VIDA CIENCIA TECNOLOGÍA

Domingo 13 de Septiembre de 2009

Parte final de la serie sobre el viaje que recreó la travesía de Darwin por los canales del sur:
Una lámpara en la noche

¿Tenemos conciencia los chilenos del privilegio que significa que una de las ideas más decisivas del pensamiento moderno haya germinado aquí, en los confines de nuestra soberanía? Cristián Warnken se plantea esta interrogante al finalizar el viaje en el que un grupo de científicos e intelectuales recorrieron parte de la ruta que Darwin hizo hace 174 años.  
Sábado 12 de septiembre 2009 Desde el aire, dentro del pequeño avión que nos trae desde Puerto Williams, ya se avista el estrecho de Magallanes y, en medio del inmenso paisaje vacío, como un milagro, Punta Arenas. Como Saint-Exupéry, el pionero de la aviación, podemos entender, después de dos horas de vuelo con granizo y turbulencias, por qué éste exclamó "¡Punta Arenas!".

Venimos de regreso de un "viaje iniciático darwiniano". Seguimos en dos intensos días los pasos del naturalista británico desde Puerto Williams, cruzando el canal Beagle y el canal Murray; desembarcamos en caleta Wulaia, tocamos el glaciar Fouquet; nos internamos en un bosque templado magallánico, de esos que tanto sorprendieron a Darwin.

Sólo está la Patagonia

El haber convivido largas jornadas en una nave de la Armada (más cómoda, claro, que el "Beagle" de Fitzroy), el haber tenido las mismas epifanías australes (que marcaron al joven naturalista a sangre y fuego) crean una complicidad que se nota en la mirada, y donde sobran las palabras. Es el silencio el mejor lenguaje para traducir la vivencia de Tierra del Fuego en el alma.

"Lo sublime del paisaje, ya se trate de los grandes desiertos patagónicos o de las montañas de Tierra del Fuego, marcó mi espíritu de manera indeleble", escribiría Darwin décadas después de su viaje por estas latitudes, en su Autobiografía.

Pinker, Dennett, Cronin, Cosmide, Tooby, Ridley, Humphrey y los chilenos que los acompañamos podríamos repetir con Blaise Cendrars (el aventurero y escritor francés): "Sólo está la Patagonia para mi inmensa tristeza".

Nosotros hemos regresado a los lugares donde un Charles Darwin enfermo y nostálgico no pudo regresar nunca más. Darwin a los 22 años se trajo -para leer en estos canales- "El paraíso perdido", de Milton, título que resume esta geografía extrema, casi irreal. Nosotros llevamos "El origen de las especies", y lo volvemos a leer en voz alta frente a un glaciar o dentro de un bosque.

Y las frases de ese extraordinario libro (tal vez el primer libro científico escrito en una prosa accesible al público no científico, el primer libro de "divulgación") se desgranan en esta latitud como versos, en un inglés limpio, entusiasta, iluminador.

Darwin heredó de su abuelo Erasmus -poeta y científico, miembro de la mítica cofradía "Los Lunáticos"- la pasión por el conocimiento y la buena pluma. Pero Darwin superó a su abuelo en rigor científico, en ese prodigioso don de observación de la naturaleza propio de un genio.

"El viaje del Beagle fue lejos el acontecimiento más extraordinario de mi vida", diría en su ocaso Darwin. Para mí -simple reportero de esta expedición-, este viaje ha remecido fibras muy íntimas, y puesto en jaque muchas certezas e ideas hechas sobre el hombre, la creación, la naturaleza.

¿Tenemos conciencia los chilenos del privilegio que significa que una de las ideas más decisivas del pensamiento moderno haya germinado aquí en los confines de nuestra soberanía?

Los Darwin del futuro

Este seminario sobre Darwin es como si hubiésemos tenido la posibilidad de juntar a Diderot, Voltaire, D'Alembert y Rousseau, tres días paseándose por Chile.

Nicholas Humphrey, experto en psicología evolutiva, me dice: "A mí los chilenos me han dado una energía que jamás he visto desplegarse en Europa. Y si Europa envejeciera o muriese, de Chile va a salir la nueva generación de exploradores del pensamiento".

Callo y pienso en las todavía precarias condiciones para hacer ciencia aquí, y en los abismos de nuestra educación.

