Pablo Neruda

ENSAYO
Pablo Neruda: Los caminos de América. Tras las huellas del poeta itinerante III (1940-1950)
Texto: Edmundo Olivares Briones
LOM, 2004
Viernes 9 de julio de 2004



¿Por qué México?

Desde la razón, pero también desde el corazón, venía el genuino afecto que Neruda sentía por México y su gente.

Uno y muchos factores ayudaban a mantener viva esta corriente de simpatía. Para comenzar, no hay que olvidar que en la persona de su ‘‘pariente’’ mexicano y colega en las letras, Alfonso Reyes, tenía Neruda un gran amigo que había acudido en su ayuda durante los asfixiantes días de sus consulados en Oriente, cuando don Alfonso —en ese entonces embajador en Argentina— se había movilizado espontáneamente para intentar conseguirle el ansiado traslado.

Este sentimiento pro-mexicano se había robustecido ampliamente durante la Guerra Civil Española, con el contacto con Octavio Paz, Carlos Pellicer y otros intelectuales mexicanos durante elCongreso de Escritores en Valencia; pero en parte principal por una actitud de los mexicanos que el angustiado poeta de España en el corazón no podía sino admirar y aplaudir: dentro de la América Latina, México era el único país que tenía la firme voluntad de apoyar a la República Española, no sólo enviando voluntarios a integrar las Brigadas Internacionales, sino con la decisión y la capacidad necesarias para apoyar efectivamente su lucha con el envío de armas y otros pertrechos bélicos.

Más tarde, al producirse el final de la lucha, cuando la causa republicana termine por desplomarse, México será el más activo y el más generoso entre los países dispuestos a abrir sus puertas para recibir a los exiliados.

Influenciado, pues, por la adhesión de México a una causa que también había hecho suya, una prueba de la admiración que Neruda sentía por México y su Gobierno quedará expresada en un poema leído en aquellos años de la guerra, durante un homenaje al presidente Lázaro Cárdenas efectuado en el Teatro Caupolicán de Santiago, el 18 de julio de 1938.

Era, por cierto, un poema de circunstancia, que sólo pretendía elogiar la solidaridad mexicana con la República española:

Qué orgullo te tenemos, México hermano, México, águila verde,
desde arriba del mapa como laurel de hierro
dejas caer una hoja que recorre
todo el desamparado corazón de Sudamérica
como un lingote rápido de orgullo,
y de tu sol central como de una granada
salen olas de luz para nuestras banderas.

México, yo me acuerdo
de ti cuando en Madrid volvían
mis compañeros combatientes
de vuelta de la sangre.
Me traían no unaflor de trinchera,
me traían no un pájaro recién asesinado,
sino un puñado de cápsulas de bronce
detrás de las que pude descifrarcon orgullo
la siguiente leyenda ‘‘MÉXICO, 1936’’.

Ellos, los combatientes,
trajeron hasta mí tu flor de fuego,
trajeron hasta mí tu plumaje de pólvora,
para decirme México nosayuda, no estamos tan solos, hermano.
Y entonces
no me sentí hijo de una patria traicionada,
no me sentí habitante de un mundo que acorralaba a España,
me sentí hijo de América, y una gota
de tu valiente sangre, México, salió a cantar al mundo.

 

Esa actitud de México —de su Gobierno, de su pueblo— no podía dejar de conmover por entonces a Neruda, como no podía dejar de conmover a todos los partidarios de la República española, que la veían obligada a combatir no sólo contra sus enemigos sino también contra el asfixiante cerco internacional que le impedía o le racionaba el suministro de armas y municiones.

Durante los días de su misión en París como encargado de la inmigración española, Neruda había seguido con interés las noticias que daban cuenta de lo que México estaba haciendo en este mismo sentido, en su caso un esfuerzo gigantesco y prioritario para facilitar la llegada de miles de refugiados republicanos a su territorio.

A diferencia de Chile —que ponía énfasis en sus necesidades de técnicos y trabajadores especializados— México no colocaba barreras a intelectuales, artistas, profesionales liberales, escritores y profesores.

El resultado es que un buen número de españoles que eran amigos o conocidos de Neruda acabaría por asentarse en México.

Estando todavía en París y a punto de dar por finalizada su misión como encargado de la inmigración española, Néruda analizaba las opciones que se le presentaban para dar continuidad a su carrera, y entre ellas la que lo inclinaba hacia México era sin duda la más poderosa.

Diversas gestiones se hacen ante el Ministerio de Relaciones Exteriores para satisfacer sus deseos y después de rechazar el cargo de Secretario de la Embajada en México, el poeta obtiene finalmente dos importantes victorias. Se le nombra Cónsul General en México y se acepta su recomendación para que Luis Enrique Délano ingrese al servicio consular y asuma el cargo de vicecónsul en México. Todo esto ocurre no sin fricciones con el Departamento Consular de Relaciones Exteriores y con el entonces Cónsul en México, Carlos Briceño, un funcionario que llevaba poco tiempo en su cargo y al cual por fuerza hubo que pedir la renuncia.

—¿Está contento con su nueva destinación? —le había consultado un periodista.

—‘‘Estoy más que satisfecho, feliz —ha respondido el poeta—. Amo a México, gran país, gran democracia, tierra de poetas, de luchadores, de hombres embebidos en una construcción permanente’’.

Ahora bien, sin respuesta tendrá que quedar otra interrogante, que nadie formuló entonces:

—¿En qué medida ha contribuido a esta elección esa línea americanista —esa voluntad americana— que Neruda ha empezado a mostrar en su poesía y en sus declaraciones?

La interrogante tiene sentido, porque no deja de ser interesante recuperar una fecha que demuestra la antigua atracción que Neruda sentía por México.

Ya en unas breves declaraciones a la revisa Ercilla —en octubre de 1937— recién llegado de Europa, sin consulado y aun sin saber cuál sería el destino de su carrera— al serle preguntado cuánto tiempo permanecería en Santiago, Neruda había respondido lacónicamente:

—Tal vez hasta marzo. Pienso ir a México.

La intención estaba allí —tan tempranamente como entonces— pero las tareas pendientes, la situación política, la elección presidencial de 1938 y muchas otras cosas —misión del ‘‘Winnipeg ’’ incluida— dejarán pendiente aquel propósito.

Ahora, en los últimos días de julio de 1940, Neruda inicia viaje hacia México, acompañado de Delia del Carril y de Luis Enrique Délano, este gran amigo y antiguo colaborador —en carácter particular— en el consulado en Madrid.

Grandes son las expectativas que despierta este viaje, que tiene algo de expedición y conquista.

Pero en lo principal, todos tienen la certeza de que los días que les esperan no han de ser ni tan agitados ni tan terribles como los vividos en Madrid.


 





 
   
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