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Marcela Serrano.
Foto: J.E. JAEGER |
ENSAYO
"Hasta siempre, mujercitas"
Texto: Marcela Serrano
Planeta, Barcelona, 2004
Viernes 20 de agosto de 2004
3. BETH O EL ESCASO MAŅANA
Kampala, Uganda, setiembre de 1982
"'Jo, I'm anxious about Beth."
Marmee, capítulo 32, Little Women*
Colándose a través de los muros como un grito
ahogado, como el frío, un ángel ha venido a visitarme, dulce el
ángel, como aquel de la guarda de mis oraciones infantiles, el de la
dulce compañía. Por cierto, me conmociona su visita, nadie viene
a estos lugares, ¿a qué podrían venir?, y exalta mis horas
deshilachadas, pues nadie más que yo lo escucha, y a su vez mis palabras
sólo llegarán a sus oídos cuando, accediendo a su petición,
le hable de mis días.
Me llaman Luz Martínez. La pequeña Luz, siempre la pequeña,
aunque Lola fuese la menor. Fui la más dulce, la más buena. Nos
peleábamos todas por ese lugar, el de la bondad, y fui quien mejor se
lo apropió, de forma genuina. Por esa razón estoy donde estoy,
en la pobre cama de un hospital perdido en algún lugar también
perdido del continente africano, y perdida yo. En mi situación puedo
darme cualquier lujo de la mente, ya que no otro. Y éste consiste en
pasearme como se me dé la gana por mi vida —corta, claro, soy espantosamente
joven—, eligiendo sólo lo que hoy me interesa: el Pueblo. Puedo
ser arbitraria como nunca me atreví, puedo ser descarnada, irónica,
hasta malévola, aunque no corresponda a mi naturaleza, sí, sería
un verdadero lujo... nadie me rodea, escasamente yo misma, que ni siquiera estoy
atenta a mis latidos, nada. No deseo llamar a equivocaciones: vivo mi agonía.
Se supone que las agonías arrojan a los seres humanos al más alto
grado de inseguridad; pues bien, a mí me dejan donde siempre he estado.
De pequeña, una de las primeras sensaciones que experimenté al
adquirir una cierta conciencia, fue la de que todo a mi alrededor era un poco
a medias. Mi único hermano era medio hermano, mi madre era media mujer
de mi padre al haberse casado con anterioridad (en esa época, la gente
no se casaba dos veces, yo era la única en todo el colegio que tenía
una madre viuda, estando mi papá vivo), quienes yo consideraba mis hermanas
lo eran a medias, pues eran primas, y la casa que yo sentía propia —la
casa del Pueblo— era a medias mi casa. Esto no fue dramático, sólo
me recubría de cierta fragilidad. Además, nací delgada,
menuda y feúcha. El color de mi cara, de mi pelo, de mis ojos, todo en
mí era café, el marrón vulgar de medio género humano,
ni siquiera morena —las morenas irradian una cierta fuerza, algo de misterio,
algo no develado—, este café del que hablo era común, sin
connotaciones, y me permitía participar del tráfago escondiéndome,
pasando siempre desapercibida, sin necesidad de acudir a los recovecos. Bajo
los efectos de cierta luminosidad, mis ojos se volvían transparentes
como los de una lechuza y nada escapaba a mi vista. (Desde el rincón,
todo lo vi siempre desde el rincón.) Muy tempranamente deseché
los valores de este mundo, aquellos que colmaban de ambición cada centímetro
del volumen de mis primas: la belleza, el talento, la fortuna. Es que me parecían
efímeros. Y dificultosos. Opté por la bondad. No era difícil
abrazarla si de verdad lo otro no cruzaba mi campo de interés, quiero
decir, si no me juzgaba por ser la más hermosa ni la más talentosa,
ni pretendía ser la más rica, el camino hacia la bondad se facilitaba.
Es simple, en cada grupo humano sus componentes deben contar con una fortaleza,
cualquiera sea, que dará una identidad individual para sostener el ego
dentro de la identidad colectiva. En la infancia, era fácil ser buena.
Es más difícil hoy. Por ejemplo, ser buena en mis actuales condiciones
significa no llamar a Ada para que me asista en la agonía. ¿Qué
puede hacer Ada aquí, entre esta miseria, aparte de sufrir por mí?
Porque ella vendría, lo sé. Y ésa es la razón por
la cual no la avisaré, prefiero que siga creyendo que vivo y que trabajo
y que respiro y que ambiciono y que amo, todo lo que ya es mentira.
Porque Lola se creía invencible e inmortal, yo fui siempre insegura.
Durante muchos años nos agruparon como las dos mayores y las dos chicas,
Nieves y Ada por un lado, Lola y yo por el otro, Lola siempre como mi referencia
más cercana, mi comparación, mi competencia. Ella era hermosa
y fuerte, y de una enorme presencia física; a su lado, mi existencia
parecía menguarse. Todos pensaban que yo era la menor y ella no lo contradecía.
Mientras miraba hacia Nieves buscando su protección, yo miraba hacia
Ada. Hoy pienso que no era necesario, el manto del amparo era extenso y alcanzaba
para todos, no necesitábamos alianzas, ¿o estoy equivocada? Era
la tribu. Nuestro Concord.
A Nieves la bondad se le daba como un regalo envuelto en el papel celofán
de su encanto, no debía buscarla, no le costaba nada, todo su horizonte
era una enorme sonrisa, ¿de dónde podía provenir la maldad?
Habría sido como buscar un pigmento de gris en el blanco más rotundo,
no, allí no había matices, el blanco rotundo era rotundamente
albo y nada más. Así era la bondad en Nieves. Pero no en Ada.
Las luchas interiores se adivinaban en ella, les peleaba a sus partes oscuras,
¡cómo les peleaba! Y cuando la claridad ganaba era con un gran
esfuerzo de su parte, lo que me hacía sentirlas más valiosas.
Lola coqueteaba con la idea de la bondad, la orillaba y luego se sumergía
en ella porque le daba más dividendos. En cambio Oliverio, mi hermano
Oliverio, no pensaba en esos términos. Le interesaba la grandeza, la
fuerza, la solidaridad, no la bondad. Porque es hombre, me dijo Ada, sólo
porque es hombre, ellos pueden darse el lujo.
Cuando establecí la fragilidad de mi contextura, debí relatar
que fui un bebé prematuro, que nací a los siete meses y que por
culpa de ello nunca me vi libre de una aborrecible cuota de vulnerabilidad,
agregada a este cuerpo pequeño y debilucho que hoy hace de las suyas.
Fui tremendamente tímida. Hubo momentos en que sólo dirigirle
la palabra a otro ser humano me dolía, me ardían las mejillas
al dar la cara. Sólo me sentía libre dentro del ámbito
familiar. Muchas veces pensé que no sería capaz de abandonarlo,
que me escondería tras ellos por toda una vida.
Vivo actualmente las humillaciones del cuerpo. Todas y cada una de las humillaciones
tienen un solo nombre. Éste es: enfermedad. Mi cuerpo ha gozado poco,
tiene pocos placeres impresos en él para ganarle al dolor, no posee la
acumulación suficiente, no cuenta con recuerdos que le hagan el peso.
Ninguna ecuanimidad. Mis miembros podridos, de un café pastoso y seco
o de un rojo anochecido, resisten cada hora el ultraje a su dignidad. ¿Dignidad,
dije? Pero de qué hablo, si ya olvidé lo que ello significa. Caóticos
y enloquecidos, estos miembros sólo me conducen a pensamientos innecesarios.
A preguntarme, por ejemplo, de qué valió haber sido buena. Hice
lo que tantas mujeres antes y después de mí han hecho, a costa
de despedazarse: dar a luz lo que mata. Ésa fue la definición
de la bondad.
