EL SÁBADO

Sábado 10 de Enero de 2004

Las chicas del jazz

Cinco mujeres. Cinco historias. Cinco formas de entender el jazz.
Por Marcelo Simonetti
Fotos: Carla Pinilla

Al lado de ella está esa suerte de elefante, una especie de manatí de madera que se queja de manera virtuosa gracias a sus dedos. Alejandra Santa Cruz tiene 35 años y sabe que el jazz no es un juego de manos ni un malabar para sorprender. Toma el contrabajo entre sus brazos y lo acaricia como si fuera su amante. Alguna vez quiso dedicarse al rock, embelesada por lo que hacían los músicos del otro lado de la Cordillera. Seducida también por el sonido del bajo eléctrico. Formó un grupo cuyo nombre no quiere recordar y se sintió, por un par de meses, Pedro Aznar tocando Verano en Nueva Inglaterra. También estuvo un año y medio en la Orquesta Sinfónica, pero tiró la toalla porque de tanto tocar la vida se le iba demasiado rápido. Y a ella, a la hija de Domingo Santa Cruz, el vértigo no le va. Tampoco la vorágine. Por eso, tal vez, se distancia de los jazzistas que buscan impresionar con sus habilidades motrices. Con los músicos que van por la vida de cancheros. Que creen que el jazz se juega su fuerza en la rapidez, en el destello, en ese filón más circense que musical. Su padre es un tubista consagrado al jazz. Es el socio 00001 del Club de Jazz, uno de sus fundadores, integrante y creador del más emblemático grupo de la escena local: Retaguardia Jazz Band. No podía ser de otra forma, entonces. Aunque quizá sí, porque en esos días en que ella era una niña y acompañaba a su padre de la mano al Club de Jazz, él decía que ya era suficiente, que había que irse, cuando los músicos que cultivaban el jazz tradicional dejaban de tocar y aparecían los otros, "esos", en palabras de su padre, que buscaban nuevas formas de hacer jazz. Entonces a ella le daba rabia, porque el experimento, la modernidad, era lo que a ella la fascinaba, y salían por la puerta del club, justo en el momento que un contrabajo sonaba ahí dentro. Tenía ocho años, no más, cuando ese sonido profundo la cautivó. Más tarde, cuando asistió a un concierto de la Orquesta Sinfónica fue el tamaño portentoso de ese animal prehistórico lo que la dejó prendada. El mismo que hoy debe transportar en un carrito especialmente acondicionado. Alejandra Santa Cruz hace clases en la Universidad de Chile y por estos días está empeñada en sacar adelante una agrupación que interpretará los temas que ella misma ha compuesto. No es fácil porque el grupo contempla un piano y un vibráfono, instrumentos que cuesta tener juntos en una misma sala, además de una batería, un saxofón y el contrabajo. Pero ella está dispuesta a dar la pelea por que su proyecto salga adelante. Tendrá que luchar además contra la desidia del público chileno. Porque a veces ella siente que toca en una pieza sorda. Que a nadie le interesa escuchar las propuestas nuevas. Que el público, lejos de ir a un lugar a oír música lo que hace es ser parte de una instancia social, de un rito que no tiene nada que ver con la esencia del jazz, con la búsqueda de la belleza. Entonces ella abraza su contrabajo, acaricia sus cuerdas y hace música.

