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Asalto al paraíso |
NOVELA
Asalto al paraíso
Texto : Marcos Aguinis
Editorial Planeta, Buenos Aires, 2002, 336 páginas.
Capítulo I
Empujó hacia un extremo del balcón
la maceta de geranios y acomodó su viejo sillón
de mimbre que, como siempre, produjo un crujido musical cuando
le encajó el cuerpo. Rosendo Ruiz terminaba de dormir
la siesta e iba a gozar una media hora del grato aire que
merecían sus sesenta y dos años, de los cuales
había destinado la mitad a trabajar como encargado
de ese edificio. Estiró las piernas y miró hacia
el cielo limpio. Por la calle Arroyo había cesado la
brisa. Pero hacia la derecha se dilataba la avenida 9 de Julio,
donde jamás cesaba el torrente de vehículos.
Casi enfrente estaba la embajada de Rumania y decenas de metros
hacia la izquierda, esquinada con Suipacha, la de Israel.
En unos minutos su mujer le traería el mate con una
hoja de yerba buena.
Era el 17 de marzo de 1992.
Giró los ojos para cerciorarse de
que su mujer se acercaba, porque había despertado con
picazón en la garganta y sintió que le vendría
bien un sorbo caliente. La brutal explosión le dio
de lleno en la cabeza.
-¡Qu...ééé! -exclamó
hundiendo las uñas en el mimbre.
De la esquina de Arroyo y Suipacha se levantaba
una nube de polvo y fuego. Sus lóbulos, vertiginosos,
giraban y trepaban hacia el firmamento asombrado. Estallaban
vidrios y retumbaban los muros con golpes de maza. Se caían
puertas y celosías, se agrietaban las paredes, el mundo
temblaba. Ruiz se tomó la cabeza para protegerse de
los proyectiles que volaban y se incrustaban en todas partes.
Entre los remolinos grises se abrieron nuevas ráfagas
que hacían más amenazante el fenómeno.
Le costó incorporarse, aplastado por la sorpresa y
el miedo; tanteó la inestable baranda y se puso de
pie, semioculto tras la columna que marcaba el límite
del edificio. La polvareda se expandía a lo largo de
la calle. Se apantalló con una mano y logró
ver una escena que lo dejó paralizado: el edificio
de la embajada de Israel había desaparecido. En su
lugar sedimentaba una colina de humo y polvo. La mujer de
Ruiz se le acercó tiritando, con el gesto de sostener
un mate con la mano derecha que en realidad estaba vacía,
aferrando la nada; el mate y su bombilla de peltre habían
volado hacia lo desconocido. Ambos permanecieron mudos, sin
parpadear.
Empezaron a chillar enloquecidas las sirenas, mientras desde
ambulancias y autos policiales atronaban órdenes contradictorias.
Rosendo entró en su living y encendió el televisor.
Los programas se interrumpían para informar sobre una
explosión espeluznante cuya causa se ignoraba. La honda
expansiva tenía tanto poder que había roto vidrios
y afectado viviendas de varias cuadras a la redonda. Vio que
en sus manos había sangre y corrió al espejo:
tenía dos cortes en la frente. Se desinfectó
y cubrió las heridas con gasas. Mientras lo asistía,
temblorosa, su mujer no dejaba de rezar el Avemaría.
Después retornaron al balcón,
convertido en observatorio privilegiado. Las palabras de los
locutores de la radio, puesta al máximo volumen, eran
parrafadas repetitivas, desordenadas, aún desprovistas
de datos. Desde su sitio ellos podían enterarse mejor.
A centenares de metros un camarógrafo
filmaba un documental sobre la Villa 31 de Retiro. Sorprendido
por el fenómeno, giró su cámara Sony
Súper Ocho y registró el ascenso de las monstruosas
nubes. Filmó durante cincuenta y cuatro segundos. Después
voló hacia un canal de televisión y vendió
su trabajo por cincuenta dólares. El canal decidió
usarlo para abrir y cerrar cada bloque de transmisión
de ese día, hasta alcanzar el pico del ráting.
El estampido obligó a saltar de las sillas a los comensales
que almorzaban en el último piso del hotel Sheraton.
Junto al ventanal se instaló un hombre alto y rubio,
Ramón Chávez, para mirar con ojo penetrante
la sábana gris que se elevaba a pocas cuadras de distancia.
Pese a que sus funciones lo habían entrenado para contingencias
semejantes, no dejó de sentir que se le encogía
el corazón. En los vidrios se reflejaba la multitud
que lo rodeaba, atónita. Conjeturaban que acababa de
explotar una caldera, que se había hecho volar un depósito
de municiones, que estalló una estación de servicio.
El hombre escuchaba y no abrió la boca.
Rosendo Ruiz miraba alternativamente la televisión
y la calle Arroyo, convertida en un vendaval. Se tocaba las
gasas sobre los cortes de su frente. Desde el balcón
veía cómo locutores, camarógrafos y fotógrafos
de diarios y revistas se precipitaban sobre el núcleo
de la catástrofe. Trataban de entender, trasmitir el
horror, ponerle sentido al sinsentido. La gente se desplazaba
despavorida, como si estuviese en el infierno. Los periodistas
chocaban con el aluvión de médicos, policías,
voluntarios, diplomáticos, vecinos y familiares que
aullaban nombres. Competían en una carrera contra la
muerte, aunque la muerte ya había completado la mayor
parte de su inapelable obra.
La embajada de Israel en Buenos Aires había
sido reducida a escombros. Se calculaban víctimas fatales
al voleo: diez, quince, veinte, treinta, cuarenta. Y muchos
heridos. Los daños no se limitaban a ese edificio solamente,
sino a todos los ubicados en la vecindad. El impacto también
fue grande contra la iglesia Mater Admirabilis, donde se supo
que murió el cura párroco y una empleada. La
mujer de Rosendo empezó a llorar al enterarse. Y ambos
se abrazaron al escuchar que la explosión había
agujereado un jardín de infantes próximo, donde
había 192 niños. La onda expansiva tampoco tuvo
piedad del asilo de ancianos ubicado frente a la embajada.
Cristina Tíbori quebró uno
de sus tacos altos entre los escombros, pero, decidida, rompió
el cerco que había tendido la policía; la acompañaban
dos pesadas cámaras del canal cargadas al hombro por
los miembros de su equipo. Vestía una falda rosa y
blusa de seda. Le costaba caminar por la calle cubierta de
vidrios y cascotes; tuvo que esquivar astillas de madera,
pedazos de mampostería y orientarse entre las cortinas
del polvo que todavía flotaba. A su lado la gente trotaba
de ida y de vuelta, sin orden alguno. Lloraba, maldecía,
gritaba. La periodista se hizo a un lado para dejar pasar
una camilla con un cuerpo bañado en sangre. Oyó
aullidos, exclamaciones de espanto, llamadas insistentes.
Casi fue derrumbada por una pareja que se precipitó
hacia el jardín de infantes en busca de su hijo. Cristina
preguntaba a diestra y siniestra. Le decían que había
sido una bomba. O un coche-bomba que impactó en el
edificio de la embajada. Debía haber muchas víctimas.
¿Cuántas? Muchas, muchas. ¿Hay indicios
del criminal? ¿Quedó algo del coche-bomba? A
su lado otros locutores, micrófono en mano, describían
la catástrofe sin darse respiro y sin entender demasiado
lo que decían.
Sintió que pisaba algo que no era
piedra ni madera ni vidrio. Miró hacia sus pies y reconoció
un papel, un simple papel desamparado en medio de la calle.
Era un dibujo de niño. Uno de sus ángulos estaba
manchado por sangre fresca. Mientras lo recogía, alguien
le apretó el hombro con nerviosa ternura: era Esteban;
la cámara fotográfica le colgaba del hombro.
Balbuceó que esta carnicería le quebraba los
andamios. Había estado trabajando en la cercana plaza
San Martín para un reportaje cuando escuchó
la explosión. Abandonó a su entrevistado y vino
como un bólido. En la esquina de Suipacha vio un cadáver
y desde ese instante su cámara empezó a disparar
como poseída. Besó a Cristina y se miraron sin
decirse nada. Hacía pocos meses que habían empezado
a salir, ambos habían pasado por experiencias duras,
pero nunca enfrentaron una catástrofe.
En la caótica cuadra irrumpió
una correntada de bomberos, personal de seguridad, policías,
la Brigada de Investigaciones, servicios de Inteligencia.
Tras ellos, equipos de Defensa Civil y la División
Perros.
Cristina se aproximó cautelosa a la
colina de polvo donde había estado la embajada. Sus
cámaras la seguían de cerca capturando imágenes.
Le costaba mantenerse tranquila, profesionalmente tranquila.
Por entre la bruma con olor a pólvora y sangre, dio
con el vacío. Allí había existido algo
robusto que, en un instante, se transmutó en ceniza.
Cerró los ojos, que le dolían. Muchas veces
había pasado por este lugar y había apreciado
la hermosa construcción de principios de siglo erigida
por una familia de navieros. Fue la primera sede de la embajada,
establecida apenas comenzaron los vínculos diplomáticos
de Argentina con Israel. Ahora sólo quedaban las paredes
medianeras, con trozos de revoque desprolijamente arrancados.
En el espacio rectangular del antiguo edificio se había
formado un tolmo de ruinas, un extraño monumento funerario
que no encajaba con esta porción residencial de Buenos
Aires. Atrapados bajo los escombros yacían decenas
de cadáveres y de improbables sobrevivientes.
Los equipos de salvamento corrían
hacia los cuerpos tendidos sobre el páramo.
Voluntarios ayudaban a salir del lugar a
quienes podían caminar, pese a estar heridos, atontados
o ciegos. En ese caos muchos se lanzaban a los escombros para
encontrar a un pariente; la desesperación les impedía
entender que su peso podía dañar a quienes estuvieran
aún con vida bajo el polvo de la superficie. Cristina
se dirigió enojada a un oficial para que bloquease
la marcha de los irresponsables.
-¡Estamos desbordados! -replicó
iracundo.
La cámara iba a filmar una boca demudada,
pero el oficial se alejó hacia un auto estacionado
a pocos metros cuyo esqueleto retorcido había comenzado
a arder.
-Parece Beirut -dijo Cristina al micrófono-. La Beirut
de la larga guerra civil entre libaneses y palestinos, cristianos
y musulmanes, palestinos e israelíes. La Beirut donde
los edificios se derrumbaban por las bombas como la que hoy
ha explotado aquí, en Buenos Aires. Este pedazo de
nuestra ciudad es ahora un espejo de Beirut. Es el testimonio
de la locura asesina, del odio y la impunidad que alienta
a los fanáticos.
Se dirigió entonces a una mujer que
lloraba con las manos sobre los ojos.
-Soy la encargada del edificio de enfrente
-dijo temblando-. Con mi marido estábamos durmiendo
la siesta cuando escuché un ruido impresionante. Me
tiró de la cama. Supuse que había estallado
la cocina de algún piso. Así que subí
asustada a la terraza y vi los restos de la embajada. Hay
muchos heridos. Los vi desde allí arriba.
-También soy portera, pero en el edificio
de la otra esquina -se acercó otra mujer-. El humo
que se levantó después de la explosión
fue como una bomba atómica, como muestran en el cine.
Una nube salía del hueco que ahora es la embajada.
Lo vimos con Rosendo, mi marido.
-¡Espantoso! ¡Nunca vi algo igual!
-exclamó un hombre joven que acababa de depositar un
cuerpo herido en el interior de la ambulancia-. Cristina le
acercó el micrófono -Caminaba por Suipacha rumbo
a la Libertador cuando un golpe de aire me aplastó
contra la pared. La onda fue brutal. Observe usted: ni un
vidrio sano por ninguna parte. Ni uno solo. Hasta las cerraduras
volaron como papel.
-¡Casi me muero! Vivo a la vuelta y
se desplomó sobre mí un techo de madera y material.
Míreme, por favor. Tengo cortes en la cara, en las
manos, en el cuello. ¡Qué criminales!... ¡Doctor,
doctor! -la mujer corrió tras un guardapolvo blanco
que trotaba junto a una camilla.
-Estaba leyendo cuando las puertas se me
vinieron encima. Y luego una lluvia de vidrios me abrió
acá -el anciano se apretaba la frente con un pañuelo
manchado de sangre.
Cristina prosiguió su reporte durante
horas. Ya se contaban veinte muertos y más de doscientos
heridos, según informes de los equipos de rescate y
de los hospitales adonde eran llevados. A las columnas oficiales
se añadieron decenas de voluntarios. Por lo menos la
mitad eran mujeres. Evacuaban a los heridos, consolaban a
quienes se enteraban de que había fallecido un pariente,
aplicaban torniquetes a las piernas sangrantes y ayudaban
con decisión a médicos y enfermeros cuando había
que canalizar una vena. También comunicaban el hallazgo
de cadáveres. Algunos porteros se sumaron a los enfermeros
depositando heridos sobre las persianas diseminadas entre
los escombros: suplían de esa manera la escasez de
camillas. Pero las ambulancias, con sus rabiosas luces intermitentes,
eran ya tan numerosas que se bloqueaban la salida unas a otras.
Ramón Chávez regresó
a su oficina de los Servicios de Inteligencia del Estado y
mantuvo prendido el televisor mientras recogía los
datos que le acercaban sus agentes. Leía los despachos
y repasaba la nómina de quienes habían sido
enviados a recoger evidencias. En la pantalla alternaba el
tenso rostro de Cristina Tíbori con imágenes
de la actividad frenética que se desarrollaba alrededor
de los escombros. Consiguió distinguir a uno de sus
colaboradores, que estaba en camisa y aparentaba estar prestando
ayuda. Sonrió satisfecho al percibir que se inclinaba
para recoger una pieza de metal y la guardaba en su mochila.
Sonó el teléfono y levantó el auricular:
era el Señor 5, que le comunicaba su asombro por el
atentado y pedía que mandase de inmediato por lo menos
media docena de agentes al lugar.
-Ya están allí, señor
-contestó orgulloso, acariciándose los rubios
cabellos.
-¿Cómo dice?
-Tomé la decisión apenas escuché
el estallido. Estaba almorzando en el Sheraton y vine enseguida.
-Ahá, muy eficaz... -el jefe de la
SIDE se apretó la frente; una contradicción
de alegría y fastidio le hacía doler la cabeza
cada vez que este subordinado le ganaba en velocidad.
Cristina hizo cálculos mientras recogía
testimonios. A menos que le probasen lo contrario, éste
era el peor asesinato en masa realizado contra un objetivo
judío desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
Y era el primero de esta magnitud en toda la historia de la
República Argentina. Y quizá de América.
Si bien hubo dictaduras, persecuciones, matanzas y millares
de desaparecidos, nunca se asesinó de una vez, a plena
luz del día, a más de dos docenas de personas
e hirió a casi tres centenares. Calló unos segundos
y disparó un pensamiento comprometedor:
-Este crimen, realizado en un suburbio del planeta como es
la Argentina, demuestra que el terrorismo está dispuesto
a trasladar su aliento de muerte mucho más allá
de donde nace. Es parte de la globalización, su costado
más tenebroso.
Mientras seguía reportando circunvaló
el cráter que había formado el coche-bomba junto
a lo que había sido la vereda, pisó con cuidado
un montículo de escombros y se detuvo de golpe. La
cámara que la estaba enfocando descendió su
objetivo al suelo; su ayudante le hizo señas para que
mirase hacia abajo. Un brazo lleno de rasguños asomaba
entre las ruinas. Un enfermero llegó al instante, lo
tomó con cuidado y tiró hacia fuera para rescatar
el resto del cuerpo. Pero no había cuerpo: el brazo
salió solo, liviano. La cámara osciló
y a duras penas consiguió volver a enfocar el rostro
de Cristina, demudado. Ella entregó el micrófono
a su asistente para darse un recreo; estaba por vomitar. Hubiera
querido ir hasta la oficina de su hermana, que quedaba a unos
doscientos metros, para abrazarla y consolarse.
El comisario Adolfo Branca, de la Policía
Bonaerense, comentó por su línea telefónica
privada lo sucedido. Le acababan de informar que, por suerte,
el suboficial de la Policía que debía cumplir
guardia en la garita junto a la embajada había abandonado
su puesto varias horas antes del estallido, como si le hubiesen
advertido a tiempo.
-Perfecto -exclamó Branca y, tras
reflexionar un segundo, preguntó: -¿Hubo reemplazante?
-Tenía que llegar, pero se quedó
haciendo trabajos en la talabartería de la Policía
Montada. No murió ningún policía.
-Bien... -se atusó la raya negra del
bigote y pensó que los muchachos se habían movido
correctamente.
Anocheció y se encendieron decenas de reflectores.
Muy cerca de Cristina Tíbori un anciano menudo contemplaba
el paisaje mientras por sus mejillas resbalaban lágrimas.
Tendría un metro cincuenta, estaba arrugado como una
pasa y una barbita cenicienta le crecía en torno a
la mandíbula. Sus labios murmuraban algo ininteligible.
Pese a la estatura escasa, tenía correctas proporciones
físicas y una leve comba en la espalda. Usaba un birrete
gris, más grande que la <ic>kipá<nm>
de los judíos religiosos. Irradiaba una tenue luminosidad,
tal vez por la pulcritud de su ropa, extraña en ese
ambiente de caos. De tanto en tanto se llevaba el antebrazo
a los ojos para secarse las lágrimas. Las personas
que circulaban a su alrededor lo miraban sin hablarle. A Cristina
le asombró su cabeza achatada, como la de una serpiente,
con prominentes lóbulos frontales y mentón afilado.
La mirada del anciano estaba fija en un montículo,
como si allí hubiese algo extraordinario.
Cristina retomó su micrófono y se acercó.
-¿Puedo hacerle una pregunta? El hombre subió
su enrojecida mirada hasta la de la mujer.
-¿Vive por aquí? ¿Busca un pariente?
-su aspecto la había conmovido.
El anciano negó con un movimiento de cabeza.
-Usted parece religioso...
Esta vez asintió.
-¿Dónde estaba Dios cuando hicieron estallar
la bomba? -Cristina disparó a quemarropa; los periodistas
no deben perder oportunidad de conmover a las audiencias.
Pero él la miró con tal expresión de
reproche que ella estuvo a punto de pedirle disculpas.
El hombre dibujó con el brazo una circunferencia vacilante
para abarcar el desastre que se extendía en torno y
movió los labios sin emitir sonido. Luego dijo con
acento árabe:
-Esto fue hecho por los hombres, no por Dios. Dios se ocupará
de juzgar y sentenciar.
-¿Es usted judío?
-¿Importa acaso en tragedias como ésta? No,
no soy judío. Soy musulmán.
A Cristina casi se le cayó el micrófono, abofeteada
por el asombro.
-¡Musulmán!... ¿Y qué opina?
El anciano vaciló.
-Ya se lo dije: es una tragedia.
-¿Justificable? ¿Se justifica este atentado?
El hombre le clavó las pupilas, molesto por el acoso.
-Hubiera sido justificable un accidente, porque en ese caso
lo atribuimos a la voluntad de Dios. Aquí no hubo voluntad
de Dios, sino de los hombres. Dios no ordena matar inocentes.
-¿Quiénes lo cometieron? Usted, como musulmán,
¿tiene alguna pista?
Vaciló nuevamente.
-Vea, no todos los musulmanes pensamos lo mismo sobre ciertos
temas. Le diré que algunos fanáticos le hacen
poco favor al buen nombre del Islam, si es que fueron musulmanes
los autores de esta atrocidad. Ojalá que se realice
una buena investigación.
-¿Y si no ocurre así?
-La mancha salpicará en forma indebida.
-¿Piensa que habrá otros atentados?
-¿No le alcanza con éste? -alzó indignado
su barbita mal recortada.
-La impunidad invita a repetir el delito -aseguró
Cristina-. Y la impunidad se está convirtiendo en una
moneda corriente.
-Es probable, desgraciadamente -dio media vuelta.
Esteban reapareció con la lengua afuera luego de entregar
varios rollos de fotos en el diario. Con el flash en ristre
procedía a registrar los trabajos nocturnos a la luz
de los reflectores. Descubrió a Cristina pisando el
borde del montículo principal. Y junto a ella, al hombrecito
que acababa de darle la espalda.
-¡Imam Zacarías! -exclamó.
El religioso lo reconoció y se estrecharon las manos.
-Querida, te presento al imam del que te hablé. Es
un maestro.
-Ya estuvimos conversando -dijo ella y, con leve tono de
reproche, agregó: -A mi horror acaba de agregarle una
preocupación insoportable.
-¿Por qué? ¿Qué te dijo?
El imam levantó la mano hacia ellos pidiéndoles
que callasen. Se había puesto rígido como una
estaca. Sus grandes ojos volvieron a apuntar hacia un costado
del montículo que había estado mirando antes,
y sobre el cual se cruzaban anárquicamente varias vigas.
-¡Allí! -apuntó con el índice
impaciente y repitió con todas sus fuerzas-: ¡Allí!
Cristina y Esteban cruzaron miradas, desconcertados.
-¡Urgente, allí! Hay alguien con vida.
Dos enfermeros se acercaron a la carrera con una camilla.
-¡Dónde, dónde! ... No vemos nada.
El hombrecito siguió apuntando con el índice,
que empezó a temblar.
Los enfermeros avanzaron con cuidado hasta el sitio indicado
y bajaron las cabezas para oír. Luego de unos segundos
levantaron los brazos:
-¡Ayuda! Hay alguien abajo que se queja. ¡Ayuda!
Traigan palas, que se acerque el remolque.
Esteban acarició la combada espalda del hombre que
había podido ver por entre los escombros. Cristina
estuvo a punto de ceder a su deformación profesional
y preguntarle cómo se había dado cuenta. Pero
la excitación que se había desatado a su alrededor
la detuvo. O quizá la detuvo el respeto que súbitamente
empezó a sentir por alguien cuyas visiones eran más
poderosas que las del común de la gente. Se mantuvo
atenta al desarrollo de la convulsiva búsqueda. Un
enjambre de obreros retiraban polvo, cenizas y cascotes mientras
varios médicos se acercaban con tubos de oxígeno.
Tal vez había más de una persona enterrada y
aún viva.
Pudieron detectar en el fondo una cabeza de mujer que emitía
quejidos ininteligibles. Intentaron liberar el resto de su
cuerpo, pero estaba aprisionado por ligaduras que aún
no se podían identificar. Le colocaron una máscara
de oxígeno.
Médicos, enfermeros y personal de salvataje empezaron
a sacar con empeño todo lo que había alrededor
de la mujer. Cristina se acercó, seguida por las leales
cámaras que se ocupaban de filmar lo que describía.
Consiguió abrirse paso entre los voluntarios y curiosos
que rodeaban a la víctima. Al principio sólo
distinguió fragmentos de un rostro maltrecho. Pero
enseguida reconoció de quién se trataba. Arrojó
el micrófono a la cara de su asistente y emitió
un chillido animal.
Lejos de allí, en una vivienda del
Gran Buenos Aires se terminaban de contar paquetes de dólares
agrupados en fajos de a cien.
-No está mal un negocio como éste
cada tanto.
-¿Te alcanzaría con uno cada
dos años?
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