Le pregunto a mi ángel visitador si desea una crónica
de los hechos o mis impresiones. Pero caigo en la cuenta de que en las historias
honestas nunca pasan grandes cosas. Y las que ocurrieron se empequeñecen
hoy por culpa de mi estado. Es la obsesión: experimento la tendencia
a excluir todo lo que no ocurre dentro de estas cuatro paredes porque me ronda
la enfermedad y termina siendo ella la única presencia. Es fantástica
la capacidad del ser humano de arrasar con las realidades que no le son relevantes
en lo inmediato, de desecharlas, de minimizarlas, en buenas cuentas, de hacerlas
desaparecer. Como en los sanatorios, en los manicomios, en los asilos, sólo
importa el dolor del día, nada más. Hoy me preocupa una nueva
alteración en la piel de mi mano izquierda, una roncha insignificante
que apareció esta mañana, ésa es mi preocupación,
nada más que ésa. Pasar la otra mano por la superficie de la piel
—un pedazo determinado de piel, localizado y exacto— y detectar
una irregularidad: al principio sorprende, molesta, choca, una leve alerta;
sin embargo, a esa sorpresa, molestia, choque o alerta lo acompaña alguna
fascinación, algún placer raro que obliga a la mano a volver al
espacio de la irregularidad, a pasar otra vez la yema de los dedos para confirmarla,
porque en el fondo estamos constatando el estar vivos. De lo contrario, ¿por
qué insistimos en repasarla —a la irregularidad— si no es
para comprobar la variación? ¿Y no es acaso ella, la anomalía,
la que nos recuerda que estamos vivos? Constatar la anormalidad del cuerpo es
recordar la normalidad, o sea, que la vida sigue corriendo. La enfermedad todo
lo suspende. Es como la noche. Frente a mis ojos se posa la exactitud versus
el desvarío. Es la enfermedad la que determina cuál gana, no yo.
Si Lola se hubiese embarazado en la adolescencia o en su primera
juventud, como nuestra antepasada la hermana sor María Trinidad, y por
razones sociales le hubiese resultado imposible enfrentar este hecho, ¡qué
enorme habría sido su tentación de hacerlo pasar por hijo mío!
Claro, su dote y la mía eran equivalentes entonces, el aserradero le
daba tanto pan a ella como a mí, pero la prima pobretona anidaba igual
en mi entendimiento: Verónica de las Mercedes era yo. Salgo de la celda
de muros blancos, albos los muros, con un canasto repleto de frutas en mis manos,
chirimoyas, guanábanas, granadillas y lúcumas, todas destinadas
a endulzar el fino paladar de mi prima monja a la hora de los postres (su embarazo
le provoca el gusto por las frutas frescas, no quiere saber de tortas o masas
de repostería, la mantequilla y la grasa le producen náuseas),
camino por la angosta y quebrada callejuela de adoquines nombrada por una ciudad
española (¿Sevilla, Granada, Plasencia?) y me dirijo a nuestra
casa. En efecto, es una verdadera casa, cuatro habitaciones, una sala amoblada
con maderas finísimas y arcones con incrustaciones de oro, una habitación
con un lecho con dosel donde duerme la hermana sor María Trinidad, otra
con jergones en el piso para las sirvientas, y la última para las seglares.
Aquélla es la mía, la nuestra, la que comparto con otras dos mujeres
del séquito de mi prima (una de ellas ha usado el convento como lugar
de refugio o de espera para sus desavenencias conyugales; la otra enviudó,
y habiendo entregado la dote a sus impacientes hijos —dejando aparte la
cuota para el convento—, no tuvo otro lugar donde echar a descansar sus
huesos, ya saben, mientras pague, todo va bien, y yo... la supuesta embarazada
abandonada por el marido). ¿Un cuarto propio? Ni soñarlo. Mis
tareas son relativamente fáciles, ayudo en todo lo que se me presenta,
cuido a mi prima en su estado actual, y mi tarea es disimular día a día
la hinchazón de su vientre mientras invento un volumen en el mío.
Hago turnos preparando la capilla para la hora de las oraciones, a veces ayudo
en la cocina cuando están atrasadas, tercio entre mi prima y sus sirvientas
para evitar el tráfico de esclavas al que son tan adictas las monjas
aristocráticas, hago la labor de cantora (de todas mis actividades, es
la que más me gusta, el coro como una sublimación —no sé
bien de qué, pero sublimación igual—, las voces subiendo
por la cúpula de la iglesia y alcanzando el cielo ansiado, se mezclan
allí las voces de monjas y seglares, a todas nos admiten), hago encargos,
salgo por la puerta trasera que han olvidado de cerrar (cualquiera sale o penetra
el convento por allí, más tarde vendrán reformas que entibiarán
tanta permisividad). Por ahora salgo al exterior y respiro la promiscuidad del
aire multitudinario y citadino, pero comprendo que no lo necesito, me siento
cómoda dentro de los muros de Santa Catalina. Es una hermosísima
construcción, enorme y completa en sí misma, y me ahuyenta las
sensaciones de temor, bochorno y soledumbre, las que experimenté en el
mundo de fuera, aquel que me ofreció una cotidianidad tan nimia, un día
a día tan ínfimo en la confección de cada una de sus horas,
sin embargo, tan expuesto, con mi pecho al descubierto, cualquiera hacía
diana en él. Mañana nos visitará el obispo y la leña
en los hornos no se detendrá durante la noche preparando los manjares
para él. A mí en lo personal me afecta poco este hecho, el obispo
no me verá, no me dirigirá la palabra, seré una más
de las muchas mujeres que aquí habitan, entre las monjas de velo negro,
aquellas de velo blanco, las estudiantes, las acompañantes —mi
calidad— y las sirvientas. No resulta difícil una existencia sin
hombres, al menos se apacigua en ella ese lamento fijo de las mujeres: el que
su valor esté siempre en función de otra persona. Aquí
también se lidia con los demonios de las obligaciones femeninas —nuestros
deberes—, pero al menos no van dirigidas hacia marido ni hijos, lo que
las hace más tolerables. Las virtudes simples son el pan de cada día,
son sigilosas, y en ellas me acomodo bien. Es más, al no creer excesivamente
en las bondades del mundo, al sentirlo más bien hostil, agresivo, duro
y malintencionado, el espíritu de servicio que me acomete dentro de estos
muros termina resultándome legítimo y genuino. Creo que cuando
se teme al mundo grande hay que disfrazar el temor en odio, y así renunciar
a él, con el respectivo fraseo grandilocuente, por cierto: "Odio
al mundo, por tanto, lo abandono". Resumo la idea: debemos inventar ese
odio para poder renunciar, eso es.
(En un pasillo del convento, en la antesala del refectorio y de la sala de labores,
cuelga un cartel que dice en grandes letras: PENITENCIA / VIDA COMUNITARIA.
Sinónimos. Interesante, ¿verdad?, podría haberlo escrito
yo.)
Mi pobre persona no aspira al reconocimiento, sólo desea aceptación
y consuelo. Para ello no hago nada, sólo doy un paso más hacia
la muerte. Tú dirás, querido ángel, que mi vida no tiene
nada de sensata, y puedes tener razón, lo admito. Opinarás que
la sequedad de mi piel, casi resquebrajada, es un símbolo de abandono,
de descuido total. Acertado. Pero te diré una cosa que no debes olvidar:
aun la mujer más feliz guarda un espacio de rencor dentro, ese rencor
que nace con ella al abrir los ojos y descubrir que el mundo no la esperaba,
ese rencor que engendra el error, no, no me preguntes por qué, ¡francamente!,
¿es necesario explicarlo? Sólo te decía que cada mujer
vive ese espacio en absoluta soledad. La diferencia entre ellas y yo es que
me he esforzado por ser una criatura de imaginación más que una
de costumbre, y mi opción ha sido el no disfrazar esa soledad anestesiándome
con los vaivenes mundanos, sino vivirla plenamente. Créeme, me parece
más saludable.
Por ahí dijeron: ya que la vida es breve, acorta tu esperanza. Eso hago
en silencio. Eso hago. En silencio.
En un cielo de talco se ha convertido el firmamento de las afueras de Kampala.
La tierra de toda Uganda, sucia por la feroz sequía, luce un amarillo
nicotina, y la dureza del calor paraliza el día. La miseria y el horror
de las víctimas de la guerra civil se han transformado en un gemido repetido
y majadero. Nadie lo escucha. La presión y la fuerza bruta de la cotidianidad
y su inmediatez desafían cualquier peste, cualquier crisis, imponiéndose
su nimiedad, escurriéndose entre los escombros y siempre primando, siempre.
¡Qué enorme fuerza ostenta la vida cotidiana, cómo nos obliga
a afinar el olfato, a ignorar las emociones, a continuar, a continuar, a continuar
existiendo! Como animales, la supervivencia lo abarca todo, cada uno somos una
posible presa y un posible cazador, cada uno de nosotros, víctimas y
victimarios. En la tradición conservadora de mi país y de mi familia,
yacía silencioso y subterráneo el terror a la corporalidad de
la pobreza. Mi abuelo podía extender un enorme cheque para ayudar a los
damnificados del terremoto, pero no deseaba verlos, menos aún tocarlos.
