EL SÁBADO

Viernes 17 de Agosto de 2001

Cecilia Amenábar
Amante amarilla

La prensa bonaerense los caracterizó, a ella y Gustavo Cerati, como el matrimonio emblemático de los noventa, y algo de eso hay en ese enlace tan aplaudido, que tanto entusiasmaba a la audiencia hasta hace poco. La unión del rockero en la cresta de la ola y la modelo renuente a su propia figuración, combinada con el mito del argentino entrador que nos levanta a las minas.
por Jaime Collyer

Para ser franco, escribo esta historia un poco a ciegas, tanteando en la oscuridad, en busca de algún destello que me ilumine desde la lejanía, como hacía Colón desde sus carabelas. Para ser aún más sincero, debo señalar que en su día me perdí a Soda Stereo, cuando era su época de máximo fragor. Igual admiro lo de Cerati, con su energía deslumbrante en los escenarios, con todo eso que él y sus compañeros desplegaban ante la muchedumbre en 1986 y hasta su último concierto.

Eran tiempos difíciles en el cono sur de América Latina, a mediados de los ochenta, cuando nació el grupo. En lo personal, vivía por entonces en España y la última vez que me aparecí por Chile (antes de aparecerme de vuelta, un error que cometimos casi todos) fue precisamente en 1986, en la misma fecha en que al Capitán General le llovió el fuego graneado en una quebrada de las afueras santiaguinas. Tiempos explosivos, ya se ve, y todo el mundo andaba un poco agitado, buscando adversarios, buscando su penúltimo lugar en la historia. El rock siempre ha ofrecido el contrapunto o la música de fondo a todo eso, porque para eso están el rock y sus protagonistas. Solo que al centro de la vorágine hay, casi siempre, una mujer y esta no fue la excepción.

Para el caso, era una mujer criolla y joven y muy bella: una adolescente (por entonces, una adolescente) un poco desconcertante, de mirada punzante y expresión risueña. Con algo de niño malcriado en la expresión, y de una ironía más bien adulta. Siempre que vi a Cecilia Amenábar en la televisión, me daba la impresión de alguien riéndose por lo bajo y saludablemente de ese mundillo en el que le tocaba participar: el de la farándula y las candilejas, el de la taquilla santiaguina o bonaerense, de las tablas y pasarelas. Me ocurría antes de verla, por ejemplo, en las tomas hechas al azar durante la realización de su programa Revólver (eso que ahora se denomina el making off, que queda más internacional). Se la veía una mujer en buena relación con las cámaras y con la audiencia. Podía estampar, frente al lente, un escupitajo en el piso del plató (así lo hizo, de hecho) y no resultaba disonante, porque transmitía naturalidad, porque era transparente y relajada, y porque a las musas les está permitido incluso eso ante las cámaras.

Años después allá por 1999, la vi asomar la cabeza en la puerta del café El Biógrafo cuando todavía existía, a cierta hora incierta de la noche. Fue apenas un segundo, ese rostro en la puerta, atisbando al interior, que en seguida se desvaneció y ya no volvió por el lugar. Yo me quedé dándoles codazos a los usuarios de la barra, que tenían todos el cerebro algo embebido de los elíxires habituales y no me dieron mucha bola cuando les advertí de la aparición. Hube de concluir que quizás fuera, en efecto, una aparición.

Luego vino, hace apenas unos meses, el embrollo final (¿el final?) con Cerati y me tocó seguirla en la prensa como hizo todo el mundo, y comprobar una vez más su discreción proverbial, porque Amenábar tiene, es innegable, esa cualidad discreta en medio de la farándula: una forma de estar allí, en ese mundito bajo los flashes, sin estar nunca del todo, rehuyendo siempre a los fotógrafos, negándose al juego de exhibicionismo que a otros les encanta. De hecho, al enterarnos en Buenos Aires y Santiago de su quiebre matrimonial, se supo a la vez que la prensa la asediaba telefónicamente, pero su respuesta era siempre la misma: No se molesten en llamarme porque no voy a hablar nada. Es lo que caracteriza a las musas, que saben dosificar sus entregas y permanecer entre bambalinas, y nunca prodigarse más de la cuenta.

