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Castillos de
cartón |
NOVELA
Castillos de cartón
Texto: Almudena Grandes
Tusquets, 2004
Viernes 9 de abril de 2004
CAPÍTULO I
El Arte
El tres es un número impar.
-Es para ti, María José... Jaime González.
Después de trabajar más de quince años en el mismo departamento,
todavía no había conseguido tener una secretaria para mí sola. Lorena, joven
y atolondrada, pero voluntariosa, repartía su tiempo entre mis exigencias y
las de Julián, un doctor en Historia del Arte, callado, taciturno y especialista
en escultura barroca española -específicamente Alonso Berruguete-, que recepcionaba
y tasaba más o menos de todo, igual que yo, pero sufriendo. A mí, en cambio,
y a aquellas alturas, lo mismo me daba el azar que la necesidad. La empresa
me había contratado como experta en pintura contemporánea y me pasaba la vida
valorando joyas isabelinas, bargueños, bronces franceses del XVIII, y lo que
me echaran. Yo quería ser pintora y descubrí a destiempo que no tenía talento
suficiente. Esas cosas siempre se descubren a destiempo, sólo se descubren a
destiempo, y no dejan espacio libre para descubrir ninguna otra cosa. Cuando
renuncié, ni siquiera tenía veintidós años, pero hicieron falta muchos más para
que lograra volver a sentirme tan vieja como en aquel momento.
-Pásamelo.
No puede ser Jaime González, me dije. Será alguien que se llame
igual, él no. Y no tenía ni idea de quién podría compartir nombre y apellido
con el único Jaime González que existiría jamás para mí. Quizás ese chico uruguayo
que me había traído una tabla de Torres García tan exquisita, tan perfecta,
tan redonda, que había cerrado la puerta de mi despacho para intentar convencerle
en voz baja de que se la quedara, porque era un pecado subastar una obra como
aquélla. Quizás ese nuevo rico gallego al que le había tramitado la adquisición
de un espejo veneciano por el que había pujado hasta pagar una cantidad exorbitante,
muy superior a su precio real y digna desde luego de un tardío arrepentimiento.
Quizás un cliente nuevo, joven o viejo, rico o pobre, heredero o propietario
de cualquier obra de arte que podía tener, o no, el valor que le suponía, ese
dineral que acariciaba por las noches antes de dormirse, fruto de una leyenda
familiar o del ingenuo cálculo de la revalorización que un galerista sin escrúpulos
le había jurado por sus hijos que obtendría en el instante de pagar por ella.
Claro que de vez en cuando aparece un Murillo auténtico en el desván de una
casa de campo, pero incluso entonces, en un trabajo como el mío, es muy difícil
retener los apellidos, y casi nunca llego a conocer el nombre propio de las
personas que me visitan. El señor tal, el señor cual, dice Lorena al abrir la
puerta, y yo lo apunto en un papel para que no se me olvide. Luego, antes de
salir, tiro todas esas notas a la papelera. Trato cada día con muchas personas
a las que saludo y de las que me despido en el intervalo de una media hora,
para no volver a tener noticia de ellos nunca más. Por eso, aquella mañana descolgué
el teléfono con dedos perezosos, despreocupados, ignorantes del temblor con
el que volverían a dejarlo en su lugar unos minutos después.
-Buenos días, soy María José Sánchez, ¿en qué puedo ayudarle?
Ésa era mi presentación habitual, y la solté con un acento
tan neutro como si la tuviera grabada, pero nadie respondió a mi saludo. El
silencio duró un par de segundos. Luego, una voz muy distinta a la mía, ronca,
ligeramente ahogada, y sin embargo familiar, me llamó por un nombre en el que
hacía muchos años que no me reconocía.
-Hola, Jose.
-Jaime... -murmuré al principio, como si no pudiera confiar
en la experiencia de mis oídos, y luego chillé, chillé de sorpresa y también
de alegría, esa alegría incrédula, irreflexiva, que provocan las apariciones
que llegan del otro lado, de la otra mitad del tiempo o de la memoria-. ¡Jaime
González! Dios mío, cuánto tiempo... ¿Cómo estás?
-Bien. Yo bien. ¿Y tú?
-Yo también estoy bien. Ahora sí. He tenido momentos malos,
no creas, pero... -entonces me detuve, porque había pasado mucho tiempo, casi
veinte años, demasiados para tensar con explicaciones el hilo de una intimidad
tan antigua-. Bueno, sigo con este trabajo de mierda, ya lo sabes... ¿Y tú?
¿Estás pintando?
-No. Lo intenté durante algunos años, pero... Total, que ahora
doy clases en la universidad. De dibujo, naturalmente. Bellas Artes, en Valencia.
-No está mal.
-Bueno, tampoco está bien. Tengo alumnos mejores que yo, eso
sí. . .
-¡Oh! -me eché a reír, él no me siguió, y busqué cualquier
otra cosa que decir, pero no la encontré, no sabía de qué hablar con él, no
se me ocurría nada, no lo podía creer y sin embargo así era-. ¿Y me llamas por...?
-No -me cortó, desdeñando de antemano cualquier hipótesis,
y entonces me di cuenta de que algo, lo que fuera, iba mal-. Yo... Verás, Jose...
¿Has leído el periódico esta mañana?
-Entero no -yo también me había puesto seria sin saber por
qué-. No he tenido tiempo todavía.
-Marcos ha muerto. Se ha suicidado. Se ha pegado un tiro con
la pistola de su padre, te acuerdas, ¿no? Lo encontraron en su estudio, ayer
por la tarde. A mí me avisó su ex mujer. El entierro es mañana, a la una...
