REVISTA DE LIBROS

Domingo 1 de Marzo de 2009

Reportaje Relatos de realidad en Latinoamérica
Cronistas en el barrio

La crónica como un ornitorrinco con patas de periodismo y hocico de literatura. Eso que ha hecho de Saviano un bombazo de no ficción con Gomorra también se cultiva en América Latina. Historias de narcos, de muertes, de dictaduras, miseria y violencia, son las que más abundan. El género que ha tenido su referente clásico en Talese, Wolfe y Capote, crece cada vez más en este territorio. Desde la mexicana Alma Guillermoprieto por el norte hasta los trasandinos Martín Caparrós y Leila Guerriero.

Óscar Contardo

Las etiquetas ayudan, simplifican, sintetizan y crean una imagen perdurable que transforma la venta a granel en un tráfico de identidad. Más que cigarrillos, una cajetilla de Camel; más que jabón, una barra de Lux; más que un conjunto de escritores, un boom. La diferencia está en que disponer límites en el caso del libro escrito tiene su complicación, el producto rebalsa la etiqueta, la obra no se acomoda al cartel de la estantería: esto no es novela porque es real, no es periodismo porque más bien es un relato, no es investigación pura porque es bastante más que un conjunto de informes bien dispuestos en un ladrillazo editorial. En esa zona está la crónica narrativa periodística -descrita por Juan Villoro como un ornitorrinco por el surtido de recursos que mezcla-, que tiene su más reciente y mejor ejemplo en el éxito de Gomorra.

Eso que hizo Roberto Saviano en Italia también se hace de este lado del mundo, y es la razón para que La Habana en el Espejo (Debate) de la mexicana Alma Guillermoprieto pueda ser a la vez un relato biográfico y político, literatura y periodismo. Los cronistas latinoamericanos, los cronistas de barrios sucumben cada vez más y desde distintas veredas al efecto ornitorrinco descrito por Juan Villoro.

La plata dulce y la miseria permanente

En Argentina, Colombia y México hay un nuevo impulso por el género que tiene sus réplicas en Chile, donde "hay editores que todavía no se enteran de lo que es una crónica", según confía Cristóbal Peña, autor de Los Fusileros (Random House), un lucido ejemplo local de periodismo y relato literario que va en su tercera edición.

Los sellos Debate y Seix Barral han creado premios para libros de crónicas. En la primera edición del premio Planeta/Seix Barral el galardonado fue Golden Boys, del argentino Enrique Iglesias Illa, un relato sobre ejecutivos bursátiles porteños que viven del éxito especulativo en Nueva York mientras la economía de su país terminaba derrumbándose. La crónica de Iglesias Illa tiene una particularidad: no es sobre guerrillas, ni sobre miseria, ni sujetos marginales; es decir, no se sumerge en los asuntos que penan a los cronistas de este lado del mundo (ver recuadro). La leyenda dice que una asesora muy cercana de la candidata Bachelet le negó una entrevista a Jon Lee Anderson. "¿Quién es ese?", habría dicho con extrañeza. Al parecer no la convenció el currículum: se trataba de un norteamericano que escribía en The New Yorker y que entre sus libros se contaba Che Guevara: una vida revolucionaria (Anagrama). Anderson es un experto en temas latinoamericanos (de hecho, escribió un perfil de Pinochet en The New Yorker) y profesor de un taller anual de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Colombia. La Fundación, creada en 1994 por García Márquez, ha logrado convocar a cronistas consagrados -como el propio Anderson, el argentino Tomás Eloy Martínez y la mexicana Alma Guillermoprieto- para dictar talleres a periodistas de toda la región, instalar un premio y promover publicaciones.

Por los talleres de la Fundación Nuevo Periodismo han pasado Francisco Mouat, autor de El empampado Riquelme (Random House) quien asistió al taller que el fallecido Ryszard Kapuscinski dictó para la Fundación en 2002, y Juan Pablo Meneses, periodista chileno radicado en Buenos Aires.

Referentes locales

La vida de una vaca (Seix Barral), el último libro de Meneses, es un ejemplo de que en temas y tonos hay pocos límites: el libro habla de la sociedad trasandina a través de un relato centrado en la vida de una ternera negra.

