ARTES Y LETRAS

Domingo 26 de Diciembre de 1999

Ultimas Exposiciones del Año

El paso de las horas en una destartalada mansión campestre es captado, con sensibilidad armoniosa y sutil, por Josefina Fontecilla. Ahora corresponde el turno a sus puertas y cerrojos; antes fueron las escalas, los balcones y las huellas enigmáticas sobre el brocato de los muros. Pablo Langlois interviene con la palabra la colección permanente de pintura chilena del Museo Nacional de Bellas Artes. Su mensaje apunta, ante todo, a la observación superficial con que se contentan los visitantes de nuestro pasado pictórico.
"Libros de horas", al modo medieval, adecuadamente titula Josefina Fontecilla su límpida, elegante, equilibrada instalación, en el Centro de Extensión de la Universidad Católica. Es que ambos protagonistas de ella aluden al espacio temporal. Uno se compone de doce fotografías en blanco y negro de diversas puertas cerradas, en las que la sombra sutil de sus manillas va desplazándose a lo largo del día, según la luz natural. Así se provoca, en lo formal, una secuencia rítmica, una serie de variaciones alrededor de un solo tema. En el aspecto expresivo, un ambiente nostálgico, aunque también realista, es el que globalmente se consigue.

Doce objetos, todos iguales, constituyen el segundo personaje de la obra: gongs broncíneos y lustrosos que, a través de sus toques presuntos, alertan sobre las diferentes horas del día. Encerradas dentro de marcos negros, las fotos con sus cerrojos definen clausuras, al mismo tiempo que concretan una mirada al pasado por intermedio de su ostensible deterioro. Los gongs recién salidos de fábrica representan, a su vez, el presente y, más importante aún, la posibilidad de que el cierre se transforme en abertura. Se espera que ante su peculiar sonido asordinado las puertas se abran, volviendo certeza los espacios tras ellas, ocultos y misteriosos. Forma y materia de esa especie de campanas domésticas, lo mismo que las avejentadas molduras y aplicaciones metálicas de los portones testimonian la gran casa.

Y, precisamente, detalles fotográficos de la misma mansión han sido actores capitales de una serie de exhibiciones recientes de Fontecilla. Primero fueron, como metáforas de la vigencia temporal de las cosas, los muros forrados en brocato y la sombra ahí dejada por los cuadros de ornato. Vinieron, enseguida, balcones que, desde el interior del edificio, nos hicieron mirar hacia el parque y la naturaleza. A continuación, pocas semanas atrás, las escaleras del palacete: la principal o de honor; angosta y curva, la de servicio. Si entonces lo mostrado resultaron desarrollos seriales - murallas y ventanas- o instantáneas - las escalas- del solar familiar, lo que se entrega ahora establece una instalación que nos rodea, que nos coloca en el epicentro mágico de la vieja casa, símbolo todavía viviente del, a nivel nacional, chateau de campo.

En dos museos capitalinos

La intervención del museo, como ocasión de poner en tela de juicio el arte tradicional, no es una actitud novedosa, ni en el ámbito internacional ni dentro de nuestro medio. El mismo Museo Nacional de Bellas Artes fue intervenido hace unas tres décadas. Sin embargo, la actual empresa de Pablo Langlois aparece diferente a la de entonces, ejecutada por su propio padre. Ahora se trata de una agresión estrictamente conceptual a la pequeña colección permanente que mantiene el establecimiento.

De este modo, cuadritos con texto de letras blancas y provistos de sólido enmarcado negro circundan, físicamente, a las pinturas coloniales del siglo XIX y XX colgadas. Respecto de este último período, dispuesto al final del recorrido propuesto, algunos cuadros y autores - de Burchard a Opazo - quedaron excluidos del plan del interventor. ¿Se debió ello a estrategia, a temor por los vivos, a agotamiento en la inspiración del autor? Esta aparente falta de coherencia molesta al espectador.

Pero volvamos al meollo de la interesante intervención, a su mensaje. Al unísono, en él se comentan con objetividad estadística e ironía y de acuerdo al lienzo respectivo, sucesos públicos del acontecer del día y la actitud de los visitantes diarios al museo. En cuanto a esto último, la crítica principal apunta a la incapacidad de mirar del observador ocasional, sobre todo del escolar que transita fugaz. Por momentos, la anotación se proyecta, además, hacia una esfera más trascendente.

El alemán Ludger Hinse opta por abstracciones y por el blanco, en el Museo de Arte Contemporáneo. Se entregan óleos - muy altos y angostos, con añadido de cera- que pretenden conciliar informalismo de texturas y geometría; collages - ya contraponen recortes de papel sobre el soporte de cartón, usando el ángulo recto y recordando a Klee, ya introducen cera también- , unas pocas litografías - asimismo no figurativas y en ocres muy claros- y esculturas. Sin duda, lo más valioso de este conjunto, acaso no suficientemente significativo, corresponde a los collages sobre plexiglás. Ellos, mediante muselina, gasa y óleo, mediante juegos de transparencia, nos ofrecen acercamientos al signo y finas modulaciones formales. Los volúmenes, por su parte, insisten, con ingredientes diversos, en el blanco y se impregnan de un expresionismo que abandona, en mayor o menor medida, la abstracción.

En dos galerías

Galería Ana María Matthei, de Vitacura, nos propone tres autores alrededor de un tema común: los toros. Uno es el español residente en Chile Pedro Sánchez. Convencen muchísimo más sus grabados, diestros en el dibujo y en el empleo del claroscuro: "La hora de la verdad". También uno de sus acrílicos, "Bramido", y su bien resuelto escorzo, ostenta considerable vigor visual. En el resto de sus trabajos las formas tienden a ablandarse.

Los escasos toros del escultor Arturo Hevia presentes captan el gesto corporal del animal en acción, mientras las cerámicas esmaltadas de Andrea Picharda, con el mismo asunto, se aproximan en exceso a la órbita artesanal. Lo más perdurable suyo puede considerarse el grupo de miniaturescos polípticos murales.

Maruja Peyrelongue muestra acuarelas y dibujos en Artex Galería, de Tobalaba. Hay fuerte temperamento y soltura en los trazos de la autora, cuando aborda el desnudo académico. No obstante, esa misma seguridad no le impide caer en no pocos infrecuentes debilidades de dibujo. Más futuro divisamos, en cambio, a través de la línea alada, juguetona de sus sintetizados paisajes de ciudades de Europa.




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