DEPORTES

Domingo 22 de Septiembre de 2013

El ex volante nacido en la cantera hispana, considerado en su tiempo el mejor proyecto del fútbol chileno, recorre su pasado más oscuro
El desgarrador relato de Jaime Ramírez, ex jugador de Colo Colo, Unión, la U y la selección: Fui un poliadicto... estoy vivo de milagro

En la cancha era un talento tan puro como la cocaína que lo atrapó y no lo soltó por años. Estuvo más de 20 veces en centros de desintoxicación y hasta se lo llevaban con camisa de fuerza al hospital psiquiátrico. Una década en el inframundo le dejó el cuerpo, de pies a cabeza, envuelto en cicatrices. Pero hoy sonríe, corre maratones y, como pocos, está limpio para contarlo.  
Antonio Valencia "Mi historia es cruda. Y es primera vez que la cuento".

Jaime Ramírez tiene 46 años y similar número de puntos quirúrgicos repartidos por todo el cuerpo. Las cicatrices, literalmente, lo recorren de la cabeza a los pies. Su frente, su estómago y su pierna izquierda están marcadas por las suturas que le dejó una larga temporada en el infierno.

La primera vez que probó cocaína fue a fines de los 80. Ni con amigos ni en el barrio. Fue en su trabajo. "Antes y durante algunos partidos. El técnico permitía coca y pastillas, y pese a que el doctor del equipo decía 'no mezclen anfetas con coca que puede dar taquicardia u otra cosa', el entrenador intervenía y decía: 'métanle, mezclen no más'... Pero aclaro: no fue por eso que empecé con las drogas. Eso pasó mucho tiempo después".

Fue en la U, en 1997, cuando comenzó su caída libre al abismo.

A la Unión Española llegó a probarse bien chico, como todos en el barrio. Vivía donde vive hoy, en El Salto, Recoleta, y a Santa Laura partió en micro. "Fui y dije que era defensa, y como en las pruebas está lleno de cabros que quieren ser delanteros... me pusieron de defensa, salí jugando, me pasé a un par y quedé".

Pero "Jaimito", como le dicen hasta hoy en el barrio, era volante. Y de los buenos. Tanto que en las inferiores hispanas llegó a tener a José Luis Sierra como suplente. "Él, un buen amigo, entraba en los segundos tiempos", dice.

Debutó en Primera a los 18 años y deslumbró sin atajos. Fue mediocampista y también puntero. Derecho e izquierdo. De ahí a la Roja Sub 20 y luego a la adulta.

Tiempos turbios

"No jugué el Mundial Juvenil del 87 porque ya había cumplido los 20, y como yo era el único de ese equipo que ya jugaba en Primera, los dirigentes de la ANFP, que en ese tiempo se llamaba Asociación Central, me ofrecieron alterar el carné, la fecha de nacimiento. Pregunté en el club y Mario Moreno, mi profe en cadetes, me dijo que no lo hiciera, que siempre salen pillados. Y dije no. Eran tiempos turbios en Chile, no solo por eso", dice.

Ramírez fue testigo de la incubación del Maracanazo del 89. "Estaba en Pinto Durán y cuando oía a la pasada lo que estaban planeando me dije al tiro: "Esto es una estupidez". Yo no me metía. Solo tenía 23 años. Pero sonaba tonto lo que iban a hacer. Era muy difícil que no los pillaran".

En el fútbol local fue testigo de todo. Dopaje para sacar ventaja y drogas para dormir al rival. "En los partidos se usaban las bolsitas con jugo: había un foul y entraban los utileros o los paramédicos a repartir bolsitas. Unas con antefatimas disueltas para nosotros, otras con Valium para los rivales".

-¿Cómo sabían cuál beber?

"Por el nudo de la bolsa. Nudo largo eran para nosotros. Nudo corto con Valium. No era siempre. Solo algunos partidos", cuenta.

De sobornos para que el rival se dejase perder también supo. Ramírez se guarda los nombres de los protagonistas. Obvio.

"Era un partido que Unión necesitaba ganar. Se pagó un dineral para la época. Y claro, resultó perfecto: ganamos", narra.

En la adulta jugó una veintena de partidos. Copa América Brasil del 89 incluida. Anotó varios goles célebres, por la Roja y por la Unión. Inolvidables para todo hincha. En un 4-4 por los rojos contra Colo Colo. El golazo a México en Viña del Mar. Era admirado. Buena técnica, veloz y potente carrera. Notable pegada. Con 1 metro 74, también cabeceaba.

"Di mucha ventaja, eso sí. Entrenaba poco y ningún técnico me exigía. Ni aquí ni en México. No querían que me lesionara en los entrenamientos. 'Lo que importa es que estés bien para el domingo', me decían. Desde Nelson Acosta hasta Carlos Reinoso, a quien si no le decías "Maestro" no te pescaba. Puro ego".