La pobreza como un problema real y urgente que había que resolver mientras
se mantuviera en un nivel teórico, virtual. Tía Casilda amaba
a los habitantes del Pueblo, pero no visitaba sus casas, ninguna proximidad
material ni vecindad, le daba terror su cercanía. He sido la primera
en quebrar este raro hechizo y me he arrojado a ella —la pobreza—
con el cuerpo, toda una novedad. Mi tacto se horroriza, claro, pero no esquiva.
Ahora la pobre soy yo.
Después de que la familia entró en bancarrota, imponiéndome
la obligación de trabajar mientras mis compañeras de estudio se
ilusionaban ante los miles de caminos que dibujaba el futuro, me desempeñé
como secretaria en un consultorio médico para entregar a mi madre el
cheque de mi salario cada fin de mes. Esto me llevó a un primer conocimiento
del mundo de la medicina, y surgió en mí un fuerte deseo de compartir
el tiempo entre estudio y trabajo. Elegí la Cruz Roja (qué buena
doctora hubiera sido de haber ido mi vida por otros derroteros), y a través
de ellos pude contactarme con una organización que ya había llamado
mi atención unos años atrás: Médicos Sin Fronteras.
Fundada por unos médicos franceses, fue la primera organización
no militar y no gubernamental que se especializó en asistencia médica
de emergencia. A través de la Cruz Roja pude enterarme de sus experiencias
en Centroamérica, en Vietnam, en Camboya, y me interesaron enormemente.
Supe de inmediato que aquél era mi destino, decidida a abarcar corporalmente
la pobreza, es decir, decidida a romper con ese miedo que había heredado.
Me planteé como objetivo atravesarla con la espada más afilada,
meterme de lleno en ella. Y partí.
Qué fácil resulta sintetizar la enormidad de una difícil
experiencia y decisión en una palabra tan inofensiva como partir, sólo
un verbo de seis letras. Ya volveré a ello.
Fui una pionera en la internacionalización de Médicos Sin Fronteras,
al establecer ellos por vez primera un centro operacional fuera de Francia,
uniéndome así al programa de alimentación para las víctimas
de la guerra civil y de la sequía en este país africano. Debí
buscar Uganda en el mapa, sabía de África tanto como de astrofísica.
A poco andar, comprendí que no era el nombre del continente ni su contingencia
lo que importaba conocer, sino al ser humano en sus momentos límites.
Y ése fue mi aprendizaje, sin sospechar que me llevaría a mí
misma hasta allí.
Este tiempo raro me ha traído a la mente aquel verano en que enfermé.
Tenía sólo diez años cuando Silvia, la hija del practicante,
padeció de rubéola. Comenzaba recién el verano y la brisa
del atardecer con su frescura profana no hacía más que hablarnos
de los fastuosos días que nos aguardaban. Nieves, previsora, había
traído telas de la capital aquella vez para asegurar su calidad, ya no
se consideraba en edad de entregarse a ciegas a las que comprábamos en
el almacén de don Telo, y se preparaba para coser en la máquina
de Silvia bajo su supervisión cuando nos avisaron que esta peste era
contagiosa, que no la visitásemos. Tanto alboroto, si ninguna de nosotras
está embarazada, opinó Ada, restándole importancia, pero
tío Octavio nos detuvo, que no fuéramos irresponsables, que la
rubéola no era ningún chiste, que ni pisáramos la casa
del practicante si no queríamos arruinar todo nuestro veraneo. Acordamos
esperar que Silvia mejorara, y aparentemente la pobre fue olvidada por nosotras.
Pero no por mí. Una de mis caminatas favoritas era acercarme a la línea
del tren y mirarlos pasar, contar sus carros y hacerle señas a la gente
que en ellos viajaban, así como imaginarme la carga que ocuparía
el interior de los vagones cerrados. Sin despegar los ojos, solía poblarme
la fantasía de viajes lejanos, y el acompasado sonido rítmico,
intenso y metálico que producían sus ruedas al rascar los rieles,
agregado al enorme esfuerzo, respiro a respiro, tos a tos, que salía
de la locomotora como si estuviese eternamente extenuada, me transportaba a
tierras desconocidas. De alguna forma casi cósmica, los trenes me calentaban
el alma —entonces no tenía duda alguna de su existencia—
y me traían sosiego. Todas las tardes, al pasar frente a la casa del
practicante, miraba hacia la ventana de la habitación de Silvia, permanentemente
cerrada, y me conmovía la tristeza de sus días. Una tarde me acerqué
y le hice señas a través del vidrio, y su rostro resplandeció
al sentir que alguien se dirigía a ella. Continuando con la marca de
la región, Silvia era hija única. Su padre trabajaba todo el día
en el pequeño consultorio aledaño a la casa, y su madre se ocupaba
de los enfermos junto a él cuando se liberaba de las tareas del hogar:
esto para explicar la soledad con que la pobre Silvia enfrentaba su peste. Luego
de un par de días en que sostuvimos imposibles conversaciones a través
del vidrio decidí ignorar las advertencias y entrar por esa misma ventana
a su cuarto y tratar de aliviar en algo su malestar. Esta actividad pasó
a ser un juego divertido en la medida de lo clandestino que era. (¡Cómo
la estúpida de Silvia, con los años que te lleva, te lo permitió!,
fue más tarde el reclamo de Ada.) Decidí, con la conciencia con
que se cuenta a los diez años, ser la única acompañante
de la muchacha durante su enfermedad. Le gustaba peinar mi pelo largo, practicar
sobre él experimentos de chapes y trenzas, luego preguntarme sobre mis
primas, mi casa, la vida en la capital y Oliverio. Su curiosidad se inclinaba
a desentrañar cuánto glamour —idea que conceptualizo hoy,
no entonces— envolvía nuestras cotidianidades más allá
del Pueblo, sin entender que ésa era justamente la parte menos interesante
de nosotros. Sus insistentes preguntas sobre mi hermano me halagaban, yo respondía
cada una con precisión. Mis ojos debían detenerse inevitablemente
sobre sus erupciones cutáneas, y cuando se quejaba de dolor en los ganglios
en la región de la nuca y detrás de las orejas, le frotaba amorosamente
esos lugares con un algodón húmedo de agua de colonia. El virus
se incubó de inmediato en mi propio cuerpo, aunque tardó un par
de semanas en manifestarse. Fue un verano duro, de ello no tengo dudas, pero
con alguna luz para mí: seré enfermera, le confesé a Ada,
sí, mientras la enferma no seas tú. (Mientras la enferma no seas
tú en Uganda, entre los campos calcinados, contagiada de pestes de las
que nunca hemos oído hablar, olvidada en un hospital desabastecido y
abandonada a la buena de Dios, asegurando a tus compañeros de misión
que sólo te has debilitado, que todo va bien, que te reintegrarás
muy pronto al trabajo, que te dejen descansar en paz, que no, no debes llamar
a nadie en tu ciudad natal, que, como tu abuela resignada, no reconocerás
el modo en que la enfermedad te ha vencido.)
Mi dolencia ese verano, al revés que la de Silvia, fue perfectamente
acompañada y repleta de intentos de diversión por parte de mis
primas. El tío Octavio decidió que todas debían contagiarse
ya de rubéola para evitar su efecto posterior, cuando estuvieran en edad
de concebir, y realizaba una visita de rigor a mi dormitorio todas las mañanas
(mediodías más bien, él nunca se levantó antes).
Lola traía su liviano y coqueto atril de madera y se instalaba en mi
habitación a hacer sus bosquejos, Nieves me acicalaba y me contaba chismes
sociales mientras desenredaba las madejas de lana, y Ada aparecía con
libros bajo el brazo —cuando las lecturas se tornaban un poco densas,
le imploraba cuentos inventados por ella—, y así despachaba las
horas con agilidad. Tía Casilda, con su ‘‘enfermo que come
no muere’’, me atosigaba con reservas de la cocina, se abrieron
para mí frascos prohibidos del último anaquel, como el del dulce
de peras y el de alcayotas con nueces. Si te preguntas, mi ángel, por
qué no fui a Santiago a recuperarme, te daré dos razones: primero,
porque me habría aburrido muchísimo, segundo, porque mis padres
estaban de viaje. Ellos siempre estaban de viaje.
