REVISTA YA

Martes 6 de Marzo de 2001


Mónica González, sin tregua

Su último libro "La conjura, los mil y un días del golpe" agotó las dos ediciones (16 mil ejemplares) en sólo cuatro meses. En su currículo como periodista acumula bullados golpes noticiosos, 31 querellas, dos estadías en la cárcel y una pasión por hurgar en la historia del Chile reciente.Para ella, ha sido la forma de saldar la deuda con sus amigos que ya partieron.
Por Pilar Segovia I.
Fotografías: Claudio Vera

Tajante a veces demoledora, es la mirada de Mónica González. De silencios contundentes, no perdona el asomo del prejuicio; está alerta, observa y manipula con esa voz dulce que desbarata todo intento por cruzar el cerco que ha tejido alrededor de sí misma ante un interlocutor desconocido. Simplemente explica que le duele la guata por el solo hecho de ser entrevistada, que su trabajo ha sido eso, trabajo, y que no merece más bombo que el que por sí mismo ya ha conseguido.

En su casa ñuñoína refugia libros, escritos y diarios como mudos testigos de un trabajo de investigación, que le ha ido dejando marcas profesionales y también personales. En la salita contigua al escritorio, varios kárdex delatan un archivo personal impresionante, que ella misma elabora ininterrumpidamente desde hace 20 años. Idea que heredó de su maestro, el también periodista Mario Planet, de quien fue "alumna predilecta".

Sin embargo, mucho antes de sentarse frente a la máquina de escribir, para Mónica el gran sueño era ser médico: "Pero no tenía plata. Yo soy hija de obrero y no habría estudiado en la universidad si ésta no hubiera sido gratis como en esa época. No podía entrar a medicina porque ahí había que estudiar todo el día y yo tenía que trabajar. Pero no me arrepiento".

- ¿Pero por qué pensaste antes en medicina?

- Sentía que era la mejor manera de ayudar, de tener una inserción en el mundo social, de ser útil. Bueno, es que en esa época, seamos claros, si hacías una encuesta en la Chile no ibas a encontrar casi a nadie que te dijera yo quiero ser empresario. O sea yo no soy una excepción, yo era parte de una...

- ¿De una onda, de un ambiente?

- No de una onda- corrige. Soy parte de una generación histórica, con fuerte vocación de servicio social y que quiso tocar el cielo con las manos y que se quemó en el camino. Entré a periodismo porque me gustaba leer, la historia, escribir, escuchar, curiosear. Era muy metida en política.

- ¿Y cómo surgió la idea de irte por el camino del periodismo? Me dices que tu papá era obrero...

- Ilustradísimo... ¡Ah! no entiendo, ¿también eres de aquellas personas que creen que los obreros no son ilustrados? No, ¡por favor! ¡Muy ilustrado! Mi papá me inculcó leer y mucho. Con él aprendí la historia de la II Guerra Mundial. Murió cuando yo tenía 13 años y fue terrible. Se llamaba Luis Antonio González Ortega. Un gran hombre, era obrero ferroviario, lo atropelló un tren en el trabajo.

- ¿Qué pasó con tu vida?

- Fue uno de los grandes hitos de mi vida, pero bueno, ya pasó también.

- ¿Sí? ¿pasa ese dolor?

- No, no pasa nunca. Lo echas de menos porque tienes 13 años. Y claro, lo principal es que te deja marcas tan importantes que finalmente estás bien parada en la vida.

- ¿Y a esa edad estabas bien parada?

- Sí, era un poquito grande o tuve que serlo. La Escuela de Periodismo y las Juventudes Comunistas fueron una experiencia maravillosa, porque yo entré a militar a los 14 o 15 años. No era chica ni era la excepción en el Liceo de Niñas número 9.

- Donde eras compañera de Patricia Verdugo.

- Ella estaba un año más arriba que yo. Era presidenta del centro de alumnos y al año siguiente gané yo. Patricia era demócrata cristiana; y yo, comunista. Pero no éramos chicas. Era muy cuestionadora.

- ¿Y el resto de tus compañeras en el liceo?

- Había dos corrientes. Un grupo de niñas que estaban absolutamente atraídas por lo que fue la irrupción de Los Beatles y el otro grupo absolutamente remecidas por sentirse parte de este gran movimiento que iba a transformar el país y el continente en uno justo, solidario.

De esa época, Mónica recuerda que se discutía mucho, "pero nadie decía que uno era conflictiva por eso. Era natural y tampoco eran discusiones inútiles. No me iba a poner a discutir si no había leído antes algo que afirmara lo que yo iba a sustentar. Eso te hacía el rigor. Y eso te hace diferenciar lo que es la sobremesa de la discusión profesional, que también se mezcla hoy".

