ACTIVIDAD CULTURAL

Domingo 13 de Octubre de 2013

"Mayerling" en el Teatro Municipal:
Los dos elencos de una superproducción

Carmen Gloria Larenas En el ex Pabellón de Caza de Mayerling, localidad de bosques inolvidables en Austria, que magníficamente bien recrean los telones del diseñador Pablo Núñez, el recuerdo del Príncipe Rodolfo, hijo de la famosa Sissí, sigue vivo: una luz tenue, que asemeja una vela, ilumina día y noche la ventana de la habitación donde el heredero del Imperio Austrohúngaro se suicidó -¿o fue muerto?- junto a su amante, María Vetsera. Convertido en un monasterio, en su recuerdo, las paredes exorcizan desde entonces el trauma de una historia de obsesiones, dolores, política, muerte y drogas.

Con "Mayerling", el coreógrafo inglés Kenneth MacMillan retorna a Chile, en este estreno sudamericano, con una magnífica producción de escenografía y vestuario de Pablo Núñez. Monumental, preciosa en sus colores y texturas, muy bien apoyada por la iluminación de José Luis Fiorruccio, el placer estético no omite la asfixia de una historia que protagonizan magistralmente en el primer elenco Natalia Berríos y Luis Ortigoza.

Ortigoza construye sólidamente a ese hombre atormentado, acosado por el devenir político, obsesionado con la muerte, que tiene algo de Hamlet, y rodeado de mujeres por las que se siente atraído, pero por las que manifiesta, subliminalmente, una misoginia. En cada movimiento, en cada gesto, está Rodolfo, no Ortigoza. Mientras, Natalia Berríos, en el mismo tono dramático, se desprende de su piel y se transforma en esta joven amante, atrevida, que da vuelta el mundo del príncipe conectándose desde sus espacios de sufrimiento. Compleja, clara, actriz.

No sucede lo mismo con el segundo reparto. Rodrigo Guzmán, sin la técnica ni las líneas necesarias, baila el rol, pero no lo interpreta. Sus gestos resultan ajenos, y no hay progresión. Mientras, Andreza Randisek, siempre fresca, pierde el personaje y la complejidad confundiéndose con otras interpretaciones. Distinto es su muy buen resultado interpretando a la condesa Marie Larisch, que también interpreta de gran manera la estupenda Maite Rodríguez.

La emperatriz Elizabeth (Sissí) corre buena suerte en ambos elencos. Resulta subyugante en la belleza y finura de Camila Aranda, perfecta en el rol, mientras que Deborah Oribe se apropia del personaje mucho más hacia el final del ballet, mostrando una interesante veta dramática.

La princesa Stéphanie es interpretada con acentos diferentes por la chilena Katherine Rodríguez y María Lovero, y Mitzi Caspar es asumida muy bien por Lidia Olmos en el primer elenco y María Dolores Salazar en el segundo. En tanto, Bratfisch, el chofer de Rudolf, tiene dos muy buenas interpretaciones en el siempre seguro Esdras Hernández y un estupendo Simón Hidalgo. Muy bien en ambos repartos los Cuatro Oficiales Húngaros, así como el cuerpo de baile y los roles de carácter.

Kenneth MacMillan se sumerge como creador, una vez más, en una historia oscura donde el destino y la fuerza de poderes no pueden sino precipitar a la tragedia a sus personajes y donde la realidad se impone por sobre cualquier consideración. Escenas magistrales, como siempre logra, son las de las cartas en casa de los padres de Vetsera y el pas de deux de la alcoba de ésta y Rodolfo. De longitud algo excedida, se extrañó un mayor protagonismo, en momentos, de historias paralelas.

La Orquesta Filarmónica de Santiago fue eficiente bajo la batuta de José Luis Domínguez.

 


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Foto:Héctor Yáñez
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