REVISTA DE LIBROS

Sábado 29 de Abril de 2000


Tertulias de Antaño (II)

Por Luis Sánchez Latorre

HAY una interesante línea de grandes conversadores en la literatura chilena: Pérez Rosales, Blest Gana, Vicuña Mackenna, José Zapiola, Blanco Cuartín, Jotabeche, Joaquín Díaz Garcés, los Orrego Luco, Carlos Silva Vildósola, Augusto dHalmar, Rafael Maluenda, Mariano Latorre, Ricardo A. Latchman, Santiago del Campo, Miguel Serrano, Carlos León, José Santos González Vera, Braulio Arenas, Andrés Sabella, Volodia Teitelboim, Jorge Teillier, Martín Cerda. Varios, no tanto conversadores orales o de palabra como por escrito.

Se siente, desde luego, la ausencia de Martín Cerda. En el café adquiría un aire misterioso para deslizar, entre cigarrillo y cigarrillo, en tono afónico, su inextinguible caudal de informaciones. Era de hecho uno de los hombres de letras mejor informados del país. Cuando se le instaba a estampar en sus columnas de prensa lo que sabía, echaba mano de no se qué secretos de confesión para soslayar situaciones comprometedoras. Conocía la intravida (o la vida otra) de Pedro, Juan y Diego, pero en vez de ostentar ruidosamente su conocimiento, haciendo aquella manifestación clásica del aquí te tengo, se las arreglaba en sentido contrario. Operaba como si fuera cómplice y no fiscal del sujeto en entredicho.

El tiempo para conversar se ha venido haciendo cada día más breve. Yo, hidalgamente hablando, individuo chapado a la antigua, pretendía instalar en cierta institución literaria bajo mi presidencia un club de conversaciones. No encontré allí el eco esperado. Lo que más interesa a los socios de organismos de este orden es pasarse la vida reformando estatutos y marchar por las antesalas del poder público en procura de algún obsequio fiduciario.

En mis tiempos liceanos tuve ocasión de discurrir en innumerables oportunidades por delante del almacén de abarrotes y frutos del país de don César Rossetti, situado en la esquina norponiente de la calle Catedral con la calle Libertad. Ese almacén reunió a conversadores célebres de dos siglos: don Eusebio Lillo; el general Estanislao del Canto y los coroneles Luis Solo de Saldívar y Ricardo Castro; los generales Rafael Soto Aguilar y Diego Dublé Almeyda; los escritores Alfredo Irarrázaval Zañartu, Paulino y José Alfonso, Juan Agustín Barriga; los políticos don Malaquías Concha y don Patricio Larraín Alcalde; el violinista colombiano Manuel Arias, su compatriota el escritor José María Solano, los positivistas venidos de Italia Enrique Piccione y Aníbal Visconti. Entre los años 1894 y 1900 - recuerda el ilustrado memorialista del barrio Yungay R.P. Fidel Araneda Bravo- la conversación giraba en torno a la Revolución del 91.

Los contertulios militaban en distintos bandos políticos y discutían en forma apasionada. Había mutuas recriminaciones, por supuesto. Don Eusebio Lillo, como buen autor del Himno Nacional, proclamaba su neutralidad no obstante ser su esposa, doña Mercedes Luco Herrera, pariente cercana de doña Emilia Toro Herrera, esposa de don José Manuel Balmaceda, y haber presidido él mismo uno de los gabinetes de Balmaceda. El general Del Canto se mostraba indoblegable en su antibalmacedismo; igual cosa sucedía con el brillante parlamentario y orador don Juan Agustín Barriga, enemigo de la amnistía a los partidarios de Balmaceda. Don Malaquías Concha, en cambio, pugnaba por reivindicar la figura del estadista mártir. El general Diego Dublé Almeyda y el coronel Luis Solo de Saldívar detestaban las maneras del general Del Canto. Del Canto era amatonado, decía don César, y Dublé muy fino, de tinte aristocrático. Al morir, en 1962, don César Rosetti era el vecino más prominente del barrio Yungay. La de su almacén de abarrotes fue una tertulia histórica que nos perdimos con Martín Cerda.


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