REVISTA YA

Martes 1 de Marzo de 2011

 
La vida de los padres

Por Paula Serrano, sicóloga ¿Será que la vida es más difícil? ¿Será que los padres tenemos más conciencia de las dificultades que vendrán? Sea como fuere, claramente los adultos tienen más miedo.Antes, en otros tiempos, criar a los hijos en el rigor era la norma y eso incluía aceptar que vivieran situaciones duras y verlos sobrepasarlas era motivo de satisfacción para los padres. Tener niños fuertes, capaces, parecía importante. Y uno pensaría que esos padres lo hacían así, porque preveían las dificultades de la vida futura, y formaban a sus hijos para enfrentarla de la mejor manera posible.

Luego el mundo cambió de perspectiva, y la felicidad, sobre todo en la infancia, pasó a ser una necesidad para criar niños sanos y capaces de enfrentar bien los desafíos futuros. Entonces, los adultos se pusieron de cabeza a dar el máximo de apoyo y protección a sus hijos. Ése era un pequeño seguro de vida. 

Ni una escuela ni la otra parecen haberlo hecho bien, la prueba es que los adultos de hoy no son ni más capaces ni más felices que los de antaño. De hecho, hay estudios para todo, unos que prueban que la sobreprotección crea niños asustados, y otros que prueban que sin los vínculos adecuados los niños se convierten en adultos depresivos. Como hubo otros estudios antes, que probaron que estos hijos del rigor excesivo eran inválidos afectivos, porque no tenían modelos apropiados, o que la desprotección y la incapacidad de ver las necesidades de los hijos podían desarrollar adultos poco emprendedores y dependientes.

Parece que no hay cómo achuntarle. A veces es como una lotería esto de los hijos. Otras veces parece ser que la biología determina más de lo queremos creer.

 Ante tanto dato y tanta exigencia, yo voto por la calidad de vida de los padres. No digo que asegure nada, sólo creo que al menos podemos salvar algunas tristezas, en ambas generaciones. Porque en mi experiencia clínica, muchos dolores de los hijos vienen de la vida de los padres, de madres insatisfechas y tristes, amargas y resentidas con el mundo; de padres acomplejados y rabiosos, paranoicos ante la falta de éxito o la riqueza insuficiente. Y sin atreverme a convertirlo en dato duro, creo que los hijos de padres contentos con sus propias vidas son al menos más seguros de sí mismos. 


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