de 1998-1999, empieza a intervenir sus fotos mediante el fotomontaje, el color parcial o a convertirlas en collages más o menos complejos. Dentro de todo este grupo de obras desaparece, por lo tanto, la posibilidad de la copia. En sus trabajos más recientes, aparece como protagonista capital la intimidad femenina y, luego, su vinculación al "otro". Se trata, pues, de un desarrollo creador que exige más de un comentario.

Desde luego, la autora tiene mucho qué decirnos. Acaso debido a ello, a veces no encuentra la manera más adecuada para manifestarlo. Es lo que ocurre con varios de sus collages. A menudo abigarrados en tales casos, su sobrecarga de elementos pareciera limitarse a demostrarnos las inquietudes culturales de la artista. Por momentos, sin duda, acierta. Superpone, entonces, sus figuras en la medida justa, sin que alteren el equilibrio con la imagen protagónica.

Como buen ejemplo de lo anterior tenemos, en "La memoria oculta", el dinamismo dramático de fieles que avanzan, contra el viento, en una procesión religiosa chilota. También, y aunque sobre tanto bisonte paleolítico, la estupenda visión del contrapunto entre el descuere de un vacuno y asistentes que, de espaldas a nosotros, miran hacia el altar mayor de una iglesia. En esta lámina, una manguera amarilla sirve de oportuno ingrediente unificador. Añadamos el efecto sobrecogedor y místico de una Virgen María polícroma, en medio del frondoso follaje sureño y frente a una típica casa de tejuelas. En cambio, no entendemos demasiado la relación del pintado ancestral patagónico sobre rostros de campesinos de Oaxaca.

La instalación con la fiesta católica de Chiloé constituye, probablemente, el punto culminante en la producción de esta excelente fotógrafa nacional. Claro que el montaje actual se halla bastante lejos de la presentación impresionante en el Museo Nacional de Bellas Artes. En todo caso, este magnífico testimonio visual, en blanco y negro, vuelve a transmitirnos la vitalidad asombrosa de un acontecimiento isleño de hondura entrañable. La calidad de algunas de estas fotos y los vigorosos contrastes de claroscuro llegan a provocar en el ojo del espectador efectos de relieve volumétrico. Además, dentro de él, algún personaje emerge inolvidable, como la pareja de compadres en plena conversación o como la mujer nacida de la niebla y casi flotante sobre los gorros de lana, con apariencia de conchas de marisco, de otros asistentes.

En la bastante anterior serie "Reunión" (1994), sus retratos no pocas veces captan lo más individual de sus modelos y los entornos más adecuados a ellos. Están, así, las mujeres, respectivamente, semi encuclillada sobre las mantas o dominada por el gesto de una mano en la oreja. Y al varón con anteojos que nos mira, oblicuo, entre la hierba.

De la temprana y suculenta "Selva fría", en colores, se desprenden, mientras tanto, olores y sensaciones táctiles propias de un flora fresca y húmeda. Por completo diferentes, las series posteriores "Des ahogo", de intenso lirismo cuando el camisón blanco flota en el agua, y con mayor razón "Anesthésie locale", parecen no necesitar la complementación con estampas de acrílico. Estos añadidos, antes que enriquecerlas, las hacen perder claridad formal y conceptual. De la última serie sobre poemas de G. Rojas preferimos, por menos manoseado que el tema del desnudo, las dos sin concurrencia humana - más sugerentes y originales- y las interesantes fotografías que proyectan sombras a rayas encima de las sábanas. Otra visión plena de carácter y belleza expresiva resulta la de la joven, recogida y abrigada, que apoya rostro y brazo sobre el respaldo del banco sureño.

Tres pintoras

A los temperamentos diversos, a las orientaciones estéticas y a los méritos diferentes de tres expositoras unifica, al menos durante estos días, el nivel de calidad disparejo de sus actuales obras. De esa manera, en Galería Isabel Aninat, Keka Ruiz-Tagle atrae muchísimo más por sus objetos - encantadoras y coloridas cajas con personajes circenses en tres dimensiones- que por la factura cruda de sus pinturas, seguidoras de Chagall y, sobre todo, de Matisse. Entre estas telas sí cabría salvar las que tienen la naturaleza muerta como tema.

A poca distancia de la sala recién anotada, Artespacio exhibe a Patricia Ossa. Ofrece ella progresos destacables respecto del color. Lo emplea ahora con fuerza y contrastes mayores. Recordemos el acorde de naranjas, amarillos y azules en el lienzo Nº 12; los azules, verdes y amarillos del Nº 4; el Nº 6. Otro cambio en cuanto a su obras pasada es la preponderancia actual de la relación personajes y espacio arquitectónico. Éstos, sin embargo, calcan situaciones y panoramas propios de Barreda o, más especialmente, de Banderas. Claro que crean ambientes mucho antes enigmáticos que misteriosos y carentes de aquella tensión expresiva lograda, entre sí de modo muy distinto, por ambos Ernestos. Asimismo, en Ossa, suelen desequilibrarse el ámbito escénico - arquitectura y mobiliario- y sus personajes humanos - números 7, 13, 15- . Otros cuadros poseen, por su parte, más apariencia de dibujo en colores que de pinturas - Nº 1, 3, 10- . Los lienzos con la nueva temática de retratos con sabor a siglo XIX surgen tiesos y, quizá, sin mayores promesas de desarrollo futuro. No puede negarse que todavía predomina la frescura, la limpieza del colorido vibrante en las telas multicolores de la joven Susana Larraín, expositora de Galería Patricia Ready. No obstante, sus fragmentaciones de hoy día, que entrelazadas en los lienzos más pequeños llegan a la abstracción, tienden a hacer perder coherencia, a diluir atributos bien visibles en su producción precedente. Además, estos collages con pedazos de tela pintada - como una especie de colcha ejecutada con retazos de género- incluyen texto manuscrito con el pincel. Unos y otros ingredientes sirven de entorno ornamental a una nueva temática: desnudos y la pareja amorosa. Un recuerdo vago de la vidriera medieval asoma, formalmente, en los presentes cuadros.



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Una de las fotografías que exhibe en el Museo de Artes Visuales. En esta etapa sus trabajos son de una temática patrimonial.
Una de las fotografías que exhibe en el Museo de Artes Visuales. En esta etapa sus trabajos son de una temática patrimonial.


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