Millones, mármol y lujo descapotable

Ramírez sobresalía como pocos y se fue a Europa en tiempos en que el "charco" no lo cruzaba cualquiera. Menos a los 22 años. "Había que ser un consagrado para salir, como el "Pájaro" Rubio, que se fue al Bologna de Italia con 28".

A Suiza partió el 89 y a Chile regresó repatriado por el Colo Colo de Jozic campeón de América. Solo estuvo seis meses, ancló unos meses en Concepción y su carta la compró el millonario Morelia de México. Luego al Toros Neza. A esa altura ya había sido padre de una niña.

Ella se llama Paulina.

En México aumentó su pequeña fortuna. "Ganaba 200 mil dólares anuales y a Chile volví con mucha plata. ¿Juerga en México? Tampoco. Ni cerveza tomaba. Mis compañeros sí: se compraban un pack de baja graduación y, como estaban dos horas en los tacos para ir o volver de las prácticas, se iban tomando las chelas en el camino".

A Unión retorna a fines de 1995. A fines del 96 lo compra la U por un sueldo de $7 millones. "Y eso que pedí poco porque estaba algo lesionado. Miguel Ángel Russo me quería a toda costa: 'Tengo armado el equipo contigo, Musrri, Valencia y Leo Rodríguez; arriba Silvani y Marcelo Salas".

En 1997 tuvo su última convocatoria a la Roja adulta. Fue con el vasco Xabier Azkargorta. Lo llevó lesionado a Barinas -y no jugó-, en el 1-1 con Venezuela rumbo a Francia '98.

"Yo era bueno. Una vez se me acercó el "Mago" Valdivia cuando jugaba en el Colo Colo de Borghi y me dijo: 'El profe Mario Moreno dice que Ud. fue el mejor cadete que jamás vio y me mandaba a ver sus partidos: Aprende de él, mira cómo se mueve en la cancha'".

Ramírez gustaba de los autos rojos. Tenía un BMW y otra joya: un deportivo descapotable. También tuvo un departamento de lujo en Manquehue Norte -"el baño era de mármol", recuerda-, y otro de primer nivel en Viña del Mar -"con piscina y jacuzzi"-. Por contrato, Nike le pasaba $4 millones en ropa. Llegó, además, a ser dueño de tres micros.

Su familia era de pequeños empresarios de la locomoción colectiva. Siempre había plata, fajos de billetes en la casa. "Mi papá compró una caja fuerte pesadísima que hasta hoy la tengo yo, claro que ahora está vacía".

Mientras se formaba en Unión Española, Ramírez estudió en la Academia de Humanidades, un colegio privado en Recoleta de los Padres Dominicos. Buenos estudios, ascendente carrera como futbolista. "Fue en la U donde empezó todo", repite.

Rumbo al abismo

Ramírez sufrió una pubalgia. Tenía 30 años, dinero por montón y, reposo médico mediante, mucho tiempo libre. "Ahí empecé a consumir y no pude parar. Coca de alta pureza y trago fuerte y caro. Whisky, vodka, tequila".

"Llegó un momento en que llorando a gritos le pedí a Orizola, el doctor de la U: "Estoy mal, ¡ayúdeme!". Al poco tiempo el doctor René Orozco me llevó de la mano donde un reputado especialista de la Universidad de Chile: "Te traigo a Jaime: ahora veré si eres el mejor en este tipo de tratamientos", desafió el presidente del club a su colega.

"Está claro que el mejor especialista no pudo. Ni él ni todos los que vinieron después", resume.

En ocasiones las manos de Ramírez tiritan sin control.

-¿Qué le pasa?

"Son los nervios. Nunca había querido contar todo esto. Hice mucho daño a mi familia, causé mucho dolor. También a mis padres, mi hermana, a mi hermano Leonel que me apoyó cuando ya mi familia no daba más. No me querían ver más así. Hasta sacaron mi cama de la pieza en el segundo piso. En mis peores momentos dormía en un cuarto del patio".

Jaime Ramírez Manríquez tiene su propia estadística. "Mínimo estuve 20 veces internado en terapias de desintoxicación. Y no exagero si fueron 30. Clínicas privadas en que pagaba no menos de un millón y medio al mes. En el hospital psiquiátrico estuve otras diez veces. A la casa me iban a buscar y yo escapaba por los techos. Cuando me pillaban me ponían camisa de fuerza".

Las cicatrices

En ocho años de locura, Ramírez resume su historial negro. "Entre los 30 y los 38 años consumí toda la coca y todo el alcohol que se mete un adicto entre los 20 y 45 años. Eso me decían los doctores".

Estaba hecho pebre. "Mi peso normal es poco más de 70 kilos, pero llegué a pesar 53. Al borde de la desnutrición. Barbón, pelo largo. Después de cinco o seis años ya no tenía plata y tomaba con los viejos alcohólicos de la población. A las 7 de la mañana abría un boliche cerca de acá y yo partía a tomar una cañita de vino. Era poliadicto, hasta pasta base consumía. Lo tuve todo, fui millonario y lo perdí todo".