Era 1968, Mónica estaba en el segundo año de la escuela, se casó con un ingeniero, luego nació Andrea y un año y medio después, Lorena. Ese mismo año entró a trabajar en "El Siglo".

- ¿Cómo te organizabas con tus hijas?

- No tenía empleada ni pañales desechables. Ahí uno aprendía algunas triquiñuelas como poner unas hojitas de toalla nova en el pañal de género, para que no se manchara tanto o dejarlos en un balde con jabón gringo remojando. Uno terminaba casi siempre la jornada a la una y tanto de la madrugada, pero no me acuerdo que fuera drama y mi casa pasaba llena de gente. Todos mis amigos llegaban a comer, salíamos a hacer rayados por Allende, por las campañas y siempre terminábamos cantando en mi casa. No sé si tengo buena voz, pero me encanta y en ese tiempo se cantaba mucho.

Mónica se fue a París a fines del 73. Sus hijas salieron antes "junto a unos amigos que también se iban. Yo salí por el aeropuerto con un pasaje que me compró Fernando Ortiz y hoy estamos buscando sus restos en la Cuesta Barriga. A él le debo el pasaje, posiblemente la vida y muchas otras cosas. Es difícil describir lo que pasó. El 11 de septiembre se me acabó la casa y con eso se me acabó el mundo. No hay techo, no hay paredes, no hay nada, estás a la intemperie de todo tipo. Tenía una herida a bala en el pie. Todo el tiempo antes de irme, le debo mi sustento a Claudio Huepe. Pablo Fritis me consiguió una casa con otra persona, donde estuvimos escondidas con mis hijas y Gloria Alarcón, mi gran amiga y periodista de "El Siglo". Pero igual salía todos los días a trabajar con Fernando para saber qué personas estaban muertas, detenidas, etc. A partir de ahí supimos lo que era el miedo, el miedo que te cala los huesos, que te paraliza..."

- ¿Y la bala en el pie?

- Hubo un enfrentamiento, aunque yo no vi a nadie disparar, y fue no más. El pie estaba hinchadísimo, se infectó y sabía que si iba a la posta me iban a tomar presa. Pero ya tenía la pierna pésima, parecía de elefante y fui. Casualmente, mucho tiempo antes, yo había escrito mi primer reportaje denuncia, sobre cómo era tener un hijo en la sala común de El Salvador y en una clínica privada, usando anónimamente mis dos experiencias con mis hijas. La historia se llamaba "Parir con y sin dolor" y tras publicarla recibí la primera querella. Durante el comparendo el director de El Salvador dijo al verme: claro, seguramente la vieron a usted jovencita y la engañaron. Usted no tiene idea lo que es. Estas mujeres cuando vienen a parir no son mujeres son animales. Yo simplemente le dije que fuera a buscar el registro de pacientes del hospital del 27 de abril, a las 10 de la mañana. Ahí estaba mi nombre. Me dijo: no puedo creer que haya sido tan irresponsable de haber venido a parir aquí. Y ese mismo hombre que se había querellado contra mí me salvó la vida en la posta. Me sanó el pie, me puso inyecciones, me dio medicamentos y me echó. Después me subí al avión y partí a París donde estuve cuatro años.

- ¿Qué cosa de valor iba en tu maleta cuando saliste de Chile?

- No lo puedo decir.

En Francia, Mónica trabajó como obrera en una imprenta y después fue ejecutiva en la Municipalidad de Sarselles.

- No era fácil conseguir trabajo. En esa imprenta, por ejemplo, necesitaban un hombre para desarmarla todas las noches y dejarla impecable. Yo dije que podía y pude. Nos instalamos, mis hijas fueron al colegio y empezamos a rehacer la vida entre comillas, pero no solos porque empezó a llegar la gente que salía de las cárceles o que lograba escapar, de quienes empezamos a escuchar todos los días cosas terribles. Vivíamos pendiente de Chile. Y pensaba que en cualquier minuto se podía volver, por lo tanto no se compraba nada.

En 1978, ya separada, Mónica decide regresar. "Empecé de cero". Conseguía trabajos por el diario, pero le duraban poco.

- Hasta que les llegaba el informe de la CNI. La primera vez me despidieron en medio de unas 50 personas, diciéndome que era una traidora, una prostituta comunista y que tomara mi cartera y me fuera de inmediato.

Gracias a la experiencia que había acumulado en el municipio parisino, fue la mejor calificada para un puesto en el Colegio de Constructores Civiles. Con ellos trabajó hasta el 82. En ese tiempo, ya se había comprado una casita en la población Lo Hermida, donde vivió hasta el 89.

