París no se acaba nunca

NOVELA
París no se acaba nunca
Texto: Enrique Vila-Matas
Editorial Anagrama, Barcelona, 2003, 233 páginas
Sábado 25 de octubre de 2003





3

"Fui a París a mediados de los años setenta y fui allí muy pobre y muy infeliz. Me gustaría poder decir que fui feliz como Hemingway, pero entonces volvería simplemente a ser el pobre joven, guapo e idiota, que se engañaba todos los días a sí mismo y creía que había tenido bastante suerte de poder vivir en aquella cochambrosa buhardilla que le había alquilado Marguerite Duras al precio simbólico de cien francos al mes, y digo simbólico porque así lo entendí o quise entenderlo yo, que no pagaba nunca el alquiler ante las lógicas, aunque por suerte sólo esporádicas, protestas de mi extraña casera, y digo extraña porque presumía yo de entender todo cuanto me decían en francés, salvo cuando estaba con ella. No siempre, pero muchas veces, cuando Marguerite me hablaba -recuerdo habérselo comentado muy preocupado a Raúl Escari, que iba a ser mi mejor amigo en París-, yo no entendía nada, pero es que absolutamente nada de lo que me decía, ni siquiera las reclamaciones del alquiler. "Es que ella, como la gran escritora que es, habla en un francés superior", me dijo Raúl, sin que su explicación me pareciera en aquel momento demasiado convincente

¿Y qué hacía yo en la buhardilla de Duras? Pues básicamente tratar de llevar una vida de escritor como la que Hemingway relata en París era una fiesta. ¿Y de dónde había salido esa idea de tener a Hemingway como referencia casi suprema? Pues de cuando tenía quince años y leí de un tirón su libro de recuerdos de París y decidí que sería cazador, pescador, reportero de guerra, bebedor, gran amante y boxeador, es decir, que sería como Hemingway.

Unos meses después, al tener que decidir qué carrera universitaria iba a estudiar, le dije a mi padre que yo quería "estudiar para Hemingway" y aún recuerdo su mueca de gran sorpresa e incredulidad. "Eso no se estudia en ninguna parte, no es ninguna carrera universitaria", me dijo, y días después él me matriculaba en Derecho. Estuve tres años estudiando para ser abogado. Un día, con dinero que él me había dado para pasar las vacaciones de Semana Santa, decidí viajar por primera vez en mi vida al extranjero, me fui directo a París. Fui sin la compañía de nadie y nunca olvidaré la primera de las cinco mañanas que pasé en París, en ese primer viaje a la ciudad en la que unos años después -aquella mañana no podía yo saberlo- acabaría viviendo.

Hacía frío y llovía esa mañana y, al tener que refugiarme en un bar del boulevard Saint-Michel, no tardé en darme cuenta de que por un curioso azar iba yo a repetir, a protagonizar la situación del comienzo del primer capítulo de París era una fiesta, cuando el narrador, en un día de lluvia y frío, entraba en "un café simpático, caliente, limpio y amable" del boulevard Saint-Michel y colgaba su vieja gabardina a secar en el perchero y el sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedía un café con leche y comenzaba a escribir un cuento y se ponía caliente con una joven que se sentaba sola a una mesa del café, junto a una ventana.

Aunque entré sin gabardina y sin sombrero, pedí un café con leche, un pequeño guiño a mi idolatrado Hemingway. Después saqué del bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir una historia que pasaba en Badalona. Y como el día en París era lluvioso y de mucho viento, comenzó a hacer un día así en mi cuento. De pronto, en una nueva y fantástica coincidencia, entró una chica en el café y se sentó sola a una mesa junto a una ventana cercana a la mía y se puso a leer un libro.

La muchacha era guapa, "de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia". La miré con ojos asombrados. En la Barcelona mojigata y franquista de la que yo venía era impensable ver a una mujer sola en un bar, y ya no digamos leyendo un libro. Volví a mirarla y esta vez me turbó y me puso caliente. Y me dije que a ella también, al igual que había hecho con el día crudo, la metería en mi cuento, la haría pasearse por Badalona. Salí de aquel café convertido en un nuevo Hemingway.

Pero cuando unos años después, exactamente en febrero de 1974, volví a París -esa vez, aunque no lo sabía, no para quedarme cinco días, sino dos años-, yo no era ya el mismo joven vanidoso de aquella mañana de lluvia y frío. Seguía siendo bastante idiota, pero quizás no tan vanidoso y, por otra parte, había aprendido a ser ya algo astuto y prudente. Lo fui cuando una tarde, en la rue Saint-Benoit, mi amigo Javier Grandes, al que había ido yo a visitar -mejor será decir a espiar- a París, me presentó en plena calle a Marguerite Duras y ésta, sorprendentemente, a los pocos minutos -guiándose tal vez por la confianza que le inspiraba Javier- ya me había ofrecido esa buhardilla por la que antes de mí habían desfilado inquilinos más o menos ilustres de la bohemia y hasta incluso algún político, también ilustre. Porque en aquella buhardilla habían vivido antes, entre otros amigos de Duras, el mismo Javier Grandes, el escritor y dibujante Copi, la delirante travesti Amapola, un amigo del mago Jodorowsky, una actriz de teatro búlgara, el cineasta underground yugoslavo Milosevic, e incluso el futuro Presidente Mitterrand, que en el 43, en plena Resistencia, se había ocultado allí dos días.

