Foto: El Mercurio

ENSAYO
Tristano muere

Texto: Antonio Tabucchi

Viernes 15 de octubre de 2004



‘‘...Naturalmente, no fue así, ya te habrás dado cuenta.
Pero tú escríbelo como si fuera verdad, porque para Tristano
fue verdad de verdad y lo importante es lo que él se
imaginó durante toda su vida, hasta tal punto que se convirtió
en un recuerdo suyo. Es cierto que al soldado alemán
lo dejó seco de verdad, y que Daphne le dio amparo
de verdad en aquella casa antigua, y que tocó Schubert
para él, y que lo miró, con aquellos grandes ojos oscuros
suyos. Pero ni siquiera se rozaron, ella sólo le habló de su
Grecia violada y al amanecer le hizo salir a hurtadillas vestido
con un abrigo de su padre, y no se marchó en absoluto
al Pireo, no volvió a Italia hasta después del armisticio
del ocho de septiembre, dos amigos de Daphne le llevaron
hasta Corinto y allí se unió a los partisanos griegos, en las
montañas del Peloponeso. Y mientras se escabullía fuera
del portal, aquella mañana, le susurró, volveré, Daphne, te
lo juro, espérame, por favor.


No sé qué podrá significar el que tan triste esté, una
fábula de otros tiempos ha visitado mi alma... Era el poema
de ayer, en alemán, a veces la Frau se comporta como
si fuéramos niños otra vez, se ve que circula algo de arteriosclerosis
por ahí. El poema del domingo, señorito,
dice. Obedece al ritual de antaño, respeta las órdenes. Fue
una orden de mi abuelo cuando la llamó para mí, para
que aprendiera el idioma. El ceremonial consistía en esto,
yo sentado en la butaca, en el salón, un cuarto de hora
antes de que empezara la clase, porque los niños deben esperar,
las cinco menos cuarto exactas, el abuelo no transige
con los horarios, por lo demás transigía en todo, pero a
causa del horario, decía, no faltaba quien había perdido el
vapor para Calatafimi, sobre la mesita la chocolatera humeante
y dos tazas, una para mí y una para la Frau, yo
llevaba pantalones bombachos, toc, toc y después, Guten
Abend Herrchen, Entschuldigung, es la hora del poema,
era una muchachita de mi edad, sí Fräulein, era tímida la
Frau en aquella época, y yo más que ella, ella abochornada
por leer, yo por tener que escucharla, ella evitaba mirarme,
yo evitaba mirarla, me ha querido mucho la Frau,
aunque me haga desaires, a mi manera yo también, como
sabes es la única persona que me queda, pensándolo bien,
nos hemos pasado la vida evitando mirarnos, tal vez porque
cuando éramos jóvenes teníamos tantas ganas de mirarnos
y nunca hallamos el valor para mirarnos... Ich
weiss nicht was soll es bedeutet, Dass ich so traurig bin,
Ein Märchen aus alten Zeiten... ¿Lo conoces? Los niños
alemanes se lo aprenden en la primaria, habla de una sirena,
una criatura rubia sentada sobre un acantilado del Rin
que con sus cabellos de oro y su canto seduce a los marineros
haciéndolos naufragar. Se llama Lorelei... La Frau
siempre volvía a empezar así, cada vez que yo regresaba,
como si no pasara nada, como un ritual vacío que
debe respetarse porque muchos años antes fue un contrato,
y después la vida se encarga de afianzarlo, aunque el
idioma haya cambiado en el curso de los años, otros
poemas, otros acentos, pero el ritual no, ha permanecido
el envoltorio, la Frau sabe bien que es un privilegio
suyo y lo usa, es ella la que elige los poemas, siempre los
ha elegido ella, pero es lo justo, ella sabe, sabe un montón
de cosas la Frau, conoce las horas de mi vida, de los días,
como en esos libros de horas que usaban los frailes antiguamente...
la vida pasa en un santiamén, ya sabes, pero a
veces qué largas se hacen las tardes de los domingos,
la Frau siempre supo escoger el poema adecuado para la
hora adecuada, cuando yo estaba aquí, naturalmente,
porque a menudo no estaba aquí, mejor dicho, no he estado
casi nunca y, sin embargo, ¿sabes lo que me dijo?
Me dijo una cosa que me turbó, que me conmovió casi,
es extraño, porque la conmoción atañe a los humores que
tenemos dentro del frasco, y los minerales como yo han
dejado de tener humedad, y, en cambio, cuando me lo
dijo con esas palabras suyas avaras, como avara es ella, en