De más está agregar que ninguna de mis primas se contagió.
Insisto y me detengo en la marca que grabó tenaz ese verano en mi destino.
A los diez años comprendí que el servicio a los demás era
lo único que me hacía sentido. La rubéola adquirió
una cualidad de epifanía: al enfermar Silvia, mis amaneceres cambiaron
por completo, una energía nueva y benigna me expulsaba de la cama al
despertar, la placentera jornada estival se interrumpía, y al atarse
el goce a otro quehacer —uno no centrado en mi persona—, este mismo
adquiría realce, se plasmaba por fin congruente en mi cotidianidad tan
privilegiada.
Conversando con Henry, uno de mis compañeros de misión, sobre
las motivaciones que tuve para unirme a Médicos Sin Fronteras, he debido
sacarlo de su error: no, Dios no tiene arte ni parte en ellas. Mi compromiso
no tiene nada de divino, son los pobres quienes me mueven, no Él. Todo
terrenal: ferozmente terrenal es la pobreza, terrena el hambre, terreno el miedo,
terrena la enfermedad. La eventual intervención de Dios habría
sido crearlo todo: me niego a afirmar que este mundo fue su deseo, ¿cómo
podría haberlo querido así? En mi experiencia, los que enarbolan
esa bandera son todos unos fanáticos. Y bien sabemos que cuando se es
fanático de una causa, cualquiera sea, puedes terminar siendo tan imbécil
como el que abraza la causa contraria. No, no es a Su amor a quien me debo,
celoso y exigente, no es en Su nombre que invoco el sacrificio. Me llena de
dudas que merezca tanto honor y alabanza si ésta es Su obra. La tierra
es un horror. ¿Fue idea Suya? Por haberme enterado muy temprano de ello,
me arrogo el derecho de repetirlo: la tierra es un horror. Créemelo:
en mi propia piel, Uganda hoy día. Chile, en 1973. El Holocausto en pieles
ajenas que hago propias. Y así, suma y sigue. Suma y sigue. La lista
es tan inmensamente larga.
Quisiera los brazos de un dios más compasivo. Mientras lo encuentro,
me debo a los hombres y continúo en el intento de abrir puertas al dolor,
para expulsarlo del interior de los sufrientes y ayudar a que se diluya y se
descargue por fin. Se me puede acusar, con toda propiedad, de tener aspiraciones
un poco arrogantes, y mi defensa sería: ¿existen los puros que
a su vez no convivan con la arrogancia? Quizás Francisco de Asís,
quizás sólo él.
Bienaventurados los limpios de corazón.
La vida nos dio un tremendo vuelco aquel setiembre de 1973,
cuando los militares se tomaron el poder. Las rencillas provincianas probaron
ser tan dañinas como el involucramiento en las altas jerarquías
de la política, y me enseñaron en carne propia lo que significaba
esa palabra tan fea: venganza. Hasta entonces, aquel concepto me hacía
sentido en las historias épicas que Ada me leía o en los acontecimientos
de nuestra propia vida doméstica (como aquel gesto repugnante de Lola
cuando le quemó el manuscrito a Ada, se vengaba de muchas cosas Lola
en ese momento, no sólo de la negativa de Ada de llevarla a una fiesta,
no era tan pequeña Lola, el ensanchamiento de su rabia acumulada a través
del tiempo había llegado a su nivel de tolerancia y contaba los minutos
para estallar). Pues bien: allí estaba la venganza, cara a cara con mi
hermano, con Ada, con la familia, con cada uno de nosotros, con la casa del
Pueblo. Es probable que el fin de tía Casilda y del aserradero no fuesen
ajenos a los hechos que produjo ese caos horripilante y lleno de impotencia,
aunque quizás estoy exagerando al hilar tan fino. Ada era la preferida
de tía Casilda, ella lo ocultaba en pos de una determinada justicia,
pero para mí fue siempre tan evidente y prístino como una gota
de agua de lluvia al caer sobre una poza quieta y reluciente.
(—Lola, ¿crees tú que tía Casilda tiene una preferida
entre nosotras?
—No, cómo se te ocurre, nos quiere a todas por igual, ¡es
una de las gracias de su carácter!)
Seguro que nuestra tía se vio compulsivamente forzada a hacer un par
de balances durante el escondite de Ada en la bodega del aserradero, pues al
poco tiempo, durante mi primera visita al Pueblo después del golpe de
estado, sostuvo conmigo una conversación seria de las que normalmente
escapaba a perderse, una de aquellas que evitaba casi por principio. La vieja
excéntrica y descomunal que era había perdido las riendas de la
administración, la que había manejado con orden y tenacidad, y
la enardecía la certeza de que sus hermanos y sus sobrinos directos —nuestros
padres— se habían comido, madera a madera, cada tronco que sostenía
el aserradero en pie.
—Los hombres son una mierda, Luz, y más vale que lo vayas sabiendo.
—¿Todos los hombres, tía?
—Al menos, los de tu familia. Los hijos de tu abuelo José Joaquín,
incluido tu padre, son un cuarteto de irresponsables, y las mujeres con que
se casaron no han hecho más que respaldarlos. Se han dado la gran vida
mientras yo trabajo para que ellos coman. Aunque tu abuelo me pidió velar
por ellos, me dejó a mí este aserradero.
Guardó silencio fijando la mirada en los álamos, dando un golpe
con su eterno bastón, y el reflejo de aquellos ojos era duro, muy duro.
Quizás fue aquél su último paseo por el parque, a esas
alturas guardaba cama regularmente, sin embargo, quiso levantarse y me pidió
que la acompañara, seguro que añoraba la compañía
perseverante e invariable de sus álamos. La debilidad que ya carcomía
su cuerpo estaba bien escondida, y no la suavizaba ni un poquito. La única
diferencia que yo percibía con los tiempos anteriores era el uso del
bastón, ahora le resultaba imprescindible, ya no una diversión
extravagante como ayer. Fue siempre una mujer de palabras escuetas, rechazaba
enérgicamente el fraseo deliberado y florido tildándolo de inútil,
por lo que mi tarea consistía en leer entre líneas su enorme desesperación.
—Velar es una cosa. Entregar el pan de cada día es otra, ¿o
no?
—Sí, tía, estoy de acuerdo.
—Mis hermanos están viejos y acabados, no me importa que vivan
de mí, además, no significan mucho gasto. Pero mis sobrinos...
eso ya es otro cuento. He debido hipotecar parte de nuestra tierra, de nuestra
maquinaria, de nuestro patrimonio. En cualquier momento cae la casa también.
Y una cosa me preocupa.
—¿Cuál, tía?
—Si alcanzaré a vivir para poner todo esto en orden y limpiar las
deudas, sanearlo, ¿entiendes?
—Sí, entiendo, pero... ¿por qué es tan importante
hacerlo?
—Por Ada.
—¿Ada? ¿Qué tiene que ver ella en esto?
—No tengo hijos ni marido, puedo testar a mi arbitrio. Y quisiera dejárselo
a Ada. Entonces moriría en paz.
Ada como la heredera, la única.
Ya entrábamos a la casa cuando, mirándome por el hombro desde
su altura pronunciada, remató la conversación:
—Ada nunca se casará.
—Quizás... pero ¿qué te hace asegurarlo?
—Dos cosas: una, que estará siempre enamorada de Oliverio, y dos,
que es un tipo de mujer que no resistiría el matrimonio, no lo resistiría
porque no lo necesita. Ada es como yo.
A la muerte de tía Casilda, todos se mostraron muy sorprendidos
—y horrorizados— por el giro que tomaron las cosas y la quiebra
del aserradero. Claro, no alcanzó a vivir para legarle a Ada sus bienes,
y el desmembramiento de su patrimonio fue aún más contundente
de lo que ella suponía. Fui la única en no asombrarme con la noticia.
Y en mi fuero interno me pregunté por qué yo, por qué fui
la sola persona a quien le advirtió tal ruina.
Quizás porque reposé en la confianza durante
mi infancia detecto con agudeza los lazos afectivos entre los seres humanos,
sé distinguirlos y desmenuzar sus claroscuros, y con esa base afirmo
que el cariño más consistente y profundo que le fue brindado a
Ada en su vida provino de tía Casilda y de mí. Por ese mismo motivo
no resultaba singular ni peregrino que sólo nosotras dos estuviésemos
dotadas de la sagacidad para comprender su amor por Oliverio en su real dimensión.