- Di el pie y tenía los colchones en el suelo. Empecé de a poco a comprar las ollas, vasos, frazadas, estufa. Puse a las niñitas en La Girouette, para convalidar sus estudios, pero al año siguiente las cambié a un liceo porque no podía seguir pagando. Finalmente, decidí mandar a mis hijas a París con su padre. Es lo peor que me ha pasado en la vida, pero lo tomé conscientemente. Nos íbamos las tres o las mandaba, pero ellas no podían vivir el drama de este país. Fue muy hablado con ellas y yo fui persuasiva. Teníamos una relación muy rica las tres. Y ahí volví al periodismo en la revista Cauce, motivada por otro gran maestro, Edwin Harrington.

- ¿Preferiste que ellas partieran...?

- En ese minuto, yo estaba trabajando fuertemente en grupos de derechos humanos. Y no quise que mis hijas corrieran riesgos, entonces era mejor que se fueran.

- Pero, ¿por qué no te fuiste con ellas?

- Porque me sentí siempre con deuda. Mis amigos estaban muertos, estaba presente la vida que se había roto y yo tenía una deuda que pagar: yo estaba viva.

- ¿Y la deuda con tus hijas?

- Pero mis hijas tenían un padre. Yo siempre me he sentido en deuda con ellas y mis hijas son las que siempre me dicen: no hay ninguna deuda, mamá, hasta cuándo. De hecho, ahora mi hija Andrea volvió y estamos juntas siempre, acabamos de irnos de vacaciones con mi nieta, Valentina. Somos muy pegadas.

- Y mientras estuvieron en Francia, ¿las fuiste a ver?

- Bueno, me bajaron dos veces de los aviones cuando iba a París. Lo más dramático fue una Pascua, porque se quedaron con todo esperándome. Diría que mi componente más fuerte es el de mamá. Soy muy mamá, por eso que el sacrificio más grande ha sido separarme de ellas. Quizás para mí la frase que más me duele es: ¡pero si les gusta estar debajo de las patas de los caballos! Es que hay gente que no tiene idea lo que uno ha pasado. La frivolidad de este país a veces me supera. Me supera la cobardía, me rebela.

- ¿Te consideras valiente?

- Me considero una persona que cuando tiene que hacer cosas las hace, aunque se muera de susto.

- ¿Y cobarde?

- Sí, he sido muy cobarde en el amor por ejemplo. A veces hay cosas que no he hecho, porque he tenido tanto miedo.

- ¿Miedos?

- Quisiera no volver a vivirlos. Soy feliz estando tranquila, en mi casa con mis amigos. Pero tuve momentos de mucho odio. Creo que el año 84 me había llenado de odio, después de estar en la cárcel. Pero ahí también descubrí que era periodista. También le debo mucho a Andrés Valenzuela, este hombre de la Fach a quien yo hice desertar. El me contó cómo había matado a mis amigos. El tipo lloraba y yo no lo podía consolar, y ésa no soy yo. Le decía: no me toque. Estuve tres días con él. Lo convencí de que viviera y lo sacaran de Chile, porque él no quería vivir. El olor a muerto no lo dejaba vivir, se despertaba y acostaba con ese olor. Y él me cambió porque me di cuenta que nadie nace para ser asesino, que también tenía derecho a vivir en este país. Que era parte de lo mío y a partir de ahí cambié mucho. De hecho, ese año, marcó mi separación del PC. No soy militante comunista desde entonces.

- ¿Y ahora militas en algún partido?

- No, soy independiente, una mujer de izquierda. Pero soy periodista fundamentalmente, antes que todo.

- ¿Antes que madre?

- No, primero mamá. Eso me desarma.

- ¿Y qué pasó con el amor?

- Me volví a casar el 89 y me separé hace dos años.

- ¿Tuviste más hijos?

- No. Desgraciadamente, me habría encantado. He perdido varios. Perdí uno cuando salí de Chile, quedó ahí en esa imprenta de mierda. No tiene tumba ese hijo. Perdí, no más.

- ¿Cuando reconstruyes tu vida te das cuenta de que todo está ligado a hitos políticos?

- Sí. Salvo mi padre. He llevado una vida muy intensa, es cierto. Y en esa vida intensa he estado acompañada y he sobrevivido gracias a mis amigos. Los Luengo, los Varas, los Martini y los Villegas. Les debo mucho. Mis mejores amigas son la Blanca Arthur, la Pilar Vergara y la Patricia Guzmán. Una vez al año salimos de vacaciones juntas. La profesión nos juntó. La gracia con mis amigas es que ninguna esconde su identidad, no competimos y nos queremos. Todas somos apasionadas.