-hizo una pausa, y cuando volvióa hablar, su voz temblaba-. Tenía que contártelo,
¿sabes?, eso fue lo primero que pensé al enterarme, que tenía que decírtelo
yo, que tenía que contártelo...
Se llamaba Marcos Molina Schulz.
Cuando vi su nombre en la lista de los alumnos admitidos en
la especialidad de Pintura, pensé que así cualquiera, que con un nombre como
ése ya se podía ser artista. Yo no tenía tanta suerte, desde luego. Mi nombre,
María José Sánchez García, ni siquiera García Sánchez, que suena bien, sino
Sánchez García, y María José, encima, parecía condenado a vagar sin solución
por el limbo cruel de todas las listas, ese infierno templado de la vulgaridad.
Pero yo también quería ser artista, y era demasiado joven, demasiado insignificante
como para adoptar un seudónimo. Por eso escogí una opción que me pareció al
mismo tiempo más sencilla y más radical.
-Hola, me llamo Jose -le dije al primer compañero que se me
acercó.
-¿Jose? -me preguntó, su extrañeza a punto de desembocar en
una carcajada.
-Sí, Jose Sánchez -precisé, fingiendo una naturalidad que
aún no sentía-. ¿Y tú?
El truco dio resultado, sobre todo porque mi aspecto desmentía
por sí solo cualquier otra ambigüedad. En otoño de 1980 yo tenía diecisiete
años y llevaba el pelo muy largo, una melena lisa, densa y casi rubia en verano,
cuando el sol teñía por su cuenta los mechones que enmarcaban mi cara. Si me
los recogía con un pasador detrás de la cabeza, parecía la modelo de un retrato
renacentista, una damita florentina del Quattrocento que hubiera escapado de
una tabla de Fra Filippo Lippi para cambiar la túnica y la corona de la Virgen
María por unos vaqueros ajustados y una blusa transparente de algodón hindú.
A mi abuela no le parecería muy femenina, pero en aquella época, y en una facultad
donde la mitad de los varones llevaban el pelo tan largo como yo, mi imagen
de madonna desorientada aportaba una garantía suficiente de que el travestismo
no iba más allá de mi nombre propio. Eso era importante para mí incluso en el
primer curso de Bellas Artes, un torneo a muerte por el trofeo de la originalidad
entre una pequeña multitud de adolescentes narcisistas, enfermos de extravagancia.
En cuarto, cuando conocí a Marcos y a Jaime, ya había cumplido
veinte. años y no me esforzaba tanto por llamar la atención. Había aprendido
a tomarme mi vocación en serio, y aunque en aquella época me habría dejado torturar
hasta la muerte antes de reconocerlo en voz alta, ahora sé que ya había empezado
a dudar de mí misma. No lo tenía fácil. Nunca había aprendido a dibujar, nadie
me había enseñado. Era algo que hacía por instinto, sin saber ni siquiera que
lo hacía bien, cuando mis dibujos empezaron a llamar la atención. Mi padre,
que era arquitecto y se pasaba la vida con un lapicero en la mano, me vigiló
a distancia, sin apremiarme ni dirigirme, sin comentar con nadie mi habilidad,
hasta que cumplí doce años. Entonces, sólo entonces, me regaló un maletín de
madera lleno de ceras, pasteles, témperas y lápices acuarelables, y un bloc
Guarro de papel duro, poroso, que me pareció tan inmenso, tan inabarcable como
un mapa del mundo en blanco.
Yo estaba acostumbrada a terminar el curso con unas notas discretas,
aprobados más o menos exiguos, algún notable en lengua o en ciencias naturales,
y un estruendoso sobresaliente en dibujo. Para mí era una cosa normal. En esa
asignatura, y sólo en ésa, iba siempre por delante de las demás, dibujando un
muñeco de madera articulado cuando ellas no habían acabado con las manzanas
de plástico, copiando una máscara de Séneca cuando ellas empezaban con el muñeco
de madera, y disfrutando de la felicidad del tema libre los dos últimos meses
del curso, mientras las más rezagadas seguían dibujando melones por más que
lo que tuvieran delante fueran manzanas y sólo manzanas. Yo no lo entendía,
no lo podía entender, y tampoco era capaz de relacionar la suya con mi propia
torpeza, esa incapacidad para la aritmética, por ejemplo, que me dejaba en blanco
ante una división con decimales, porque las divisiones con decimales no existen,
no tienen ninguna relación con el mundo de las cosas verdaderas, las que se
pueden ver, las que se pueden tocar, las que se pueden contar. Nadie ha visto
jamás una coma con decimales flotando en el aire, pero las manzanas están ahí,
las acariciamos, las olemos, las tocamos, nos las comemos todos los días, y
por eso es imposible no saber dibujarlas. Porque dibujar una cosa es conocerla
y todas las cosas que se conocen se pueden, se deben dibujar. Eso pensaba yo,
y asumía con la misma naturalidad que mi ineptitud se trocara en brillantez
cuando el programa de matemáticas saltaba de la aritmética a la geometría, esas
formas y volúmenes desplazándose sobre un plano que yo no podía tocar, no podía
oler, no podía comer, y sin embargo comprendía igual que si las estuviera viendo
volar en el cielo. Porque eso también era lo normal. Todos los años, en la fiesta
de fin de curso, subía al escenario del salón de actos para recoger un premio
de dibujo o de pintura, y mis padres me aplaudían con las mismas ganas que los
padres de las otras niñas galardonadas. Hasta que él vio en mis dibujos algo
que no había visto antes nadie más.