Cantando en una estrella

Alexandra Inzunza confiesa, con un poco de rubor, que en las fiestas familiares de la infancia a ella le pedían que cantara Electricidad, de Lucero, petición a la que ella accedía porque en ese entonces cantaba lo que le pidieran. También se disfrazaba de Madonna, porque era una fanática de la material girl, al punto de prenderle velas para el día de su cumpleaños. El jazz irrumpía en su casa los domingos, porque a su padre le encantaba y, cada tanto, le regalaba casettes de Sara Vaughn o de la Ella Fitzgerald. Nació en Australia, vivió su niñez en Venezuela y llegó en calidad de púber a Chile. Fue educada para ser una cantante pop al alero de Ricardo Álvarez pero, a tiempo, se dio cuenta de que no era eso lo que quería. Descubrió a Moncho Romero. O Moncho Romero la descubrió a ella. Conoció a Ana María Meza. Y con esos dos profesores se adentró en los terrenos del jazz. El inglés que aprendió en Venezuela, en un colegio del estilo del Nido de Águilas, le sirvió para interpretar a los clásicos. Probemos con esta canción, le decía Ana María Meza, ¿la conoces? Y claro que ella conocía esa canción, si la escuchaba su padre y no tenía problemas para cantarla en un inglés perfecto. A la par entró a estudiar periodismo en la Universidad Católica. Completó su tercer año en la carrera y luego lo abandonó todo por el jazz. Con 25 años, Alexandra es hoy una crooner que quiere dominar los secretos de la improvisación. Canta en el restaurante L'Etoile del hotel Sheraton. De lunes a sábado, entre nueve y once de la noche. Una vitrina privilegiada. Está feliz haciendo jazz junto a su pololo Nicolás Yankovic, quien la acompaña en guitarra. Este mes terminará de grabar un disco con él, al alero del Sheraton, que será lanzado en marzo. En todo caso, tiene claro que no quiere ser toda su vida una cantante de hotel. Que quiere volar más lejos y, en esa aspiración, Claudia Acuña es un referente de importancia. Ella demostró que se puede, dice. Sueña con presentarse en vivo tocando el piano. No es una virtuosa del teclado pero está trabajando para eso. Tocar el piano y cantar. Mientras tanto, está maravillada con la música del treinta y del cuarenta. Con todos los standards. Con el be-bop. Con Ella Fitzgerald. Ama el swing por sobre todas las cosas. Y obligada a elegir una canción que la represente, elije Lady sing the blues, que hizo famosa Billie Holiday. Canta con una voz que cautiva. Fina, sensual, elegante. Una voz que convoca a imaginar una escena de película: esa en donde Michelle Pfeiffer canta arriba del piano en Los fabulosos Baker Boys.

Los experimentos de Andrea

Andrea Pérez está cansada de la imagen tradicional de la cantante de jazz. Reniega del vestido largo, de las lentejuelas, del glamour como requisito básico para subirse a un escenario a cantar Dream a little dream. Ya pasó por eso. Ya estuvo cantando en restaurantes mientras su público comía pato a la naranja y conversaba de cualquier cosa mientras ella cantaba los temas que había ensayado durante horas, días, meses. Por eso quiere dar un vuelco a su carrera. Ya no más la niña prodigio de Moncho Romero. Ella está mirando hacia otros escenarios. Hacia otros mundos. Quiere acercarse a lo que se está haciendo en Estados Unidos y Europa, fundamentalmente en Europa. Un poco en la línea de lo que hizo el sello Bird con el álbum Bird Remix, en donde remezcló las voces de las grandes cantantes de jazz de todos los tiempos al arbitrio de los mejores diyéis de la actualidad. Su idea es enganchar a un público más joven, gente que esté escuchando cosas de ahora, una concurrencia que crea que cantar jazz va más allá de ser la música de fondo de una cena de fin de semana. Se ha tomado su tiempo antes de grabar un disco. Podría haberlo hecho ya, pero cree que el circuito local es demasiado reducido para eso. Que hay que aspirar a más. ¿Sacar mil copias de un disco para que una misma termine vendiéndoselo a los amigos?, se pregunta ella. En esta pausa que ha hecho ha tirado líneas para un nuevo proyecto en el que fusiona su lado más experimental con su profesión de diseñadora, su gusto por la música electrónica y esa obsesión suya por el jazz. Hace un año, a través de internet, tomó contacto con un diyéi mexicano ­Pedro César Beas­, radicado en Tijuana, en donde hay una movida electrónica muy potente. Comenzó a mandarle bases de voz suyas que el azteca remezcló como si se tratara de un instrumento más. Aquello no sólo era lo que el diyéi de Tijuana andaba buscando; también lo que ella quería hacer de ahí en más. Lo más sorprendente es que tras regresar a Chile ­luego de trabajar todo octubre en Tijuana­ los primeros frutos de esa fusión ya están a la vista. La revista norteamericana Esopus acaba de lanzar un CD con varios temas. Entre ellos hay uno de Andrea Pérez. Igual cosa ocurrió con la compilación del proyecto Discar que se titula Colores. Colores reúne trabajos de música electrónica de México, Argentina y Chile. Otra vez, la voz de Andrea Pérez destaca en uno de los temas. La idea suya es terminar el material que ha comenzado a trabajar con Beas, siempre con base jazzística; incorporar un par de covers famosos y otros temas originales; y ver si en este salto al precipicio termina cayendo de pie. Todo hace pensar que sí. Andrea Pérez no quiere convertirse en la segunda Claudia Acuña, pero sí quiere hacer sus armas fuera y volver, en algún tiempo más, a cumplir con aquello de ser profeta en su tierra.

