PORTADA

Jueves 30 de Septiembre de 1999

Una Escuela Detrás de las Rejas

Cada dos semanas, dieciséis reclusas se reúnen con sus niños en el Centro de Orientación Femenino para acercarse a ellos de un modo que desconocían.
Por Marcela Aguilar

"Antes les pasaba mil pesos para que se fueran a los videos, a comprar dulces, y me dejaran tranquila. Ahora daría cualquier cosa por estar cinco minutos más con ellos", dice Alicia Ríos (37), cuando su hijo de 9 años y un nieto de 4 se despiden de ella en la cárcel de mujeres de Santiago.

Las visitas son dos veces por semana. Pero poco alcanzan las presas a compartir con sus niños. "Vienen los parientes y lo único que hacen es hablar de los problemas, los plazos, el juicio y la plata", explica Margarita Santolaya (40).

En este penal, sin embargo, hay 16 mujeres que tienen una oportunidad adicional de ver a sus hijos, cada quince días. Es una mañana completa dedicada a ellos, para estimularlos y enseñarles valores que, en muchos casos, nunca antes les habían transmitido con tanta claridad.

Para esto cuentan con el apoyo del programa "Conozca a Su Hijo", ideado por el Ministerio de Educación para los preescolares de zonas rurales, y que hace dos años fue adaptado para aplicarse en los penales femeninos del país. Hoy involucra a 13 establecimientos y 191 internas.

Un programa similar tiene la Fundación Paternitas, creada por el cardenal Carlos Oviedo en 1991, cuyo fin es reinsertar a las personas que estuvieron en la cárcel. La entidad cuenta con la casa de acogida Santa Rosa de la Esperanza, donde viven 36 menores cuyos padres o madres están recluidos. Ellos reciben alimentación, se les educa y salen los fines de semana con familiares o padrinos. Además realizan visitas a sus madres o padres los días miércoles y viernes, respectivamente.

TODOS APRENDEN

En el Centro Penal Femenino de Santiago, la encargada del programa "Conozca a Su Hijo" es la profesora Yolanda Abarca, apoyada por la directora de la escuela que funciona en el recinto, Sonia Hevia. Además, hay una reclusa que actúa como monitora de sus compañeras.

Ella es Isabel T., quien lleva 17 meses en juicio y cuya condena mínima será de 5 años y un día por trasladar pasta base de Iquique a Santiago.

Tiene tres hijos. Uno vive con el abuelo en el norte; los otros, con una tía del papá en la capital. Ninguno sabe que ella está presa. "Les contamos que esto es un hospital, y que todavía no me puedo ir porque no he pagado la cuenta", dice Isabel, mientras su pequeña Isabella, de tres años, corretea sobre el pasto húmedo.

Esta madre asegura que nunca llora, "porque no se saca nada, y porque uno tiene que asumir la responsabilidad de lo que ha hecho". Pero estar separada de sus pequeños ha sido para ella un castigo feroz.

Con la intención de ver más a los niños, entró al citado programa. Hasta hoy tiene una reunión semanal con el grupo, para preparar las actividades de la siguiente visita. Se conversan temas como la creación de hábitos de higiene, la alimentación o la estimulación de la fantasía. A partir de los manuales del Ministerio de Educación y de las ideas de las propias reclusas, se elabora el material para cada sesión.

"Al principio, cuando los niños venían, era todo llanto", recuerda Sonia Hevia, "llegaban a puro abrazar a las mamás. La mañana se iba en conversaciones y regaloneos".

Yolanda Abarca añade: "Costó que trabajaran en forma constante, disciplinada. Pero poco a poco se interesaron también por los contenidos. Ahora vienen entusiasmados por participar".

En el área de la cognición, el trabajo ha impulsado el desarrollo de estos menores, muchos de los cuales tienen problemas de aprendizaje, derivados de las pobres condiciones de su entorno.

"Cuando recién caí, mi hija no sabía leer, no quería hacer nada. La teníamos demasiado regalona, y lo que me pasó la afectó mucho", relata Sandra Hernández (27), también presa por tráfico de drogas.

Tras un año en el programa, afirma que la niña, de siete años, está aprendiendo a descifrar palabras.

Las hijas de Miriam F. (quien lleva 32 meses en proceso) tampoco querían ir a la escuela. El apoyo de su mamá las ha motivado en los estudios. "Uno se prepara bastante. Dibujamos, recortamos, hacemos juguetes con botellas o cajas de fósforos. Les cocinamos y hasta les celebramos el Día del Niño o la Navidad", detalla.

A veces los hijos no llegan, porque no hay nadie en la casa que los pueda acompañar o porque, simplemente, la plata no alcanza para el pasaje. "Claro que da pena. Pero con qué moral va a exigir uno que vengan, si uno mismo se metió en este problema", dice Miriam.

GANARSE LA CONFIANZA

La mayoría de estas mujeres, por exceso de trabajo, inmadurez o problemas familiares y legales, postergó a los niños antes de caer presas o, como dicen ellas, cuando estaban "en la calle".

"Ahora me doy cuenta de que me apoyé demasiado en mi mamá para criar a la Estefanía. Yo me dedicaba a puro trabajar y a comprarle ropa y juguetes. En estas visitas, en cambio, juego con ella, le invento cosas. Lo único que quiero es salir luego para compartir más", afirma Sandra Hernández.

"En la calle, sinceramente, nunca me preocupé tanto de los niños como acá", confiesa también Isabel T.

La situación se dificulta cuando los niños entran en la pubertad. "El mío anda medio mal genio, pero no sé por qué", cuenta Alicia Ríos (50), una mujer de presencia y personalidad enormes, que cumple 5 años y 6 meses por estafa. "Ese era mi trabajo, si hasta tenía una nana contratada para que me cuidara a los chicocos y así poder dedicarme de lleno a lo mío".

Ahora, su "concho" se cría con su hija de 20 años, que tiene tres niños propios. "No creo que le quede mucha paciencia para ver al hermano", suspira Alicia.

Margarita Santolaya abraza a sus hijos, de 13 y 15 años, que superan en varios centímetros a su orgullosa madre. Cuando los ve alejarse, comenta con tristeza: "Mírelos, son unos lolos. Y cuando más me necesitan, no estoy para ayudarlos".

Pese a esto, ambas aseguran que la instancia de trabajar con ellos ha permitido que la relación se estreche. "Entremedio de las tareas conversamos harto, ellos me cuentan sus cosas y eso me pone feliz", dice Margarita.

Las encargadas del programa se han preocupado de respaldar a las reclusas en sus dificultades, a través de talleres de autoestima y desarrollo personal, y de charlas con especialistas acerca de cómo tratar con los hijos temas complicados como la sexualidad y el consumo de drogas.

"Esto mejora la relación con los hijos y también con las internas. La cárcel es un lugar chico y, entre tantas mujeres, surgen veleidades, pero esto nos ayuda a ser amigas. Todas nos apoyamos para ser mejores mamás", dice Isabel.

La profesora Abarca comenta: "Tenemos la esperanza de que, una vez que salgan de aquí, cuando tengan que asumir todas sus obligaciones de nuevo, estas mamás todavía sean capaces de dedicar a sus niños el tiempo que necesitan para crecer bien".




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