No sé lo que fue, pero recuerdo aquellos blocs de hojas grandes,
duras, blanquísimas, como el principio de algo diferente, un camino que me llevaría
a dibujar también las cosas que no conocía, las que nunca había visto. Mi padre
fue un buen maestro, un guía mucho más audaz, más estimulante que las profesoras
que había tenido hasta entonces. Él nunca me dijo pinta lo que quieras, quizás
porque sabía que así nunca dejaría de pintar esos paisajes ideales que parecían
salidos de las películas de Walt Disney -verdes, floridos, pulcros, con lomas
suaves y caminos sinuosos, y conejitos, y patitos, y pollitos, y un río con
un puente, y una cascada de agua espumosa, y otra de hiedra tropical, todo bien
empastado de cera, difuminado con el meñique y realzado después con trazos finos
de lápices de colores con los que ganaba invariablemente los premios del colegio.
Él me dijo algo distinto, pinta lo que veas, y al principio no le entendí.
-Pero lo que veo es lo que hay, ¿no? Quiero decir que las cosas
son como las vemos, esta mesa, esas sillas, la ventana...
-A lo mejor sí -fingió darme la razón al principio-, a lo mejor
tienes razón. Pero figúrate que yo odio esta habitación. Por lo que sea, por
alguna razón que ni siquiera te puedo explicar. No me gusta la mesa, no me gustan
las sillas, no me gusta lo que se ve por esa ventana, no estoy a gusto en esta
habitación, no quiero estar aquí. Si me pasara eso, daría igual que lo que me
rodea fuera bonito o no, porque para mí este cuarto sería como una cárcel...
Intenta imaginártelo. Entonces no pintaría lo que hay, ¿no?, pintaría lo que
siento, y seguramente lo haría en blanco y negro, como si esta habitación fuera
un calabozo, y le pondría alguna telaraña, sombras misteriosas en las paredes,
muebles con las patas torcidas, a punto de romperse...
Me eché a reír, me parecía tan raro lo que me contaba, él sonrió
conmigo, pero volvió a insistir. -De eso se trata, de que pintes lo que tú sientas,
de que dibujes las cosas como tú las ves.
Asentí con la cabeza, como si le hubiera entendido, y me pregunté
qué querría decir exactamente. Lo descubrí enseguida, esa misma moche, cuando
me cansé de dar vueltas en la cama, y me incorporé, y encendí a la luz de la
mesilla, y al resplandor débil, artificial, de una bombilla de 40 vatios envuelta
en una pantalla de tela rosa, estudié los objetos que había en mi cuarto. Nunca
me había gustado esa muñeca. Era tan fea, tan cursi, tan falsa. Parecía antigua
pero era moderna, una copia de las viejas muñecas de porcelana. Llevaba un vestido
de terciopelo marrón, horroroso, y un gorro a juego, la cara parecía un merengue
caducado o la cobertura de una tarta rancia, desprendía un polvillo blancuzco
cuando la tocaba, y la habían pintado con colores muy fuertes, igual que a los
maniquíes de las tiendas, pero no se habían tomado el trabajo de eliminar la
rebaba que unía entre sí los dedos de sus manos, como la membrana de las patas
de un sapo. Cuando la vi, dije que me encantaba, pero eso lo hice porque me
la había regalado mi tío Antonio, porque me la había traído de Londres, porque
él vivía allí y le veía muy poco. De esto, en cambio, no se iba a enterar nadie.
Cogí el bloc, el lápiz, y dibujé hasta que los ojos se me cerraron de sueño.
Ensucié muchas hojas antes de conseguir lo que pretendía. Al
principio tenía problemas con el formato, era incapaz de llenar un espacio tan
grande, la muñeca parecía perdida en el centro de una nada blanca y rugosa.
Luego, cuando empecé a dominar las proporciones, los problemas fueron cambiando,
concentrándose en su cara. Conseguía con facilidad expresiones crueles, terroríficas
o grotescas, pero eso no era lo que yo veía. Así que dibujaba y borraba, y volvía
a dibujar y volvía a borrar; hasta que dejaba las hojas inservibles de restos
de goma y hendiduras de lápiz. Yo quería una muñeca polvorienta, desgraciada,
triste, como una flor que nunca hubiera sido bonita cuando ya se ha marchitado
en un vaso de duralex. Cuando estaba a punto de rendirme, el gris me salvó,
me ha salvado muchas veces. Entonces aprendí que lo que no logra el dibujo puede
lograrlo el color, y aunque su benéfica intervención no me regaló un triunfo
completo, sino un fracaso a medias, la combinación de grises, rosas y sepias
dio un resultado aceptable. El retrato de mi muñeca me inspiraba un desagrado
que estaba a medio camino entre la repugnancia y las ganas de llorar, y eso
al menos funcionaba.
-Está muy bien, Mari Jose -aprobó mi padre-. Un poco lúgubre,
¿no?, pero muy bien.
Mi profesora de dibujo no se mostró muy partidaria de que abriera
tanto los ojos, sin embargo. La aplicación de mi mirada personal al objeto propuesto
para un examen de fin de trimestre me costó el único aprobado por los pelos
en esa asignatura que aparece en mi libro escolar. Si no me suspendió fue porque
mi trabajo, estéticamente repulsivo en su opinión, no dejaba de ser el mejor
de todos.
-¿Qué es esto, María José? -me preguntó cuando se lo entregué.
-Pues... mi examen -respondí...
-Eso ya lo sé -movió sus gafas hasta encajarlas en la punta
de la nariz y me miró por encima de las bifocales-. Lo que te estoy preguntando
es qué es lo que has dibujado.
-Una figurita de cerámica espantosa, con dos pastorcillos que
parecen paralíticos, porque tienen el cuerpo desproporcionado, y en vez de inclinarse,
se doblan hacia delante como si tuvieran reúma -me paré a tomar aliento, pero
todavía no lo había dicho todo-. El que los ha hecho es un escultor muy malo,
y el que los ha pintado es todavía peor. La cara del niño es igual que la de
la Nancy.