Como podrás imaginar, querido ángel, nunca fue un tema abierto,
sólo tía Casilda lo verbalizó aquella vez, y lo hizo porque
la muerte se acercaba. (Hoy, ya decantados los acontecimientos, temo por Ada,
temo que en ella los conceptos de deseo y de transgresión se mantengan
eternamente entrelazados, que sean ellos los que la exciten y a la vez los que
la vuelvan excitante.)
La violación: aquella palabra que se esquivó como a la peste.
Yo estaba sentada a la mesa del enorme comedor al lado de Raúl, el amigo
que Oliverio había invitado a pasar las vacaciones y que más tarde
pasaría a formar parte de la familia, observando la anormalidad que todos
respirábamos sin mencionarla: la expresión del rostro de tía
Casilda era pétrea, y apenas si probó la comida, disimulando su
inapetencia a través del juego que hacía con el tenedor al revolver
el puré y trozar el cordero de tal modo que su volumen sobre el plato
disminuyera. Nieves, instalada a la derecha de Raúl —yo a la izquierda—,
se empeñaba en sacar temas de conversación irrelevantes para que
este nuevo pretendiente no pensara que nuestra familia era insólita en
exceso, y sus sonrisas sólo tocaban sus labios, no sus ojos, mientras
le insistía que repitiera el cordero y le contaba de la chacra que habíamos
plantado y las verduras que cada una había elegido. Lola miraba a tía
Casilda, luego a Nieves, como si buscara en ellas una orden, alguna sólida
ley que tuviera el poder de apaciguar la tremenda inquietud en sus ojos violetas,
situación que venía repitiéndose por tres días,
desde que Oliverio había salido en busca de Ada. Al sentirse ignorada
del todo, insistía en fijar su mirada hacia la gran lámpara de
bronce holandesa que colgaba del techo, dejando su plato intacto; ni se empeñaba
en fingir, como lo hacía su tía, sino que expresaba su desconcierto
y preocupación escandalosamente. En cambio, yo me comí todo, y
aunque luego me acometiera el asco, debía acompañar a Raúl
en su normalidad. Recuerdo entonces haberle relatado un reciente descubrimiento
sobre una organización extranjera de médicos voluntarios que me
tenía muy deslumbrada. Se interesó y me hizo varias preguntas,
lo que relajó una buena porción de los músculos de Nieves.
En eso estábamos, hablando de los efectos de la guerra de Vietnam sobre
los civiles, cuando sentimos una patada en la puerta. Fue un ruido brusco, como
despiadado, que estalló inesperadamente en la habitación y nos
obligó a volver la mirada hacia la puerta en un silencio absoluto. Oliverio
entró al comedor, acarreando a Ada sobre sus espaldas, ella apenas caminaba,
sujeta a sus hombros, y su cuerpo —la lasitud de sus manos y piernas,
la espalda curvada, el cuello ladeado— hablaba de una persona vencida.
La depositó en medio del comedor como quien entrega un encargo costoso
y de mucho riesgo para conseguirlo. Pensé en un prisionero de guerra.
Mi hermano calzaba las botas de montar y en una de sus manos sujetaba la huasca,
la que usaba muy de tarde en tarde. Se separó de Ada, a quien apenas
podíamos verle la cara, su pelo sucio y revuelto la cubría. Sólo
dijo dónde la había encontrado, en el campamento de los gitanos.
Tía Casilda se levantó de inmediato y con su vozarrón llamó
al tío Octavio mientras Nieves se apresuraba desde su asiento, acercándose
a ella y tomándola por la cintura. Caminaron lentamente hacia la salida.
Lola pretendió seguirlas y alguien la reprimió bruscamente, no
recuerdo quién. Oliverio se veía exhausto. Se arrojó sobre
la silla que Nieves había desocupado y tomó el jarro de vino,
se sirvió una copa hasta el borde y la bebió como si fuese agua.
Al cabo de dos minutos repitió la acción. Yo me levanté,
me puse a sus espaldas y por detrás tomé su mano. Como respuesta
él apretó la mía, pero yo sabía cuán ausente
estaba, me bastó su mirada. No pasaron más de cinco minutos cuando
decidió retirarse. Luz, preocúpate de que Raúl termine
su postre, yo me voy a dormir, estoy muy cansado. Eso fue todo. Pero, desde
mi agujero, percibí un brillo determinado en sus ojos que coincidía
con el que detecté en los de Ada el único momento en que pude
encontrarlos, era una fiebre, pero diferente de la fiebre que yo conocía,
de la de la rubéola o de la de otra enfermedad. ¿Qué les
había pasado? Me hice esa pregunta todas las horas siguientes sobre mi
cama, horas largas de conturbación y de insomnio. No estuve con Ada esa
noche, ni lo intenté.
Desde el punto de vista de mi prima, yo era la pequeña, la niña
a la que era preciso proteger y, por tanto, no me habló de lo ocurrido
esos días (ni yo se lo habría pedido). Cuando tía Casilda
decretó que nada había sucedido y que todo seguiría su
curso normal, obligando a Oliverio y a Ada a quedarse en la casa del Pueblo
hasta que el verano terminara, el ritmo aparente de nuestra cotidianidad se
retomó. Aparente, digo, porque Oliverio no hizo más que quebrarlo,
pero, al hacerlo en silencio, no constituyó amenaza alguna. Lola seguía
esforzándose por atrapar la belleza y trasladarla a sus dibujos y pinturas,
como si de verdad las cosas siguieran el curso acostumbrado. Nieves se concentraba
tenazmente en el coqueteo con Raúl, dándole prioridad sobre cualquier
otra actividad y preocupación. A su vez, Ada se encerró en el
taller de tía Casilda —una sala bastante rústica al final
de uno de los corredores que fungía como escritorio— con la disculpa
de que intentaría otra vez escribir una novela, y casi no aparecía
por la casa a las horas en que lo hacíamos nosotros, sólo se nos
sumaba cuando íbamos a nadar al río. Al menos en eso Ada fue honesta
conmigo: no se lo digas a nadie, Luz, pero lo de la novela es mentira; sólo
leo, actividad mucho más placentera que la escritura pero no suficientemente
prestigiada: si dijera que estoy leyendo, nadie respetaría mi intimidad
ni mis ansias de silencio.
Su actitud, si bien ya no la de una prisionera de guerra, era la de una con
arresto domiciliario. Lánguida, pero sin dramatismo; cercada y acechada,
pero sin peligro de muerte. Ésa era Ada a fines de aquel verano (el último,
aunque nosotros lo ignorásemos). Sus ojos, y eso lo afirmo con plena
conciencia, no volvieron a ser los mismos. El brillo, ese que detecté
aquella noche, permaneció, una fiebre perpetua. Es probable que Oliverio
decidiera que, habiendo sido ambos infectados, a él no le conviniese
el virus. Y entró en acción.
Una noche, más bien una madrugada, sentí ruidos hacia el final
del corredor. Mi sueño siempre ha sido liviano y acostumbro saber qué
sucede de noche en los lugares donde duermo, lo que no me perturba, sino que
lo relaciono con mi calidad de testigo permanente. Yo compartía habitación
con Lola y ésta era la penúltima del corredor izquierdo de la
casa; la de Ada y Nieves era la anterior. Después de la mía, sólo
restaba la de mi hermano. Por las costumbres que tía Casilda impuso en
la casa del Pueblo, no existía, como en todo lugar de provincias, grande
y familiar, una pieza de alojados propiamente tal, por lo que ese verano, ante
la desobediencia de Oliverio al traer a un amigo de visita (¡me aburre
vivir entre tantas mujeres¡), hubo que habilitar uno de los dormitorios
de los muertos, los que se cerraban para siempre una vez partido su morador.
Esto explica que Raúl durmiera en el corredor opuesto a nosotros, en
una habitación al fondo, más allá de las de los tíos,
que había pertenecido a uno de los diez hermanos del abuelo, uno que
murió en su juventud. Sigo con mi relato: a la noche siguiente de la
llegada de Oliverio con Ada a cuestas, oí un ruido extraño que
me sobresaltó. Eran más o menos las tres de la madrugada. Sabía
reconocer bien todo lo que proviniera de los perros, desde sus estruendosas
peleas hasta sus agitados amores, y comprendí de inmediato que no se
trataba de ellos, por lo que decidí levantarme, después de todo,
si un ladrón entraba a casa, alguien debía dar la voz de alerta.
