ARTES Y LETRAS

Domingo 9 de Mayo de 2004

EXPOSICIONES. Instituto Cultural de Las Condes y AMS Marlborough:
Pintura al hilo

Materiales de costura desplazan al pigmento tradicional en los trabajos más destacados del reciente Concurso Bontá.

Como siempre en el Instituto Cultural de Las Condes, la excelencia del montaje permite el lucimiento de las exposiciones. Esta vez han sido el resultado del 5 Concurso M.A. Bontá de pinturas. Entre cerca de 500 trabajos participantes se seleccionaron 37. Respecto a estos últimos, acaso su aporte más interesante correspondió ya no a los tradicionales cuadros al óleo o al acrílico, sino a obras donde hilos, bordados, parches de tela y pedazos textiles cosidos relegan al pigmento, si éste concurre, a un lugar secundario. Encontramos, así, pintores que emprenden una revisión profunda del soporte. Y, todavía no frecuente en nuestro medio, lo realizan a través de la costura. Parece que el ejemplo de Nury González ha hallado eco en las nuevas generaciones.

De ese modo asoman desde las raíces pop, en el materialismo de Lorena Muñoz y en la evidencia a lo Jim Dine de Maite Izquierdo, hasta las abstracciones, en Francisca Aninat y Denise Blanchard. Si Izquierdo no vacila en convertir la crudeza arquetípica y sugerente de un vestido femenino en protagonista directo y único, en su bello aporte Muñoz recurre a la tosquedad elocuente de un producto industrial. Transfigura, pues, burdos sacos con las costuras a la vista, los emblemas de fábrica - aquí inventados- y las marcas de identificación.

Tejidos

Aninat, por su parte, hace de delicados trozos de tejido claro, de sus hilachas azarosas y de las modulaciones naturales de la coloración un no figurativo personaje. El de Blanchard corresponde al bordado elemental y a enjambres de hilos enredados sobre satín, donde predominan los rojos. Aunque Catalina Mena concede rol muy destacado a la silueta pintada de un embudo - dentro de él van "a parar las lágrimas"- , también son actores capitales sus parches venidos desde la máquina de coser y dispuestos como pictórico damero ocre y blanco. Lástima que la factura poco prolija, en el caso de María José Mir, perjudique su bonita propuesta cromática, cuyas bandas textiles alcanzan la más justa dimensión.

La ganadora del certamen, Patricia Fernández, opta por usar un muy rayado tablero como soporte. Las finas rectas que lo cubren en cierta manera recuerdan hilos de sastrería. Una austera síntesis paisajista, un tanto al modo de R. Yrarrázaval, se despliega sobre ellos.

En el mismo sentido de los materiales aparecen por entero diferente otros concursantes destacables. Está Rony Gulle, cuya bien compuesta monocromía muestra, dentro de una expresividad abstracta, las huellas hondas del fuego sobre la madera. Asimismo las figuraciones coloridas, fantásticas - vegetales y vísceras de animales- de Lorena Villablanca hieren con ahínco la superficie pulida del leño. Ilusorio tablero luminoso semeja el cuadro de Ximena Mandiola. Números en disposición serial saturan la tela, en una acertada gradación de su claroscuro, intenso y sin color.

Como puede comprobarse, la mayoría de los artistas anotados, independiente de sus edades respectivas, son nombres novedosos. A ellos deben agregarse otros dos concurrentes que no pretenden internarse por vías innovadoras. Diego Romo resulta uno. Su expresionista "Autorretrato con máscara" logra transmitir la aparente fragilidad de un cuerpo masculino. Una orientación semejante manifiesta Constanza Fernández, a través de una pintura enteramente distinta. Se trata, en esta ocasión, de retratar la ternura dolorosa de un niño.

Dos santiaguinas por completo distintas exponen en AMS Marlborough. Sensibilidad y medios más directos respaldan la atractiva propuesta de Claudia Peña. En cambio, la complejidad expresiva y formal de Paula Zegers no halla del todo, esta vez, una manifestación plena. La primera nos entrega con dibujo certero, figuras bien reconocibles. La mayoría corresponde a las ilustraciones para recortar y armar de las revistas de comienzos del siglo pasado. El resto recuerda ya las viejas postales de saludos, ya las figuras de objetos y personajes dispersas como fragmentos en avisos comerciales de entonces. Un tercer grupo entrega collages con materiales novedosos. Tanto carpas con sus argollas de sujeción como los bastidores tradicionales les sirven de soporte. Efectos ilusorios de volumen suelen darse en unos y otros. Pero importa bastante más que, junto con su acertada factura, emana de este rescate transfigurado de tiempos idos una nostalgia encantadora. Más gráfica aparece la pintura de Zegers. Rojo, dorado y ocre resultan sus colores. En un sector de lo mostrado despliega expresionistas figuras femeninas con inmediatez de graffiti. No obstante, más interesan los cuadros con cierto carácter simbólico. Desarrolla en ellos seriales arquetipos de rosas y protagónicos corazones de texto de anatomía, además concurren palabras o alguna frase manuscrita al revés. No cabe duda de que en este caso, y a través de un relativo acercamiento conceptual, alcanza la autora el mejor aporte de su exposición.


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