ARTES Y LETRAS

Domingo 26 de Enero de 2003

BELLAS ARTES Y MAC. Mucho que ver:
Concurso Salón del Sur

Las obras de 92 concursantes fueron seleccionadas en la convocatoria a la que concurrieron más de mil artistas, muchos de ellos de reconocida trayectoria.
WALDEMAR SOMMER

Probablemente el llamado Salón del Sur de Concepción constituya el último sobreviviente de aquellos salones de artes plásticas - denominación de antiguo origen galo- que en nuestro país, enriquecieron la primera mitad del siglo XX. Al que ahora nos referimos corresponde a la quinta versión de un concurso nacional de pintura y grabado. Sus resultados se están exponiendo hoy en el santiaguino Museo Nacional de Bellas Artes. Casi un millar y medio de concursantes respondió a la convocatoria penquista. Se seleccionó la obra de 92 de ellos. Además, hecho poco frecuente en los certámenes nuestros de los años más recientes, participó un buen número de nombres bien conocidos del público. Sin embargo, en él se ha producido, una vez más, esa crítica constante chilena de que la gráfica supera, en interés y méritos, a las aportaciones pictóricas. No es difícil demostrarlo.

Desde luego, acá la rica imaginería que domina en la primera de aquellas disciplinas se une a manejos novedosos del material y a una expresividad recia, vibrante. Detengámonos en sus testimonios más destacados. El Premio Nacional de este sector, Eduardo Garreaud, entrega un políptico serigráfico con una especie de danza de la muerte, donde, bajo la escena mayor, una inquietante fragmentación de osamentas humanas se serializa en miniaturescos nichos de cementerio. El hálito trágico y la densidad formal de este trabajo hallan correspondencia en su tan adecuada coloración y en sus luces teatrales.

Acertadas aparecen las Menciones Honrosas en grabado. Fueron para Natasha Pons y para la desconocida María Pía Sierra. Las cuatro variaciones digitales sin color de la segunda, a través de sombras delicadas, oponen la disolución de un cuerpo humano y la corporización de un texto. Pons, por su parte, aporta con la simplicidad aparente de su dibujo desmañado, en blanco y negro, una vigorosa personalidad lineal, capaz de llamar la atención también fuera del país. Cierto parentesco visual vincula con la artista anterior a la promisoria Natascha de Cortillas. Si su dramática propuesta prácticamente sin color respira vitalidad, a ella todavía le falta depurarse y alcanzar una mayor unidad argumental. Lirismo y cromatismo vibrante exhala, por el contrario, la lámina de Leticia Santander.

Al grafitti callejero aluden dos concursantes atractivos, aunque muy diferentes entre sí. Frente al mosaico de imágenes audaces y al ánimo vocinglero de Claudio Bernal, Juan Pablo Ugarte emerge armonioso y más metódico seguidor del modelo en su muro de ladrillos alargados. El objeto íntimo y doméstico resulta, entretanto, el bien escogido símbolo con que Rosario Montero sabe encarnar el arquetipo de pareja humana. Bonita contribución es la de Jorge Lankin - Mención especial del jurado- , cuyo mapa añade a lo caricaturesco suave ingenuidad del ayer. Otro par de participantes sitúan su presente producción dentro de los lindes imprecisos entre gráfica y pintura. De ese modo, Andrés Vió despliega uno de sus dinámicos juegos planos de interferencia entre rectas, círculos y diagonales, creando finas texturas sólo con lápiz de grafito. Obtuvo premio en el ámbito pictórico. Dentro del mismo sector y mucho menos conocido que el anterior, Sergio Gallardo intervino un cuadro famoso, comunicándole la condición de grabado antiguo.

No obstante las consideraciones, el Gran Premio del Salón recayó en un pintor, Ciro Beltrán. Típica imagen abstracta suya, nos trae la particularidad del empleo de una alfombra como soporte. Abunda, asimismo, una abstracción, acaso tributaria del expresionismo abstracto, entre los pintores de este concurso. La corrección de su factura podría constituir su aporte más sólido. Pero tampoco faltan aquí los participantes con la mirada demasiado puesta en ejemplos del exterior. Por el contrario, Cristián Marambio demuestra un aprovechamiento genuino de íconos extranjeros.

Exhibiciones en el MAC

Si los concursantes del certamen sureño consiguieron pasar con holgura el millar, cifra semejante de asistentes alcanzó el MAC durante la primera a noche de los museos. Es que, cuantitativamente el museo tiene ahora mucho que mostrar. Eso sí, el nivel de calidad aparece bastante desigual. Consignemos lo que nos parece de interés perdurable.

De entrada tenemos una exposición colectiva de siete miembros con un hilo conductor no suficientemente claro. Rescatemos de ella a dos pintoras y un instalador. Malú Stewart se apodera, así, de un amplio muro mediante un relieve, fresco y bello, que modula desde el blanco azuloso al blanco verdoso, desde los ladrillos planos del soporte hasta el volumen de cilindros que apenas sobresalen. A su lado, Magdalena Atria, formalmente más elemental, define una especie de empapelado con modulaciones de caleidoscopio. En un espacio distante, Patricio Vogel instala blancos cuerpos geométricos a la manera de maqueta de una ciudad ideal, jugando con las proporciones, con los reflejos albos y con las sombras proyectadas.

En el segundo piso, Rosario Perriello interviene la arquitectura y la condición institucional del MAC. Lo realiza a través de figuras realistas de virtuales asistentes al museo. Ellos se nos aparecen en lugares inesperados del edificio. Si bien por momentos muy próximas a Montes de Oca, también convencen las proposiciones sobre la base de objetos textiles o de aire quirúrgico de Paola Moreno. En nuestro próximo comentario hablaremos de un pintor venido desde el extranjero.


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Natasha Pons, mención honrosa del salón del sur, aporta una vigorosa personalidad.
Natasha Pons, mención honrosa del salón del sur, aporta una vigorosa personalidad.


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