Me quedé helada cuando, al abrir la puerta de mi dormitorio, divisé
a cierta distancia un cuerpo tendido en el piso del corredor, un cuerpo largo
sobre los ladrillos rojos, una mano sujeta a uno de los pilares -los que sostenían
la estructura general del techo a cada tres metros-, y la otra, escondida bajo
el estómago. Cuando corrí hacia él ya había reconocido
en ese bulto a mi hermano. Lo toqué, le di vueltas; no estaba herido.
Parecía dormir el más profundo de los sueños. Me resultó
muy extraño constatarlo en esa condición, tan ajena a su normal
comportamiento, pero de alguna forma oblicua, no me sorprendió: yo esperaba
algo por el estilo. Nunca vi ni veré a alguien en tal estado de ebriedad.
Mientras lo levantaba y trataba de llevarlo hasta su pieza, pensé: pobre
Ada, si ella no se da estos lujos, ¿de qué manera combatirá
la fiebre? Mientras le sacaba los zapatos (ya había logrado que se tendiera
en la cama, no podía hacerlo por mí misma, me faltaban las fuerzas
para lidiar con ese metro ochenta y todos esos kilos) musitó un par de
palabras que tardé mucho en reconocer como ‘‘la negra linda’’.
Detrás del almacén de don Telo, caminando más o menos una
cuadra por una pequeña callejuela lateral hacia el río, se situaba
un peculiar bar / fuente de soda / club llamado La Negra Linda. Para nosotras
era inexistente, pues estaba siempre cerrado de día, o para decirlo con
más exactitud, nunca lo habíamos visto abierto, aunque nos atraía
su arquitectura, ese espacio amplio de madera tosca que asemejaba un galpón,
como si detrás de sus tablas esperase un animal y no un hombre cansado
y sediento. Claro, oímos algunas veces rumores de que era un lugar de
mala vida, pero dado al asunto de los horarios, ni siquiera nos advirtieron
o reprimieron en cuanto a visitarlo. Llegamos a pensar que era un mito. ¡Qué
mito ni qué nada! Allí había pasado Oliverio sus últimas
horas, emborrachándose con vino barato, pagando por los brazos de alguna
mujer cariñosa (más tarde aprendí que La Negra Linda se
proveía para el verano de unas pocas prostitutas de la ciudad más
cercana, el Pueblo no contaba con más de dos o tres un poco envejecidas
que ya tenían aburridos a los clientes). Desvestí a mi hermano
lo mejor que pude, lo tapé y en puntillas fui a la cocina a buscar un
vaso de leche logrando que lo tragara entre quejas y resoplidos.
A la mañana siguiente fue sorprendente verlo presentarse
a la mesa del comedor para el desayuno: no había huellas de la noche
pasada. Me pregunté por la energía que poseía este hombre
para que su cuerpo resistiera. Incluso llegué a temer por otras veracidades,
si en esta vuelta lograba mentir tan bien. De más está relatar
que nadie, ni su amigo Raúl, percibió su escapada nocturna. Cuando
se encontró con mis ojos al alcanzar la cafetera, rieron los suyos. Supuse
que era su forma de darme las gracias.
La escena de aquella noche se repitió sagradamente cada madrugada hasta
que terminaron las vacaciones. Los olores con que me encontraba en sus ropas
y en su pelo me producían náuseas, también los vómitos
que muchas veces limpié. Olvidaba que ese hombre repugnante al que yo
recogía del suelo era la misma persona que veía de día,
en absoluto gobierno de sí mismo, impecable en su aspecto, correcto en
sus modales, y encima, buen mozo. Un par de veces mi imaginación trató
de rastrear su quehacer nocturno y no llegó muy lejos: la sola idea del
cuerpo de mi hermano fundiéndose con aquellos otros, los de las agrias
mujeres pagadas con sus pobres carnes tristes, fláccidas, desnutridas,
amarillentas, ahuyentaba por sí misma cualquier desvarío. Me preocupé
sobremanera de que Ada no se enterara, que nada rozara su celoso pensamiento,
yo podía contener en mi interior los lados oscuros de Oliverio, que ella
se reservara el brillo. Cualquier poesía, que quedase a su servicio.
Yo no la necesitaba.
Hoy pienso en Oliverio. Pobre hermano mío, no fue su culpa que las mujeres
en su entorno lo transformaran en ese héroe que distaba de ser, su hermana
Luz incluida (fue, después de todo, el único hombre de mi vida).
Quizás se engolosinó con el papel y trató de jugarlo lo
mejor posible, pero cuánto habrá pagado por sofocar lo antiheroico,
cuánto agotado para estar a la altura de lo que Ada exigía de
él. A veces temo algo que no alcanzaré a comprobar: que Oliverio
no exista fuera de la psique femenina. Un día, en mi infancia, mi hermano
me llevó al cine a ver su película preferida. Se llamaba Johnny
Guitar. Por casualidad la he vuelto a ver, ya de mayor, y me sugirió
otras cosas. La pasión del protagonista era Joan Crawford, perdón,
Viena, una mujer dura y de ferviente determinación, con ambiciones para
regalarle a cualquiera (Lola era una perfecta Viena, ¿cómo Oliverio
no lo vio?). Johnny, el pistolero más rápido del Oeste, carece
de ambiciones y por esa razón se embarca en aventuras ajenas y mata por
ellas. (Lo que me fascinó de esta película y por eso la recuerdo
tan bien es que el conflicto real se diese entre dos mujeres, cosa rarísima
en un western. Incluso el duelo final es entre ellas, y ninguna es precisamente
una mujer buena, ¿son por ello menos felices?) Cuando Viena y Johnny
se reencuentran cinco años después, él le dice que ella
sigue igual, "te conocí en un saloon y te encuentro hoy en otro",
le dice. Viena le responde: "La diferencia es que aquí soy la dueña".
A Viena le apasiona la tierra y su propiedad, lo que me suena conocido (mientras
nosotras llorábamos la tierra perdida, Oliverio forjaba otro futuro,
desprendido e indiferente a ella). Johnny no sabe en el fondo qué hacer
y entonces hace lo que se debe, quedando vacío, convencional a los ojos
de Viena (¿y Oliverio a los ojos de Ada?, ¿qué es Nueva
York, su bufete de abogados y su matrimonio con Shirley sino eso?). Es que Johnny
es el héroe con el alma vacante. Quizás sería más
correcto hablar de la calidad vacante del héroe que se involucra en lo
ajeno por el vacío propio. El tabú es que no se puede nombrar
este vacío, menos si el cumplimiento de su rol —insisto en apuntar
hacia su trabajo en Nueva York, a su matrimonio con Shirley— es perfecto,
dándome lugar al temor de que un día abandone su papel y acabe
en la desesperación.
Al finalizar las vacaciones, el día anterior a la partida, estábamos
todos tendidos en la galería después del almuerzo, echados sobre
aquellos antiguos sillones mullidos tapizados en lino floreado, cuando Oliverio
—lo recuerdo con un cigarrillo en la mano— me desafió a una
partida de ajedrez. Nos sentamos frente a frente, instalamos la pequeña
mesa entre nosotros y trajimos el tablero del abuelo. Oliverio acomodaba las
negras y blancas piezas de marfil cuando Ada entró a la habitación.
Se detuvo en seco y volvió la cabeza para mirarla. Le seguimos el ejemplo.
La recuerdo muy delgada, como si sus huesos, uno a uno, pelearan por aparecer.
Se la veía con la cara despejada, el pelo muy corto y brillante, vestida
con sus blue jeans de siempre y una camiseta negra. Pensé: parece un
muchacho.
—¿Qué hacen? —preguntó con una voz un poco
somnolienta, un poco etérea.
—Te esperábamos —le respondió Oliverio con galantería.
Ada sonrió, y junto a ella, Nieves y Lola, aliviadas. (Cuál no
sería el tamaño de la tensión ambiental para que un gesto
tan pequeño como aquel tuviese potencia como para variar los ánimos.
¿Comprendería Ada hasta qué punto nos sometía?)
De inmediato el aire cambió y, si exagero un poco, diría que el
instante se tiñó de fiesta. Me pregunto hoy si no mentían
todos. La cosa es que las mujeres empezaron a hablar al mismo tiempo, Ada se
fijó en un dibujo que hacía Lola y se acercó al atril,
mientras Nieves opinaba que Lola dibujaba cada día mejor y Raúl
pedía que le mostraran el resultado. Fue ése el momento en que
miré a mi hermano y, al verlo contento, con aquella mirada cálida
y enternecida que parecía haberse hundido varias capas bajo tierra y
que a veces yo dudaba si reaparecería, le hice, casi en un susurro, la
única pregunta del verano:
—Oliverio, ¿por qué?