-Eso es lo que opinas, ¿no?
-Eso es lo que veo.
-Muy bien. Pues lo que yo veo es que esto es una porquería
-rasgó la lámina en cuatro trozos, los tiró a la papelera y miró el reloj-.
Tienes veinte minutos para repetirlo.
-No debería haberlo roto -le advertí después de un rato, cuando
la indignación se extinguió para abrir paso a una arrogancia nueva, desconocida
hasta entonces para mí-. Era mi examen, y estaba bien.
Nunca repetí aquella lámina, pero comprendí enseguida que
me había equivocado. Mis notas, pobres por lo general, me parecieron paupérrimas
con aquel cinco en dibujo, y eso ni siquiera era lo más importante. Peor fue
comprender que la única aliada que tenía entre las autoridades del colegio estaba
a punto de pasarse al enemigo, recordar que no estaba previsto ningún cambio
de profesor en esa asignatura para el curso siguiente, y aceptar que mi desplante
no me había deparado ninguna consecuencia agradable, y sí una profunda sensación
de haber metido la pata de la manera más tonta. No le conté nada a mi padre.
Aproveché la primera ocasión para volver a pintar un paisaje verde, florido,
pulcro, con lomas suaves y caminos sinuosos, y conejitos, y patitos, y pollitos,
y un río con un puente, y una cascada de agua espumosa y otra de hiedra tropical,
y me reenganché al sobresaliente como si en mi último examen no hubiera pasado
nada. Pero eso no era verdad.
Todo había cambiado. Quizás antes de tiempo, y en un proceso
demasiado brusco, casi violento, pero también definitivo. No había marcha atrás,
porque yo no tenía la menor intención de iniciarla, y sin embargo no podía avanzar
en línea recta, al menos no siempre, no en público. A la primera revelación,
la mina de oro inexplorada, virgen, que yacía bajo mis párpados, sucedió una
segunda, las ventajas de la impostura. A partir de entonces, y hasta que acabé
el bachillerato, actué como un agente doble, pintando cosas diferentes para
mí y para los demás. Ni siquiera a mi padre le enseñaba todo lo que hacía, sólo
algunas cosas, las más amables, suaves y convencionales. En aquella época, con
catorce, quince años, mi imaginación estaba atrapada en una espiral macabra
que me impulsaba a dibujar naturalezas más podridas que muertas, rosas negras
a medio deshojar en jarrones de cerámica resquebrajada, limones secos con la
piel arrugada y florecida de mohos, alcachofas armadas con espinas de cardo,
o gente muy fea, mujeres grotescas e inmensamente gordas, hombres grotescos
e ilimitadamente delgados. A mí misma me parecía muy extraño, pero no podía
dejar de hacerlo porque intuía que aquel camino me llevaba a alguna parte, por
más que no lograra vislumbrarla siquiera, y porque nunca había sido tan feliz
dibujando, nunca había invertido tantas horas en mi bloc ni me había levantado
de la mesa tan satisfecha del resultado. Nunca progresé tan de prisa como entonces,
cuando estaba empezando a pensar que tal vez mi destino fuera pintar el lado
horrible de todas las cosas, hasta que un domingo vino a comer la hermana pequeña
de mi madre con sus hijos, y me di cuenta de que jamás había intentado dibujar
a un niño.
Fue como una revelación, un fogonazo, y al mismo tiempo algo
tan sencillo como invertir el proceso, modificar el sentido de una maquinaria
que conocía a la perfección, asumir el desafío de pintar el lado bueno de las
cosas injustas, desgraciadas o tristes. Acababa de cumplir dieciséis años. -
Tía Sole..., ¿te importa que le haga fotos a Quique?
-¿A mí? -ella se me quedó mirando, muy sorprendida-. No. ¿Por
qué me iba a importar?
Cogí a mi primo en brazos, me lo llevé a mi cuarto, lo senté
en la cama y le disparé un carrete entero sin interrupciones, oprimiendo el
pulsador de la cámara como si mi dedo fuera un mecanismo automático. Cuando
revelé las fotos, encontré más o menos lo que había buscado, y entonces lo pinté,
pinté a mi primo Quique como yo le quería, lleno de luz, alegre y adorable,
más allá del síndrome de Down con el que había nacido, con el que viviría toda
su vida. No me engañé, ni intenté engañar a nadie. En mi dibujo, Quique, detenido
para siempre en los dos años y medio, tenía la cabeza demasiado grande, las
manos torpes, los brazos y las piernas muy delgados, los ojos pequeños, rasgados,
oscuros. Y sin embargo brillaba. Un gris casi blanco, amable, plateado, resplandecía
en su enorme frente, y reflejaba sus mejillas soleadas, calientes, que contrastaban
con la intensidad de su boca abierta, los labios del color de la carne de las
fresas, los dientes diminutos y blanquísimos. Cuando lo terminé, me gustó tanto
que me atreví a enseñárselo también a mi madre, que era mucho más exigente conmigo
que su marido.
-¡Anda, hija mía, que eliges siempre unos temas de lo más
agradables! -dijo nada más verlo, pero antes de mirarlo. Cuando lo hizo, estuvo
callada un rato muy largo, sin apartar los ojos del dibujo. Luego los volvió
hacia mí, y vi que sonreían-. ¿Sabes lo que vamos a hacer ahora mismo? Vamos
a llevarlo a enmarcar para regalárselo a la tía Soledad. Es precioso, y estoy
segura de que le va a encantar. Enhorabuena, Mari Jose...
Quique fue mi primer modelo; y el mejor que he tenido nunca.
