ARTES Y LETRAS

Domingo 1 de Agosto de 1999

Miradas Abstractas

La vitalidad con que Matilde Pérez estructura sus variaciones seriales entrega exquisiteces rítmicas y cromáticas. También fluye vigorosa la poesía visual más pura. Por su parte, Teresa Gazitúa ofrece la novedad de desarrollos escultóricos que definen superficies opuestas y que obligan a mirar el contorno entero de estas obras marcadas por el procedimiento gráfico.
Por Waldemar Sommer

Gran exposición la de Jesús Rafael Soto. Y una de las mejores venidas a Chile. Además de que todavía puede visitarse, testimonia ella la vigencia del op art y del arte cinético en este final de milenio. Dentro de esta misma órbita creadora, no cabía pensar que algún artista nacional llegara al nivel de excelencia del venezolano. Felizmente, los hechos demuestran lo contrario. A través de propuestas diferentes, Matilde Pérez nos entrega una interpretación personal, admirable, de los postulados geométricos. Así su retrospectiva ofrece casi 40 años de la labor sin tregua, sin desmayos ni complacencias consigo misma.

Llama la atención en qué medida sirven de marco adecuado a su obra la amplitud de la Sala Matta - Museo Nacional de Bellas Artes- , el bien pensado y nada de rutinario montaje, el informativo catálogo. De ese modo, esta vertiente no figurativa bien precisa, en manos de la artista, se convierte en mucho más que la intelectualización ingeniosa de formas definidas y ordenadas de acuerdo a una sistematización más o menos mecánica, a un repetir monótono de determinados módulos fijos, a una autoimpuesta severidad descarnada. Por el contrario, la vitalidad con que se estructuran las variaciones seriales no sólo sabe mostrarnos exquisiteces rítmicas, cromáticas, sino también el fluir vigoroso de la poesía visual más pura.

Ya el primer collage exhibido - de 1961 y hecho en París- aparece como una ejecución madura. Ahí los cortes audaces de rectángulos y triángulos - y las relaciones dinámicas entre ellos- , el sentido poderoso de los bordes de la composición, la sutil diversidad de niveles respecto al soporte, el acorde refinado de coloraciones comienza a manifestarse. De 1962, una amplia realización en madera pintada consta de simples cuadraditos negros, pegados sobre el parejo fondo blanco. Tan sencillo proceder provoca en el observador una arrebatadora sensación de inestabilidad, más aún, de movimiento innegable. Las obras de los años siguientes - collages, serigrafías, óleos y acrílicos- se van haciendo más complejas y, sin abandonar las dos dimensiones, dotadas de un especial efecto de vibración. Este movimiento ilusorio opera tanto hacia adentro o hacia afuera, como hacia una profundidad supuesta del soporte.

Si en igual década del 60 emerge el rombo y su flameante poder expansivo, 1964 aporta el trabajo volumétrico inicial, cuya movilidad se logra mediante un motor. Se trata de un disco giratorio que, a partir de una geometría elemental y de colores mínimos, desarrolla nuevas y cambiantes formas multicolores. Tres años más tarde tenemos una caja, volumen capital dentro de la producción de la expositora. Muestra caras internas con espejos y, en el abierto interior del espacio, múltiples rectángulos de color; los hilos que los sostienen los ponen en rítmica vibración. Con fuente eléctrica, las luces coloreadas entran en escena junto con empezar los años 70. El primer ejemplar luce tubos de acero pareados, formando líneas ondulantes. Junto a éstos, puntos luminosos, en amarillo y verde, titilan a través de ocho variantes posibles.

