VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 25 de Diciembre de 1999

Edificio teatro central

Recién cerrado ya no proyectará más películas es símbolo de los años 30, cuando la elegancia del Art Deco y las fantasías de Hollywood permitían olvidar la Gran Depresión; su futuro es incierto.
Sus autores, Alberto Siegel e hijo, son claves en el perfil arquitectónico del centro de Santiago. Especialmente el padre, un austríaco que, llegado a Chile de 22 años, en 1892, y cuando recién había obtenido su título profesional en Dresden, Alemania, encontró aquí un ambiente de escasos profesionales.

Luego de un período de práctica en Valparaíso, se vino a Santiago y, especialmente en los años 20 y 30, fue coautor de dieciséis edificios del sector, entre los cuales destacan algunos hitos tan claves de la ciudad como el Hotel Crillón, el Banco de Chile, el Sudamericana de Vapores, Gath y Chaves y los edificios de Ahumada con Huérfanos y con Agustinas.

En importancia para la imagen urbana de Santiago sólo lo supera Emilio Jecquier, con el Palacio de Bellas Artes, la Estación Mapocho y la Bolsa de Comercio, pero en diseño y originalidad es posible que Siegel haya realizado un aporte mayor.

Siegel, en su primera época - unido al suizo Augusto Geiger - , reflejó las influencias absorbidas en su Viena natal - particularmente el clasicismo y la renovadora Sezession austríaca - , pero después, y éste es el caso, al trabajar con su hijo - desde 1925 - se abrió a vertientes de estilos y materiales más modernos, lo que aquí queda ejemplificado en un Art Deco que demuestra dominar a la perfección.

Sin quererlo, Siegel fue el líder de una nueva arquitectura que, impresionada por Estados Unidos y sus rascacielos, y disponiendo de constructores locales en hierro y hormigón, modificó el centro de Santiago en las décadas de entreguerras.

Pero si los edificios de Ahumada repiten los modelos de Chicago y Nueva York, con sus pisos zócalo muy marcados, fuertes cornisamientos superiores y armonías clásicas y bastante pesadas, aquí, en este conjunto, que además de cines incluye planta de comercio y pisos de oficinas hacia arriba, no sólo está la imaginería del Art Deco; también la limpia soltura, casi alegre, del período.

No es casualidad que cuando Jacqueline Mouesca publicó su historia del cine chileno - editada por Luisa Ulibarri y diseñada por Paula Celedón y Pablo Hermansen - de todos los teatros nacionales hayan elegido precisamente éste, su fachada, para evocar el pasado esplendor del séptimo arte, cuando éste no tenía competencia alguna y eran miles los capitalinos que, todos los fines de semana, como en un rito, se sumergían en la oscuridad de estas salas.

La magia del cine, las grandes escenografías de la época, las alturas monumentales de la arquitectura asociada, los bronces y los cortinajes, todo contribuyó a facilitar el ingreso a otra realidad. El arco que une arriba los dos bloques del edificio es soberbio, espectacular, de película, como si bajo él se entrara a otro mundo, ese que aquí, y sólo aquí, pudo recibir a la Marlene Dietrich.

Los detalles suntuarios de la decoración, que poco después se economizarían por inútiles, no hacen sino reforzar el concepto implícito; la de la sala de cine como templo y palacio del placer, placer inocente, de ensoñación, que se prolongaba a la salida con la hora del té en el vecino Café Santos.

En ese tiempo manejado por la Compañía Cinematográfica Ital-Chilena, que reunía el principal circuito del país - Imperio, Santa Lucía, Oriente, Continental, Alcázar, Andes...- décadas después pasó a Conate que, por la tendencia de los 80, lo subdividió. El edificio mismo, como casi toda esa manzana, hoy pertenece al Banco de Chile.




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