REVISTA DE LIBROS

Sábado 5 de Octubre de 2002


Supermercado

Ana María Del Río

Sábado matutino. Supermercado. Al revés del día de la muerte, siempre sabes día y hora. Rugido de oso polar del refrigerador vacío.

Empujo el terrible carro metálico ortopédico, mezcla de coche de guagua y silla de ruedas con voluntad y caprichos propios.

No siempre fue tan malo ir al supermercado, pienso. Como en una foto me veo a ti y a mí, en el mismo recorrido, doce años atrás, riendo como locos, besándonos como tontos detrás de los tarros de promesas para toda la vida, las manos juntas, pasillo de los detergentes, arroces grano largo. Hace tanto tiempo, pienso. No existían los pañales desechables. Ahora con el carro, duramente sola. Te fuiste una mañana para siempre. Te veo aún en la foto que persiste en no borrarse con rencor sepia. Me veo sentada en la punta de la cama, sollozando, dame una, solo una razón de.

- Por tu manera de cerrar las puertas dijiste. Recuerdo tu espalda grácil, tu sombra morena, espigada yéndote para siempre como príncipe hastiado con silueta de Coré, desapareciendo, sin teléfono, sin dirección, simplemente ya no estabas. El control remoto de la TV en mi velador.

Los recuerdos en los brazos, como toallas sin destinatario, por qué, por qué, por qué, caían las lágrimas gordas uvas sin consuelo, mi manera de cerrar las puertas, qué tenía tiene tendrá mi manera de cerrar las puertas.

Fue hace mucho. Empujo la manilla del carro duro del supermercado, arroz, azúcar, aceite, harina. Casi todas las cosas de la lenta tortura cotidiana comienzan con a.

De pronto, en uno de los recodos del supermercado, más sorpresivos que los recodos de la vida, te veo. El paraguas de doce años de distancia cae sobre mí, volviéndome invisible.

No me ves. No has cambiado un ápice. Sigues con tu misma figura florentina y despectiva. Unas leves hebras en el pelo como hechas por un hada con mano de plata. Una chaqueta de cuero como salida de la tienda, la onda suave de pelo en una aureola de gracia.

Vas por el pasillo de las delicatessen. Eliges marcas, como siempre. Estás solo, salta mi pulso, solo, pienso, ahogándome. Vuelvo a aquel café donde nos conocimos hace, tanto, levantándote bruscamente al ver que nos íbamos con las amigas del colegio, corriendo sobre las mesas, dándome alcance, presentándote, acezando, la belleza atigrada de tus ojos italianos, mis amigas codeándome, pinchaste, dios, cómo duele esto, mi carro tiene piedad y dobla inopinadamente hacia la derecha, útiles escolares, respiro.

Y estás solo. Frunces el ceño, alto, ese desgarbo tan airadamente cuidado que me enamoraba y vas sacando objetos. Dos tarros de centollas, uno de ostras, quietos en el fondo del carro como joyas bajo el agua transparente de un estanque. Junto a ellas descansa una botella de Chivas Rigal y otra de Absolut, de liquidez exacta. Camarones ecuatoriales.

Flores. Una docena de rosas rojas. Servilletas de género. Paté de oca siberiana, obleas alemanas integrales e íntegras, todo bulle como un tesoro. Pulcro, apenas tocas las cosas, te basta con desearlas y ya están en tu poder. Avanzas, el pantalón impecable, todo te caía cae tan bien, nunca tuviste que hacerle bastillas ni alforzas a nada.

Entonces en mi alma comienza a nevar una loca, loca, loca esperanza, para quién estás armando todo esto, tal vez, debo llegar luego a casa, instalarme junto al teléfono, dejo el carro, corro hacia la puerta, no estar sería imperdonable, por qué no, una cena de reconciliación, doce años, estás solo, centollas, oca siberiana, agregas dos velones de color amarillento, por qué no, dios, tengo que volar, vas a llamarme, debo estar en mi departamento, donde todo está como tú lo dejaste, hasta la taza de café a medio tomar y una corbata colgada del perchero, todo igual, queríamos hijos, claro que sí, pero los exámenes, no hablemos de los exámenes, querías hijos, pero eras tú mismo un hijo, un bello corcel de capricho gris galopando enrabiado por la estepa, has llegado a la caja, dios, tengo que apurarme, vas a llamarme, comenzar otra etapa, dios, tengo que llegar.

Las cosas de tu carro comienzan a pasar por los ojos aduaneros de la cajera. Ella hunde sus uñas doradas en el tarro de centollas y te mira con interés, velones románticos, oca siberiana.

Mirándote desde el cristal gigante de la puerta, hago señas de ahogado a los taxis. Tengo que llegar comienza una llovizna. Pagas, veo tu tarjeta dorada brillar a la luz del neón.

Entonces, ah, ojalá hubiera pasado un taxi para no haber visto la cabellera color miel que se te trepa por la chaqueta de cuero impecable, se empina por tu nuca, para no haber visto esas dos manitos de joven estudiante esplendorosa que te abrazan, hunden la naricita perfecta en tu chaqueta, en la bolsa, uhhh, Chivas, amor, camarones ecuatorianos, rosas rojas, enloqueciste, dice ella y se miran y se abrazan y se prometen, riendo y mirándose en el gran vitral de la puerta, como tontos, exactamente igual como hace doce años, doce años, doce años, doce.

Me quiebro como una taza de porcelana. Fina.


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