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Pablo Simonetti
Foto: VIVIANA MORALES |
ENSAYO
"Madre que estás en los cielos"
Texto: Pablo Simonetti
Planeta, Santiago, 2004. 332 páginas
Viernes 17 de septiembre de 2004
Capítulo 6
Ya a los ocho años, Andrés se había convertido
en un ávido lector de diarios y espectador de las noticias de la recién
estrenada televisión; manejaba información tan insólita
como el precio de las principales acciones de la bolsa de comercio; leía
también de cine, de literatura, de forma inconexa, por supuesto, pero
cuando entraba en un tema, por lo general sabía de lo que hablaba. Sus
hermanos detestaban esta cualidad y creo que Alberto también. ‘‘Por
qué este niño no podrá ser como los demás, todo
lo sabe, todo lo argumenta, todo lo discute, a veces me dan ganas de darle un
buen tapaboca. Sería bastante más natural que le gustara jugar
al fútbol en vez de ver tantas películas o leerse esos libros
de la Segunda Guerra que te dio por comprar’’. Cuando, en medio
de una conversación en la mesa, Andrés salía con alguno
de sus elaborados pensamientos, me saltaba el corazón de orgullo. No
por su erudición, sino más bien porque decía cosas sensatas,
que yo había pensado antes y no encontraba momento para expresarlas o
que me hubiese gustado saber y no me había dado el tiempo de aprender.
Sentía además que compartíamos la misma necesidad de conocer
el mundo que nos rodeaba. Junto con sorprenderme, me avergonzaba: advertía
la mirada molesta de los demás recayendo sobre él; para contrarrestarlas,
Andrés se parapetaba tras un desagradable modo de niño sabelotodo.
Cuando iba muy lejos, Alberto lo hacía callar y me dolía el alma
verlo retraerse. Fui alimentando el miedo de que un día cualquiera Alberto
le haría saltar la comida de la boca de un golpe. La rabia hervía
en sus ojos. Deseaba hijos académicamente excelentes, pero no una persecución
de conocimientos dentro de su propia casa. Creo que también se sentía
indefenso, puesto en duda en su calidad de sabio supremo.
La tensión durante los almuerzos de los sábados y domingos se
tornó casi corpórea cuando Andrés cumplió diez años:
la furia de Alberto lo hacía pararse de la mesa antes del postre. Lleno
de ansiedad, Andrés se fue transformando en una marioneta que hablaba
sin parar; y los demás, en especial Juan Alberto, comenzaron a burlarse
de él, formulándole preguntas que lo incitaban aún más
a la perorata. Llegado un punto, me vi en la necesidad de hablarle. Una mañana
de sábado, en que pensaba que las cosas se iban a salir de cauce, me
senté en su cama y esperé a que despertara. Apenas lo sentí
moverse, comencé a acariciar su pelo negro y suave, semejante al mío.
Remoloneó otro rato, se dejaba querer. Luego se dio vuelta, con el cuello
del pijama a punto de cortarle la respiración. Abrí las cortinas,
puse el almohadón detrás de su cabeza, le ordené el pijama
y le despejé la chasquilla del rostro. Ya he alabado los ojos de Andrés,
así fueron desde que nació. En esos años era un niño
un tanto pasado de peso y no relucían del mismo modo que ahora en ese
rostro redondeado. Su mirada, en todo caso, era igualmente dulce.
—Mi Andresito —esta era mi mayor expresión de ternura y la
llave para hablar con él sin que se pusiera a la defensiva—, hoy
es sábado y le voy a pedir un favor. Quiero que en la mesa hable menos;
deje hablar a los demás y no muestre todo lo que sabe. A sus hermanos
no les gusta que usted les explique hasta cómo se reproducen las tortugas
—este ejemplo resultaba apropiado; la Ramona, la tortuga de la casa, había
puesto un huevo dos semanas atrás y Andrés había investigado
en detalle su forma de reproducirse—. Si quiere hablar, no hay problema,
cuéntenos del colegio o las cosas que le pasan a usted, pero no todo
en la vida sale de una enciclopedia.
No conseguí notar el efecto de mis palabras en su rostro. Mi tono era
cariñoso, no dejé de acariciarlo, deseaba que se sintiera querido.
Sólo cuando callé, su rostro se contrajo de un modo extraño:
arriscó sus labios en el lado izquierdo y el ojo del mismo lado se cerró.
Luego me preguntó:
—¿Al papá le molesta que yo hable tanto en la mesa?
—No es eso, Andresito, es que la mesa es para hablar
de cualquier tema, no es una clase, es un momento de... intimidad, no una hora
de estudio.
Me arriesgué con este argumento, que juzgaba abstracto, porque reflejaba
mi manera de pensar y Andrés quizá lo comprendiera.
