Siete mares, trece ríos

NOVELA
"Una cena con el doctor Azad"
Texto : Mónica Ali
Capítulo de la novela Siete mares, trece ríos, de Monica Ali (Emecé, Barcelona, 2003), reproducido en la antología Granta en español. Los mejores novelistas jóvenes británicos 2003 (Emecé, Buenos Aires, 2003).



Nazneen saludó con la mano a la mujer de los tatuajes. Siempre estaba allí cuando miraba al edificio de enfrente, por encima de la hierba marchita y las baldosas rotas. La mayoría de los pisos que bordeaban tres lados de un cuadrado tenían cortinas de tul, y la vida tras ellas era toda formas y sombras. Pero la mujer de los tatuajes no tenía cortinas. Estaba allí sentada de la mañana a la noche, con sus grandes muslos desbordando los lados de la silla, inclinada hacia delante para tirar la ceniza en un plato, o inclinada hacia atrás para beber de una lata. Ahora echó un trago y arrojó la lata por la ventana.

Era mediodía. Nazneen había terminado las tareas de la casa. Pronto comenzaría a preparar la cena, pero primero dejaría pasar un rato. Hacía calor, el sol caía implacable sobre el marco metálico de las ventanas y destellaba en el cristal. Un sari rojo y dorado colgaba de un piso de la última planta del edificio Rosemead. Más abajo había un babero y un minúsculo pantalón con pechera. El letrero atornillado a los ladrillos estaba en angulosas mayúsculas inglesas arriba y en florituras bengalíes abajo. Prohibido arrojar basura. Prohibido aparcar. Prohibido jugar a la pelota. Dos viejos con pijamas panjabi y solideo avanzaban muy despacio por el sendero, como si no quisieran ir a donde iban. En el centro del jardín, un esmirriado perro marrón olfateó el césped y defecó. La brisa que soplaba en la cara de Nazneen estaba impregnada del hedor de los desbordantes cubos de basura comunitarios.

Hacía seis meses que la habían enviado a Londres. Si yo fuera de las que desean, pensaba todas las mañanas antes de abrir los ojos, ya sé qué desearía. Luego abría los ojos y veía la cara abotargada de Chanu sobre la almohada, junto a ella, los labios entornados con indignación incluso mientras dormía. Veía la cómoda rosada, el espejo con volutas en los bordes y el monstruoso armario negro que ocupaba la mayor parte de la habitación. ¿Era hacer trampa pensar sé lo que desearía? ¿No era lo mismo que pedir un deseo? Si sabía cuál sería el deseo, en algún lugar de su corazón lo había pedido ya.

La mujer de los tatuajes le devolvió el saludo. Se rascó los brazos, los hombros, las partes accesibles de los muslos. Bostezó y encendió un cigarrillo. Al menos las dos terceras partes de la piel visible estaban cubiertas de tinta. Nazneen nunca había estado lo bastante cerca (nunca más cerca ni más lejos que ahora) para descifrar los dibujos. Chanu le había dicho que la mujer de los tatuajes era un Ángel del Infierno, y Nazneen se había asustado. Había supuesto que los tatuajes serían flores, o pájaros. Eran feos y afeaban más de lo necesario a la mujer, pero estaba claro que a ella no le importaba. Cada vez que la veía tenía la misma expresión de aburrimiento e indiferencia. El mismo estado que buscaban los sadhus que recorrían las aldeas musulmanas envueltos en harapos, indiferentes a la amabilidad de los extraños y la crueldad del sol.

A veces Nazneen pensaba en bajar, cruzar el jardín y subir al cuarto piso del Rosemead. Probablemente tendría que llamar a varias puertas antes de que saliera la mujer de los tatuajes. Le llevaría algo, una ofrenda de samosas o bhajis, y la mujer sonreiría, Nazneen sonreiría, y a lo mejor se sentaban juntas frente a la ventana, dejando pasar el tiempo más plácidamente. Lo pensaba pero no iría. Si llamaba a la puerta equivocada, le atenderían extraños. La mujer de los tatuajes podía enfadarse por la intromisión. Era obvio que no le gustaba levantarse de la silla. Pero incluso si no se enfadaba, ¿de qué serviría? Nazneen sabía decir dos cosas en inglés: lo siento y gracias. Podía pasar otro día sola. Era sólo un día más.

Debería empezar a preparar la cena. El cordero al curry estaba listo. Lo había hecho la noche anterior, con tomates y patatas nuevas. En el congelador quedaba pollo de la vez que habían invitado al doctor Azad y él había cancelado la cita a último momento. Tenía que preparar el dhal y las verduras, moler las especias, lavar el arroz y hacer la salsa para el pescado que traería Chanu esa noche. Enjuagaría los vasos y los frotaría con papel de periódico para que brillasen. Debía quitar algunas manchas del mantel. ¿Y si algo salía mal? Podía pegársele el arroz. Podía salar demasiado el dhal Chanu podía olvidar el pescado.

Sólo era una cena. Una cena. Un invitado.

Dejó la ventana abierta. Se subió al sofá para alcanzar el sagrado Corán del alto estante que Chanu, bajo coacción, había construido especialmente para él. Fijó su intención con todo el fervor posible, apretando los puños y hundiendo las uñas en las palmas para protegerse del demonio. Luego abrió el libro en una página al azar y empezó a leer.

Dios pertenece todo lo que hay en los cielos y la tierra. Os exhortamos, como exhortamos a aquellos que recibieron el Libro antes que vosotros, a que temáis a Dios. Si lo rechazáis, sabed que a Dios pertenece todo lo que hay en los cielos y la tierra. Dios se basta a sí mismo y es digno de alabanza.

Esas palabras le asentaron el estómago y se sintió mejor. Hasta el doctor Azad era insignificante ante Dios. A Dios pertenece todo lo que hay en los cielos y la tierra. Lo repitió varias veces en voz alta. Estaba en paz. Nada podía turbarla. Sólo Dios, si quería. Tal vez Chanu gruñera y renegase porque el doctor Azad iba a cenar con ellos. Que renegase. A Dios pertenece todo lo que hay en los cielos y la tierra. ¿Cómo sonaría en árabe? Más hermoso aún que en bengalí, supuso, porque aquéllas eran las auténticas palabras de Dios.

Cerró el libro y miró alrededor, para comprobar que la habitación estaba ordenada. Los libros y los papeles de Chanu estaban apilados debajo de la mesa. Debía quitarlos de ahí, o el doctor Azad no tendría sitio para los pies. Tenía que poner en su sitio las alfombras que había colgado en la ventana y sacudido con una cuchara de madera. Eran tres: roja y naranja, verde y violeta, marrón y azul. La moqueta era amarilla con hojas verdes. Cien por ciento nylon y, según Chanu, muy resistente. El sofá y las sillas eran del mismo color que las boñigas de vaca seca, un color práctico. Las pequeñas fundas de plástico del respaldo las protegían del aceite que usaba Chanu en el pelo. Había muchos muebles, más de los que Nazneen había visto nunca en una sola habitación. Incluso si contaba todos los muebles del barrio donde había vivido en su país, los de las <ic>ghar<nm> de todos los tíos y las tías, no serían tantos como los que había en aquella sola habitación. Había una mesa de centro con tablero de cristal y patas de plástico anaranjado, tres mesitas apilables de madera, la mesa grande que usaban para cenar, una estantería, un armario esquinero, un revistero, un carrito lleno de carpetas y archivadores, el sofá y los sillones, dos escabeles, seis sillas de comedor y una vitrina. El papel de las paredes era amarillo, con cuadrados y círculos marrones perfectamente alineados hacia arriba y hacia abajo. Nadie tenía nada parecido en Gouripur. Eso la hacía sentirse orgullosa. Su padre era el segundo hombre más rico del pueblo y nunca había poseído nada semejante. La había casado bien. De las paredes colgaban platos sujetos con ganchos y alambres, platos que eran sólo de adorno, no para comer. Algunos tenían los bordes dorados. Chanu lo llamaba "pan de oro". Sus diplomas estaban enmarcados y mezclados con los platos. Aquí lo tenía todo. Todas esas cosas preciosas.

Dejó el Corán en su sitio. A su lado, en una funda de tela, estaba el libro más sagrado de todos: el Corán en árabe. Acarició la tela.

Nazneen miró la vitrina de cristal, llena de animales de cerámica, figuras de porcelana y frutas de plástico. Tenía que quitarle el polvo a cada objeto. Se preguntó cómo entraba el polvo y de dónde venía. Todo pertenecía a Dios. ¿Para qué querría Él los tigres de arcilla, las baratijas y el polvo?

Entonces, porque había dejado que su mente vagase y perdiera la concentración otra vez, comenzó a recitar mentalmente uno de los suras del sagrado Corán que había aprendido en la escuela. No sabía qué significaban las palabras, pero el ritmo la tranquilizaba.

 

Es una chica inocente. Del pueblo.

Una noche se había levantado a buscar un vaso de agua. Hacía una semana que se habían casado. Ella se había ido a la cama, pero Chanu se había quedado levantado y estaba hablando por teléfono cuando Nazneen se acercó a la puerta.

- No - dijo Chanu -. Yo no diría eso. No es hermosa, pero tampoco demasiado fea. Cara ancha, frente grande. Los ojos demasiado juntos.

Nazneen se llevó la mano a la cabeza. Era verdad. Tenía la frente grande. Pero nunca había pensado que sus ojos estuvieran demasiado juntos.

- Ni alta ni baja. Aproximadamente un metro con sesenta. Las caderas un poco estrechas, pero creo que lo bastante anchas para parir. Dadas las circunstancias, estoy satisfecho. Puede que cuando envejezca le crezca barba, pero ahora tiene sólo dieciocho años. Y un tío ciego es mejor que ningún tío. He esperado demasiado para buscar esposa.

¡Caderas estrechas! Ya te gustaría a ti tener ese defecto, se dijo Nazneen pensando en los rollos de grasa que colgaban de la barriga de Chanu. Podrías meter tus cien lápices y bolígrafos entre esos rollos y mantenerlos firmes y a buen recaudo. También cabrían un par de libros. Siempre que los palillos que tienes por piernas soportasen el peso.

-Además es trabajadora. Limpia, cocina y todo lo demás. La única pega es que no puede ordenar mis archivos, porque no sabe inglés. Pero no me quejo. Como he dicho, es una chica del pueblo: totalmente inocente.

Chanu continuó hablando, pero Nazneen regresó sigilosamente a la cama. Un tío ciego es mejor que ningún tío. Su marido tenía un dicho para todo. Cualquier esposa es mejor que ninguna esposa. Algo es mejor que nada. ¿Qué había imaginado? ¿Que estaba enamorado de ella? ¿Que estaba agradecido porque ella, que era joven y elegante, lo había aceptado? ¿Qué le debían algo por haberse sacrificado casándose con él? Sí. Sí. Comprendió amargamente que había imaginado todas esas cosas. Qué tonta. Qué ideas solemnes. Cuánta presunción.

Lo que más echaba de menos era la gente. Nadie en particular, sólo la gente. Si pegaba la oreja a la pared, podía oír sonidos. La televisión. Toses. A veces la cadena del lavabo. Alguien que corría una silla en el piso de arriba. El griterío procedente del jardín. Cada persona encerrada en su caja, contando sus posesiones. Le costaba recordar un momento de sus dieciocho años de vida que hubiera pasado sola. Hasta que se había casado. Hasta que había llegado a Londres para sentarse un día tras otro en esa caja grande llena de muebles que limpiar. Y el sonido amortiguado de vidas privadas, aisladas herméticamente arriba, abajo y alrededor.

El doctor Azad era un hombre pequeño y meticuloso que, contrariamente a la costumbre bengalí, hablaba con un tono de voz apenas un cuarto de decibel más alto que un murmullo. Si uno quería oír lo que decía, tenía que inclinarse hacia él, así que durante toda la velada Chanu pareció pendiente de cada palabra suya.

-Venga-dijo el señor Azad cuando Nazneen se acercó a la mesa para servir la comida-. Venga y siéntese.
-Mi mujer es muy tímida. -Chanu sonrió y le hizo una seña con la cabeza para que se sentara.
-Esta semana vi a dos jóvenes de los nuestros en un estado lamentable -contó el médico-. Les dije sin rodeos: "Todo depende de ustedes. Pueden dejar de beber de inmediato, o por Eid que se quedarán sin hígado". Hace diez años esto habría sido inconcebible. ¡Dos en una semana! Pero ahora nuestros hijos imitan lo que ven aquí; van al pub o a clubes nocturnos. O beben en su cuarto, donde sus padres piensan que están completamente seguros. El problema es que nuestra comunidad no recibe una educación adecuada sobre estas cosas. -El doctor Azad apuró de un trago el agua de su vaso y se sirvió otro.- Siempre tomo dos vasos de agua antes de comer. -Bebió el segundo.- Bien. Ahora no comeré de más.

-Coma, coma -dijo Chanu-. El agua es buena para purificar el organismo, pero la comida también es esencial. -Tomó un puñado de cordero y arroz con los dedos y masticó. Se llenó demasiado la boca e hizo ruidos desagradables al comer. Cuando pudo hablar otra vez, añadió: -Estoy de acuerdo con usted. Nuestra comunidad no está educada en este aspecto, ni en muchos otros. Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a correr el riesgo de a que a mis hijos les pasen estas cosas. Volveremos antes de que se echen a perder.

-Ésa es otra enfermedad que nos aqueja -dijo el doctor-. Yo lo llamo "el síndrome del retorno". ¿Sabe lo que significa? -Se dirigió a Nazneen.

Ella sintió un súbito calor en la nuca y formó palabras que no salieron de su boca.

- Es natural -dijo Chanu-. Casi todas esas personas son campesinos y echan de menos la tierra. La tierra tira incluso más que la sangre.

-Y cuando hayan ahorrado suficiente dinero, ¿subirán a un avión y se marcharán?

-En realidad no se han ido nunca de su país. Físicamente están aquí, pero su corazón sigue allí. Además, mire cómo viven: recrean sus aldeas aquí.

-Pero nunca ahorrarán lo suficiente para volver. -El doctor Azad se sirvió verdura. Llevaba una inmaculada camisa blanca, con el primer botón y la corbata tan cerca de la barbilla que daba la impresión de que no tenía cuello. Nazneen vio una aceitosa mancha amarilla en la de su marido, donde se había salpicado con la comida. -Sólo un año más, piensan todos los años -prosiguió-. Pero ahorren lo que ahorren, nunca es suficiente.

-Nosotros no necesitaríamos mucho -dijo Nazneen. Los dos hombres la miraron. Le hablaba al plato-. Quiero decir que podemos vivir con poco dinero. -La nuca le ardía.

Chanu llenó el silencio con su risa.

-Mi esposa aún no se ha adaptado del todo a este país. -Tosió y se removió en la silla. -Lo cierto es que con la perspectiva del ascenso las cosas empiezan a irme bien. Si me lo confirman, tendré muchas posibilidades.

-Yo antes pensaba constantemente en volver -dijo el doctor Azad. Hablaba en voz tan baja que Nazneen se veía obligada a mirarlo, porque para entender todas las palabras necesitaba leerle los labios-. Todos los años pensaba: "Tal vez este año". Iba de visita, compraba más tierra, veía a parientes y amigos y tomaba la decisión de regresar definitivamente. Pero siempre pasaba algo. Una inundación, un tornado del que el edificio se salvaba por un pelo, un apagón, un molesto incidente burocrático, sobornos que pagar para resolver cualquier cosa. Entonces pensaba: "Bueno, puede que no sea este año". Y ahora no lo sé. Simplemente no lo sé.

Chanu carraspeó.

-Naturalmente, todavía no lo han anunciado. Lo han solicitado otras personas. Pero después de tantos años de servicio... ¿Sabe una cosa? ¡No he llegado tarde ni un solo día en seis años! Y sólo falté tres por enfermedad, a pesar de mi úlcera. Algunos colegas míos están muy mal de salud, siempre pidiendo la baja por una cosa u otra. No es un asunto que pueda plantearle directamente al señor Dalloway. Sin embargo, creo que debería tenerlo presente.

- Le deseo suerte -dijo el doctor Azad.
- Por otro lado está el aspecto académico. Dentro de unos meses seré un auténtico erudito, con dos títulos. Uno de una universidad británica. Una licenciatura en filosofía y letras. Con matrícula de honor.
-Estoy seguro de que tiene muchas posibilidades.
- ¿Se lo ha dicho el señor Dalloway?
-¿Quién? —
- El señor Dalloway. -El doctor encogió sus esbeltos hombros. -Mi jefe. ¿Le dijo que tengo posibilidades?
-No.
- ¿Dijo que no tengo posibilidades?
- No me dijo nada en absoluto. No conozco a ese hombre.
- Es paciente suyo. Su secretaria le concertó una cita con usted por un esguince de hombro. Juega al squash. Es un hombre muy activo. De constitución media, diría yo. Pelirrojo. Lleva lentes de contacto; a lo mejor usted también le revisa la vista.
- Es probable que sea paciente mío. Atiendo a miles en mi consulta.
- Debería haber empezado por decirle que tiene labio leporino. Bueno, se lo han arreglado con cirugía reparadora, pero siempre se nota. Seguro que ahora sabe quién es.

El invitado guardó silencio. Nazneen oyó que Chanu contenía un eructo. Habría querido acercarse y acariciarle la frente. Habría querido levantarse de la mesa, salir por la puerta y no volver a verlo nunca.

-Puede que sea paciente mío. No lo conozco. -Fue casi un murmullo.
- No -dijo Chanu-. Ya veo.
- Pero le deseo suerte.
- Tengo cuarenta años -dijo Chanu. Hablaba en voz baja, igual que el doctor, pero sin su aplomo-. Llevo dieciséis años en este país. Casi la mitad de mi vida. -Emitió un sonido ronco. -Cuando llegué era joven. Tenía aspiraciones. Grandes sueños. Bajé del avión con mi título en la maleta y unas cuantas libras en el bolsillo. Pensé que me tenderían una alfombra roja. Ingresaría en la administración y me convertiría en secretario personal del primer ministro. -Su voz fue subiendo de volumen mientras contaba su historia, hasta que llenó la habitación. -Ése era el plan original. Luego descubrí que las cosas eran diferentes. Que la gente de aquí era incapaz de distinguir la diferencia entre alguien como yo, que bajó del avión con un título, y los campesinos que saltaban de un barco con la única posesión de los piojos que traían en la cabeza. Qué se va a hacer. -Amasó una bola de arroz y carne con los dedos y la paseó por el plato.

"Hice de todo un poco. Lo que podía. Demasiado trabajo, muy poca recompensa. Podría decirse que he estado persiguiendo búfalos salvajes y comiéndome mi propio arroz. ¿Conoce el dicho? Quemaba todas las cartas que me escribían pidiendo dinero. Y me hice dos promesas. Pasara lo que pasase, tendría éxito. Ésa es la primera. La segunda es que volvería a casa. Cuando tuviera éxito. Y las cumpliré. -Chanu, que había ido irguiéndose gradualmente en la silla, volvió a encorvarse.

-Muy bien, muy bien -dijo el doctor Azad. Consultó su reloj de pulsera.
- Todavía recibo cartas pidiendo dinero -prosiguió Chanu-. De antiguos criados, de los hijos de los criados. Incluso de mi familia, aunque no todos pasan necesidades. Sólo piensan en el dinero. Creen que aquí hay oro en las calles y que yo me limito a recogerlo y acumularlo en mi palacio. Pero yo no vine aquí para hacer fortuna. ¿Acaso pasaba hambre en Dhaka? No. ¿Me preguntan por mis diplomas? -Señaló la pared donde exhibía sus diplomas enmarcados. -No. Es más... -Se aclaró la garganta, aunque no había nada que aclarar. El doctor Azad miró a Nazneen y ella, involuntariamente, le devolvió la mirada, de manera que se vio envuelta en un intercambio de miradas cómplices que decían algo sobre su marido que ella no debía decir.

Chanu continuó hablando. El doctor Azad terminó la comida que tenía en el plato mientras la de Chanu se enfriaba. Nazneen levantó la fuente de coliflor al curry. El médico sacudió la cabeza, negándose a tomar una segunda ración o algo de postre. Permaneció sentado con las manos enlazadas sobre la mesa mientras Chanu, que había terminado su discurso, comía ruidosamente y con rapidez. Miró el reloj dos veces más.

A las nueve y media dijo:
- Bueno, Chanu. Les doy las gracias a usted y a su esposa por la agradable velada y la deliciosa cena.

Chanu protestó, diciendo que aún era temprano. El doctor se mantuvo firme.
- Siempre me duermo a las diez y media, y antes leo en la cama durante media hora.
- Los intelectuales tenemos que permanecer unidos -dijo Chanu mientras acompañaba al invitado a la puerta.
- Si quiere mi consejo, de un intelectual a otro, coma más despacio, mastique mejor y limítese a tomar pequeñas porciones de carne. De lo contrario volveré a verlo en la clínica con otra úlcera.
- Piénselo -dijo Chanu-, sino hubiera tenido la primera úlcera, no nos habríamos conocido y no habríamos cenado juntos esta noche.
- Piénselo -repuso el médico. Saludó fríamente con la mano y desapareció detrás de la puerta.

E1 televisor estaba encendido. A Chanu le gustaba verlo brillar por la noche, como un fuego en un rincón de la habitación. A veces se acercaba y toqueteaba los botones para que la luz parpadeara y cambiara de color. La mayor parte del tiempo no le hacía caso. Nazneen se dirigía a la cocina con los últimos platos sucios, pero la pantalla acaparó su atención. Un hombre de traje ceñido (tan ceñido que se le notaban las partes pudendas) y una mujer con una falda que ni siquiera le cubría el trasero se abrazaban mientras una fuerza invisible los hacía volar por una pista ovalada. El público batió palmas y luego paró. Todos se detuvieron en el mismo instante, como por arte de magia. La pareja se separó. Huyeron uno del otro, y no habían acabado de alejarse cuando volvieron a buscarse. Cada movimiento que hacían era apremiante, intenso, una declaración. La mujer levantó una pierna y apoyó la bota (Nazneen vio la fina cuchilla por primera vez) en el muslo, formando un banderín con las piernas, y luego dio tantas vueltas que pareció que iba a caerse, pero no se cayó. No disminuyó el ritmo gradualmente, sino que se detuvo en seco y levantó las manos por encima de la cabeza con una expresión tan triunfal que era evidente que lo había conquistado todo: su cuerpo, las leyes de la naturaleza y el corazón del hombre del traje ceñido, que se deslizaba sobre las rodillas, jurando dar su vida por ella.

-¿Cómo se llama esto? -preguntó.
Chanu miró a la pantalla.
- Patinaje sobre hielo -respondió en inglés.
-Batinaje sobre hielo -dijo Nazneen.
- Patinaje sobre hielo -repitió Chanu.
- Batinaje sobre hielo.
- No, no. Con pe. Patinaje sobre hielo. Prueba otra vez. ¡Vamos!
Nazneen titubeó.
-Batinaje sobre hielo -dijo deliberadamente.
Chanu sonrió.
- No te preocupes. Es un problema habitual entre los bengalíes. Tenemos dificultades para pronunciar la pe. Yo tardé mucho tiempo en solucionarlo. Pero de todas maneras es difícil que tú necesites esas palabras.
- Me gustaría aprender inglés -dijo Nazneen.
Chanu hinchó los carrillos y sopló el aire de golpe.
- Ya aprenderás. Descuida. A1 fin y al cabo, ¿para qué lo necesitas?

Volvió a los libros y Nazneen miró la pantalla.
- Piensa que conseguirá el ascenso sólo porque va al pub con el jefe. Es tan estúpido que no sabe que hay otras formas de ascender. -En teoría, Chanu estaba estudiando. Sus libros estaban abiertos sobre la mesa. De vez en cuando le echaba una ojeada a uno o volvía una página. Pero la mayor parte del tiempo hablaba. Pub, pub, pub. Nanzeen jugó mentalmente con el vocablo. Otra gota de inglés que conocía. Chanu salpicaba sus conversaciones con otras palabras inglesas, otras cosas que ella podría decirle a la mujer de los tatuajes. En ese momento no se le ocurrió ninguna.

—Ese tal Wilkie del que te hablé ni siquiera ha terminado el bachillerato. Todos los días va a comer al pub y vuelve media hora tarde. Hoy lo vi sentado en el despacho del señor Dalloway, hablando por teléfono con los pies sobre la mesa. La nanjea aún está en el árbol pero él ya se está aceitando el bigote. No tiene ninguna posibilidad de que lo asciendan.

Nanzeen miraba fijamente la pantalla, donde había un primer plano de la mujer. Tenía puntitos brillantes alrededor de los ojos, como diminutas lentejuelas pegadas a la piel. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y recogido en la coronilla con flores de plástico. Su pecho subía y bajaba como si el corazón fuese a saltársele en cualquier momento y sonreía con una expresión de pura y luminosa dicha. Debía de estar aterrorizada, pensó Nazneen, porque esas cosas no pueden conservarse y siempre se pierden.

-No -dijo Chanu-. No debo preocuparme por Wilkie. Tengo un título en literatura inglesa de la Universidad de Dhaka. ¿Acaso Wilkie sería capaz de citar a Chaucer, a Dickens o a Hardy?

Nazneen, temiendo que su marido empezara a soltar una de sus largas citas, recogió el último plato y se fue a la cocina. A él le gustaba citar párrafos en inglés y luego traducírselos frase por frase. Y una vez que lo había hecho, ella no entendía más de lo que había entendido en inglés y no sabía qué responder, o si debía responder.

Lavó y enjuagó los platos; Chanu entró, se apoyó contra los destartalados armarios y continuó hablando:
- Verás -dijo, un preámbulo habitual, aunque ella casi nunca veía nada-, los blancos de la clase media baja, como Wilkie, son los que más miedo tienen a las personas como yo. Para él y los de su calaña somos lo único que se interpone entre ellos y el fondo del montón. Mientras estemos debajo de ellos, ellos estarán por encima de algo. Si ven que subimos, se molestan, porque hemos abandonado el sitio que nos corresponde. Ésa es la causa del fenómeno Frente Nacional. Explotan esos temores para crear tensiones raciales y consiguen que la gente se sienta superior. La clase media está más segura, y en consecuencia más tranquila. -Tamborileó sobre la formica.

Nazneen cogió un paño de cocina y secó los platos. Se preguntó si la mujer del <ic>batinaje<nm> sobre hielo fregaba y secaba platos cuando volvía a casa. Era difícil de imaginar. Pero allí no había criados. Tendría que arreglárselas sola.

-Wilkie no es precisamente un marginado -prosiguió Chanu-. Tiene un empleo, así que técnicamente no lo es, no. Pero es una forma de pensar. Eso es lo que estoy estudiando en la subsección de Raza, Origen Étnico e Identidad. Forma parte del módulo de sociología. Naturalmente, cuando consiga mi título en la universidad a distancia, nadie podrá cuestionar mi formación; aunque la Universidad de Dhaka es una de las mejores del mundo, mientras que aquí casi todos son unos ignorantes y no saben nada de las Brontë ni de Thackeray.

Nazneen empezó a guardar las cosas. Necesitaba abrir el armario que Chanu bloqueaba con su cuerpo. No se movió, a pesar de que ella esperó delante de él. Al final dejó las ollas encima de la cocina para guardarlas por la mañana.

Tras un par de minutos en la oscuridad, cuando sus ojos se adaptaron y comenzaron los ronquidos, Nazneen se giró de lado y miró a su marido. Le escrutó la cara, redonda como un balón, el pelo toscamente cortado y ralo en la coronilla y las pobladas cejas. Tenía la boca abierta, y ella empezó a imitar su respiración, inhalando al mismo tiempo que él. Cuando se equivocaba, olía el aliento de Chanu. Lo observó largo rato. No era un rostro agraciado. Durante el mes anterior a la boda había mirado esa cara en la fotografía y le había parecido fea. Ahora pensaba que no era atractiva pero sí amable. La boca, siempre de servicio, siempre moviéndose, tenía labios grandes y generosos, sin un atisbo de crueldad. Los ojos, pequeños y atribulados bajo las pobladas cejas, parecían ansiosos o extraviados, o ambas cosas a la vez. Ahora que estaban cerrados podía ver la forma en que la piel se fruncía a lo largo de los párpados y caía para unirse con las arrugas de las comisuras. Chanu se movió en sueños y se puso boca abajo, con los brazos a los lados y la cara aplastada contra la almohada.

Nazneen se levantó y cruzó el pasillo. Sujetó la cortina de cuentas que separaba la cocina del estrecho corredor, para que dejase de tintinear, y se dirigió a la heladera. Sacó las fiambreras con arroz, pescado y pollo y tomó una cuchara del cajón. Mientras comía, de pie junto al fregadero, contempló la luna que pendía sobre los oscuros pisos, cubiertos de cuadros de luz. Era grande, blanca y serena. Trató de imaginar cómo sería enamorarse. Miró el jardín. Dos adolescentes fingían pelear a puñetazos, amagando a derecha e izquierda. Sendos cigarrillos humeaban en sus bocas. Nanzeen abrió la ventana y se asomó a la brisa. Enfrente, la mujer de los tatuajes se llevó una lata a los labios.

Traducción de María Eugenia Ciocchini

   
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