Lo pillé desprevenido. Frunció el ceño tratando de ganar
tiempo. Entonces se levantó de su silla, se acercó al anaquel
de libros del abuelo que había estado al fondo de la galería desde
el principio de los tiempos y seleccionó uno. Observé que el ejemplar
yacía boca abajo, separado del resto. Tardó unos momentos en buscar
la página adecuada hasta que volvió a mi lado y me entregó
el libro abierto.
—Aquí está la respuesta.
Tomé el libro. Alcancé a leer la primera línea cuando oí
a Ada.
—¿Y qué lee la pequeña Luz?
—Un soneto de Shakespeare —respondió Oliverio por mí,
un poco precipitadamente.
—Léelo fuerte, Luz, para que lo gocemos todos —dijo Ada.
Titubeé, no estaba segura sobre cuál sería
el procedimiento correcto. Debí de tardar un poco, porque mi prima, impaciente,
me arrebató el libro de las manos y, aduciendo mi eterna timidez, dijo
que leería ella. Alzó la voz lenta. y pausadamente, como quien
sabe bien de lecturas en voz alta:
Debo confesar que nosotros dos debemos seguir siendo dos,
si bien nuestros indivisibles amores son uno:
llevaré esas manchas que conmigo, quedansin tu ayuda, yo las debo llevar
solo.
Ahora el titubeo fue de Ada. Quizás sólo yo noté cómo
se ensombrecieron sus ojos por un instante mínimo, luego, fingiendo jovialidad,
se apresuró a cerrar el libro.
—Es muy largo, no se puede leer a Shakespeare después del almuerzo,
mucha modorra...
—Pero, Ada —reclamó Lola—, continúa, si estaba
precioso.
—Es el soneto 36, léanlo después, a las que les interese.
Los sicarios rebeldes de Masada.
Cuando Ada leyó su historia, no tardó en compartirla con nosotras.
—Me ha desatado fantasías —fue la disculpa
por su interés.
Y nos hizo el relato. Los sicarios eran un grupo de judíos rebeldes —en
los años setenta después de Cristo— que decidieron resistir
la ocupación romana luego de la destrucción de Jerusalén,
y se instalaron en la cima de la meseta de Masada, en pleno desierto, cerca
del mar Muerto, en una fortaleza que Herodes mandó construir con propósitos
similares. Era un lugar del todo inaccesible, y sus muros protectores, inmensos.
Cerca de mil personas, entre guerreros, mujeres y niños, vivieron allí
durante tres años esperando que los romanos volvieran para combatirlos
desde aquel lugar. Una vez que subieron a la meseta no volvieron a salir, pues
aparte de las enormes dificultades materiales que implicaba, dentro de la fortaleza
había todo lo que un ser humano podía necesitar por un largo,
largo tiempo. Herodes, previniendo la eventualidad de ser sitiado, construyó
incluso cuevas cavadas a mano en la roca que almacenaban varios millones de
litros de agua proveniente de la lluvia. Sus bodegas contaban con granos, vinos,
aceite de oliva, dátiles, higos y otras exquisiteces. Era una formidable
fortaleza, no sólo por lo inexpugnable, sino también por su lujo,
los mosaicos en el piso, las pinturas en los muros, la magnífica distribución
del espacio.
—Ellos sólo lo entendían como fortaleza defensiva —explicaba
Ada—, pero es la faceta del placer la que me parece más relevante.
Luego agregó:
—No es la historia bélica la que me interesa, sino la idea del
mundo autárquico. Un estado en miniatura. Nada de lo externo es necesario
ni querido. Tenerlo todo para poder vivir aislados del mundo, o sea, el mundo
como prescindible, la cotidianidad hecha a mano. A ver, Nieves, ¿qué
te llevarías del exterior hacia la fortaleza?
—Nada —respondía Nieves—, ¿para qué,
si allí había de todo? Y mi gente estaría conmigo...
—¡Ése es el puntol —exclamaba Ada, entusiasta—.
Imagínense que pudiésemos tallar la tierra de tal manera que convirtiéramos
al Pueblo en la meseta, haciendo que el Itata nos rodeara por los cuatro costados,
y estableciéramos aquí nuestra propia fortaleza... el mundo dejaría
de existir, no lo necesitaríamos, tendríamos aquí todo
lo necesario para ser felices, todo deseo protegido y contenido dentro de los
muros.
—Esperen, esperen... ¿qué creen ustedes que sentirían
los rebeldes? —quiso averiguar Lola.
—Se sentían los elegidos por Dios, los verdaderos judíos,
esperaban la llegada del Mesías. En buenas cuentas, vivían en
un tiempo apocalíptico. Pero no se trata de ellos, Lola, se trata de
nosotras.
—Está bien... pero antes de seguir, necesito saber en qué
terminaron los sicarios, al menos cuéntanos eso.
Vencieron los romanos, lograron quemar y destruir el enorme muro.
—¿Y los judíos?
—Se suicidaron.
—¿Todos?
—Sí, todos. Un suicidio masivo.
—¡Qué historia tan poco edificante!
—No, tonta, no es la historia la que importa, es la meseta, es la fortaleza.
A fin de cuentas, se trata de los confines.
Permíteme, ángel, hacer una última alusión
a ese verano. ¿No te dije que tenía derecho a ser arbitraria en
mis recuerdos?
Había una balsa en la parte del río que rodeaba el Pueblo, una
rústica balsa construida con algunos tablones gruesos que se colgaba
de un riel en el aire por el cual avanzaba (lo del ‘‘riel en el
aire’’ es una forma de decir, un riel colgaba desde un lado del
río al otro, sujeto en ambas riberas por unos postes de dudosa resistencia).
Cruzándolo, al bajar de la balsa, se divisaban muchos guindos con sus
pequeñas manchas rojas como lucecitas, un árbol de Navidad, un
sarampión benigno. Era la chacra de doña Manuela. Al finalizar
las vacaciones, tía Casilda propuso hacer una gran mermelada de guindas
para llevarles a nuestros padres a Santiago. ¡Eran tan ricas las mermeladas
que hacíamos en esa cocina oscura y grande de la casa del Pueblo! La
condición que nos puso para gastar toda esa energía, esa leña
y esos kilos de azúcar fue que nosotros nos procurásemos las guindas.
Ah, no, ¡qué lata! Ya no estamos de edad... —opinó
Lola cuando tía Casilda abandonó la pieza.
—Es que Raúl y yo pensábamos salir a andar a caballo esta
tarde —dijo Nieves, disculpándose.
Resumo: fui yo a buscar las guindas (era la mermelada preferida de mi madre).
Partí con los dos canastos grandes, los mismos que usábamos para
colectar la zarzamora, y me subí a la balsa, crucé el Itata y
compré donde doña Manuela. Esperando que volviera la balsa para
cruzar de vuelta a casa, en un pequeño y endeble armatoste que hacía
las veces de muelle, me encontré sorpresivamente con Silvia. Cuando me
vio venir, bajó los ojos, dobló el cuerpo y comenzó a ocuparse
de los cordones de sus zapatos, los que ya estaban amarrados, con la evidente
determinación de ignorarme. Yo no la había visto desde los acontecimientos,
de más está decir que las visitas a casa del practicante quedaron
fuera de perspectiva para siempre luego de aquello. Pero Silvia era inocente
de las locuras de su primo, ¿por qué culparla a ella por los hechos
de Eusebio? Me acerqué con la misma amabilidad que le brindé siempre
y que de alguna forma me caracterizaba entre la gente del Pueblo, pero ella
se negaba a subir la vista de sus zapatos. Insistí.
—No seas patuda, Luz Martínez, ¡no sé cómo
te atreves a dirigirme la palabra!
—Pero, Silvia...
—No quiero hablar contigo ni verte nunca más en mi vida, ni a ti
ni a nadie de tu maldita familia.
—¿No estás exagerando? Tú y yo somos bastante ajenas
a todo lo que pasó.
—¡Qué ajena ni qué nada! ¿Sabes que debemos
abandonar el Pueblo? ¿Lo sabías? ¡Dime¡
—No.