ese italiano áspero que siempre ha fingido no haber
aprendido bien en los más de setenta años que ha vivido
aquí, yo volví la cara hacia las persianas para que no
se diera cuenta de que esta piedra no está completamente
seca, y las lamas de las persianas empezaron a temblar,
y no por la canícula que hacía fuera, porque me dijo
con esa falta de tacto suya que, incluso cuando estaba lejos,
o estaba en peligro, o ella creía que lo estaba, cada
domingo a las cinco menos cuarto entraba en el salón, se
imaginaba que servía el chocolate en las tazas y decía para
sí misma en alemán, señorito, es la hora del poema. Y leía
el que aquel día consideraba más adecuado para mí, como
un viático, o un libro de horas... Tantas horas, son tantas
de verdad, escritor. ¿Cuántos domingos hay en setenta
años, mejor dicho, casi en ochenta?, echa la cuenta. Varios
miles, así, a ojo... Dame un vaso de agua, pero antes
vacía el vaso, la Frau añade siempre sus gotas de lúpulo,
que me atontan aún más, coge el agua del grifo del baño,
es esa puerta de al lado del armario, perdona que te haga
hacer de enfermero, no, no es esa puerta de ahí, ése es el
cuartito del vestidor, esa de la derecha, tienes que empujar
un poco, a veces el picaporte se engancha, es el grifo
con el puntito rojo, el azul es el del agua caliente, el fontanero
se equivocó al montarlo y yo no hice que lo cambiaran
nunca, ¿no estarás mirando por casualidad la fotografía
del cuartito del vestidor?... la estás mirando, me he
dado cuenta porque no me has contestado, por favor,
nada de conmiseración, no la quiero, fotos como ésa dan
pena cuando ha pasado tanto tiempo que las ha hecho
penosas, y sin embargo aquel cuerpo fue verdadero aunque
imite un cuadro, era una tentativa de imitar a Courbet,
hay una mancha amarillenta que le llega casi al ombligo,
parece una mano que lo está devorando, como mi
gangrena, las fotografías nos van a la par, nosotros nos
arrugamos y ellas amarillean, se deterioran, tienen una
epidermis como la nuestra, sabes, la piel conserva ese mar
interior del que estamos hechos, porque estamos hechos
de agua, protege el cuerpo del calor externo y a la vez
mantiene el calor interior eliminándolo cuando es excesivo,
con el tiempo... y cuando el mar se ha evaporado queda
un envoltorio completamente arrugado, inútil... La saqué
con la Leika que le cogí a un alemán, aquel oficial
llevaba en el chaquetón, junto a la pistola, la foto de su
familia y su querida Leika, era muy amante de su propia
familia aunque masacrara a las de los demás, es humano
amar a la propia familia, esa foto debe de ser del cuarenta
y ocho o de un poco antes tal vez, cuando Tristano volvió
a encontrar a la Guagliona, hoy me apetece llamarla así,
fueron a parar a una especie de pensión, por casualidad,
todo sucede por casualidad en la vida, a veces creo que
hasta el libre albedrío es un producto de la casualidad...
qué curioso, fíjate que me acuerdo perfectamente de que
nos tomamos una caldereta de pescado y ahora no consigo
acordarme de si hicimos el amor, pero él le propuso
posar como en el origen del mundo, eso es innegable, lo
testifica esa pobre fotografía, era el final de una tarde de
verano, había una hermosa luz oblicua, Rosamunda, hagamos
el origen del mundo, dijo Tristano... pero entre
ella y él no hubo ningún origen del mundo, no originaron
nada de nada, un amor estéril, diría yo, sin transmisión
de la carne... mejor así, por lo demás... El agua está
tibia, te dije que el grifo de la fría está al contrario, está a
la derecha, y la próxima vez coge la pajita que está sobre
la mesilla, porque, si no, empapo toda la sábana, no ves
que no soy capaz de tragar, no tengo una lengua esponjosa
como los perros... Te estaba hablando de la Frau, el domingo
pasado me leyó un poema, me parece que era hermoso...
Anoche tuve un sueño precioso, entraba en el
origen del mundo... pero ¿de quién?... dame un poco más
de agua, pero coge la pajita... los sueños son milagros miserables...
en los milagros de verdad nunca he creído... los
de verdad son ilusiones... sobre todo, sueños. El domingo
debió de ser anteayer, ¿verdad?, he perdido la cuenta, la
Frau entra llamando con cuidado a la puerta como se llamaba
con cuidado hace sesenta y cinco años, es la hora
del poema, señorito. Se sienta, abre un libro... Domingo...
la Frau comprende los domingos, es de esas personas
que en la vida comprenden los domingos, procura aclararse
la voz, algo imposible, cuando habla parece un fuelle,
resopla, es el enfisema, el médico se lo dijo claramente
pero ella fingió no entender, la Frau es extraordinaria, si
le dices una cosa que no le gusta, hace como si fuera una
alemana que acaba de llegar, fuma puros a escondidas, se
acurruca al final del viñedo, me lo ha dicho el nieto de
Agostino, el chico que viene a roturar los terrones que es
inútil roturar en este viñedo enfermo, señor profesor,
dice, la señora Frau está sentada bajo el álamo al final del
viñedo y se fuma tres puritos toscanos uno tras otro, todos
los días de tres a cinco, quería decírselo porque a mí
me ha causado impresión. ¿Y qué hace mientras se fuma
el puro?, le he preguntado. Nada, dice el nieto de Agostino,
mira a lo lejos, tiene la mirada perdida, le he pasado
por delante y ni siquiera me ha visto, o ha hecho como si
no me viera. Pensará en cuando era niña, le he dicho, en
su Alemania, ¿tú no piensas nunca en cuando eras un
niño?, claro que lo piensas, pero para ti es más fácil porque
estás en tu casa y eras niño en tu casa, por lo tanto no
te preocupes y déjala que se fume todos los puros que
quiera, hasta las personas que no tienen a nadie deben
pensar en alguien... He notado un zumbido, me ha pasado
algo por la cara, debe de ser el moscón. Quizá si entreabres
las persianas consiga encontrar un camino de salida,
pero ábrelas un poco nada más, la luz es demasiado fuerte,
con la luz es como si la pierna me doliera más... La
Frau me leyó un poema de un poeta que no conozco,
pero debe de ser poetisa, si un poeta es mujer es poetisa,
¿no?, pero eso no cuenta, así que me dice, señorito, el poema
del domingo, y empieza... este quieto polvo. Me lo sé
de memoria, le digo, es la americana, esa que me provocó
tantos remordimientos durante toda mi vida. No, dice
ella, ésta es italiana, no ha hecho más que coger el mismo
título, pero son ya las cinco menos cinco, llevamos un retraso
de diez minutos... Renate, le digo, no es posible,
eres realmente tremenda, con la de tiempo que ha pasado
desde que éramos niños, todo el tiempo posible, con todo
lo que el tiempo lleva consigo, hambre, guerras y carestías,
y los desastres que nos provoca dentro, y sobre todo
muertos, han muerto todos, Renate, sólo quedamos tú y
yo, y vienes a decirme que llevamos un retraso de diez minutos,
pero un retraso ¿respecto a qué?, hazme el favor.
Respecto a la morfina, contesta ella con convicción, y
aunque sólo veo ya a duras penas, intuyo su expresión testaruda,
con el mechón de cabellos blancos que conforman
su aureola... Respecto a la morfina, el médico me ha
ordenado que te la dé cada ocho horas, debo ponerte la
próxima dentro de cinco minutos, por eso nos queda
poco tiempo, y quería leerte el poema de las cinco antes
de que ya no entiendas nada. Pues entonces adelante, Renate,
lee. Y ella, ¿qué hace mi niño, qué hace mi cabritillo?,
vendrá tres veces más y después ya no volverá. Renate,
le digo, no me cantes canciones de cuna, por favor.
Pero si sólo eran los primeros versos, dice ella, calladito y
escucha... los muertos si los tocas están fríos, los vivos en
cambio son otra cosa, cuando tocaba a mi amor yo era feliz,
ayer tuve una visión, el amor mío estaba en el jardín,
en parte era viejo, en parte era un niño... Del resto no me
acuerdo, la Frau leía y mientras me leía me había puesto
la morfina, no me había dado cuenta, y así me hallé en el
mundo de los sueños, y entré en el origen del mundo, a
veces se tiene la suerte de soñar aquello con lo se quiere
soñar, pero es raro, es un privilegio raro, después quizá te
cuente mi sueño, si se me queda en la cabeza, pero más
tarde, ahora estoy cansado. ¿Qué hora es?

 
   
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