La buena paila de Ammy

Ammy Amorette es pequeña, rellenita y tiene una voz que mata. Viene llegando de Buenos Aires en donde estuvo tres semanas y un día. Allá cantó con un músico argentino al que contactó por teléfono y leyó poemas, sus poemas, que tienen algo de Rimbaud, que tienen algo de Rodrigo Lira, algo de Héctor Hernández Montecinos. También pinta, Ammy. Tiene cinco discos a su haber. Pero los cuatro primeros no los contabiliza, los omite, porque la carátula la fabricaron con una fotocopia y todo era muy artesanal y todo era una locura. Pura sicodelia, como dice ella, hablando de lo que hacía en Sicodélicos pencas y Cíclope siamés. A sus 25 años, Ammy confiesa que ama a Elis Regina, que tiene toda su música, que es lo máximo. Pero ella no es Elis Regina. Ella es Ammy Amorette: amiga de Pedro Lemebel, de Francisco Casas, participante de talleres literarios, súper terrenal, nada de cuiquita, integrante del movimiento de la Funa y del movimiento de minorías sexuales, una chica que cree que es posible el amor entre personas del mismo sexo, heterosexual (por si hay dudas), del signo Acuario. Habla como metralleta, a cien por hora, y vive de manera parecida, porque a poco de llegar de Buenos Aires ya se había apuntado en un viaje a Valparaíso para participar en los Carnavales Culturales, carrete incluido. Canta en El Perseguidor, en LaTasca, en el Club de Jazz, en La Casa en el Aire. Hasta en el Club de Jazz de Coquimbo ha estado. Sin contar Palermo Viejo, la Plaza Serrano, El Abasto, de su reciente viaje a Argentina. Se las rebusca, golpea puertas, la invitan. Canta con una voz sensual. La misma que utilizaba para cantar bossa nova y folclore latinoamericano cuando partió en esto del canto a los 17 años. Aunque lo suyo es de más antigua data. Casi de cuna, porque su padre, pianista, tenía el estudio en la pieza en que ella dormía. O sea que lo suyo es casi una cuestión natural. El gran secreto de Ammy, como ella misma dice, es su paila. El oído, en otras palabras. Pero Ammy prefiere hablar de la paila. Y dice que, finalmente, eso es lo que define a un buen músico. Tener la paila bien educada. Eso que le permite no desafinar nunca. O bien, tocar un par de cuerdas de la guitarra para inventar una canción. Ammy se ganó el Fondart el 2001, a pesar de que tenía cero posibilidad. Y de ahí salió el disco que en estos días vende por mano, cambia por los discos de otros cantantes de jazz o entrega a quien le escriba a su correo electrónico a cambio de cinco mil pesos. Se llama Primogénita y lo grabó en catorce horas, en vivo, como se hacía antes, sin arreglos. El sonidista le decía que estaba loca. Que había que usar la tecnología. Pero no. Ella quería hacerlo a la antigua. Y así lo hizo. Ammy dice que no le interesa la fama ni el dinero ni producirse con minifaldas y otros artilugios. Está empeñada en tocar guitarra y cantar a la vez y ya tiene dos nuevos temas listos en esa vena. No le gusta la parafernalia y su filosofía de vida es Carpe diem. No la encandila la carrera de Claudia Acuña. Ella se conforma con que la inviten a un lugar en donde ella pueda mostrar lo que hace, su jazz, el jazz de Ammy.