1977 trae, por su parte, el volumen neto: un paralelepípedo en acrílico violáceo, donde en cada una de sus caras brillan ampolletitas rojas y amarillas. Esta clase de trabajos se prolonga hasta la década actual. Tampoco falta alguna rueda giratoria de confección reciente y mayor número de colores en juego. Sin embargo, respecto a cinetismo luminoso, creemos que M. Pérez vuelca sus menores talentos en construcciones de gran aliento. Recordemos, por ejemplo, aquella instalación inolvidable, "Túnel cinético", expuesto durante 1978 en el Instituto Chileno Norteamericano. Nos ayuda a evocarlo, en la Sala Matta, un proyecto de escultura de 1991. Encierra éste un pasillo en miniatura, que alterna resplandores verdes y rojos.

Empresa sumamente difícil resulta destacar lo más bello y representativo de la presente retrospectiva. Si nos atrevemos, tendremos que anotar, de 1989, ciertas serigrafías y collages sobre madera - dos multiformes, en azules, gris azulado, violeta, ocres, negro y blanco- , además de la ambigua gran caja de 1996, con relieve calado y que deja ver un interior con sutiles colores. A la escultura monumental, en cambio, apunta un proyecto de 1997. Sobre un espejo de aguas se alzaría este atractivo grupo de volúmenes en acero y bronce. ¿Cuándo llegará a concretarse una obra de esta clase, o el hermoso camino de luz antes anotado, en un Santiago tan falto de arte de primeracategoría en sus interiores y exteriores públicos?

Tres autores

Una coincidencia fortuita coloca en inmediata vecindad física dos exhibiciones que, de manera absoluta o relativa, renuncian al color. Teresa Gazitúa - Galería ArtEspacio- así opta en sus grabados abstractos, por la ausencia total de éste. Prescindencia semejante sirve para subrayar la valentía en el tratamiento del espacio, la fortaleza y variedad del diálogo, de la oposición, del juego rítmico entre negro y blanco, entre los relieves del papel. A veces se introducen texturas lineales en las zonas oscuras; más frecuente, hallamos un cuadrado pequeño con su propia disposición de formas. El y las líneas entrecruzadas constituyen puntos de mira, en detalle y global, de la palma de la mano. La grabadora sintetiza con rigor esa metáfora corporal, obteniendo imágenes de una pureza que trae la evocación de un Vilches, aunque ajenas a cualquier asomo figurativo.
Este sector de lo mostrado comprende tres series de cinco hojas distintas cada una - la tercera, en formato un poco menor- . Asimismo se expone un libro-objeto con 14 láminas, las cuales ostentan un mayor apego a las huellas individuales de la mano. Acá, ellas y la mirilla rectangular de observación podrían interpretarse como una especie de mapa urbano con etiquetas de lugares o de nombres desaparecidos.

Formas cuadradas y rectangulares en tres dimensiones se añaden ahora a la tarea gráfica de T. Gazitúa. Por lo menos dos de sus caras reciben la erosión, negra y quemante, de una varilla de hierro al rojo. Se graban, entonces, simples, escasos, pero decisivos trazos profundos. Hay un desarrollo escultórico indudable, que define superficies opuestas y que obliga a mirar su contorno, deteniéndose en las marcas diferentes que entregan los lados.

Dos jóvenes en Galería La Sala: Natasha Pons y Pablo Mayer. De la primera cuelgan, casi miniaturescos y sin color, 21 grabados - con su escrito respectivo- y 21 dibujos a tinta sobre piecesitas plásticas de juego infantil. Dentro de su neoexpresionismo, agrega al manoseado repertorio iconográfico de esa tendencia imágenes personales. Son ellas, sobre todo, morteros, tiestos, ropas, coronas que suelen serializarse. Cada uno de estos trabajos interesa por su finura, dinamismo y gracia figurativa.

En las siete telas grandes con acrílicos de Mayer, al blanco y negro se suman grises con inclusión de color. No obstante, interesa bastante más su pintura cuanto más simple y sintética resulta, y cuando una sola figura se convierte en exclusiva protagonista - los tres cuadros del muro derecho y el atrayente lienzo de la entrada de La Sala. Sus otros tres aportes tienden a mostrarse narrativos, abigarrados.


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