La primera cicatriz fue en la cabeza. Ebrio, ido, inconsciente, se cayó en el baño de la casa y se partió la frente contra un canto de baldosa. En 2004 su familia lo llevó a vivir a la playa. Un año. Casi dos. Y recayó como tantas veces.

La segunda cicatriz la porta a un costado del estómago. Fue otro acto de sinrazón. "En 2007 ó 2008, debo ser uno de los primeros que importó un pellet subcutáneo para dejar de tomar. Lo traje de Canadá, pero no duré ni un mes con eso".

Se recoge la polera y muestra la huella que dejó la desesperada adicción: "No aguanté más y un día agarré una hoja de gillette, me abrí un tajo y me saqué el pellet... A los pocos días mi madre me dijo, estando yo recién duchado: 'Jaime, estás hediondo'. La herida se me había infectado".

Y la tercera cicatriz es múltiple. No la cuenta dos veces. Ramírez se levanta el pantalón y muestra su pierna izquierda. "Sufrí sonambulismo alcohólico y me pasó esto", apunta. Siete suturas al menos. Desde la rodilla al tobillo. "Siempre fui sonámbulo, pero con la adicción fue aún peor. Una noche, en octubre de 2008, quise huir de mi pieza por una pesadilla que me atacaba, pero en lugar de abrir la puerta le di una patada a la ventana y me rebané entero. El vidrio roto me cortó también una arteria. Y después me fui a acostar. Leonel me encontró al día siguiente rodeado de sangre".

"¡Qué hiciste!", gritó, descolocado, su hermano Leonel. "Nadie sabe cómo no morí desangrado. Yo estoy vivo de milagro".

Pudo haber muerto en la calle. "Los viejos con que tomaba vino a las 7 de la mañana han ido muriendo de a poco: acuchillados en una paliza, atropellados cruzando una calle o por hipotermia en inviernos bajo cero. Dos viejos se fueron así", recuerda. En su casa dieron por perdida la batalla.

"No tenía vuelta. Era un caso perdido. Mis padres se fueron de la casa para no verme más así como estaba. Temían que cualquier día me encontrarían muerto... y no querían verme morir frente a sus ojos: preferían que les avisaran".

No tiene explicación, afirma, para que la muerte no lo visitara. Tan brusco como entró, de golpe también salió. Fue de un día para otro, sin terapia, psicólogo, psiquiatra ni nada. Ocurrió después de los múltiples cortes en la pierna y del sonambulismo alcohólico. Algo cambió en su cabeza. "Yo creo que fue Dios no más. No tengo otra respuesta".

Al principio de su cambio nadie le creía. "Y los entiendo". Todos esperaban que, como tantas veces, volvería al fango. La primera prueba de fuego fue su primer Año Nuevo limpio, en 2009, con la familia de vecinos, los Meneses-Herrera. Lo invitaron a la cena, no bebió una gota y se fue a acostar cuando la juerga empezaba. "De ahí he ido subiendo peldaños. Hasta que volví a ir al estadio con otra familia amiga, los Jiménez-Pizarro: fuimos a ver a la Unión a Santa Laura. La Unión campeón".

Ramírez también volvió a hacer deporte. Nada de fútbol. Vive solo y no quiere lesionarse. "Corro maratones. He estado tres veces en la de 10k y en mi categoría llegué en el puesto 20. Súper bien. Con unos amigos armamos un circuito y entrenamos trotando por la Ciudad Empresarial".

-¿Tiene miedo a recaer?

"No. Voy a cumplir seis años limpio. Agradezco a mi hermano que ahora sonríe conmigo. Solo siento que mi papá muriera en 2006 y no me haya visto como estoy ahora".

Jaime y su hermano Leonel trabajan juntos. Antes era un taller mecánico, ahora es un lubricentro ubicado en avenida El Salto al llegar a Vespucio, justo al frente de la sandwichería "El Salto Remedio". En los últimos ocho meses el negocio ha subido como la espuma y la vida vuelve a sonreír.

Hace unas semanas su madre, por primera vez desde que se fue, lo volvió a visitar. Después tuvo un encuentro que lo dejó en shock .

"Mira, estuve ocho años en las manos del diablo, fui escoria y debería estar muerto, pero llevo otros seis rehaciendo mi vida. Paulina, mi hija, vino a verme hace poco. No la veía hace 15 años y quedé pa' dentro -dice emocionado, como dando paso al silencio-. Estoy ilusionado. Quedamos de hablar. Ya veremos qué pasa".

 


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1988. Portada de la revista Triunfo. Crack de Unión Española.
1988. Portada de la revista Triunfo. Crack de Unión Española. "Jaime Ramírez. Dueño del futuro", se lee en la tapa.
Foto:Revista Triunfo


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