Mujer de bajo perfil

Un factor que acrecienta su atractivo es, muy probablemente, el hecho de haber escogido a Cerati, el rockero triunfal allende los Andes. Esto de la nena chilena en manos trasandinas es desde luego un tópico, pero un tópico que funciona. Un lugar común aterrador, un karma que nos ronda a los varones de estas latitudes. Hace que nos vengan los complejos: nos da por compararnos íntimamente con nuestros equivalentes del otro lado de la cordillera y nos viene el mareo, la incertidumbre, la meditación orteguiana en torno al propio ser. Es una trampa bien perfilada en el inconsciente colectivo, eso lo sabemos todos, pero igual rendimos tributo al lugar común. Hace años eran los argentinos que venían a Viña en el verano y eran verseros como nadie, con el piropo justo y a flor de labios, y la delicadeza marullera del cantor de tangos, con su elegancia de arrabal porteño y su forma tan certera de caerle a la hembra local y envolverla. Así se fue consumando la mayor traición colectiva y transcultural que se recuerde desde los tiempos de Hernán Cortés y La Malinche: porque entrar en contacto con argentino visitante como que le daba pedigrí a la mujer local, como que la ponía en un plano internacional. Era un signo de su propia superioridad por sobre el varón criollo, apequenado y tan discreto, nada comparable al compadrito entrador proveniente del otro lado de la cordillera. Entre el enlace Menem-Bolocco y la opción Cerati-Amenábar, las diferencias son apenas de grado, como la diferencia que puede haber entre el caviar y el locro. De hecho, cuando el líder de Soda y la bellísima Cecilia se casaron, en junio de 1993, en la fiesta de matrimonio hubo huevitos de codorniz y todo acompañado de caviar rojo y negro (sic). En el más reciente enlace de Bolocco abundó peronísticamente hablando el plato de cartón y el despelote multitudinario. Cuestión de matices: la premisa fundamental, del argentino entrador, seguía en pie.

Cecilia Amenábar tiene, a pesar del tópico, ese algo que la singulariza en el vasto listado de caras bonitas y cuerpos bien delineados en que nos debatimos o intentamos sobrevivir. Sus coordenadas familiares no son tan diversas a las de cualquier chica criolla criada con la sobriedad de la gente acomodada, emparentada con algún adalid empresarial del antiguo régimen (lo que no es culpa suya), egresada de La Maisonette en 1988. Su familia se oponía, dicen, a que siguiera la opción del modelaje, por la sobreexposición que ella supone y conlleva. De todas formas, ha de haber sido una oposición relativa, visto que ya a los 7 años (¿?) comenzó a figurar en algunos comerciales televisivos, y alguien de la familia tiene que haberla llevado al estudio de grabación para que se sobreexpusiera, no veo por qué alegaban después. A los 17, Cecilia se profesionalizó de hecho en las pasarelas, con la renuencia persistente de sus familiares. Y de ella misma, que nunca fue muy devota del modelaje y no lo consideraba, al parecer, un oficio intrínsecamente meritorio. No hacía dietas, por vía de ejemplo, ni regímenes draconianos, y respecto de su figura estilizada, decía que era flaca por naturaleza. En lugar de tanto hincapié en las pasarelas, decidió estudiar producción audiovisual en el Instituto de Artes y Ciencias de la Comunicación.

El tinglado íntimo con Cerati estaba ya en marcha desde hacía un buen rato. En rigor, desde que a los 15 años fue la propia Cecilia, con un tío suyo, a una conferencia de prensa del ídolo para conocerlo, para verlo de cerca. Cerati confesó luego que quedó embobado. La vi ahí sentada y me encantó, recordaba en 1993, tras su matrimonio. Pensé: Esta mujer tiene que hacer alguna pregunta, pero no hizo ninguna. Sin embargo, ya entonces supe que ella tenía todas las respuestas.... Ahí está de nuevo: ¡el verso que nos falta a los autóctonos!

Por entonces, a poco de haber contraído el sagrado vínculo, todo marchaba viento en popa para la pareja. La prensa del corazón hacía su agosto con entrevistas en las que ambos desmenuzaban su amor en ciernes y hablaban de la afinidad que sentían. Llegaron a confesar que habían consultado alguna vez a una adivina, la cual les había diagnosticado que en alguna vida anterior habían sido hermanos. De donde vendría resultando que su enlace fue una especie de incesto esotérico. Cerati empezó a pasar largas temporadas en nuestro país, y los fans de Soda Stereo a pintarrajear la casa de ambos con eslóganes que proclamaban la admiración de la masa ante ese enlace diáfano y promisorio, ante el éxito que los envolvía. Igual le sorprendía, al rockero, el trasfondo tan inmutable de nuestra sociedad criolla. En principio me llama la atención la rigidez, declaró en alusión al Chile profundo. Rigidez en cuanto a seguir una serie de normas que se mantienen, se mantienen y nadie sabe por qué se mantienen. Y entonces viene alguien y las rompe, y se arman unos tremendos desbarajustes....

Era esa época en que la Iglesia local denunció la crisis moral que hacía presa de la juventud. Al parecer, la descomposición reinante impulsó a la pareja a vivir en Buenos Aires. Allí tuvieron dos hijos, Benito (de 7 años) y Lisa (de 5). El embarazo en que se gestó el primero marcó un hito. Cerati operaba cada vez más por su cuenta, alejado de Soda Stereo, y compuso la casi totalidad de Amor amarillo, el álbum de 1993 en que dejaba constancia de su paternidad en ciernes. El tema Te llevo para que me lleves estaba inspirado, de hecho, en el embarazo de Cecilia, y sus versos tan simples daban cuenta de la placidez que los envolvía, coyunturalmente: Contaré hasta tres y llamaré a tu puerta / Yo te llevo para que me lleves....

A contar de allí, todo anduvo más o menos sobre ruedas. En 1993, Gonzalo Bertrán había proclamado a Cecilia como el prototipo de la mujer chilena de los noventa y se había jugado el tipo para ponerla a la cabeza del estelar Martes 13, pero ella dio nuevamente el golpe a la cátedra y le dijo que no. Que no le interesaba, que prefería, más que estar frente a las cámaras, todo lo relacionado con la producción televisiva (para el caso, la producción de videos musicales). Luego vino el programa Revólver, que animaba con Daniela Benavente y hacía gala de una impronta vanguardista y humorística inhabitual en la televisión abierta. Eso fue en 1996.

Chau, Soda

Éramos todos felices. Lo único que no andaba y se resintió con tanto viaje de Cerati a la capital santiaguina fue el trabajo de Soda Stereo. A juzgar por sus declaraciones ulteriores, el grupo estaba, igual, un poco harto de todo, un poco harto de sí mismo. Posiblemente, el quiebre matrimonial reciente de Amenábar y Cerati sea parte de lo mismo que antes condujo al grupo rockero a un anhelado callejón sin salida, cuando aún quedaban mucha senda por recorrer y mucho estudio de grabación por delante. La autopista del éxito acaba por quemarle los pies a quienes hacen la peregrinación a ratos tortuosa bajo las candilejas. Ya en 1987, diez años antes de que se anunciara en un comunicado escueto la separación de Soda Stereo, Gustavo Cerati asentó una premisa decidora: Es probable que el éxito produzca más fisuras que el fracaso. Parecía un mal augurio. Por esa misma época, Soda arrasó en la Quinta Vergara con su éxito inquietante, que incluyó varios desmayos entre las graderías, en el Festival de Viña del Mar. Llegó un momento en que los tres parecíamos tener el cerebro quemado, dijo Charly Alberti, el baterista del grupo. Tuvimos que pasarnos toda la gira por Chile encerrados en el hotel, con la gente esperando a que asomáramos la cabeza para ovacionarnos....