—Yo lo hacía para mejor.
—Sí sé, mi amor, todos hacemos lo mejor que podemos.
—Pero el papá no me quiere.
—No, cómo se le ocurre, su papá lo adora —me había
acercado para abrazarlo, había emoción en su voz—. Al papá
lo que le pasa es que trabaja demasiado y los fines de semana le gusta estar
con ustedes y descansar. Si lo hacen pensar mucho se molesta, es eso nada más.
Hasta cuando yo le pido algo para la casa me mira con mala cara. Pero su papá
lo quiere, nos quiere a todos.
Se había puesto a llorar, su cuerpecito aún tibio se estremecía.
Todavía me duele el recuerdo de su sufrimiento.
—El papá no me quiere.
—Andrés, no llore por eso, su papá lo quiere más
que a nadie en el mundo —me percaté del esfuerzo que hacía
para lograr que las palabras surgieran entre el llanto.
—Quiere más a Juan Alberto.
—No, no, cómo dice una cosa así, su papá los quiere
a todos igual. Por Dios, Andresito, no piense así.
Capítulo 7
Mantengo un vivo recuerdo de las tardes de semana, en algún momento de
la década de los treinta, cuando el país apenas despertaba de
la gran recesión. Asomada a la ventana del escritorio, esperaba a que
mi madre regresara del trabajo. La veía venir, vestida con el uniforme
de la gran tienda Gath & Chaves que entallaba su pródiga corpulencia.
Era conocida entre la gente de la tienda como la señora Victoria Campos
de Bartolini. Había llegado a ser en poco tiempo la encargada del departamento
de moda. A él acudían en busca de sus vestidos de fiesta las señoras
de la alta sociedad. La dulzura de mi madre las conquistaba en la primera entrevista
y se convertían en clientas fieles. Me sentía orgullosa de ella.
Se había visto obligada a buscar trabajo cuando mi padre tuvo que vender
el local de Ahumada, el más valioso bien de la familia, para pagar sus
deudas. La tienda Bartolini Ltda., donde vendía instrumentos de precisión,
permaneció cerrada durante dos años en toda su historia, 1933-1934.
Luego reabrió en Monjitas. Recuerdo que la bodega del fondo se llenó
de cajas y raros instrumentos, como balanzas y dispensadores de aceite y gasolina.
A veces acompañaba a Joaquín en sus incursiones a ese mundo extraño.
Él sabía con exactitud a qué correspondía cada caja
y cuál era su procedencia. Acostumbraba a soñar con países
lejanos.
Cuando estalló la recesión, aún era pobre mi discernimiento
como para apreciar si nosotros seríamos golpeados por ella. En mi colegio
algunas compañeras de curso se retiraron a mitad de año. Una con
la cual había trabado amistad, me confesó que en su casa habían
vendido los muebles durante el fin de semana. Se irían a un campo cercano
a Santa Cruz. Cuando se lo conté a mi madre, movió su cabeza a
lado y lado, entristecida. ‘‘A todos nos va a afectar, hija, a todos’’.
A mediados de 1931, acogimos a la señora Susana Insunza,
la comunista de los zapatos extravagantes que mencionaba Joaquín en una
de sus cartas. Ella y mi madre eran primas hermanas por el lado Campos y pertenecían
a una antigua familia de clase media, originaria de Concepción. Se instaló
en el escritorio junto a su hija, Susanita, que tendría unos nueve años.
Debido a la escasez de trabajo, su marido y sus tres hijos adolescentes habían
decidido regresar a las riberas del Bío-Bío, en busca de alguna
oportunidad, ya fuera ésta agitar a los mineros del carbón y comer
gracias a los fondos del partido, o cualquier otra labor que se presentase.
Según las noticias que a lo lejos recibía tía Susana, estaban
por esos días en la cordillera de la zona de Los Ángeles, trabajando
en la tala de bosques. Años más tarde, por una coincidencia larga
de relatar, me enteré de que ningún trabajo los había
llevado a lugares tan apartados; se hallaban prófugos de la justicia
a causa de sus actividades subversivas.
Fue una época emocionante y mi madre es la heroína de la historia.
Tengo un vago recuerdo de una conversación en el comedor en algún
momento de 1932. Estoy segura de que para entonces Ibáñez había
caído, porque la inolvidable borrachera de tía Susana ya había
tomado lugar. ‘‘¡Muerte al dictador!’’, gritaba
pegada a la radio el día que El Caballo entregó el gobierno, mientras
se llevaba a los labios una copa de guindado. A cada nueva confirmación
de la noticia, balanceaba su menuda contextura en la silla, rellenaba la copa
y lanzaba un nuevo ‘‘muera’’. ‘‘No tomes
más, Susana’’, le decía mi madre con voz comprensiva,
pero ella no prestaba oídos sino a las declaraciones políticas
que surgían de la radio. También estoy segura de que fue después
de las elecciones ganadas por Juan Esteban Montero. La tía Susana lo
llamaba ‘‘el monigote".