Historias variables de estructuras diversas que tienen en común la realidad y ciertos referentes comunes en el periodismo. Desde la indagación social que la argentina Josefina Licitri hace en su melancólico libro Los imprudentes (Tusquets), pasando por el recuento de muertes y corrupción en el México de Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto (Anagrama) hasta el retrato de un mártir del hampa de Cristián Alarcón en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Norma). Los cronistas latinoamericanos han ampliado el archivo propio, lo que va restando algo de hegemonía al sempiterno referente norteamericano que encarnan Gay Talese -quien se adelantó a Saviano en el trato con la mafia en Honrarás a tu padre (1971)-, Tom Wolfe y Truman Capote. Hacerle el peso a los próceres del norte es sobreponerse a nuestra permanente inferioridad económica: en Latinoamérica no hubo (ni hay) nada parecido a una Esquire o una Vanity Fair en términos de circulación, fondos y espacio que respalde y luego publique una investigación en forma de relato. La destacada revista peruana Etiqueta Negra funcionó con colaboraciones ad honorem, en tanto la chilena Fibra (de Telefónica) parece haber sido sólo otro síntoma de la prosperidad de los años noventa, un síntoma que ya se esfumó.

"Hacer crónicas bien hechas es caro, toma tiempo y no hay tantos recursos destinados para autores que puedan suspender su vida durante el tiempo necesario", apunta Leila Guerriero, autora de Los suicidas del fin del mundo (Tusquets), que luego de ser un éxito en Argentina fue editado en España. Guerriero suspendió su vida un mes y medio para escribir lo reporteado en tres años. Pero si el referente norteamericano no puede ser contrarrestado en el ámbito del poderío editorial, existen ciertas hebras de tradición regionales. Autores latinoamericanos que tuvieron su propia vía al periodismo literario. Al menos eso piensa Cristián Alarcón, chileno de nacimiento, argentino de profesión. Alarcón lleva diez ediciones de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y prefiere aludir a una tradición en castellano sin pasar por The New Yorker para reafirmar el género: "Desde la crónica modernista de Martí, capaz de pintar el mundo con la narración de un objeto urbano, hasta la ensayística de Carlos Monsiváis y la denuncia de Roberto Walsh". Alarcón se encumbra a las Crónicas de Indias y los registros de exploradores de la Patagonia y el Amazonas. Lectura de aparente menor brillo frente al lucimiento cosmopolita; libros como Viajes, de Sarmiento, obra que actualmente relee Martín Caparrós.

El escritor de los curiosos bigotes curvos es lo más parecido a un ícono para muchos cronistas de la región. Caparrós -autor de Larga Distancia, La Guerra Moderna, El Interior- explica su debilidad por los viajes de Sarmiento en lugar de la última novedad editorial en una frase justa y limpia: "Una de las ventajas de no hacer mal periodismo es no tener que idolatrar la novedad".

Poder, política y crimen

El periodismo de investigación chileno durante un período de dos décadas estuvo concentrado casi exclusivamente en dos temas: Política y violaciones de derechos humanos, con tres libros como ejemplos de la urgencia: La Conjura (Ediciones B) de Mónica González, Los zarpazos del Puma (Ediciones Cesoc) de Patricia Verdugo, y La historia oculta del régimen militar (Random House) de Ascanio Cavallo, Óscar Sepúlveda y Manuel Salazar. El contexto histórico y la potencia de los hechos terminaron casi por identificar la idea de crónica con el de investigación en torno a los abusos de poder.

El ejemplo más reciente y oportuno en esta línea es Legionarios de Cristo en Chile: Dios, dinero y poder escrito en coautoría por Andrea Insunza y Javier Ortega, ambos profesores de la U. Diego Portales que antes escribieron Bachelet, la historia no oficial. "Quizás es prematuro hablar de una tradición en Chile, pero es un hecho que el periodismo de investigación alcanzó un vigor notable durante la dictadura", apunta Andrea Insunza. La veta de la crónica en este caso tiene un tono menos narrativo y más exhaustivo en la reconstrucción de acontecimientos y personajes. El relato de una historia cede entonces a la exposición pormenorizada de hechos que puede incluir crímenes, perversiones y oscuras tramas como es el caso de Spiniak y los demonios de la plaza de Armas de Pablo Vergara y Ana María Sanhueza.


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