Fui, en efecto, astuto y prudente cuando Duras, en la última pregunta del coqueto interrogatorio intelectual al que me sometió, simulando que deseaba averiguar si merecía ser el nuevo inquilino de su buhardilla, me preguntó quiénes eran mis escritores favoritos y la cité a ella entre García Lorca y Luis Cernuda. Y aunque tenía ya en la punta de la lengua a Hemingway, me guardé mucho, muchísimo, de nombrarlo. Y creo que hice muy bien, porque ella sólo coqueteaba y jugaba con sus preguntas, pero seguramente un autor no muy de su gusto -y parecía difícil que Hemingway lo fuera- podría haber arruinado aquel juego. Y no quiero ni pensar qué habría sido de mi brillante biografía sin aquella buhardilla.


4

Fui a París este agosto y, al pasar con mi mujer por la esquina de la rue Jacob con Saints-Peres, vino a mi memoria el célebre episodio en el que Hemingway, en los lavabos del restaurante Michaud, aprueba el tamaño de la polla de Scott Fitzgerald. Me acordaba con tanta precisión de esa escena de París era una fiesta
que la repasé mentalmente a una gran velocidad y hasta sentí la tentación de mirarme la polla y, en fin, la repasé de forma tan veloz que en pocos segundos me quedé sin ella, sin la escena, la polla continuó en su sitio. Luego anduve unos segundos errante, sin tener nada en qué pensar hasta que compré Le Monde, tomé un taxi y me fui con mi mujer a la terraza del Select, en el boulevard Montparnasse, y allí, mientras ella iba al lavabo, desplegué el periódico y entré de lleno en las primeras frases de un artículo de Claudio Magris en el que hablaba de una gran conjura para asesinar al verano: "Verano mío, no declines, cantaba Gabriele D’Annunzio, que lo amaba por ser la estación de la plenitud y el abandono a la vida y había querido que no acabara nunca..."

Todo se acaba, pensé.

Todo menos París, me digo ahora. Todo se acaba menos París, que no se acaba nunca, me acompaña siempre, me persigue, significa mi juventud. Vaya a donde vaya, viaja conmigo, es una fiesta que me sigue. Ya puede acabarse este verano, que se acabará. Ya puede hundirse el mundo, que se hundirá. Pero mi juventud, pero París no ha de acabarse nunca. Qué horror.


5

Hay en la novela Viajes con mi tía de Graham Greene un breve diálogo que iba de epígrafe general de esta conferencia de tres días, pero que no he leído al principio de todo, es decir, cuando tenía que leerlo y que en todo caso leeré ahora. Se trata, señoras y señores, de un epígrafe poco ortodoxo, pues no ilumina el texto que le sigue, en este caso mi conferencia. Generalmente los epígrafes son como un resumen de lo que nos espera, sirven para que entendamos mejor de qué nos habla lo que va a continuación. Mi epígrafe, en cambio, no ilumina en absoluto el texto que le sigue. O mejor dicho, sí lo ilumina, pero lo hace mediante el absurdo. Ilumina mi conferencia, porque dudo que llegue a saberse nunca qué he pretendido exactamente decir en ella sobre la ironía, del mismo modo que no se sabe qué buscó decir Graham Greene con su diálogo, seguramente no quiso decir nada. ¿Me entenderán ustedes si les digo que cuando más se dice es no diciendo nada? Ahí va el diálogo, mi epígrafe para esta conferencia:

"-Si sigue en plan irónico, no pienso contarle mis problemas.

-Pero hace poco ha dicho que la ironía es un rasgo literario...
-Sí, pero usted no es una novela -dijo Tooley".

6

¿Soy conferencia o novela? Dios, qué pregunta. Disculpen ustedes. Parece que regresé a los días en que era joven, vivía en París y estaba desesperado y no paraba de hacerme preguntas. Normalmente se abren siempre ante los jóvenes horizontes de esperanza, pero los hay que eligen la desesperación, y yo era uno de ésos, pues no sabía muy bien por dónde ir por la vida y, además, tenía la impresión de que estar desesperado era más elegante, vestía mucho más que ser un pobre joven instalado en la esperanza. El hecho es que hoy tengo la impresión de estar volviendo a ser aquel joven que tantas preguntas se hacía. ¿Soy conferencia o novela? ¿Soy? De repente, todo son preguntas. ¿Soy alguien? ¿Soy qué? ¿Me parezco físicamente a Hemingway o no tengo nada que ver con él? Por sus miradas, respetable público, me parece que ustedes opinan como mi mujer y amigos. Ustedes tienen el mismo talante que ellos y que los organizadores de Key West. No sé por qué, me parece que me están descalificando. Sin duda lo hacen guiados por su sensatez. Sin embargo yo necesito creer que cada día me voy pareciendo más físicamente al ídolo de mis años parisinos, pues ya sólo esto me une sentimentalmente a mis días de juventud. Por otra parte, creo que tengo derecho a poder verme de forma diferente de como me ven los demás, verme como me da la gana verme y no que me obliguen a ser esa persona que los otros han decidido que soy. Somos como los demás nos ven, de acuerdo. Pero yo me resisto a aceptar tamaña injusticia. Llevo años intentando ser lo más misterioso, impredecible y reservado posible. Llevo años intentando ser un enigma para todos. Para ello, con cada persona adopto una actitud diferente, busco que no haya dos personas que me vean de igual forma. Sin embargo, esta esforzada tarea se me está revelando inútil. Sigo siendo como los demás quieren verme. Y por lo visto todos me ven igual, como a ellos les da la gana. Si al menos alguien, ya no digo mucha gente sino alguien, supiera verme idéntico físicamente a Hemingway...

7

Jeanne Hébuterne se mató.

En esta última visita a París he andado persiguiendo su sombra, leyendo las ideas de los demás sobre ella, interesado en la juventud de esta infeliz artista, amante de Modigliani, del que había tenido un hijo -una niña- y estaba esperando otro cuando el pintor -alcohol y enfermedades varias- murió.

Jeanne tenía muchos problemas con la burguesía, con su familia. Al día siguiente de la muerte de Modigliani, embarazada de nueve meses, abrió la ventana de la quinta planta de la casa de sus padres, en el número 8 de la rue Amyot de París, y se dejó caer de espaldas. Leí la historia de su suicidio hace treinta años, cuando era joven y vivía en París, la leí y recuerdo que imaginé la calle y la caída, imaginé la escena completa, y luego la olvidé. Pero Jeanne ha vuelto a mí este agosto en París, al leer yo casualmente un artículo sobre sus amores con Modigliani y su muerte desesperada. Y ese suicidio a los diecinueve años ha vuelto a impresionarme, sólo que ahora no pienso olvidarlo. Volví a leer su historia encontrándome en París y me di cuenta de que podía buscar el número 8 de la rue Amyot y, si ese inmueble y esa calle todavía existían, examinar el lugar donde Jeanne se despidió de la vida.

No sólo existían la calle y la casa sino que estaban cerca de mi hotel. Por callejuelas estrechas, ayudado por un mapa de la ciudad, acabé plantándome en esa calle muy breve con sólidos edificios antiguos y que no debe de haber cambiado mucho en los últimos ochenta y dos años. Miré desde la calle hacia la ventana de Jeanne en la quinta planta, la miré desde el lugar, posiblemente exacto, donde cayera su cuerpo suicida, y me pareció que toda mi juventud y todo mi verano cabían en ese momento de vida y muerte, cabían en esa rue Amyot de París, ciudad cargada de placas recordatorias, pero que no ha colocado placa alguna en el sitio donde se quitó la vida Jeanne. Nada en la rue Amyot recuerda hoy la tragedia que hace ochenta y dos años tuvo lugar allí. Ni siquiera ramos de flores de algún cultivador secreto de la leyenda de ella, ni un triste graffiti en la pared. Nada. Y es que parece obvio que no se la considera una artista demasiado importante, aun cuando su muerte fue posiblemente más artística que la obra entera de Modigliani. Y, además, se suicidó y los suicidas, ya se sabe, no tienen placas, no se celebran ni conmemoran.

Justo enfrente del inmueble del número 8 de la rue Amyot donde ella, en trágico y gimnástico dibujo en el aire, se lanzó al vacío, han instalado un limpio y alegre gimnasio para la burguesía del barrio, seguramente partidaria del deporte y la familia y no muy aficionada al arte, la bohemia o la muerte por pirueta propia. Tal vez los gimnastas se han instalado ahí a propósito. Como esos enemigos del tabaco que se plantan con mirada de reprobación moral frente al primer pobre suicida que ven fumando.

8

El pasado, decía Proust, no sólo no es fugaz, es que no se mueve de sitio. Con París pasa lo mismo, jamás ha salido de viaje. Y encima es interminable, no se acaba nunca".

Una vez escrito este fragmento para la conferencia, me enteré casualmente -con gran sorpresa- de que La cena, un maravilloso cuento de Augusto Monterroso que yo habla leído muchas veces, transcurre en el 8 bis de la rue Amyot de París: una dirección en la que, a pesar de haber leído muchas veces el cuento, no había yo reparado demasiado, más atento probablemente a lo que el relato contaba. Allí, por lo visto, en el segundo piso izquierda, tuvo durante un tiempo un apartamento el escritor Alfredo Bryce Echenique, que un día dio una cena -la que da título al cuento- a la que invitó a Monterroso, pero también a Kafka, al que esperaron en la rue Amyot sin éxito.

Aunque yo, muchos años después, encontré esa calle con cierta dificultad "por callejuelas estrechas, ayudado por un mapa de la ciudad", a Monterroso en cambio le resultó más bien sencillo: "Como en cualquier gran ciudad, en París hay calles difíciles de encontrar; pero la rue Amyot es fácil si uno baja en la estación Monge del Metro y después, como puede, pregunta por la rue Amyot".

   
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