La tarde de la que hablo, las cinco mujeres de la casa nos habíamos refugiado
en el comedor, para evitar la virulencia con que el sol estival golpeaba las
estancias que daban al norte y a la calle. Nos hallábamos reunidas en
torno a la mesa ovalada de madera oscura. En ese entonces no era costumbre tomar
vacaciones, al menos entre la gente de nuestra posición social. Mientras
no asistíamos al colegio, Joaquín ayudaba con los mandados en
la tienda y yo permanecía en la casa, ocupada en tareas domésticas.
La fuente de luz natural del comedor era una amplia ventana que daba al patio
interior. Para ocultar la grosera vista —ahí se colgaba la ropa—,
las ventanucas de la cuadrícula estaban hechas de cristal catedralicio,
en diversos colores, logrando un efecto de luz semejante al de un vitral. Sin
embargo, no era suficiente para liberar el comedor de un manto de penumbra y
nos veíamos obligadas a encender la araña de bronce para realizar
nuestras labores. El ocio no era visto con buenos ojos.
Voy a intentar una recreación del diálogo que mantuvieron mi madre
y la tía Susana.
—No podemos permanecer sentadas mientras la mitad de Chile se muere de
hambre —dijo mi madre rompiendo el atareado silencio mientas dejaba el
bordado. Mi abuela desgranaba porotos con la espalda recta y yo aprovechaba
la tela de saco harinero para confeccionar unos paños de cocina. Tía
Susana y su hija remendaban.
—La derecha de este país se robó todo —dijo tía
Susana sin levantar la vista—. El monigote se encargó de repartir
la poca plata que dejó Ibáñez. Si los comunistas tuvieran
el poder las cosas serían distintas. Apuesto que habría más
dinero para los pobres.
—No hables tonteras, Susana. Me refiero a que nosotras hagamos algo.
—¿Nosotras? —exclamó deteniendo su labor de golpe
y mirando a mi madre con alarma—. ¿Y qué vamos a hacer,
nosotras?
—Deberíamos organizar una olla común y dar de comer.
—¿En este barrio? Si aquí la gente no necesita que se le
dé de comer —afirmó, dando un par de tirones al hilo con
la aguja.
—¿No has visto a quienes pasan pidiendo a la puerta todos los
días? Esa gente sí lo necesita.
—Pero, Victoria, a tus vecinos no les gustaría tener una fila
de cesantes afuera de sus casas. Perdona, tu idea no me gusta. No sé,
tal vez debiéramos reunir ropa usada, remendarla —dijo, levantando
la camisa que tenía sobre la falda— y darla a la caridad de la
Gratitud Nacional. Esos curas italianos son unos mentirosos, pero no se roban
las cosas.
—Susana, no tienes arreglo. Esa lengua te va a jugar una mala pasada
uno de estos días. Vamos a hacer una olla común —sentenció
mi madre golpeando la mesa con la palma de la mano—. Tengo una olla grande
donde puedo preparar comida para unas veinte personas. Nos dividiremos las tareas.
Joaquín irá a la esquina de Vicuña Mackenna a anunciarla.
Mañana martes comenzaremos.
—Victoria, no tienes dinero para dar de comer a más gente. Me
vas a hacer sentir mal. Yo sé que apenas te alcanza con la Susanita y
conmigo.
Mi madre la miró incrédula. Luego soltó una risa, mezcla
del entusiasmo que la desbordaba y la lástima que le producía
su prima. Se puso de pie, fue hasta la cocina y sacó una gran olla para
mermeladas. La golpeó con una cuchara de palo y todas nos levantamos
en un acto reflejo. Me sentí llamada a defender mi país. La depresión
era algo de lo cual hablaba toda la gente, que trastornaba de una u otra forma
la vida de los demás y estar fuera de algo tan amplio, que alcanzaba
al mundo entero, había sido hasta ese minuto una especie de martirio
para una niña idealista de ocho años como yo. La primera comida
serían los porotos granados de la abuela. En un comienzo, no había
necesidad de preparar grandes cantidades.
