REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 28 de Septiembre de 2003


Uwe Schmidt cambió la música electrónica por Chile

Hace siete años, Uwe Schmidt cambió los edificios luminosos de Frankfurt por la quietud de un típico barrio de Providencia. Y con ello dejó atrás su promisorio sitial en la escena electrónica europea. Porque Schmidt es un músico electrónico. De esos que graban en un sello internacional, venden miles de discos y figuran en revistas especializadas. De esos que hacen giras por el mundo. Claro que no es precisamente viajar lo que a Uwe más le gusta.
Texto: Werne Núñez

Retrato: Carla Pinilla

Recién, hace un par de horas, a Uwe Schmidt (35 años, casado con Cecilia Aguayo - ex tecladista de Los Prisioneros- , una hija) lo llamó un periodista desde Suiza. Una entrevista. Otra entrevista más. Y con la misma vieja pregunta: ¿Por qué vives en Chile?

Que conteste el propio Uwe: "Durante los últimos cinco años me he pasado respondiendo las mismas preguntas, y tengo que aplicar zen, respirar profundo y contestar. Por eso ahora trato de improvisar respuestas, para entrenerme un poco", cuenta este alemán desde la pieza que ocupa como estudio, en un tranquilo y típico barrio de Providencia.

La pregunta, en todo caso, no es trivial. Porque es extraño que un músico electrónico de esos que po­nen hits en las radios y que son entrevistados por periodistas del todo el mundo viva aquí, al lado, como el vecino que sale en pijama a recoger el diario.

Pasó que Uwe viajó desde su natal Frankfurt a dar un par de conciertos de los que pocos se enteraron en Santiago, en 1996. Al año siguiente decidió quedarse. Se casó, tuvo una hija y siguió haciendo lo que sabe hacer desde que era un flaco rubio de 14 años medio callado y desconocido: encerrarse en su pieza, con sus máquinas, para hacer música. Claro que las cosas han cambiado un poco. Uwe ahora tiene prestigio. Y por eso, tiene que viajar por el mundo promocionando sus trabajos como cualquier rockstar: Nueva York, Suiza, Londres, Os­lo, Tokio, México, Sao Paulo, Aus­tralia, Italia, Francia...

Habla Uwe: "Creo que los europeos no tienen ninguna idea de qué es Chile, por eso me preguntan siempre lo mismo. Yo viajé un mon­tón antes de venir acá, y acá sentí que todo fun­cionaba. No me gusta mucho analizarlo, es una cosa muy instintiva, muy natural. Orgánica".

- Viéndolo desde el otro lado: en Chile es común que la gente le pregunte demasiado a los extranjeros acerca de cómo nos ven afuera. ¿Pasa eso en otros lados?

"No. Cuando llegué todos los chilenos que conocí me preguntaban ¿qué te parece Chile?, ¿es muy fome Chile?, ¿por qué te viniste acá? Dos años así, por lo menos. Si salgo con amigos alemanes a ver a otros amigos chile­nos, les pasa lo mismo. Se la pa­san contestando esas preguntas. De repente caché que era una cosa muy chilena".

- Muchos sienten que la música electrónica es un viaje. ¿Tú también?

"No. Es que es distinto hacer música que escucharla. Uno analiza automáticamente lo que oye, en términos de lenguaje, cuál es el truco, cuál es la idea, cómo comunica. Yo no escucho música cuando viajo, y ya no tengo la distancia para sentir la música electrónica como un viaje".

Uno de los tantos alias de Uwe Schmidt es Atom Heart. Otro es Señor Coconut. Con esta etiqueta y con la banda que lo acompaña, ha producido algunos de sus discos más exitosos - "El Baile Alemán", y ahora, "Fiesta Sounds"- , mezcla de beats y sintetizadores de Kraftwerk (algo así como los tatas de la electrónica alemana) con la sabrosura y el ritmo del mejor de los mambos. Un combo que, probadamente, funciona con los gringos.

- ¿Cuándo te conectaste con la música latinoamericana?

"Estuve seis meses en Costa Rica, fui a visitar a una polola que estudiaba en un pueblo chico cerca de San José. Yo tenía una imagen un poco negativa de la música latinoamericana. En Alemania, la música latina tenía un vínculo con una escena de estudiantes. Había un club donde tocaban salsa, y todos se vestían con una onda étnica, como alternativa, que me producía distancia. O sea, eran alemanes que viajaron una vez a Perú y se vestían como peruanos y escuchaban salsa. Cuando llegué a Costa Rica y vi que en un bar la gente escuchaba merengue, comiendo pa­pas fritas y viendo tele, me gustó el contexto. Y escuché otras cosas que en este lugar de Frankfurt no tocaban, como las cumbias. Me dicen que hago mezclas con música latina porque vivo en Chile. No es así. El lugar no me define".

- ¿Te inspiraste en ese viaje?

