ARTES Y LETRAS

Domingo 6 de Mayo de 2001


Wells, Leyton, Colson

Intimismo pudoroso y exhibicionista afán inconsciente de conquista, ironía de desengaño y ternura recordativa se desprenden de las xilografías y cajas blancas de Beatriz Leyton, en la Sala Chile del Bellas Artes. Cubismo y neoclasicismo se suman a sentires y figuraciones caribeñas, en las pinturas del dominicano Jaime Colson.
Por Waldemar Sommer

Aunque oriundo de Alemania, Ulrich Wells ha desarrollado en nuestro país una labor pictórica de 30 años de duración. Hoy día, su pequeña retrospectiva en Galería Isabel Aninat muestra cuadros de 1969 en adelante, si bien buena parte de ellos - los de la sala principal- corresponde a su último período creador (l998-2001). En todo caso podemos constatar que, antes y después, permanecen constantes ciertas características fundamentales del autor. Así, sus pinturas chicas, medianas y grandes - las dos primeras corresponden a la actual ocasión- poseen el aspecto de graffitis, polvillentos de cal, sobre muros de tumbas, donde el paso del tiempo ha dejado huellas inequívocas de antigüedad. De esa manera, sus figuras semi borrosas, de voluntaria tosquedad global - no excluye, de ningún modo, delicadezas de detalle- , provenientes de capas superpuestas de colores rebajados y con predominio de los tonos neutros, se despliegan encima de fondos disparejos que parecieran dejar al descubierto, de pronto, otras formas provenientes de estratos inferiores.

Pero los monigotes burlescos, ridículos, de ultratumba de Wells representan una realidad cotidiana, de actores y sentires vulgares; acá, a veces, irrumpe un zoológico, por igual inofensivo y monstruoso. A ello se agregan procedimientos abstractos en el tratamiento de la composición y de los mínimamente definidos escenarios - informalismo. Además, en abierta búsqueda del feísmo expresionista - tan afín a la sensibilidad germana- se introduce una bien dibujada deformación de la figura reconocible, tanto humana como animal. La presencia del cómic, de su humor - en el presente caso, peculiar y en el cual no falta alguna dosis ocasional de pesimismo- , del influjo de su sistema constructivo resulta otro elemento que se torna permanente en las 67 pinturas expuestas. Esta característica asoma con mayor evidencia, acaso, a través de tres realizaciones de 2000: "Instantánea", "Prometeo" y, sobre todo, "Pianista" que se ubica tan cerca de la tira cómica de Carlitos. Por lo demás, en esta obra se sabe recoger con acierto el vigor muscular exigido por la digitación de un teclado musical.

En general, los protagonistas del actual expositor se ofrecen aislados y en grupos, serializados o no. Por momentos, las agrupaciones llegan a desordenar, a revolver a sus miembros. Es lo que ocurre en la novedosa serie, en técnica mixta sobre tabla y provista de oportunos toques de cromatismo vibrante, "Infancia perdida". También imágenes muy atractivas son "Mutter",de 1999, memoriosa aproximación al concepto materno, donde dentro de una especie de juguete infantil se ha instalado una gruesa figura femenina; del mismo año y plenos de gracia burlona, "No llores corazón" e "Infancia 2" - con nostálgico pizarrón negro sobre un remedo de barca- ; "Viaje de amor" (1998) y su animal con trompa de elefante, que trae el recuerdo de los frescos románicos de Arlanza. Si por su fuerza lineal destaca "Amsterdama" (2000), "Aquí yace la gloria" anuncia en 1993 los atributos de la recién destacada "Infancia 2". Asimismo, de la década del 90 encontramos figuras solitarias, grandes y cuyo grosor las remite a momias y sus envoltorios.

Sin embargo, el trabajo más antiguo del conjunto, "Laberinto" (1969), constituye un abstracto enjambre de trazos generosos, fragmentados en un fondo blancuzco. También no reconocibles signos multiplicados sobre blancura de escayola se continúan durante los años 70. Señales vegetales impregnan al bonito "El árbol" de ese tiempo, mientras la influencia gráfica y la fragmentación típica otorgan su razón de ser al bello collage figurativo "Chinos, si ustedes supieran".