Joaquín me ha enviado una carta describiendo esta época y por
eso he podido revivirla con bastante detalle A la una de la tarde del martes,
bajo un sol que caía a plomo sobre nuestras cabezas, mi madre se paró
en la vereda con un cucharón en la mano. A su lado ascendía el
vapor desde la olla que descansaba en una silla de madera. No había asomo
de timidez en su semblante. Mi madre vencerá la gran depresión,
pensé mirándola hacia arriba, apegada a su falda. La abuela contemplaba
la escena con los brazos cruzados sobre el pecho, de pie en el descanso de la
entrada. Era una versión anciana, severa y negra de un ángel de
la guarda. Llegaron dos hombres y una mujer, atraídos por los llamados
de Joaquín. En sus rostros había desconfianza, pero el aroma de
la comida los hizo desprenderse de sus reservas. ‘‘Mañana
traiga un plato y cubiertos’’, les decía mi madre mientras
vertía la comida en platos de la casa. Tía Susana les daba un
vaso con agua. Mi misión era entregar un durazno.
Esta práctica, que luego se extendió por todo Santiago, aún
no había prendido en los barrios. Según Joaquín, mi madre
fue una de las precursoras. De cualquier forma, muchas otras surgieron al mismo
tiempo, como una reacción múltiple y espontánea al hambre
que asolaba la ciudad.
Al día siguiente alrededor de la una se había formado una fila
de unas quince personas. La voz había corrido más rápido
de lo que pensábamos. Debimos improvisar más comida.
—No se preocupen, es cosa de echarle más agua al caldo voceaba
mi madre mientras cruzaba la cocina con su pecho en alto.
—¡Ay!, Victoria, esto es una locura. Mira esa gente con los platos
en las manos. Mañana habrá más de cien. No sé qué
vamos a hacer.
Las protestas de tía Susana se convirtieron en una especie de letanía.
El más simple movimiento le hacía proferir una queja. Sin embargo,
el entusiasmo la encumbraba como a todas, iba de aquí para allá
con su delantal manchado, con una vivacidad sólo posible en un cuerpo
pequeño y fibroso como el suyo.
Mi madre fue a conversar con el párroco de la Gratitud Nacional, donde
asistíamos a misa la mayoría de las familias de inmigrantes italianos,
y le habló de la olla común. Ya se había dado cuenta de
que no daría abasto. El párroco, un salesiano proveniente de Italia,
de apellido Negri, utilizó sus influencias entre los más ricos
de la colonia para conseguir enseres. La sacristía se convirtió
en una bodega de alimentos y una camioneta aparecía por nuestra casa
todas las tardes a dejar el pedido.
Mi padre fingía no enterarse de nada. Salía temprano, llegaba
a la tienda a las ocho en punto cada día, almorzaba en el centro y regresaba
a cenar. El modesto local de Ahumada en esa época aún mantenía
sus puertas abiertas y no tengo recuerdos de que nuestro nivel de vida se hubiese
visto notoriamente afectado. Los fines de semana se instalaba a leer el diario
en el living —su sagrado escritorio lo ocupaban las Insunza—, a
la espera de que se sirviera el almuerzo en la calle. Cuando terminábamos,
se sentaba a la mesa con nosotras y Joaquín, y recibía en su plato
la misma comida que servía a los cesantes. No se involucró en
nada, creo que no lo oí dar un consejo o una opinión, sin embargo
su silencio constituía, como ya sabíamos, una forma de anuencia.
La fila comenzó a crecer. Usábamos dos grandes ollas, la otra
era de la parroquia, y aun así no alcanzaba para todos. No sé
si a petición de mi madre o por propia iniciativa, otras vecinas de la
calle ofrecieron su ayuda y comenzaron a dar comida, abastecidas también
por la parroquia. La angosta vía de un solo sentido y de una sola cuadra
de largo se transformaba en un hormiguero a medida que se acercaba la hora de
almuerzo. Aun cuando eran cuatro las casas que daban de comer a más de
una centena de personas, cada vez llegaba más gente y se veían
desbordadas. Las colas se formaban temprano y ya no había paz a ninguna
hora de la mañana. A un mes de partir, cuandos dos hombres se trenzaron
a golpes por el último cucharón de comida frente a los ojos espantados
de mi madre, ella decidió terminar con la olla común. Se organizó
con las vecinas y otras mujeres, consguieron dos cocinas, dos heladeras, ollas,
utensilios y todo lo requerido con unos empresarios que, por lo demás,
no tenían a quién venderle sus productos, y trasladaron la olla
común a la Gratitud Nacional. Allí contaron con la ayuda de la
juventud italiana —la JISA— para mantener el orden. Así terminó
uno de los episodios más excitantes de mi niñez. De todos mis
recuerdos creo que es el que refleja de mejor manera la admiración que
le tenía a mi madre. Un ser sólido e invencible, dueña
de una fuerza que la ponía por encima de las adversidades. Desde mi mirada
infantil, mi madre nunca sería una víctima.
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