- ¿Qué placeres te das además de los viajes con ellas?

- Me gusta vivir, gozar, hablar tonteras, reírme, bailar. Armar comiditas aquí en mi casa para mis amigos; dicen que soy buena cocinera. Hago mermeladas, licorcitos, me gusta preparar todo. También nadar. No soy ni trapera ni me gustan las joyas ni arreglarme. Además creo que me veo mucho mejor natural, cuando me pinto me siento como disfrazada.

- ¿Qué sientes cuando tienes una información de alto impacto sobre tu escritorio?

- No hay compulsión, soy lo menos obsesiva y ansiosa en eso. Siempre creo que hay que esperar. Hay que saber exactamente cuándo se entregan las informaciones.

- ¿Qué pasa cuando te has equivocado?

- Me pasó una vez y tuve que investigar y rectificar el error. Me dolió mucho y todavía me duele. Nunca pierdo de vista que detrás de cada información impactante hay personas, familias. Y me da pánico equivocarme.

- En esta búsqueda de información, ¿qué es lo más insólito que has hecho por obtenerla?

- Robarme un expediente de la fiscalía naval.

- ¿Y disfrazarte?

- Sí. Hay dos cosas que no he hecho nunca: no he pagado ni tampoco he usado atributos de mujer. Además, no tengo qué mostrar.

- ¿Y el éxito, el dinero?, pero no hablo desde una perspectiva exclusivamente capitalista.

- De partida no soy una ultra.

- Además, no puedes. Tienes una cartera Louis Vuitton...

- Me la regaló mi hija (risas). Ella me regala perfumes, ropa. A ella le fascinaría que me amononara más; me encuentra preciosa, linda.

- ¿Bueno, pero qué te pasa con el éxito?

- No me pasa nada. Sabes, lo que me pasa es que miro el libro y pienso: ¿eso lo hice yo? En qué minuto, ¡qué agote! Pero a veces me da mucha pena cuando gente de la Dina me ha pedido que vaya a hablar con sus hijos. Me aterra el éxito entre comillas, porque lo que eso significa es algo que la gente no calibra. Muchas personas me tocan el timbre, me atajan por la calle, me llaman por teléfono para ver si les puedo encontrar a sus hijos, a sus hermanos. Y yo tengo que vivir, además. A mí el libro nunca me lo ha financiado nadie.

- ¿Qué esperas para la generación de tu nieta?

- Todo. Yo ya sé que no se puede tocar el cielo con las manos, pero lo que sí se puede es aspirar a volar y para aspirar a volar hay que tener un mundo mejor.

- ¿Y tú?

- Yo he volado. Vivo cada día en democracia como una fiesta. No logro olvidarme que este mundo distinto lo hicimos con tanta gente anónima y que nunca nadie le dio las gracias. Para adelante no planifico nada, quiero ser una periodista, no más. Sin apellidos. A mucha honra soy periodista y punto. Creo que mañana me puedo morir tranquila. No tengo deudas pendientes. Un día fui al cementerio y pedí permiso a mis amigos para que me dejaran vivir.

- ¿Volviste a traer de París lo que te llevaste hace años en tu maleta?

- No. Nunca más.

- ¿No me vas a decir qué iba allí?

- No.

Quién es

Monica Gonzalez Mujica nació en Santiago el 24 de octubre de 1949. Estudió en el Liceo 9 de Niñas y en la Universidad de Chile. Antes del 73 trabajó en "El Siglo", la revista "Ahora". Vivió hasta 1978 en París junto a sus dos hijas: Andrea y Lorena. En 1984 ingresó a la revista "Cauce", también trabajó en "Análisis". Fue la primera en escribir sobre las polémicas residencias de Lo Curro y El Melocotón. Ha ido a la cárcel dos veces por publicar una entrevista al general Leigh y una a Andrés Zaldívar. Fue testigo en el caso Prats; para su último libro tuvo acceso a la autopsia de Allende y a cinco agendas de altos generales de la época. Hace un mes dio a conocer un documento inédito sobre la muerte de Eugenio Ruiz-Tagle, que incluye un párrafo manuscrito por el propio general Pinochet. Por su labor ha sido premiada en Harvard y también en España. Fue subdirectora de "La Nación" y fue editora general cinco años en revista "Cosas". Ha escrito cuatro libros. Hoy trabaja en El Mostrador y es corresponsal del diario Clarín de Buenos Aires.


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir

Foto:Claudio Vera


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales