ARTES Y LETRAS

Domingo 22 de Abril de 2001


Un Museo para Nuestro Arte Actual

Una arquitectura dinámica recoge, en sus seis plantas, testimonios muy acertados, la mayoría de las veces, de las artes visuales de Chile contemporáneo. No pocas de estas obras resultan una novedad para el aficionado nacional.
Por Waldemar Sommer

¡Por fin el museo adecuado para nuestro arte contemporáneo! Por fin, de un modo estable, Santiago puede mostrar al público capitalino, al venido de provincias y del extranjero un conjunto representativo del arte chileno. Y de la que nos parece su mejor época.

Precisamente, se trata de la creación artística nacional desde la década del 60. Por cierto, comprende su cima, alcanzada a partir de los años 70. De esta manera, el Museo de Artes Visuales comienza a ofrecernos parte de la colección Santa Cruz-Yaconi, conjunto que se renovará con otras obras cada cuatro meses, para presentar la totalidad de sus caudales en el plazo de un año. Será un amplio panorama retrospectivo, puesto que el establecimiento privado de calle Victorino Lastarria 307 cuenta con seis plantas de exhibición.

Para empezar su recorrido, digamos que, apenas ingresamos a él por la Plaza del Mulato Gil de Castro, nos recibe una arquitectura admirablemente simple, dinámica, funcional - espacios bien equilibrados y luminosos, muros blancos, pisos en madera al natural y la fundamental escalera de ciento y tantos peldaños en el mismo material. Asimismo agrada su inesperada prolongación subterránea. A nivel de la calle se ubican los diversos servicios - tienda incluida- del edificio ejecutado por la dupla Undurraga-Devés. Ya de un principio encontramos obras de arte y combinaciones eclécticas: además del mural exterior de-Matta, un relieve metálico de Egenau y los dos "Vigías" de Francisca Núñez.

Aunque no se pretende un ordenamiento cronológico, desde un punto de vista global, el montaje de la colección admite mejoras sustanciales. En este momento sí resulta acertado el agrupar sus secciones alrededor de una temática común. Es el caso de la denominación cuerpo humano, paisaje, interiores; aquí, no obstante, las esculturas nada tienen que ver con los cuadros que acompañan. En otros sectores, por el contrario, se hace indispensable aplicar títulos también sencillos, capaces de unificar conceptualmente lo mostrado, evitando los nombres pomposos y poco claros como, por ejemplo, "Visualidad crítica", "Primacía del gesto y economía del signo", o los tan generales que no explican nada: así, "Poética de la imagen". Otro reparo a la presentación del museo se refiere a los momentos en que se cae en la mala costumbre nacional de colocar los volúmenes de un modo tal que se dificulta la observación de la totalidad de sus superficies.

Volviendo a la razón misma de ser del museo, digamos que, mayoritariamente, cada artista está representado por un solo trabajo. En no pocas oportunidades, uno no puede menos de alegrarse al hallar el testimonio adecuado de un artista, el que representa con mayor veracidad sus cualidades. Nada más que Matta aparece con varios y desiguales aportes: pinturas, grabados y esculturas. Por eso llama la atención la concurrencia de dos volúmenes - bien atractivos, por demás- de Pilar Ovalle y tres de F. Núñez - uno es "Silla", fantástico impacto en tres dimensiones del neoexpresionismo chileno.

También es en el mismo terreno tridimensional donde ahora, quizá, sobran y faltan ciertos nombres y representaciones. Por el contrario, recordemos algunos de sus más granados logros. Cabe, así, sumar a las dos autoras anteriores piezas tan distintas como la preciosa construcción ecologista de Zinnia Ramírez, especie de no figurativo fanal colonial; Mandiola y su estatua ecuestre; "La nochera", de Matías Vial; los dos hombres a punto de desplomarse, respectivamente de Hernán Puelma y, en leño, de Osvaldo Peña; el azadón en piedra, de Vicente Gajardo; el "Hombre" de 1961, de Rosa Vicuña; la cerámica con plumas de Marín; los bustos de Daiber y Aura Castro; el juguete mordaz de Irarrázabal; el onírico "Carro", de Elizabeth Schroeder; la pequeña joya "industrial" de Paula Rubio.

Atributos más parejos luce la pequeña, pero excelente, agrupación de grabados, con y sin color. Destacan por su individualidad los de Matta y Nemesio Antúnez. Además, especialmente, el políptico de Humberto Nilo con delicados, blancos y minimalistas huecograbados. La fotografía, por su parte, cumple en la flamante institución un papel vinculado, ante todo, con el registro de acciones de arte. Tenemos, en esa forma, trabajos importantes creados, durante los años 80, por Lotty Rosenfeld y Alfredo Jaar con sus afiches de mineros brasileños en el metro de Nueva York.

Entretanto, la imagen encontrada de producción masiva y la introducción de costuras, aparentes o reales, permiten a Dittborn y a Catalina Parra obtener obras notables. Bien conocida y de 1979 la del primero; la de Parra (1997), una novedad para nuestro público. Si de Montes de Oca preferimos sus objetos, Altamirano unifica estos últimos con una iconografía kitch, mientras Gonzalo Díaz entrega su transfiguración de la crónica roja. Por entero diferente a los anteriores, Tatiana Alamos reconstruye con restos textiles un entierro precolombino.

Pero resulta la pintura el intermediario más abundante dentro de esta vitrina de la porción más fecunda de nuestro siglo XX. Probablemente constituya la mayor novedad dentro de ella el lienzo, de 1982, de Juan Dávila. Este "Madre no te merezco, pero te necesito" corresponde al retrato más feroz que conozcamos en el arte nacional. Dentro del sector reunido alrededor del cuerpo y la fisonomía humanos, descuellan los testimonios de Downey - azul personaje de gesto muy enérgico- , Lira- anatomía con escalpelo- , y la venus intensamente kitch de Marcela Trujillo. El contemporáneo tratamiento del paisaje cuenta aquí con nombres, cuyas realizaciones deben recordarse. Tales como Téllez, Frigerio, Lay; las perspectivas urbanas de Geisse y Vattier; el intimismo encantador de X. Cristi; el herbario de Simonetti. A la influencia bien digerida de Pablo Domínguez tenemos que atribuir la maduración de la atractiva Matilde Huidobro, presente en el museo con una pintura demasiado inicial. Estos asuntos de interiores, entretanto, tienen en Calderón e Irene Domínguez a sus autores más interesantes. Por último, en lo que a nuestros neoexpresionistas se refiere, su robustez creadora se advierte acá, con mayor elocuencia, gracias a Benmayor, Bororo y a la composición fantástica de Omar Gatica. El Museo de Artes Visuales comienza a ofrecernos parte de la colección Santa Cruz-Yaconi, conjunto que se renovará con otras obras cada cuatro meses.




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Vista interior del Museo de Arte Contemporáneo en la plaza Mulato Gil de Castro. Obra de Undurraga y Devés. Foto de Cristián Undurraga.
Vista interior del Museo de Arte Contemporáneo en la plaza Mulato Gil de Castro. Obra de Undurraga y Devés. Foto de Cristián Undurraga.
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