"En Costa Rica hice un break total obligado, porque la humedad y la temperatura rompen los equipos y hay hormigas en todos lados. Si dejas una semana tu walkman en un closet, después lo encuentras con hormigas y sus nidos con huevos adentro. Es un tema".

- ¿Son parecidos los públicos en el mundo?

"Esa es una de las cosas que uno cacha después, viajando mu­cho. Que en cada país hay una revista "Blank", por ejemplo, y hay un público tipo revista "Blank". Me invitan a tocar a Boloña, llega el promotor y me dice que salieron diez entrevistas y me muestra las revistas, y una es la "Blank", otra es "Cosas", otra de "El Mercurio". Es la misma idea: este mercado, esta gente. Tocas en un club de cualquier parte del mundo y es la misma gente que acá iría a verte a la Oz. Uno sabe más o menos por el tipo de promotor que te lleva, cómo será el concierto. Si te invita al Mc Donald's, ya sabes lo que viene. Si te invita al Hyatt, ya sabes que tocarás para gente como de Las Condes, y va a ser fome".

- ¿Algún público del que tengas un recuerdo feliz?

"En Barcelona tocamos en La Paloma, que es un dancehall precioso, antiguo, de los años 30, pero el promotor era como rasca e hicimos una prueba de sonido horrible, pero nos llevaron a excelentes restaurantes. Eso es importante allá, no que sonáramos terrible. Empezamos a tocar y la gente se volvió loca. Fue genial, la gente es así allá. A mí me da lo mismo el lugar. Si tengo que elegir entre una gira por Inglaterra y otra por Italia, aunque nos paguen la mitad, eli­jo mil veces Italia, por la comida. Mientras más al norte de Europa, más fea se po­ne la cosa.".

- ¿Y algún recuerdo infeliz?

"Nos llevaron una vez al sur de Francia, cerca de los Pirineos. Pensamos que sería bonito. Viajamos de noche, llegamos de día y nos dimos cuenta que el concierto era en un teatro dentro de un mall. Como el Alto Las Condes. Nadie nos conocía, pero el hijo del director le había dicho a su papá que Señor Coconut era bueno. El sonido era espectacular, el lugar espectacular, todo era lujo, tomando y comiendo rico, hasta con lavadora en el backstage, pero en un mall. El público era gente de 60 años hacia arriba, sentados, mirándonos, con el programa en la mano. Muy aburridos. Era el sur de Francia, pero teníamos vista al Burger King. La gente casi se durmió al vernos".

- ¿Aún no te da lata viajar?

"Sí, me da lata. Pero hay que diferenciar entre los viajes que tengo que hacer y los que elijo. Ahora que saqué otro disco en varios países, es obvio que tengo que promocionarlo. Y como ya sé qué me va a pasar en cada país, me da un montón de lata. Pero igual lo hago. Me gustaría hacer una gira por año, pero ya llevo tres giras en tres meses. Uno viaja por el mundo, es verdad, pero realmente no conoce el mundo. Si nadie te dice dónde estás no puedes saber dónde estás. Despiertas en un hotel que puede ser igual en Francia o en Alemania. En Noruega, por ejemplo, viajando por la nada misma, de noche, en el camino a Oslo, encontré un Esso Market igual al de Bilbao con Manuel Montt, idéntico por dentro y por fuera. Yo quedé helado".

- ¿Tokio rompió ese axioma?

"Para mí, Tokio es un gran sampleo. Ves pedazos de Francia, de Inglaterra, de Estados Unidos. Los japoneses analizan la esencia de una cosa, que puede ser una pintura, una música, una baguette, una empanada; y lo hacen mejor. Es algo muy particular, tienen la capacidad de entender realmente de qué se tratan las cosas".

- Más allá de la cáscara, ¿piensas que la gente del mundo se parece?

"Sí, definitivamente. Viajando tanto conoces gente con la que uno se conecta fluidamente. Esas personas existen en cualquier parte del mundo. Me llama la atención también que en todas partes la gente te hace un speech al llegar y te explican que el gobierno de ahora es muy conservador y que no hay plata para el arte. Todos se quejan de cuán conservadora es la sociedad. En Boloña o en Chile".

- Dime una cosa que consideres alemana.

"Yo creo que Alemania, como país, es una cosa muy amorfa. Es un invento de pedazos de cultura, por eso nunca tenía límites claros. El alemán, tampoco. Por eso, vas a una montaña en Nepal y hay un alemán y no un inglés. Creo que el alemán de pasaporte le cuesta decir 'eso es mi nación o mi raza'. Yo no me siento en mi tierra acá, pero tampoco en Alemania. El techno es una de las cosas más alemanas que existen en este momento".

- Oí que eras fanático de los completos. ¿Oí bien?

"Sí, me gustaban. Hasta que me enfermé".


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir

Foto:Carla Pinilla


[+] Vea más fotos    >>
  • Servicios El Mercurio
  • Suscripciones:
    Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.

    InfoMercurio:
    Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.

    Club de Lectores:
    Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.

Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales