 |
"El caballero
del jubón amarillo" |
NOVELA
"El caballero del jubón amarillo"
Texto : Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara, Madrid, 2004
Viernes 6 de febrero de 2004
Capítulo 1: El corral de la cruz
Diego Alatriste se lo llevaban los diablos. Había comedia
nueva en el corral de la Cruz, y él estaba en la cuesta de la Vega, batiéndose
con un fulano de quien desconocía hasta el nombre. Estrenaba Tirso, lo
que era gran suceso en la Villa y Corte. Toda la ciudad llenaba el teatro o
hacía cola en la calle, lista para acuchillarse por motivos razonables
como un asiento o un lugar de pie para asistir a la representación, y
no por un quítame allá esas pajas tras un tropiezo fortuito en
una esquina, que tal era el caso: ritual de costumbre en aquel Madrid donde
resultaba tan ordinario desenvainar como santiguarse. Pardiez que a ver si mira
vuestra merced por dónde va. Miradlo vos, si no sois ciego. Pese a Dios.
Pese a quien pese. Y aquel inoportuno voseo del otro -un caballero mozo, que
se acaloraba fácil- haciendo inevitable el lance. Vuestra merced puede
tratarme de vos e incluso tutearme muy a sus anchas, había dicho Alatriste,
pasándose dos de dos por el mostacho, en la cuesta de la Vega, que está
a cuatro pasos. Con espada y daga, si es tan hidalgo de tener un rato. Por lo
visto el otro lo tenía, y no estaba dispuesto a modificar el tratamiento.
De manera que allí estaban, en las vistillas de la cuesta sobre el Manzanares,
tras caminar uno junto al otro como dos camaradas, sin dirigirse la palabra
ni para desnudar blancas y vizcaínas, que ahora tintineaban muy a lo
vivo, cling, clang, reflejando el sol de la tarde.
Paró, con atención repentina y cierto esfuerzo, la primera estocada
seria tras el tanteo. Estaba irritado, más consigo mismo que con su adversario.
Irritado de la propia irritación. Eso era poco práctico en tales
lances. La esgrima, cuando iban al parche de la caja la vida o la salud, requería
frialdad de cabeza amén de buen pulso, porque de lo contrario uno se
arriesgaba a que la irritación o cualquier otro talante escapase del
cuerpo, junto al ánima, por algún ojal inesperado del jubón.
Pero no podía evitarlo. Ya había salido con aquella negra disposición
de ánimo de la taberna del Turco -la discusión con Caridad la
Lebrijana apenas llegada ésta de misa, la loza rota, el portazo, el retraso
con que se encaminaba al corral de comedias-, de modo que, al doblar la esquina
de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió
el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común
y verbos razonables. De cualquier modo, era tarde para volverse atrás.
El otro se lo tomaba a pecho, aplicado a lo suyo, y no era malo. Ágil
como un gamo y con mañas de soldado, creyó advertir en su manera
de esgrimir: piernas abiertas, puño rápido con vueltas y revueltas.
Acometía a herir a lo bravo, en golpes cortos, retirándose como
para tajo o revés, buscando el momento de meter el pie izquierdo y trabar
la espada enemiga por la guarnición con su daga de ganchos. El truco
era viejo, aunque eficaz si quien lo ejecutaba tenía buen ojo y mejor
mano; pero Alatriste era reñidor más viejo y acuchillado, de manera
que se movía en semicírculo hacia la zurda del contrario, estorbándole
la intención y fatigándolo. Aprovechaba para estudiarlo: en la
veintena, buena traza, con aquel punto soldadesco que un ojo avisado advertía
pese a las ropas de ciudad, botas bajas de ante, ropilla de paño fino,
una capa parda que había dejado en el suelo junto al chapeo para que
no embarazase. Buena crianza, quizás. Seguro, valiente, boca cerrada
y nada fanfarrón, ciñéndose a lo suyo. El capitán
ignoró una estocada falsa, describió otro cuarto de arco a la
derecha y le puso el sol en los ojos al contrincante. Maldita fuera su propia
estampa. A esas horas La huerta de Juan Fernández debía de estar
ya en la primera jornada.
Resolvió acabar, sin que la prisa se le volviera en contra. Y tampoco
era cosa de complicarse la vida matando a plena luz y en domingo. El adversario
acometía para formar tajo, de manera que Alatriste, después de
parar, aprovechó el movimiento para amagar de punta por arriba, metió
pies saliéndose a la derecha, bajó la espada para protegerse el
torso y le dio al otro, al pasar, una fea cuchillada con la daga en la cabeza.
Poco ortodoxo y más bien sucio, habría opinado cualquier testigo;
pero no había testigos, María de Castro estaría ya en el
tablado, y hasta el corral de la Cruz quedaba un buen trecho. Todo eso excluía
las lindezas. En cualquier caso, bastó. El contrincante se puso pálido
y cayó de rodillas mientras la sangre le chorreaba por la sien, muy roja
y viva. Había soltado la daga y se apoyaba en la espada curvada contra
el suelo, empuñándola todavía. Alatriste envainó
la suya, se acercó y acabó de desarmar al herido con un suave
puntapié. Luego lo sostuvo para que no cayera, sacó un lienzo
limpio de la manga de su jubón y le vendó lo mejor posible el
refilón de la cabeza.
-¿Podrá vuestra merced valerse solo? -preguntó.
El otro lo miraba con ojos turbios, sin responder. Alatriste resopló
con fastidio.
-Tengo cosas que hacer -dijo.
Al fin, el otro asintió débilmente. Hacía esfuerzos por
incorporarse, y Alatriste lo ayudó a ponerse en pie. Se le apoyaba en
el hombro. La sangre seguía corriendo bajo el pañizuelo, pero
era joven y fuerte. Coagularía pronto.
-Mandaré a alguien -apuntó Alatriste.
No veía el momento de irse de una maldita vez. Miró arriba, al
chapitel de la torre del Alcázar Real que se alzaba sobre las murallas,
y luego abajo, hacia la prolongada puente segoviana. Ni alguaciles -ése
era el lado bueno- ni moscones. Nadie. Todo Madrid estaba en lo de Tirso, mientras
él seguía allí, perdiendo el tiempo. Tal vez, pensó
impaciente, un real sencillo resolviese la cuestión con cualquier es
portillero o ganapán ocioso de los que solía haber intramuros
de la puerta de la Vega, esperando viajeros. Éste podría llevar
al forastero hasta su posada, al infierno, o a donde diablos gustara. Hizo sentarse
de nuevo al herido, en una piedra vieja caída de la muralla. Luego le
alcanzó sombrero, capa, espada y daga.
-¿Puedo hacer algo más?
El otro respiraba despacio, aún sin color. Miró a su interlocutor
un largo rato, como si le costara precisar las imágenes.
-Vuestro nombre -murmuró al fin con voz ronca.
Alatriste se sacudía con el sombrero el polvo de las botas.
-Mi nombre es cosa mía -respondió con frialdad, calándose
el chapeo-. Y a mí se me da un ardite el vuestro.
Don Francisco de Quevedo y yo lo vimos entrar justo con las guitarras de final
del entremés, el sombrero en la mano y el herreruelo doblado sobre el
brazo, recogiendo la espada y baja la cabeza para no molestar, abriéndose
paso con mucho disimule vuestra merced y excúseme que voy allá,
entre la gente que atestaba el patio y todo el espacio disponible del corral.
Salió por delante de la cazuela baja, saludó al alguacil de comedias,
pagó dieciséis maravedís al cobrador de las gradas de la
derecha; subió los peldaños y vino hasta nosotros, que ocupábamos
un banco en primera fila, junto al antepecho y cerca del tablado. En otro me
habría sorprendido que todavía lo dejaran entrar, cuajado como
estaba todo de público aquella tarde, con gente en la calle de la Cruz
protestando porque no quedaba lugar; pero luego supe que el capitán se
las había ingeniado para no acceder por la puerta principal, sino por
la cochera, que era la entrada de las mujeres a la cazuela que les estaba reservada,
y cuyo portero -con coleto de cuero para protegerse de las cuchilladas de quienes
pretendían colarse sin pagar- era mancebo en la botica que el Tuerto
Fadrique, muy amigo del capitán, tenía en Puerta Cerrada. Por
cierto que, tras ensebarle al portero la palma y sumando entrada, asiento y
limosna de hospitales, el desembolso llegaba a los dos reales: sangría
que para el bolsillo del capitán no era liviana, si consideramos que
otras veces podía conseguirse un aposento de arriba por ese precio. Pero
La huerta de Juan Fernández era comedia nueva, y de Tirso. En aquel tiempo,
junto al anciano Lope de Vega y otro poeta joven que ya pisaba fuerte, Pedro
Calderón, el fraile mercedario que en realidad se llamaba Gabriel Téllez
era de los que hacían la fortuna de arrendadores y representantes, así
como las delicias de un público que lo adoraba, aunque no llegase a las
alturas de gloria y popularidad en que se movía el gran Lope. Además,
la huerta madrileña que daba nombre a la comedia era lugar famoso junto
al Prado alto, jardín espléndido y ameno frecuentado por la Corte,
lugar de moda y citas galantes que sobre el tablado de la Cruz estaba dando
mucho de sí, como lo probaba que durante la primera jornada, apenas Petronila
apareció vestida de hombre con botas y espuelas, junto a Tomasa disfrazada
de lacayuelo, el público había aplaudido a rabiar incluso antes
de que la bellísima representante María de Castro abriese la boca.
Y hasta los mosqueteros -el gentío apretado en la parte baja al fondo
del patio, así llamado por lo ruidoso de sus críticas y abucheos,
y por estarse a pie en grupo con capa, espada y puñal, como soldados
en alarde o facción- orquestados por el zapatero Tabarca, su jefe de
filas, habían acogido con mucho batir de palmas y grave asentir de cabezas,
como quien harto conoce y aprecia, aquellos versos de Tomasa:
Doncella y Corte son cosas
que implican contradicción.
Cosa importante, la de la aprobación mosqueteril. En un tiempo en que
los toros y el teatro movilizaban por igual al pueblo que a la nobleza, y donde
la comedia se estimaba con verdadera pasión, yendo mucho a ganar y a
perder en cada estreno, hasta los más consagrados autores dedicaban la
loa inicial a ganarse el favor de ese público ruidoso y descontentadizo:
Éstos que tienen ya el hacer por gala
que sea una comedia buena o mala.
Y lo cierto es que en aquella pintoresca España nuestra, tan extrema
en lo bueno como en lo malo, ningún médico era castigado por matar
al enfermo con sangrías e incompetencia, ningún letrado perdía
el ejercicio de su oficio por enredador, corrupto e inútil, ningún
funcionario real se veía privado de sus privilegios por meter la mano
en el arca; pero no se perdonaba a un poeta errar con sus versos y no dar en
el blanco. Que a veces parecía holgarse más el público
con las comedias malas que con las buenas; pues en las segundas se limitaba
a disfrutar y aplaudirlas, sin otro aliciente; mientras que las primeras permitían
silbar, hablar, gritar e insultar, pardiez, a fe mía, habráse
visto, ni entre turcos y luteranos diérase tal desafuero, etcétera.
Los más ruines tarugos alardeaban de entendidos, y hasta las dueñas
y maritornes hacían sonar las llaves en la cazuela, dándoselas
de versadas y discretas. Y así dábase rienda a una de las mayores
aficiones de los españoles, que es vaciar la hiel amargada por los malos
gobiernos mostrándose bellacos en la impunidad del tumulto. Pues de todos
es sabido que Caín, naturalmente, fue hidalgo, cristiano viejo y nació
en España.
El caso es que vino, como decía, el capitán Alatriste hasta nosotros,
que le habíamos estado reservando asiento hasta que uno del público
exigió ocuparlo; y don Francisco de Quevedo, eludiendo reñir,
no por pusilánime sino por reparo del lugar y la circunstancia, dejó
estar al importuno advirtiéndole, sin embargo, que el sitio estaba alquilado
y que en llegando el titular debería ahuecar el ala. El displicente "a
fe que ya veremos" con que respondió el otro, acomodándose,
se tornó ahora expresión de receloso respeto cuando el capitán
apareció en las gradas, don Francisco se encogió de hombros señalando
el asiento ocupado, y mi amo clavó al intruso los dos círculos
de escarcha glauca de sus pupilas. La mirada del individuo, un menestral adinerado
-arrendador de los pozos de nieve de Fuencarral, creí entender luego-
a quien la espada colgante de su pretina le cuadraba lo que a un Cristo un arcabuz,
fue de los ojos helados del capitán al mostacho de soldado viejo, y luego
a la cazoleta de la toledana, toda llena de mellas y marcas, y a la vizcaína
cuya empuñadura asomaba detrás de la cadera. Después, sin
decir palabra y mudo como una almeja, tragó saliva y, pretextando solicitar
un vaso de aguamiel a un alojero, se hizo a un lado, ganándole medio
espacio a otro vecino, y dejó a mi amo la totalidad del asiento libre.
-Creí que no llegabais -comentó don Francisco de Quevedo.
-Tuve un tropiezo -repuso el capitán, acomodando la espada al sentarse.
Olía a sudor y a metal, como en tiempo de guerra. Don Francisco reparó
en la manga manchada del jubón.
-¿La sangre es vuestra? -preguntó solícito, enarcando las
cejas tras los lentes.
-No.
Asintió grave el poeta, miró a otra parte y no dijo nada. Como
él mismo había sostenido alguna vez, la amistad se nutre de rondas
de vino, estocadas hombro con hombro y silencios oportunos. Yo también
observaba a mi amo, preocupado, y éste me dirigió un vistazo tranquilizador,
esbozando un apunte de sonrisa distraída bajo el mostacho.
-¿Todo en orden, Íñigo?
-Todo en orden, capitán.
-¿Qué tal estuvo el entremés?
-Fue bueno. Daca el coche, se llamaba. De Quiñones de Benavente,
y reímos hasta llorar.
No hubo más parla, porque en ese momento callaban las guitarras. Sisearon
destemplados los mosqueteros en la trasera del patio, reclamando silencio con
los malos modos de costumbre, palabras gruesas y talante poco sufrido. Aletearon
los abanicos en las cazuelas alta y baja, dejaron las mujeres de hacer señas
a los hombres y viceversa, retiráronse limeros y alojeros con sus cestos
y damajuanas, y tras las celosías de los aposentos la gente de calidad
ocupó de nuevo sus escabeles. Vi arriba al conde de Guadalmedina en uno
de los mejores sitios, en compañía de unos amigos y unas damas
-pagaba por disponer del lugar en comedias nuevas la sangría de dos mil
reales al año- y en otra ventana contigua, a don Gaspar de Guzmán,
conde-duque de Olivares, acompañado de su familia. Se echaba de menos
al rey nuestro señor, pues el cuarto Felipe era muy aficionado y a veces
acudía, al descubierto o de incógnito; pero estaba cansado de
la reciente jornada de Aragón y Cataluña, viaje fatigoso donde,
por cierto, don Francisco de Quevedo, cuya estrella seguía ascendente
en la Corte, había formado parte del séquito, como ocurriera en
Andalucía. Sin duda el poeta habría podido ocupar cualquier lugar
como invitado en los aposentos superiores; pero era hombre dado a mezclarse
con el pueblo, prefería el ambiente vivo de la parte baja del corral,
y además le gustaba ir a la Cruz o al Príncipe con su amigo Diego
Alatriste. Que soldado y espadachín como era, amén de parco en
palabras, resultaba hombre razonablemente instruido, había leído
buenos libros y visto mucho teatro; y aunque no se las diera de tal y reservase
casi todo juicio para sí, tenía buen golpe de vista para las virtudes
de una comedia sin dejarse arrastrar por los efectos fáciles que ciertos
autores extremaban para ganarse el favor del vulgo. Tal no era el caso de los
grandes como Lope, Tirso o Calderón; incluso cuando éstos recurrían
a la destreza del oficio, su ingenio marcaba la diferencia, yendo no poco trecho
de los recursos nobles de unos a los trucos innobles de otros. El mismo Lope
pisaba ese terreno mejor que nadie:
Y cuando he de escribir una comedia
encierro los preceptos con seis llaves;
saco a Terencio y Plauto de mi estudio,
para que voces no me den, que suele
dar gritos la verdad en libros mudos.
Lo que, por cierto, no debe entenderse como mea culpa del Fénix de los
Ingenios por emplear recursos de mala ley, sino como explicación de no
acomodarse al gusto de los doctos academicistas neoaristotélicos, que
censuraban sus triunfales comedias pero hubieran dado un brazo por firmarlas
y, sobre todo, por cobrarlas. En cualquier caso, aquella tarde no se trataba
de Lope, sino de Tirso; pero el resultado era parejo. La obra, de las llamadas
de capa y espada, venía compuesta con hermosos versos, manejando, aparte
amor e intriga, conceptos de adecuada hondura como el engaño y espejismo
de Madrid, lugar de falsedad donde acude el soldado valiente a pretender el
premio a su valor, y del que siempre acaba defraudado; aparte de criticar el
desdén al trabajo y el afán de lujo por encima de la propia clase:
inclinación esa también muy española, por cierto, que ya
nos había arrastrado al abismo varias veces y persistiría en los
años venideros, empeorando la enfermedad moral que destruyó el
imperio de dos mundos, herencia de hombres duros, arrogantes y valerosos, salidos
de ocho siglos de degollar moros sin nada que perder y con todo por ganar. Una
España donde en el año de mil seiscientos y veintiséis,
cuando ocurrió lo que ahora cuento, aún no se ponía el
sol, pero estaba a punto. Que diecisiete años después, alférez
en Rocroi, sosteniendo en alto los jirones de una bandera bajo la metralla de
los cañones franceses, yo mismo sería testigo del triste ocaso
de la antigua gloria, en el centro del último cuadro formado por nuestra
pobre y fiel infantería -"Contad los muertos", dije luego al
oficial enemigo que preguntaba cuántos éramos en el viejo tercio
aniquilado-, cuando cerré para siempre los ojos del capitán Alatriste.
Pero cada cosa la diré a su tiempo. Vayamos ahora al corral de la Cruz
y a aquella tarde de comedia nueva en Madrid. Lo cierto es que la reanudación
de la obra de Tirso suscitaba en unos y otros, toda esa expectación que
antes describí. Desde nuestra grada, el capitán, don Francisco
y yo mirábamos el tablado donde ernpezaba la segunda jornada de la comedia:
Petronila y Tomasa salían de nuevo a escena, dejando a la imaginación
de los espectadores la belleza del jardín, apenas insinuada por una celosía
con hojas de hiedra en una puerta del escenario. Por el rabillo del ojo vi cómo
el capitán se inclinaba hasta apoyar los brazos en el antepecho, recortado
el perfil aguileño por un rayo de sol que se filtraba por un roto del
toldo extendido para que no se deslumbrara el público, pues el corral
estaba orientado hacia el sol de la tarde y cuesta arriba. Las dos representantes
seguían muy gallardas en sus trajes de hombre, variedad ésta que
ni las presiones de la Inquisición ni las premáticas reales conseguían
desterrar del teatro, al ser muy del agrado de la gente. De igual manera, cuando
el fariseísmo de algunos consejeros de Castilla, azuzados por clérigos
fanáticos pretendió abolir las comedias en España, el intento
fue desbaratado por el vulgo mismo, reacio a que le arrebataran su gusto, argumentándose
además, con razón, que parte de los ingresos de cada comedia se
destinaba al sostenimiento de cofradías piadosas y hospitales.
Volviendo al corral de la Cruz y lo de Tirso, salieron, como digo, las dos mujeres
vestidas de hombre, aplaudieron cerrado
patio, gradas, cazuela y aposentos, y cuando María de Castro, en su papel
de Petronila, dijo lo de:
Por muerta, Bargas, me cuenta.
No tengo seso, no estoy...
... los mosqueteros, como ya mencioné gente descontentadiza, mostraron
signos de aprobación, aupándose en la punta de los pies para ver
mejor, y las mujeres dejaron de masticar avellanas, limas y ciruelas en la cazuela.
María de Castro era la más linda y famosa representante de su
época; en ella como en ninguna otra se hacía carne esa magnífica
y extraña realidad humana que fue nuestro teatro, oscilante siempre entre
el espejo -a veces satírico y deformante- de la vida cotidiana, de una
parte, y la hermosura de los más aventurados sueños, de la otra.
La Castro era hembra briosa, de buenas partes y mejor cara: ojos rasgados y
negros, dientes blancos como su tez, hermosa y proporcionada boca. Las mujeres
envidiaban su belleza, sus vestidos y su forma de decir el verso. Los hombres
la admiraban en escena y la codiciaban fuera de ella; asunto éste al
que no oponía reparos su marido, Rafael de Cózar, gloria de la
escena española, comediante famosísimo de quien tendré
ocasión de hablar en detalle más adelante, limitándome
a avanzar por el momento que, aparte su talento teatral -los personajes de barba
y caballero gracioso, criado pícaro o alcalde sayagués, que interpretaba
con mucho donaire y desparpajo, eran adorados por el público-, Cózar
no tenía reparos en facilitar, previo pago de su importe, acceso discreto
a los encantos de las cuatro o cinco mujeres de su compañía; que
por supuesto eran todas casadas, o al menos pasaban como tales para cumplir
con las premáticas en vigor desde los tiempos del gran Felipe II. Pues
sería pecado de egoísmo y faltar a la caridad, virtud teologal
-decía Cózar con simpática desvergüenza-, no compartir
el arte con quien alcanza a pagarlo. Y en tales lances, aunque reservada como
bocado exquisito, su legítima María de Castro -tiempo después
se supo que no estaban de verdad casados y todo era flor para encubrir las cosas-,
aragonesa y bellísima, con cabellos castaños y dulce metal de
voz, resultaba una mina más rentable que las del Inca. De manera, para
resumir, que en pocos como en el despejado Cózar se cumplía aquel
guiño lopesco de:
La honra del casado es fortaleza
donde está por alcaide el enemigo.
Pero seamos justos, que además conviene a la presente historia. Lo cierto
es que a veces la Castro tenía ideas y gustos menos venales, y no siempre
era una alhaja lo que hacía chispear sus hermosos ojos. Uno para el gusto,
decía el refrán; otro para el gasto, y otro para llevar los cuernos
al Rastro. En lo que toca al gusto, y a fin de situar a vuestras mercedes, diré
que María de Castro y Diego Alatriste no eran desconocidos uno para el
otro -la regañina de aquel domingo con Caridad la Lebrijana y el malhumor
del capitán tampoco resultaban ajenos al negocio-, y que esa tarde en
el corral de la Cruz, mientras avanzaba la jornada segunda, el capitán
dirigía muy fijas miradas a la comedianta mientras yo alternaba las mías
entre ella y él. Preocupado por mi amo, de una parte, y apesadumbrado
por la Lebrijana, a la que quería mucho. También fascinado hasta
la médula, en lo que a mí se refiere, reavivándose la impresión
que ya me había producido la Castro tres o cuatro años atrás,
la primera vez que presencié una comedia, El arenal de Sevilla, interpretada
por ella en el corral del Príncipe, el día notable en que todos,
incluido Carlos de Gales y el entonces marqués de Buckingham, anduvieron
a cuchilladas en presencia del mismísimo Felipe IV. Porque si la hermosa
representante no me parecía, en rigor, la mujer más bella de la
tierra -ésa era otra que conocen vuestras mercedes, con los ojos azules
del diablo-, contemplarla en escena me turbaba como a cualquier varón.
Aun así estaba lejos de imaginar hasta qué punto María
de Castro iba a complicar mi vida y la de mi amo, poniéndonos a ambos
en gravísimo peligro; por no hablar de la corona del rey nuestro señor,
que esos días anduvo literalmente al filo de una espada. Todo lo cual
me propongo contar en esta nueva aventura, probando así que no hay locura
a la que el hombre no llegue, abismo al que no se asome, y lance que el diablo
no aproveche cuando hay mujer hermosa de por medio.
Entre la segunda y tercera jornadas hubo jácara, muy exigida a voces
por los mosqueteros, que fue Doña Isabel la ladrona, canción famosa
dicha en lenguaje de germanía, que una representante madura y todavía
apetecible, llamada Jacinta Rueda, nos regaló con mucho donaire. No pude
disfrutarla, sin embargo, porque apenas empezada vino a las gradas un tramoyista
con el recado de que al señor Diego Alatriste se le aguardaba en el vestuario.
Cambiaron una mirada el capitán y don Francisco de Quevedo, y mientras
mi amo se ponía en pie y acomodaba la espada al costado izquierdo, el
poeta movió desaprobador la cabeza y dijo:
Felices los que mueren por dejallas,
o los que viven sin amores dellas,
o, por su dicha, llegan a enterrallas.
Se encogió de hombros el capitán, requirió sombrero y herreruelo,
murmuró un seco ‹‹no me jodáis, don Francisco››,
caló el fieltro y se abrió paso por las gradas. Quevedo me dirigió
una mirada elocuente que interpreté como era debido, pues dejé
el asiento para seguir a mi amo. Avísame si hay problemas, habían
dicho sus ojos tras los lentes quevedescos. Dos aceros hacen más papel
que uno. Y así, consciente de mi responsabilidad, acomodé yo también
la daga de misericordia que llevaba atravesada atrás en el cinto, y fuime
en pos del capitán, discreto como un ratón, confiando en que esta
vez pudiéramos terminar la comedia en paz. Que habría sido bellaca
afrenta estropearle el estreno a Tirso.
No era la primera vez, y Diego Alatriste conocía el camino. Bajó
los peldaños de las gradas, y frente al pasillo de la alojería
giró a la izquierda, por el corredor que bajo los aposentos conducía
al tablado y a los vestuarios de representantes. Al fondo, en la escalera, su
viejo amigo el teniente de alguaciles Martín Saldaña platicaba
con el arrendador del corral y un par de conocidos, también gente de
teatro. Alatriste se entretuvo un momento a saludarlos, advirtiendo la expresión
preocupada de Saldaña. Se despedía ya cuando el teniente de alguaciles
lo reclamó un instante y, con aire casual, como si acabara de recordar
algún negocio leve, le puso la mano en un brazo mientras susurraba, inquieto:
-Gonzalo Moscatel está dentro.
-¿Y qué?
-Tengamos la fiesta en paz.
Alatriste lo miraba, inescrutable.
-No me jodas tú también -dijo.
Y siguió adelante mientras el otro se rascaba la barba, preguntándose
sin duda en compañía de quién acababa de incluirlo su viejo
camarada de Flandes. Diez pasos más allá, Alatriste apartó
la cortina del vestuario, viéndose en un cuarto sin ventanas donde se
guardaban la madera y las telas pintadas que se utilizaban para la tramoya y
las apariencias. Al otro lado había varios camarines con más cortinas,
destinados a vestuario de las comediantas, pues el de los hombres estaba en
el piso de abajo. El cuarto, que también comunicaba con el tablado a
través del paño, servía para que los miembros de la compañía
esperasen el momento de salir a escena, y también como sala de visita
de admiradores. En ese momento lo ocupaban media docena de hombres, entre representantes
vestidos para salir, apenas concluyese la jácara -se oía a Jacinta
Rueda cantando al otro lado del paño la estrofa famosa De la gura perseguida
/ y de esbirros acosada- y tres o cuatro caballeros que estaban allí
por privilegio de calidad o bolsa, para cumplimentar a las actrices. Y entre
ellos, naturalmente, se hallaba don Gonzalo Moscatel.
Me asomé al vestuario tras el capitán, notando la mirada de Martín
Saldaña, a quien saludé con buena crianza. Por cierto que las
facciones de uno de sus acompañantes en el rellano de la escalera me
fueron familiares, aunque no supe determinar de qué. Desde el pasillo,
donde me quedé apoyado en la pared, vi que mi amo y los caballeros que
aguardaban dentro se saludaban con frialdad, sin destocarse ninguno. El único
que no respondió al saludo fue don Gonzalo Moscatel, personaje pintoresco
que no estará de más presentar a vuestras mercedes. El señor
Moscatel parecía salido de una comedia de capa y espada: era corpulento,
terrible, con mostacho feroz de guías muy altas, desaforadas, y su indumentaria
era una mezcla de galanura y valentía, mitad y mitad, con algo cómico
y fiero a la vez. Vestía como lindo, valona de mucho pico y encaje sobre
jubón morado, folladillos a la antigua, herreruelo francés, medias
de seda, botines de fieltro negro, sombrero de lo mismo con toquilla de mucha
pluma, y la pretina, de la que pendía una larguísima tizona, iba
tachonada de reales antiguos de plata; porque también se las daba de
matasiete, de los que se pasean con mucho voto a Dios y pese a tal, retorciéndose
el bigote y metiendo ruido de acero. Por añadidura se apellidaba de poeta:
hacía alarde de amistad con Góngora, sin el menor fundamento,
y perpetraba versos con ripios infames que publicaba a su propia costa, pues
era hombre de posibles. Sólo un poetastro infame y rascapuertas le había
hecho la corte, pregonando las excelencias de su estro; pero al desdichado,
un tal Garciposadas que gastaba mucho Calepino -pira le erige y le construye
muro, etcétera-, escribía con la pluma de un ala del ángel
que fue a Sodoma y medraba lamiendo suelas en la Corte, lo quemaron por fisgón,
o sea, sujeto paciente de pecado nefando, en uno de los últimos autos
de fe; de modo que don Gonzalo Moscatel se había quedado sin nadie que
le bailara el agua de las musas hasta que tomó el relevo del quemado
un viscoso leguleyo llamado Saturnino Apolo, conocido por adulador famoso y
comadreja de bolsas, que le sacaba el dinero con harta desvergüenza y sobre
quien volveremos más adelante. Por lo demás, Moscatel había
logrado su posición como obligado del abasto de las carnicerías
y tablas francas de la ciudad, tocino fresco incluido; y, también, cohechos
propios aparte, gracias a la dote de su difunta esposa, hija de un juez de los
de justicia más tuerta que ciega, proclive a que los platillos de la
balanza se los cargaran con doblones de a cuatro. El viudo Moscatel no tenía
descendencia, pero sí una sobrina huérfana y doncella a la que
guardaba como el can Cerbero en su casa de la calle de la Madera. También
andaba detrás de un hábito de lo que fuera, y lo más probable
era que tarde o temprano terminase luciendo una cruz en el Jubón. En
aquella España de funcionarios inmorales y rapaces, todo estaba a mano
si habías robado lo suficiente para tener con qué pagarlo.
Por el rabillo del ojo, el capitán Alatriste comprobó que Gonzalo
Moscatel lo fulminaba con la mirada fiera, apoyada la mano en el pomo de la
espada. Se conocían bien a su pesar; y cada vez que se cruzaban, las
ojeadas rencorosas del carnicero expresaban mucho y claro sobre la naturaleza
de su relación. Databa ésta de dos meses atrás, cierta
noche en que e1 capitán regresaba a la taberna del Turco a la hora del
agua va, alumbrado por un poco de luna y envuelto en su capa hasta los ojos,
cuando oyó rumor de disputa en la calle de las Huertas. Sonaba voz de
mujer, y mientras se acercaba advirtió dos bultos en un portal. No era
aficionado a lances galantes ni amigo de meter espadas en barajas ajenas; pero
su camino lo llevaba en esa dirección, y no halló motivo para
tomar otro. Al fin topóse con un hombre y una mujer que discutían
ante la puerta de una casa. Aunque había familiaridad en la conversación,
la dama, o lo que fuera, parecía irritada, y el hombre porfiaba con intenciones
de pasar más allá, o por lo menos al zaguán. Buena voz,
la de ella. Sonaba a mujer hermosa, o cuando menos joven. Así que el
capitán se entretuvo un instante para lanzar un vistazo curioso. Al advertir
su presencia, el otro se le encaró con un "siga vuestra merced su
camino, que nada se le ha perdido aquí". La sugerencia era razonable,
y Alatriste se disponía a aceptarla, cuando 1a mujer, en tono sereno
y de mucho mundo, dijo: "salvo que ese hidalgo os convenza de dejarme en
paz e iros también enhorabuena". Aquello situaba la cuestión
en terreno resbaladizo; de manera que Alatriste, tras reflexionar un instante,
preguntó a la dama si aquélla era su casa. Respondió ésta
que sí, que era casada, y que el caballero que la incomodaba no tenía
malas intenciones y era conocido de ella y de su marido. Que la había
acompañado hasta el portal tras un sarao en casa de amigos, pero que
ya era hora de que cada mochuelo retornase a su olivo. Meditaba el capitán
sobre el misterio de que no fuera el marido de la mujer quien estuviese en la
puerta para zanjar la cuestión, cuando el otro hombre interrumpió
sus pensamientos, desabrido, insistiendo en que despejara el campo de una vez,
voto a tal y voto a cual. Y en la oscuridad, el capitán oyó el
sonido de un palmo de acero saliendo de la vaina. Aquello era cosa hecha, y
el frío invitaba a calentarse; de manera que se movió a un lado,
a fin de buscar la sombra y situar al otro en la claridad lunar que asomaba
entre los tejados, soltó el fiador de la capa, y arrodelándosela
en el brazo izquierdo sacó la toledana. Metió mano a su vez el
otro, tirándose ambos unas pocas estocadas de lejos y sin muchas ganas,
callado Alatriste y jurando su adversario por veinte, hasta que al ruido de
la bulla acudieron un criado de la casa, que traía luz, y el marido de
la dama. Venía éste en camisa de dormir, con pantuflas, gorrillo
de borla y un estoque en la diestra, diciendo qué pasa aquí, ténganse
que yo lo digo, quién pone en verbos mi casa y mi honra, amén
de otras expresiones semejantes, dichas de un modo en el que Alatriste sospechó
latía no poca guasa. Resultó individuo simpático y de mucha
política, menudo de estatura y con un poblado bigote a la tudesca que
se le juntaba con las patillas. Salvadas las apariencias de todos, esposo incluido,
púsose paz con buenas palabras. El caballero noctámbulo era don
Gonzalo Moscatel, y a él se refirió el marido -tras darle el estoque
al criado para que se lo guardase- como amigo de la familia, en la certeza,
añadió conciliador, de que todo se debía a un lamentable
equívoco. Aquello adoptaba aires de lance de teatro, y Alatriste estuvo
a punto de soltar la carcajada cuando supo que el del gorrillo de borla era
el famoso representante Rafael de Cózar, hombre de mucha chispa y de
sazonado arte -andaluz por más señas-, y su mujer la conocida
actriz María de Castro. A ambos había visto en los corrales de
comedias, pero nunca a la Castro tan de cerca como aquella noche, a la luz del
velón que sostenía en alto el criado, apenas tapada con el manto,
bellísima y sonriendo divertida con la situación. Que sin duda
no era la primera de ese género a que se enfrentaba, pues las comediantas
no solían ser hembras de virtud acrisolada; rumoreándose que el
marido, una vez dadas las voces de rigor y tras pasear el famoso estoque, conocido
de toda España, solía volverse muy tolerante con los admiradores,
tanto de su legítima como del resto de las mujeres de la compañía;
en especial cuando, como era el caso del abastecedor de carne de Madrid, tenían
cumquibus. Resultaba universal que, genio teatral aparte, Cózar también
era un águila en no dejar bolsa segura de piante ni mamante. Eso aclaraba,
tal vez, su tardanza en salir a la puerta en procura de su honra. Pues como
solía decirse:
Doce cornudos, digo comediantes,
que todo diz que es uno, y otra media
docena de mujeres de comedia,
medias mujeres de los doce deantes.
Se disponía el capitán a presentar excusas y seguir su camino,
algo corrido por el enredo, cuando la esposa, con intención de picar
a su acosador dándole celos o, por ese juego sutil y peligroso en que
a menudo se complacen las mujeres, agradeció con palabras dulces la intervención
de Alatriste, mirándolo de abajo arriba mientras lo invitaba a visitarla
alguna vez en el teatro de la Cruz, donde esos días se daban las últimas
representaciones de una comedia de Rojas Zorrilla. Sonreía mucho al decirlo,
mostrando sus dientes blanquísimos y el óvalo perfecto de la cara,
que sin duda Luis de Góngora, el enemigo mortal de don Francisco de Quevedo,
habría trocado en nácar y aljófares menudos. Y Alatriste,
perro viejo en ése y otros lances, entrevió en su mirada una promesa.
El caso es que allí estaba ahora, dos meses después, en el vestuario
del corral de la Cruz, tras haber gozado varias veces de aquella promesa -el
estoque del representante Cózar no salió a relucir más-
y dispuesto a seguir haciéndolo, mientras don Gonzalo Moscatel, con quien
se había cruzado en ocasiones sin otras consecuencias, lo fulminaba con
mirada fiera traspasada de celos. María de Castro no era de las que cuecen
la olla con un solo carbón: seguía sacándole dinero a Moscatel,
con mucho martelo pero sin dejarlo llegar a mayores -cada encuentro en la puerta
de Guadalajara le costaba al carnicero una sangría en joyas y telas finas-,
y al mismo tiempo recurría a Alatriste, de quien el otro ya conocía
de sobras la reputación, para tenerlo a distancia. Y así, siempre
esperanzado y siempre en ayunas, el carnicero -alentado por el marido de la
Castro, que, amén de gran actor era pícaro redomado y también
le escurría la bolsa, como a otros, con veladas promesas- porfiaba contumaz,
sin renunciar a su dicha. Por supuesto, Alatriste sabía que, Moscatel
al margen, él no era el único en gozar de los favores de la representante.
Otros hombres la frecuentaban, y se decía que hasta el conde de Guadalmedina
y el duque de Sessa habían tenido más que verbos con ella; que,
como decía don Francisco de Quevedo, era hembra de a mil ducados el tropezón.
El capitán no podía competir con ninguno en calidad ni en dineros;
sólo era un soldado veterano que se ganaba la vida como espadachín.
Mas, por alguna razón que se le escapaba -el alma de las mujeres siempre
le había parecido insondable-, María de Castro le concedía
gratis lo que a otros negaba o cobraba al valor de su peso en oro:
Mas hay un punto, y notadle:
es que se da sin más fueros,
a los moros por dineros
y a los cristianos, de balde.
Y así, Diego Alatriste descorrió la cortina. No estaba enamorado
de aquella mujer, ni de ninguna otra. Pero María de Castro era la más
hermosa que en su tiempo pisara los corrales de comedias, y él tenía
el privilegio de que a veces fuera suya. Nadie iba a ofrecerle un beso como
el que en ese instante le ponían en la boca, cuando un acero, una bala,
la enfermedad o los años lo hicieran dormir para siempre en una tumba.
|