ARTES Y LETRAS

Domingo 5 de Septiembre de 1999

Alma Nacional y Cabezas

Rodrigo Cabezas y Bruna Truffa recuperan y potencian nuevas fuerzas creadoras. A través de su actual estrategia alcanzan un interés y una frescura renovadores, que los convierten en uno de los más atractivos expositores de 1999. Dibujos, fotografías y cabezas escultóricas componen el conjunto de Patricia Vargas, acaso en busca de personas de una identidad individual perdida.
Por Waldemar Sommer

Cruzamiento, mestizaje de materiales, de disciplinas, de épocas y también de autoría caracterizan, más que antes, esta segunda mitad del siglo que termina. Buen testimonio de situación semejante es, en la totalidad del ala sur del Museo Nacional de Bellas Artes, la exposición ambiciosa de Rodrigo Cabezas y Bruna Truffa. Ambos pintores, independientes o asociados, con la colaboración de artesanos y de colegas profesionales, aunando volúmenes y superficies planas, objetos miniaturescos y amplios cuadros, kitch e imaginería popular, han sabido transfigurar ingredientes tan variados y otorgarles, profundamente, su sello personal. Es que los dos artistas trabajan juntos desde hace más de una década. Si esta asociación fue capaz de producir frutos admirables - "La moda manda", de 1986, por ejemplo- , más adelante sus logros nos parecieron más flojos y sin la vitalidad de los comienzos. Hoy día, en cambio, recuperan y potencian nuevas fuerzas creadoras. Así, a través de su actual estrategia alcanzan un interés y una frescura renovadores, que los convierten en uno de los expositores mejores del año.

Para empezar, digamos que lo mostrado opera como un todo, como una compleja - en sentido cuantitativo- unidad que no puede juzgarse por detalles o por partes aisladas. Al igual que con la instalación de Ismael Frigerio de hace poco tiempo, se conoció alguna pieza separada en un determinado concurso. Ella, al desgajarse de la totalidad que integraba - pintura de Truffa, en nuestro caso- , lejos estuvo de ostentar la autonomía necesaria.

El amplio conjunto y sus distintas etapas, el imaginativo y violento contraste de formas y materiales, sus coloraciones rutilantes, consiguen penetrar hondo en la idiosincrasia del flamante Chile en vías de desarrollo. La ironía crítica más acerada y, al mismo tiempo, el humor más amablemente comprensivo de nuestras debilidades constituyen el quicio de la presente exhibición. La primera sala pretende recrear "El museo", con sus cuadros para la posteridad, subrayados por el brillo vulgar de los marcos de metal. Aquí es donde se advierte con la mayor nitidez la individualidad de cada miembro del dúo expositor. Por un lado, tenemos la exacerbación de la cursilería en Truffa, mientras que a Cabezas se debe una tela estupenda: "Homenaje a Magritte (Me entró agua en el bote)". Asimismo, se divisan en estos acrílicos y óleos ecos, acaso, de otros autores nacionales: Dávila, Díaz, Duclos.

El paso siguiente conduce a la única obra que basta para llenar el espacio de la primera rotonda del Bellas Artes y para animar con plenitud el cotidiano tema "Hogar, dulce hogar". Así, sobre pomposa base de mármol verde oscuro, al que circunda un prado artificial, se alza una simple casita de juguete en madera, provista de una decoración paisajista hecha por encargo. Encima de sus superficies en verde y azul, elementales dibujos de manual en rojo indican utensilios y mobiliario de la vida doméstica. Contra lo que pudiera esperarse, este trabajo heterogéneo y tridimensional opera con naturalidad armoniosa.

Sigue el ámbito extenso y abigarrado de "Los Juegos". Fuera de entrometerse cuadros que debieron permanecer en "El museo", esta sección comprende distintas partes. Sobresale por su gracia y refinamiento burlones, por su hermosura formal, "Cajita feliz". Cubierta por piel de jaguar aparente se la muestra cerrada, misteriosa, y abierta con su repertorio de chilenidad venerable, invadido sutilmente por el pintado pelaje del felino emblemático. También atrae la hilarante "Pirámide social", donde se luce la preciosa cerámica de Talagante - María Olga Espinoza resulta, en este caso, su progenitora- . Tampoco pueden dejar de recordarse "Luz de la calle", siete pizarras que recogen signos supuestos de los pecados capitales; "Titanic o El arca de Noé"; las cuatro jaulas colgantes.

La segunda rotonda representa "El Parlamento". De esa manera, un muro con esos volantines de cromatismo apagado que se venden en la calle rodea otro piramidal y ancho pedestal marmóreo. En su cima, "Torre de Babel", formada por cinco pisos de tamaño decreciente y planta pentagonal. Acrílicos realizados por encargo cubren cada uno de sus cinco costados, con vistas de arquitecturas institucionales de Santiago.

"La calle" establece la última y extensa porción del conjunto exhibido. Su segmento más convincente creemos hallarlo en las cuatro escenas volumétricas "Los oficios", convertidas en sorprendentes estampillas de correo. De nuevo la cerámica talagantina desempeña un rol importante. Menos felices emergen, visual, formal y conceptualmente, las miniaturas eróticas en palo de fósforo - reiterativas y no poco obvias- , los carteles de microbuses - de significación un tanto gruesa- y los bastante aburridos relieves en cobre. Por el contrario, sí permanece en el recuerdo la perfección manual del Taller de Bordadoras de la Parroquia Jesús Obrero.

Patricia Vargas

Tres niveles recorre la propuesta de Patricia Vargas en Galería ArtEspacio. Delgados marcos de fierro oxidado limitan sus productos planos. Tenemos, en primer lugar, 22 dibujos a lápiz y aguadas de color aminorado. Suelen ellos conformar collages con paños manchados, papeles y objetos: cuchillos, alicates, lápiz, escuadra, etc. Trabajados con refinamiento y sentido del equilibrio entre abstracción y figura reconocible, estos dibujos resultan la parte fundamental y más bella de la exposición.

En otro ámbito de la galería encontramos 14 cabezas retratos, esculpidas en escayola y, a menudo, apenas con color de óleo. Pegadas al muro, sólo pueden contemplarse frontalmente. Operan como relieve o, más bien, como proyección de los dibujos hacia la tercera dimensión. Además actúan como un todo, el que, silencioso, se apodera del largo vacío espacial que enfrenta. Ensartados estos rostros de rasgos individuales - una mirada superficial evoca los retratos romanos- en varas de fierro ordinario, adquieren una fisonomía entre funeraria, de identidad congelada, propia de depósito del Instituto Médico Legal, y de enjuiciamiento dirigido contra la vigencia de la escultura académica. En todo caso, se trata de "ojos que no ven, oídos que no oyen, bocas que no hablan...".

Veinticuatro fotografías en colores conducen nuestra mirada hacia los mismos volúmenes en yeso, colocados ahora, bonitamente, en un contexto bien diferente al salón de exposiciones. De ese modo, tanto los envuelven lienzos plegados, como se ubican dentro de cajas o canastos, solitarios o agrupados. Aquí se subraya la búsqueda de identidades perdidas.




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