Lo retraté muchas, muchísimas veces, a lápiz y a carboncillo, con témperas y
acuarelas, y la primera vez que me atreví a pintar al óleo hice un retrato de
Quique. Le pinté dormido y despierto, alegre y llorando, quieto y en movimiento,
entero y por piezas. Llegué por mi propio camino al ejercicio clásico del estudio,
y dibujé cientos de veces el gesto de su boca, la curva de sus párpados, sus
dedos gordos, torpes, la palma abultada y lisa de sus manos sin líneas, sin
relieve, hasta que me lo aprendí todo de memoria y pude prescindir de las fotografías,
de los apuntes, de mi propio modelo. Entonces empecé a pintar también a otros
Quiques, que no dejaban de ser él y a la vez eran distintos, a veces niñas,
otras bebés, también algún adulto, mi propia versión del adulto que mi primo
sería algún día, y muchos grupos, composiciones de tres, de cuatro figuras,
en las que todos eran Down hasta que descubrí la eficacia de incluir un elemento
distinto, una persona genéticamente normal, casi siempre una anciana, o un anciano
de expresión cansada y ojos inteligentes, astutos. Mi hallazgo fue convirtiéndose
en una obsesión que dejó de gustarle a mi madre, que empezó a preocupar a mi
padre, pero que me deparó un brillante ingreso en la Facultad de Bellas Artes,
donde miradas menos prejuiciosas o conscientes valoraron muy de prisa mi trabajo.
Yo era "esa chica de pelo largo que pinta familias de
mongólicos, ya sabes", y por eso no podía llamarme María José Sánchez García,
un nombre tan fácil de olvidar. Por eso, también, adquirí algunos hábitos de
los que apenas me gustaba su apariencia, como fumar unos cigarrillos artesanales
que yo misma me fabricaba liando en un papelillo tabaco de pipa, o beber coñac
por las mañanas. Pero entonces todo era más fácil, en primero, en segundo resultaba
muy fácil destacar. La mayoría de mis compañeros alcanzaban a duras penas el
nivel de un buen autor de cómics, y otros ni eso. Algunos llegaban al sobresaliente
desde el trampolín de un estilo tan manido, tan convencional, tan viciosamente
académico que me inspiraba menos envidia que desprecio. Había dibujantes magníficos
que carecían de sentido del color, pintores natos que nunca se habían tomado
la imprescindible molestia de aprender a dibujar, y algún que otro practicante
del hiperrealismo fotográfico cuyo trabajo resultaba curioso, técnicamente admirable
pero soso, insípido, trivial como el sabor del agua del grifo, e incapaz de
conmover. Cuando terminamos tercer curso, mi grupo había perdido ya más de la
mitad de los alumnos con los que empezó, y yo iba en cabeza. Era una buena dibujante,
una buena pintora, y había desarrollado, si no un estilo, sí al menos un tema
propio antes de cumplir veinte años. Me llamaba Jose Sánchez y era famosa. Y
sin embargo, ahora sé que ya había empezado a dudar de mí misma.
Lo haría cada vez con más frecuencia, con una progresiva convicción,
nuevos motivos. Al empezar cuarto me quedé atónita, casi paralizada por el asombro.
No podía entender de dónde había salido tanta gente admirable, dónde habían
estado metidos, por qué no había oído nunca hablar de ellos. En la especialidad
se invirtió la situación de los cursos comunes, éramos pocos y la mayoría muy,
muy buenos. Algunos me sonaban de haberlos visto alguna vez, en el bar o por
los pasillos, pero otros me resultaban completamente desconocidos. Pronto descubrí
que venían de otras facultades, colegios universitarios donde sólo se podía
cursar el primer ciclo de la carrera o universidades con menos nivel, menos
prestigio que la de Madrid. Jaime González era uno de ellos.
Había nacido en Castellón, se movía aún con la cautela propia
de quien acaba de instalarse en una ciudad donde no ha vivido antes y, si hubiera
podido evitarlo, creo que nunca me habría fijado en él. Pero no pude, nadie
habría podido, porque no era alto, no era guapo, no era delgado, estaba abocado
a convivir con un aspecto físico vulgar, más impropio aún de un artista que
mi nombre propio, pero era un dibujante prodigioso, extraordinario, el mejor
que he conocido jamás. La primera vez que le vi dibujar sentí algo parecido
a una alucinación, como si al pisar una baldosa cualquiera del suelo, sin escogerla,
sin darme cuenta, la realidad se hubiera convertido en el decorado de una película
de ciencia-ficción. Si hubiera sido así, su lápiz habría sido sin duda el efecto
especial más especial de todos.
-¿A ver, qué queréis?
Escuché primero su voz, un acento valenciano bastante cerrado
que provenía del interior de un corro. Al acercarme, me encontré con que media
docena de compañeros rodeaban a un chico que parecía de pueblo, un campesino
sano, colorado, el cuello de toro y la cara muy ancha, labios gruesos, pómulos
marcados, cejas espesas y una nariz larga, fina, aristocrática, que parecía
trasplantada de un rostro diferente. Sostenía entre las manos un bloc de dibujo
y un lápiz del que apenas asomaba la punta. Sus dedos eran fuertes, cortos,
gordos como percebes, una antítesis casi ideal de lo que se supone que tienen
que ser los dedos de un dibujante, las manos que había dibujado Escher.
-Bueno, voy a empezar con una Virgen de Rafael...
Primero creí que era una broma, luego que era un truco, al
final acepté que era un milagro. No me paré a contar los trazos, pero habría
jurado que no le había dado tiempo a completar ni una docena cuando levantó
el bloc, valoró su obra, nos la enseñó y vimos una Virgen de Rafael, nada más
y nada menos que una Virgen de Rafael, tan idéntica al original que se me pusieron
los pelos de punta.
-Una tahitiana de Gauguin -anunció luego, y al verla, aplaudimos,
silbamos, alguien gritó incluso, de sorpresa y de alborozo, mientras él se limitaba
a sonreír, como si estuviera muy acostumbrado a esa clase de reacciones-. Ahora,
una bailarina de Degas...
Y fue una bailarina de Degas, un dibujo borroso, deliberadamente
abocetado, las zapatillas apenas insinuadas, el tutú inacabado, las líneas rotas,
tal y como las hubiera dejado su autor. Aquello me impresionó tanto que ni siquiera
me di cuenta de que estaba expresando mi asombro en voz alta.
-Nunca he visto nada igual -dije, y él me miró-. Parece magia.
-¿Cómo te llamas?
-Jose
-Muy bien, Jose... -no me pidió que repitiera mi nombre, no
dejó escapar ni una sola exclamación, no mostró ninguna clase de extrañeza,
por eso comprendí que, aunque nunca le hubiera visto, él ya sabía quién era
yo-. No te muevas.
Entonces me dibujó. No hizo una caricatura, ni le puso mi cara
a ninguno de los modelos que ya dominaba, no se limitó a trazar un boceto, ni
un estudio, ni un apunte que perfeccionar más tarde. Me dibujó, hizo un retrato
a lápiz de mi cabeza, con el ceño fruncido y los labios abiertos en una sonrisa
tibia, indecisa, mi cara en menos de veinte trazos. Yo habría necesitado muchísimos
más. Lo sabía porque hacía meses que me estudiaba a mí misma. No se lo había
contado a nadie, pero pretendía que mi próximo óleo fuera un autorretrato, yo
con síndrome de Down, una propuesta radical que no encerraba otra cosa que el
primer indicio claro de mi inminente agotamiento.
-Es estupendo -le dije cuando le devolví el bloc, definitivamente
resignada a la estupefacción-. Gracias.
Estaba segura de que arrancaría la hoja para regalármela, pero
no lo hizo. Cerró el cuaderno, se metió el lápiz en un bolsillo y se levantó.
-Dibuja ahora un arlequín de Picasso -le pidió alguien.
-No. Sólo dibujo mujeres.
Mientras cruzaba el aula en dirección a la puerta, un chico
que no se le parecía en nada, alto, guapo, delgado, como un arcángel desarmado,
sin alas y sin espada, le saludó con una carcajada a la que el dibujante prodigioso
respondió con un puñetazo blando en un brazo. En aquel momento, me sorprendió
mucho verlos juntos, pero me acostumbré enseguida, todos nos acostumbramos muy
pronto, cuando empezó a ser imposible verlos por separado.
A pesar de la brusquedad de aquella primera despedida, Jaime
González era un tipo sociable. Tenía mucho sentido del humor y talento para
divertirse, le encantaba contar chistes y reírse con lo que contaban los demás,
le gustaba la gente. Hablaba por los codos, pero sabía escuchar, y se encontraba
a gusto en el centro de las reuniones, aunque su entusiasmo se revelaría enseguida
como el peor de sus defectos, además de como su principal virtud. Cuando Jaime
se estaba divirtiendo, era casi imposible marcharse de un bar. No toleraba las
deserciones y recurría a cualquier cosa, el chantaje, las amenazas, las súplicas
llorosas y hasta los abrazos de oso, para convencer a los bebedores prudentes
de que se quedaran a tomar la última copa, que con él de por medio nunca sería
la última; ni siquiera la penúltima. Mientras tanto, su amigo el árcangel, estaba
siempre a su lado, siempre en silencio, pero sin dar nunca la impresión de aburrirse.
No sólo era el chico más alto de la clase, también era el más guapo, aunque
su belleza tenía un punto excesivo, ambiguo, una delicadeza casi femenina a
pesar de los granos, pocos pero de tamaño considerable, que brotaban en su frente,
en su cuello. Su rostro era muy perfecto y su cuerpo también, un conjunto admirable
de rasgos finos, alargados, elegantes, que cobraron un sentido definitivo cuando
alguien me dijo cómo se llamaba. Ningún otro alumno de mi clase habría estado
a la altura de aquel nombre envidiable. Él era Marcos Molina Schulz. Y me gustaba.
Yo me consideraba casi amiga de Jaime, con esa amistad a medias
que se establecía en las mesas del bar de la facultad entre quienes se sentaban
juntos todos los días lectivos pero no quedaban para salir los fines de semana,
cuando hablé con él por primera vez. Fue en una mañana inestable, de sol y nubes,
una de esas mañanas de pesadilla en las que la luz puede llegar a cambiar varias
veces en un solo minuto. Yo había llegado pronto y había pillado un buen sitio,
al lado de la ventana, él trabajaba ya con formatos bastante grandes y desplazó
su lienzo en varias etapas, buscando una situación mejor, hasta que lo colocó
junto al mío. Le vi acercarse con el rabillo del ojo y no presté mucha atención
a lo que estaba haciendo, hasta que su trabajo invadió sin remedio mi campo
visual.
Era un acrílico casi acabado, la imagen de una muchacha triste
con un camisón blanco. Estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo de
baldosas de una habitación misteriosamente desangelada, porque había una cama
con cabecero de tubos metálicos en buen estado, una alfombra de lana clara a
sus pies, una butaca tapizada con una cretona de flores en colores alegres que
hacía juego con las cortinas descorridas, un escritorio cubierto de pilas de
libros, y un estante con pequeños juguetes, y todo, excepto quizás los barrotes
del cabecero de la cama, demasiado austeros, casi carcelarios, debería resultar
neutral, común, previsible, un dormitorio como cualquier otro, desde luego no
el de la única hija de una familia burguesa, pero sí un cuarto de pensión, o
de un colegio mayor, o tal vez el refugio de la criada de una familia acomodada
pero respetuosa con la servidumbre. Eso es lo que debería parecer, pero no era
lo que parecía. A través de la ventana se veía un cielo rosa, imposible y deslumbrante,
trabajado con una técnica más propia del cromatismo abstracto que de la tradición
figurativa, un recurso que se repetía en otras zonas del cuadro. Podría ser,
pensé, podría ser, pero deseché enseguida esa hipótesis, porque no era eso.
No sabía lo que era, excepto que lo que estaba viendo no era lo que debería
ver, porque la modelo era joven, y las paredes lisas, y los muebles nuevos,
y sin embargo todo se resquebrajaba, se dolía, agonizaba, las paredes se estaban
cayendo a pedazos, la carcoma devoraba los muebles, la muchacha no era tal,
sino una vieja precoz, consumida y exhausta.
Quizás, si no lo hubiera tenido delante, no me habría fijado
siquiera, porque no tenía nada que ver con las exhibiciones de Jaime. Nada aquí
era fácil, nada era rápido ni estruendoso. Por eso lo miré durante mucho tiempo,
necesité mucho tiempo para comprender cuánto me gustaba, y más que eso, cómo
lo envidiaba. Lo que no puede lograr el dibujo, a veces puede lograrlo el color,
recordé, pero ése era un axioma para artistas mediocres, frágiles, impotentes.
Él no lo necesitaba, no había tenido que abusar del gris para lograr una imagen
polvorienta, desgraciada, triste, como una flor que nunca hubiera sido bonita
cuando ya se ha marchitado en un vaso de duralex. Tal vez no fuera brillante,
pero era profundo, violento, conmovedor. Era lo que tenía que ser, y yo nunca
llegaría a tanto.
Cuando conseguí deshacerme del hechizo de aquel cuadro, me
di cuenta de que estaba pegada a su autor, que me miraba sorprendido, hasta
divertido, con los brazos cruzados y media sonrisa en los labios.
-Es muy bueno -le dije para justificar mi invasión, y lo repetí,
como si pretendiera subrayar el elogio-. Muy bueno.
-No -contestó él-. Es Hopper, es Freud, está muy visto. No
vale nada.
-No -insistí-. No estoy de acuerdo. Puede recordar a Hopper,
puede recordar a Freud, pero yo no me he dado cuenta de eso antes, al mirarlo.
Y me parece muy bueno, me gusta mucho, en serio.
-No lo creo.
-Sí.
-No.
-Mira, te voy a decir una cosa... -estaba molesta, casi indignada
por su reacción, esa radical negación de sus méritos que me sacaría de quicio
muchas otras veces-. No se trata de lo que está ahí, sino de lo que yo he visto.
Y he visto muchas más cosas de las que están ahí, porque tú las has pintado.
Esa luz sucia, casi tenebrosa, el cielo rosa, la tristeza... Porque todo es
triste, y no tendría por qué ser así, y tú lo sabes. Por eso creo que es lo
mejor que he visto en esta clase.
-No digas tonterías.
Aquel comentario me desarmó. Él no levantó la voz, no descruzó
los brazos, no dejó de sonreír, y sin embargo esas tres palabras irradiaban
tanta dureza que de repente me sentí ridícula, incapaz de seguir sosteniendo
unos argumentos que ni siquiera me favorecían. Primero me puse colorada. Luego
volví a mi lienzo, cogí la paleta, empecé a retocar el fondo de mi propio cuadro,
y entonces le escuché.
-Oye, Jose... -su voz era tan suave, tan neutra como antes-.
Si quieres, te lo regalo. En cuanto lo presente, te lo llevas.
-¿En serio? -aquello era más de lo que podía esperar, y por
eso giré la cabeza, volví a mirarle, le sonreí.
-Sí. Es malo..., pero me alegro de que te guste. A mí me gusta
mucho lo que haces tú. He visto tus mongólicos, son fantásticos.
Entonces giré despacio el cuadro en el que estaba trabajando,
Autorretrato con síndrome de Down, y él asintió con la cabeza, apreciándolo.
-¿Lo ves? -me dijo-. Es buenísimo.
-No -respondí, y ni siquiera me di cuenta de que estaba a punto
de confesar en voz alta lo que no me había atrevido todavía a decirle a nadie-.
Es un puro efecto, justo lo que parece. No hay nada debajo.
Le dije a Lorena que había empezado a sentirme muy mal de repente
y no mentí. Me había olvidado el periódico en el despacho y compré otro antes
de coger un taxi. La noticia era larga, elogiosa, y omitía el detalle del suicidio.
Aquel silencio me inspiró un alivio trivial y pasajero.
Cuando llegué a casa, la asistenta se había marchado ya. Todo
estaba limpio, recogido, helado como el vestíbulo de un mausoleo. Es increíble
cómo aguanta esta mujer el frío, pensé al encender la calefacción, pero aunque
puse el termostato al máximo, ya sabía que no sería fácil entrar en calor. En
la pared principal del salón, encima del sofá, colgaban dos obras de Marcos,
técnica mixta sobre cartón de embalaje, cuadros relativamente recientes, de
la que los críticos consideraban la primera etapa de su época de madurez, antes
de que empezara a retratarme en todas las mujeres jóvenes que pintaba. Los había
conseguido cinco años antes, y sólo porque la galerista me debía un favor tan
gordo que no le quedó más remedio que rebajarme un quince y dejarme pagar a
plazos. Al contado no habría podido comprar ni siquiera uno. En aquel momento,
Marcos era ya uno de los pintores más caros de su generación, y no sólo por
su calidad sino porque, además, su obra circulaba muy poco.
No te lo puedes figurar, me contó aquella mujer, pinta muchísimo,
pero nunca está satisfecho con nada de lo que hace... Sí me lo podía figurar,
pero no dije nada, y fingí escucharla con interés mientras me contaba los tormentosos
episodios de su odisea con Molina Schulz, cómo le dejaba miles de recados en
el contestador a los que él no respondía jamás, cómo se negaba a abrir la puerta
cuando iba a verle aunque la portera le hubiera asegurado que estaba en su estudio,
cómo ya se había declarado vencida, incapaz de convencerle de que expusiera
cada dos o tres años, igual que todos los demás, cómo de vez en cuando, sin
tomarse la molestia de avisar, de concertar una cita de antemano, iba a verla
con un par de cuadros, nunca tres, porque necesitaba dinero o porque, simplemente,
ya no le gustaban, y no soportaba verlos todos los días colgados en la pared.
Yo le mandaría a la mierda, te lo juro, me dijo, pero no puedo, porque estoy
convencida de que va a llegar, de que está entre los que serán grandes... Por
eso no quería venderme sus cuadros, pero yo tenía una carta en la manga, los
herederos de un pequeño, pero muy exigente, coleccionista de El Paso, que preferirían
no sacar a subasta pública las obras que habían sido la pasión de su padre si
yo podía encontrarles antes una buena oferta. Ella era mi compradora ideal,
y yo la suya, las dos lo sabíamos. Cuando nos despedimos, le conté una parte
de la verdad, que yo había hecho Bellas Artes con Molina Schulz, que habíamos
sido muy amigos, que me gustaría que supiera que había comprado sus cuadros...
No quiso darme su teléfono, porque le tenía pánico, pero me prometió que le
daría el mío, y lo hizo.
-Hola, Jose, soy Marcos. Ya me he enterado de que has comprado
dos cuadros míos, y no deberías haberlo hecho, porque son muy malos, pero, en
fin, como tú siempre has tenido esa manía... También sé que estás bien, así
que no te lo pregunto. A veces me acuerdo mucho de ti, ¿sabes?, de Jaime y de
ti ,y de mí, pero sobre todo de ti. Por eso te pinto. Bueno, un beso... Ya te
llamaré otro día, a ver si nos vemos.
La distancia entre la penúltima frase y la última era tan oceánica
que antes de que el contestador rebobinara el mensaje ya estaba segura de que
no volvería a llamarme nunca más. En aquel momento me pareció lógico, normal,
habían pasado muchos años, demasiados, yo no sabía cómo era Marcos ahora y él
no sabía nada de mí. Me hubiera encantado hablar con él, contarle cuánto me
gustaba lo que hacía, cómo me alegraba cada mañana al ver sus cuadros colgados
en mi pared. Le habría dicho que yo también me acordaba mucho de él, que seguía
admirándole y queriéndole aunque ya no le viera, y él me habría contestado que
no dijera tonterías, así que quizás, después de todo, había sido mejor no coincidiéramos,
que yo me hubiera guardado para mí la aguja de emoción y de melancolía que sentí
al escuchar su voz grabada.
Pero eso había sido cinco años antes, cuando estaba vivo. No
había vuelto a saber nada de él hasta que le vi de pronto en todos los periódicos,
hacía sólo unos meses. Molina Schulz reapareció en Arco después de ocho años
de no exponer en Madrid, y cuando los críticos se recuperaron del pasmo, se
enzarzaron en una polémica feroz, es lo mejor que ha hecho, es lo peor que ha
hecho, es sublime, es decepcionante, es un punto de partida, es un callejón
sin salida, que al pintor parecía divertirle mucho. A mí no me hizo ninguna
gracia, en cambio. Se está automutilando, eso fue lo que pensé cuando lo vi,
una serie de aguadas tan idénticas como si formaran una secuencia, colores sombríos,
oscuros, mates, una paleta impropia de aquella técnica, una técnica impropia
de un pintor como él, una obra menor y lúgubre, muy buena, porque era suya,
pero tan negra como la mirada de un asesino condenado a la silla eléctrica.
Tal vez ya se había sentenciado a sí mismo, pero yo no me di cuenta, no habría
podido, porque en uno de los suplementos dominicales encontré una entrevista
muy larga, con fotos de su estudio en color y a toda página. En la primera,
el artista posaba sentado en su mesa. Al fondo, sobre la pared, y en un marco
mucho mejor del que merecía, colgaba una lámina escolar con un paisaje verde,
florido, pulcro, lomas suaves y caminos sinuosos, y conejitos, y patitos, y
pollitos, y un río con un puente, y una cascada de agua espumosa y otra de hiedra
tropical, todo bien empastado de cera, difuminado con el meñique y realzado
con trazos finos de lápices de colores. Al verla, me emocioné tanto que ya no
pude pensar en nada más.
En mi dormitorio, una muchacha triste, sentada con las piernas
cruzadas sobre un suelo de baldosas, la vista baja, concentrada en un ángulo
del lienzo, parecía condenada a leer eternamente la misma dedicatoria, "Para
Jose, que es bella y benevolente". Al tumbarme en la cama me pregunté cuánto
costaría ahora, en qué cifra habría incrementado su precio la muerte de su autor,
y al intentar calcularlo, conseguí por fin echarme a llorar. Lloré a Marcos
durante mucho tiempo, y cuando mis ojos se secaron, seguí llorándole por dentro.
Creo que nunca podré dejar de hacerlo. Era el único de todos nosotros que había
llegado, el único entre aquellos principiantes que estaba destinado a ser un
pintor grande de verdad. Pero murió a destiempo, porque le costaba demasiado
trabajo vivir.
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