1980 y el aquí prolífico 1981 tienden a captar hechos contingentes de la época. Pero sin librarse de caer en el comentario obvio. Eso sí no faltan aciertos como "Medalla para el pueblo I, II, III", concepto bien volcado en imágenes, y el collage "El rey y la princesa", donde el texto manuscrito resulta un ingrediente formal y expresivo importante - esto sucede a menudo en la producción del artista.

Blancuras nupciales

La conocida grabadora nacional Beatriz Leyton hace del ceremonial accesorio de la novia, materia intermediaria de sus inquietudes creativas actuales. Como ella misma lo confiesa, lo que ahora profundiza proviene de una temática tratada ya en 1984. Con ella nos propone, entonces - Museo Nacional de Bellas Artes- , un conjunto de 19 xilografías y cuatro cajas tridimensionales. El blanco, con la subordinación del plateado, domina la exposición entera: planas imágenes impresas sobre soporte de raso y objetos en serie o unitarios - prendas de vestuario, adornos y chiches nupciales- , dentro de vitrinas dispuestas en geométrico ordenamiento. Un aire entre kitch y nostálgico encarnan estos desarrollos indudablemente gráficos, sólidos, consecuentes, unitarios de símbolos y signos bien precisos.

Si el contraste formal de brillos y opacidades impera en los grabados, en las impresiones-collages cumplen rol protagónico las oposiciones de textiles - que tan bien entiende la sensibilidad femenina- , la competencia de transparencias entre velos y encajes, las menudencias físicas de costuras decorativas En las cajas, en cambio, los volúmenes diminutos unen a sus saturaciones numéricas y espaciales, a sus excerbaciones del objeto, a la omnipresente blancura, los resplandores tornasolados de sus figuras de zapatos, copas y de la mismísima novia.

Intimismo pudoroso y exhibicionista afán inconsciente de conquista, ironía y ternura parecen asomar desde los planteamientos expresivos de la Sala Chile. Eso comunica a ellos una particular expresividad. Y a partir del tratamiento de esta iconografía de revista popular logra Leyton, dentro de un nivel general de calidad pareja, realizaciones muy hermosas, como las series "Siempre la misma" o de la luctuosa y genuina "Pequeña muerte".

Un mestizaje caribeño

De uno de los artistas importantes de República Dominicana, Jaime Colson (1901-1975), se nos ofrece en la Sala Matta del mismo museo anterior una retrospectiva frondosa. De sus estudios formativos en Madrid, Barcelona y París, de sus años de permanencia en México, el pintor consiguió una técnica de firmeza inalterable. Los ideales formales del cubismo - Braque, Picasso, Léger- y del neoclasicismo sirven, así, en su obra, para encarnar sentires y temáticas propias de la región caribeña y de su propio país. Por lo que se nos muestra en Santiago, interesan sobre todo sus primeras etapas. No dejemos de destacar ciertas pinturas de las décadas del 20 y del 30.

Tenemos, pues, el postimpresionista "Paisaje del Sena", lindo y de colorido untuoso; el collage cubista "Naturaleza muerta"; el leggeriano cuadro "Figuras metafísicas", con algo del primer De Chirico; los robustos y, al mismo tiempo, móviles desnudos juveniles - "A Fellito", el mejor ejemplo- ; las bien dibujadas cabezas, en "Rostros de la guerra". Por el contrario, a partir de los retratos de muchachos (1937-1955) comienza a deslizarse, en la obra de Colson, un amaneramiento progresivo. Este, durante las etapas afroantillana y haitiana, añade un pintorequismo bastante anecdótico. Sólo la serie mística, empapada de fe católica, alcanza a retomar las depuraciones neoclásicas.



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"Ilusión I", de Beatriz Leyton.
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