Era demasiado. El delirio masivo comenzaba a colárseles por debajo de la puerta, y los tres componentes del grupo resolvieron ponerle término sin estridencias ni rupturas, con un recital último en Chile. Cecilia estuvo, de todas formas, al centro ocasional de la polémica, un poco gratuitamente, cuando muchos fans argentinos se resintieron de la frecuencia con que Cerati paraba en Chile, de su arranchamiento progresivo a este lado de los Andes. Él mismo desmintió, en cualquier caso, que ello fuera la causa del progresivo distanciamiento entre los miembros del grupo. Parecía haber, más bien, la necesidad de probar cada uno nuevas opciones.

Llegamos así al cierre de la emisión, cuando ya no hay más Soda Stereo en los escenarios y ahora, para rematarla, tampoco el matrimonio emblemático de los noventa. La crisis estalló sin previo aviso hace unos meses, en mayo de este año, y la jauría reaccionó de nuevo con grandes aspavientos. Cerati había sido visto a solas en alguna discoteca bonaerense, con demasiada frecuencia. Luego se supo que se había ido de su casa, dejando tras de sí su estudio de grabación. Luego que andaba del brazo de Déborah de Corral, una modelo trasandina que antes fue la novia de Charly Alberti (con la que el propio Charly andaba a las patadas). Se supo, incluso, que estaban viviendo juntos y que paseaban el perro por las tardes. Cecilia prefirió concentrarse en su actividad televisiva y su programa nmm (ene milímetros), dedicado a la fotografía y las artes visuales, que transmite el Canal (á), con la conducción, muy elogiada, de la propia Cecilia. Sin duda que el mayor mérito de nmm es no caer en el tratamiento pretencioso del arte expuesto, en no pontificar, dice una crítica aún disponible en la red. Su productora y cara (casi) invisible, Cecilia Amenábar (ex conductora de Revólver en la televisión trasandina), se pone al frente de este combo argentino-chileno-mexicano y logra no sucumbir a la tentación de la cámara: guarda el perfil justo para dejar en cada caso que la obra y el artista sean los verdaderos protagonistas.

En lo que hace a la ruptura, Cecilia se limitó a su habitual discreción y declaró que no pensaba hacer declaraciones, para gran decepción del circo en rededor. Con tanta claridad de su parte, como que se avergüenza uno de seguir hurgando en el asunto. Es hora, pues, de cerrar esta crónica y dejar a nuestra musa en paz. Para que sigamos mejor soñando los apequenados de este lado de los Andes con su expresión de niña grande, que ha sabido pasearse por las pasarelas regionales y administrar con cautela sus talentos. Y no parece, en modo alguno, dispuesta a festinar más de la cuenta su intimidad. Que es como nos gusta a todos por aquí, a este lado de la cordillera, con lo muy recatados que somos.


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El trabajo de Soda Stereo era lo único que no andaba y se resintió con tanto viaje de Cerati a Santiago. El grupo estaba un poco harto de sí mismo. Posiblemente, el quiebre matrimonial reciente de Amenábar y Cerati sea parte de lo mismo que antes condujo al grupo rockero a un callejón sin salida.
El trabajo de Soda Stereo era lo único que no andaba y se resintió con tanto viaje de Cerati a Santiago. El grupo estaba un poco harto de sí mismo. Posiblemente, el quiebre matrimonial reciente de Amenábar y Cerati sea parte de lo mismo que antes condujo al grupo rockero a un callejón sin salida.
Foto:El Mercurio


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