—Ya, ahora lo sabes. Además de que nadie en el Pueblo nos dirige
la palabra, tu bendita tía se ha preocupado de dejar a mi padre sin trabajo.
¡Lo echaron, Luz! Nos vamos dentro de un mes.
Dicho esto, se largó a llorar. Mi instinto inmediato fue acercarme a
ella y tenderle los brazos, se veía tan, tan desvalida y triste.
—¡No me toques!
No fue una petición, fue un aullido, y, por cierto, me sobresaltó.
Se alejó de mí corriendo y, olvidando la balsa y el cruce del
río, corrió y corrió hasta desaparecer por el potrero.
Llegué a casa con las guindas y no conté a nadie de mi encuentro.
Lo que hice fue hablar esa noche con tía Casilda. No necesito repetir
que a ella no le gustaban las conversaciones serias, por lo que traté
de ser lo más escueta posible dentro de lo que el asunto permitía.
—No lo eches, tía. Prohíbele que vuelva a invitar al primo,
eso es coherente. Pero Silvia ya comenzó sus estudios en la universidad,
¿tienes corazón para interrumpir la educación de una mujer
joven por culpa de los devaneos de su pariente? ¿Podrías vivir
con eso a cuestas y dormir tranquila?
—He hecho cosas peores.
—No sé qué habrás hecho, y no me corresponde entrometerme.
Pero nunca en mi vida te he pedido un favor. Lo sabes, ¿verdad? ¡Nunca!
—Eso es cierto.
—Te lo estoy pidiendo ahora. Deja que el practicante continúe su
trabajo.
Tía Casilda era una mujer de palabra. Antes de partir, le pedí
a la vieja Pancha que fuera a casa de Silvia y le entregara un frasco de mermelada
de guindas de mi parte. (Cristal, la hija de la vieja Pancha, se enteró
y corrió a contárselo a Lola, su regalona. A los diez minutos
llegó Lola a enfrentarme: ¿Por qué lo hiciste? Porque sí,
le respondí, de eso se trata la solidaridad.) Lo que yo necesitaba era
constatar si en efecto el practicante permanecería en el Pueblo. Cuando
la vieja Pancha volvió con el encargo y me dio las noticias que yo requería,
quedé tranquila y partí.
Lamentablemente, la historia no cerró allí.
Mil veces he recordado lo que contaron en la casa del Pueblo cuando fueron los
militares a buscar a Oliverio y que él mismo me reiteró al recuperar
su libertad: divisó a Silvia en la casa del practicante cuando llegó
al Pueblo, ella estaba en una ventana y lo vio llegar. Inmediatamente después
lo apresaron. Silvia dio la voz. Silvia era el enlace de Eusebio para acometer
la venganza. No necesito decir cuántas veces he pensado en lo siguiente:
si el practicante y su familia hubiesen abandonado el Pueblo aquel mes de febrero,
¿habría sucedido todo como sucedió? Ya sé que es
estéril, la culpa casi siempre lo es. Pero me atormenta igual. Quizás,
de no mediar mi petición a tía Casilda, el derrumbe se habría
evitado, y con él, la tortura (bien sabemos que sus huellas duran para
siempre, una herida que supura sin fin), la partida de Oliverio, el exilio de
Ada y el fin de todos nosotros como tribu.
Basta. Poco importan ya los recuerdos.
No estaré para el fin del año y ello me produce una fuerte sensación
de extravío. Navidad, Año Nuevo: fechas horribles cuyo único
objetivo es obligar a los miserables de la tierra a recordar cuánto lo
son. Y para contárselo a los que aún se creen fuera de esa categoría,
¿se insinúa recién tu miseria y no sabes del todo que vas
hacia allá? Pues llegó fin de año, ya te enterarás.
Fecha inventada para subrayar los huérfanos, a los viejos, a los pobres,
a los enfermos, a los emigrantes, a los exiliados. (Lo que hace soportable el
exilio, situación actual de tantos de mis compatriotas, es lo colectivo,
todos están amenazados, todos castigados.) Fechas festivas que se inventaron
para hacerle hincapié a la soledad. Mis padres se empeñaban en
que la Navidad fuese para nosotros un sinónimo de felicidad. En el sur
de América debe agregarse al caos navideño el calor, el espantoso
calor, mis recuerdos son todos de alta temperatura: lo sofocante del horno mientras
se asaba el pavo, de las ollas con agua hirviendo mientras las caras sudaban
y sudaban, del nacimiento del pelo siempre mojado, todo para la famosa cena
de Navidad, donde cada uno llegaba exhausto del calor y del ajetreo y de comprar
el último regalo en una tienda atestada, habiendo gastado sumas de dinero
del que se carecía, para depositar bajo el árbol paquetes que,
al final, en medio de la confusión, nadie identificaba ni agradecía.
Inimaginable rendirle pleitesía a un caballero abrigadísimo que
se desliza con trineos por la nieve mientras respiramos ahogados a más
de treinta grados.
Mientras yo agonizo, en Santiago de Chile prepararán la fiesta de Navidad.
Hoy se han destruido mis reservas. Y observo con pavor. Escuálida mi
vida, qué duda cabe. Nulos mis deseos, insuficientes mis entregas. Vacío
mi equipaje de partida. Si al menos hubiese alcanzado a amar, eso al menos.
Desde mi agonía es más fácil hablar por boca de otros.
Yerma, ¿por qué estoy yo seca?... haré lo que sea... clavarme
agujas en el sitio más débil de mis ojos.
Como dice Violeta Parra, cuando se muere la carne, el alma se queda dura. Mi
carne empezó a morir mucho antes de enfermar, convertida en un espanto
yo, en una espina rocosa, en un volumen de granito. Nadie la quiso nunca. Tampoco
la expuse al mercado ni a la compraventa del romance, no hubo empeño
de mi parte, siempre vencida por mi inhibidora timidez. Ada diría que
no hay nada que haga menos atractiva la sexualidad que la necesidad sexual.
Los que tienen éxito en este campo son los que parecen estar ahítos,
pero que, aun así, les sobra capacidad, pueden despilfarrarla todavía
un poco más. Pero si esa esfera de los seres humanos demuestra su hambre,
los objetos del deseo escaparán lejos, no por premisas morales, no, sólo
por lo fea que es la necesidad. Por tanto, escondí mis carencias, las
expulsé a las tinieblas y de nada me sirvió. El abandono lánguido
de mi cuerpo es un abandono inmaculado.
Leí alguna vez que la felicidad deja muy tenues huellas,
son los días negros los que quedan prolijamente documentados y nos mortifican
de un modo duradero. Puedo detenerme aquí y componer mi documento con
la maniática minuciosidad del instante que vivo, esta habitación
de descascarados muros verde grisáceos y vacíos, el lamento plañidero
de las mujeres —mis trabadas compañeras de infortunio— que
yacen sobre sábanas manchadas en las piezas vecinas, el flojo ahogo del
aire casi inexistente, la sucia escupidera, el acoso de delirios y murmuraciones,
las escamas en la piel que me convierten en un arisco pescado feo, el aliento
nauseabundo, el dolor sordo de cada miembro de este cuerpo de calamidad. No
hay redención para ninguno de nosotros, los que habitamos esta especie
de anticipada morgue. Imposible la redención. Nada nos salvará.
Aquí en la tierra. Aquí. En la tierra.
Un pájaro perseguidor se posa sobre mis huesos con aire de triunfo, fulgurante
su plumaje. Parece sediento de desastre. Lo miro a hurtadillas, temerosa de
un posible movimiento, y elijo no detenerme en él, ignorar si entra o
si sale.
Llega una enfermera con la piel más oscura que nunca hubo. Le arrebata
al miedo el privilegio de ser mi única compañía. No entiendo
bien qué dice. ¿Me pregunta dónde estoy? En el Pueblo,
le respondo, como si pudiese tocar el viento delicado en mi cara. Al hablar
caigo en cuenta de que me quedan las puras vocales, se me emboscan las consonantes,
hace muchas horas que no hablo en voz alta. La enfermera abandona mi habitación,
no sé bien por qué.
Sí. Estoy en el Pueblo, el único espacio físico de este
mundo que queda fuera del documento.
Cierro el círculo con mi ángel y antes de despedirnos le pido
una respuesta.
—¿Cuál es la pregunta? —me inquiere
legítimamente.
—¿En qué momento se estableció la alianza entre la
bondad y la amargura?
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