Suena la bocina del barco que saluda una alcaldía de mar al internarnos en el canal de Murray. Allí viven aislados una pareja de miembros de la Armada con sus hijos: ella, profesora básica, les hace las clases de matemáticas, lenguaje, etc. ¿Podrían salir de estas latitudes los Darwin del futuro o se perderán nuestros talentos en la jalea de la autocomplacencia y la mediocridad?

Ridley, el zoólogo que no ha dejado de avistar pájaros con sus pequeños prismáticos, grita : "¡Cóndor!, ¡cóndor!". Todos alzamos la mirada para ver el majestuoso vuelo de un cóndor sobre el mar.

Este aristocrático y refinado científico también ha quedado impresionado de sentir el entusiasmo de miles de personas ávidas de conocer y saber sobre darwinismo. "En Inglaterra no existe este interés intelectual, esta vitalidad", me dice. ¿Quién está preocupado de dar cauce a ese entusiasmo, esa necesidad de saber que ha sobrevivido a pesar del bombardeo diario de farándula y estupidez?

Pienso que a bordo de esta patrullera Isaza navegan por lo menos 10 o 15 ideas de "frontera" en biología, psicología, filosofía. Por ejemplo, la que plantea Stephen Pinker: si las ideologías del siglo XX hubieran conocido la naturaleza humana y no hubieran considerado que el cerebro es una tabla rasa, sobre la que hay que escribir lo nuevo, se habrían evitado cientos de millones de muertos, fruto de los errores filosóficos garrafales del comunismo, nazismo, etc.

Como podrá verse, conocer quiénes somos y cómo somos no es un lujo intelectual. En Chile hoy faltan ideas, sobran consignas, sobran políticos, faltan pensadores. Pinker me dice que lo que más le ha interesado en este viaje es saber si el lenguaje de los yaganes forma parte o no de la gran familia de lenguas indoeuropeas, por su lejanía, y de ahí comprobar o no la idea de cómo la mente humana funciona frente a restricciones de selección fuerte.

Dolor y soledad

La filósofa y bióloga inglesa Helena Cronin, que mira emocionada el glaciar Fouquet, frente al cual nos detenemos con reverencia, me dice: "Saber que aquí, en una de estas islas aisladas, vivieron Jemmy Button y los suyos, me hace pensar que por más de 200 mil años, desde que existe nuestra especie, el hombre ha vivido así. Sólo en los últimos 200 años, los grandes cambios generados de la luz proveniente de la Europa ilustrada han permitido que ahora vivamos mejor. Pero antes nuestra especie no había tenido esa oportunidad".

Pienso en "la lámpara de Darwin" de la que habla Neruda.

La patrullera Isaza avanza rauda por el canal de Beagle en dirección a Puerto Williams. El comandante -por procedimientos de rigor- ordena apagar las luces exteriores. La noche es cerrada, el frío cala los huesos, y parecemos perdidos en la oscuridad austral.

Pero todos llevamos adentro encendida la lámpara de Darwin, esa que nos hace sentirnos orgullosos de ser parte de esta especie frágil y asombrosa que ha sobrevivido a miles de años de dolor, precariedad y soledad.

 Tras la senda de un genioOrganizado por la Fundación Ciencia y Evolución, el viaje por los lugares que recorrió Charles Darwin fue el broche de oro para el ciclo de conferencias "Revolución Darwin: El legado intelectual de Darwin en el siglo XXI", que se realizó el pasado lunes y martes en CasaPiedra.

En ambas actividades participaron algunos de los más influyentes científicos e intelectuales darwinistas del mundo, como Steven Pinker (U. de Harvard), Leda Cosmides, John Tooby (ambos de la U. de California en Santa Barbara), Daniel Dennett, Matthew Ridley (ambos de la U. de Oxford), Helena Cronin (London School of Economics), Nicholas Humphrey (U. de Cambridge) y el escritor Ian McEwan.



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Todos los protagonistas de la expedición posando en uno de los lugares más simbólicos de la ruta de Charles Darwin. Un paisaje que, dos siglos después, sigue inspirando a los discípulos intelectuales del naturalista inglés.
Todos los protagonistas de la expedición posando en uno de los lugares más simbólicos de la ruta de Charles Darwin. Un paisaje que, dos siglos después, sigue inspirando a los discípulos intelectuales del naturalista inglés.


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