La Lisa Simpson chilena

Melissa Aldana es una niña. Tiene apenas quince años. Es una niña normal, salvo por una cuestión nada menor. Toca el saxo. No sólo es raro que alguien tan joven toque el saxo de la forma en que ella lo toca. También es de extrañar que lo haga una mujer. O sea, en Chile no hay antecedentes de otra mujer que haya incursionado en el difícil arte de este instrumento de viento. Melissa tiene algo de Lisa Simpson, la hija de Homero y Marge. No es que a ella la hayan expulsado de una orquesta clásica por tocar jazz, como le ocurrió a la hermana de Bart, pero sí comparte con ella esa necesidad de distanciarse de la academia. Melissa entró a los 13 años a estudiar a la Universidad Católica. Se levantaba a las siete para tomar clases de música de ocho a diez de la mañana y luego, a las diez y media, volvía al colegio. La carrera duraba ocho años, pero ella sólo aguantó dos meses. No porque sus fuerzas no le dieran, sino porque lo que ahí le enseñaban era clásico y para clásico ella prefería a Charlie Parker. En la universidad le enseñaban teoría, le enseñaban a leer música. Pero ella sabía que el hecho de aprender a leer música no la hacía un buen músico. Así que se fue. Después de todo, al lado suyo estaba su padre, Marcos Aldana, quien cuando ella tenía meses la hacía dormir haciendo sonar su propio saxo. Fue él quien la guió en sus primeros pasos en el instrumento. A pesar de que él es machista, según confesión de Melissa, y nunca pensó que una mujer podía dar buen resultado teniendo un saxo en sus manos. Ella le demostró que estaba equivocado. Y cuando lo sacó de su error volcó en ella todo lo que sabía. A Melissa le encantaba sacar los solos de Charlie Parker. Entonces se instalaban en el patio de su casa allá en Independencia y recorrían una por una las baldosas que había en el jardín sacando frases de Parker. La repetían una, dos, cientos de veces. Tantas como baldosas hubiesen en el patio. Esa devoción por Parker no se apagó con el tiempo, pero Melissa incorporó otros nombres a su pasión: Michael Brecker y John Coltrane. Hay un solo problema en todo esto: que en el colegio no la entienden. Que sus compañeros de curso están en otra. Porque cuando ellos enloquecen con el axé y el sound, ella se muere de lata. Y cuando ella habla de Coltrane o de Parker nadie la escucha, porque nadie sabe quienes son, porque a los quince años no hay nadie a quien le guste el jazz. Con todo, ella vive feliz. Vive para el jazz y no le importa permutar una fiesta por una tocata en el Thelonius Monk o en El Perseguidor. Qué va. Su padre a veces la acompaña a tocar. A eso de la una se suben arriba del escenario y él no haya como bajarla. Porque les dan las tres de la mañana y Melissa podría seguir ahí, tocando los solos de Coltrane, hasta el amanecer del día siguiente, pero no es la idea, al menos no para una niña de quince. Ella es la gran promesa del jazz chileno. Sus pares son músicos de 28 ó 30 años. Melissa Aldana es un diamante que se pule a diario y que, a pesar de su corta edad, ya asoma con visos de leyenda.


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Alejandra Santa Cruz, 35 años.
Alejandra Santa Cruz, 35 años.
Foto:Carla Pinilla


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